Con Juan sin nombre, la historia del negro conquistador (Grijalbo, 2026), Diego Gómez Pickering ha escrito una novela ambiciosa, incómoda y de una densidad narrativa poco frecuente, que entrelaza dos líneas temporales separadas por quinientos años, pero unidas por un mismo hilo: el borrado sistemático de la negritud de la historia oficial de México, ayer a manos del relato criollo y mestizo, hoy a manos de un poder que necesita víctimas anónimas para sostener su relato de pureza indígena.
La novela se mueve en dos registros que dialogan sin fundirse nunca del todo. Por un lado, el presente distópico, aunque distópico es quizá una palabra demasiado generosa, porque lo que describe Gómez Pickering se parece sospechosamente a un México reconocible, de Adrián, alias «el Negro», un joven arqueólogo de tez negra que junto a su pareja María, antropóloga e hija de un poderoso político, investiga el rastro de Juan Garrido, el conquistador africano que participó en la toma de Tenochtitlan junto a Hernán Cortés, en la pacificación de Cuba junto a Diego Velázques y en la colonización de Puerto Rico junto a Ponce de León, además de adjudicársele la primera cosecha de trigo en suelo americano y el primer horno de pan. Por otro, la voz del propio Garrido, reconstruida en unas notas manuscritas del siglo XVI que narran la Noche Triste desde un ángulo que los cronistas oficiales prefirieron no contar.
El resultado es una arqueología literaria doble: la de Adrián y María buscando documentos en un Archivo General de la Nación militarizado, y la del lector reconstruyendo, capítulo a capítulo, la vida de un hombre que ayudó a fundar el país que después se negaría a reconocerlo. El paralelismo es evidente y está trazado con inteligencia, Juan Garrido fue invisibilizado por la historiografía criolla de la Nueva España y la que vino después con el México independiente, mientras que Adrián es desaparecido por un Estado del siglo XXI que, en un giro perverso, ha convertido el indigenismo oficial en una nueva forma de exclusión racial. La novela sugiere, sin subrayarlo en exceso, que ambos silenciamientos responden a la misma lógica, construir una identidad nacional monolítica exige siempre un descarte.
Para el lector español, el libro ofrece un ángulo especialmente sugerente. La crónica de la Conquista aparece aquí despojada tanto de la épica imperial como de la negación woke de cualquier complejidad: ni gesta civilizadora ni genocidio sin matices, sino un fresco de alianzas, traiciones, hambre y azar en el que españoles, africanos e indígenas comparten un mismo lodo. Las páginas dedicadas a Hernán Cortés, Pedro de Alvarado o la caída del imperio mexica, deudoras, como reconoce el propio autor en sus referencias finales, de biógrafos como Christian Duverger y de novelistas como Álvaro Enrigue, están entre lo mejor del libro, y deberían interesar a cualquier lector español que crea conocer ya esa historia.
Pero Juan sin nombre no es solo una novela histórica. Es, sobre todo, un thriller político sobre el México contemporáneo, escrita con una rabia que a ratos roza el panfleto y a ratos alcanza una lucidez genuinamente incómoda: el crimen organizado como socio silencioso del Estado, un ejército convertido en emporio empresarial, un presidente que instrumentaliza el pasado indígena para legitimar la censura del presente, miles de desaparecidos reducidos a bolsas numeradas. Gómez Pickering no suaviza nada, y construye ese universo mediante una polifonía de voces, el Cabo, el General Secretario, la madre del Negro y Kenya, la vecina trans, entre otros. Voces escritas en un registro oral visceralmente vivo, cargado de mexicanismos que exigirán al lector español cierto esfuerzo, pero que recompensan con una autenticidad difícil de fingir.
Diego Gómez Pickering, diplomático y escritor mexicano, ha construido con Juan sin nombre una obra que reclama un lugar propio dentro de la reciente narrativa mexicana sobre la violencia y la memoria, en la estela de autoras como Fernanda Melchor o Cristina Rivera Garza, aunque con una ambición histórica y una voluntad de denuncia explícita que le son muy personales. No es una lectura cómoda ni una lectura fácil. Es, precisamente por eso, una lectura necesaria: para entender que la historia de México —y, en el fondo, también la de España— sigue estando llena de nombres que alguien decidió no escribir.
Juan Pablo Castel




