«…Louis observaba, intranquilo, la sangría que hacía mella en los prados y los campos. En la casa de al lado atisbó un desprendimiento de piedras secas. La deflagración se unió al desasosiego que llevaba dentro desde por la mañana, como si los elementos, al desencadenarse, encarnasen su ira mezclada con pena.
El motivo de esa rabia era una noticia funesta. El gatito estaba desahuciado a corto plazo; iba a morir prematuramente y no cabía esperanza alguna, le habían dicho. Hacía unos diez días que el hombre se había fijado en que su compañero lamía la leche con menos apetito. El animal mostraba contrariedad al meter el hocico en el cuenco. Louis lo había llevado entonces a una veterinaria recién salida de la universidad con consulta en una ciudad vecina. Tras una serie de exploraciones, soltó las palabras fatales. Bajo la suavidad del pelo había anidado un tumor muy feo, a la altura del esófago. No había nada que hacer. La joven sugirió lo imposible: plantearse una eutanasia para ahorrar al animal futuros padecimientos…»
Estas frases son de la novela El gato del jardinero de Thomas Schlesser, publicada por Lumen y que desde el 10 de septiembre está en todas las librerías. Una obra en donde se nos cuenta que una tormenta ha devastado la Provenza con una fuerza inigualable, pero para Louis, un jardinero solitario, taciturno e hipersensible, ese desastre no es nada en comparación con lo que ocurre en su propia casa: el pequeño gato que ha recogido y con el que se ha encariñado con una insospechada intensidad está gravemente enfermo. Louis se encierra en un completo mutismo, como si las palabras ya no sirvieran. Pero a la casa de enfrente acaba de mudarse Talía, una profesora de Literatura recién jubilada, alegre y fantasiosa, que necesita ayuda para recuperar los olivos y las adelfas destrozados por el temporal. Esta le propone un trato: él cuidará de su jardín y ella, a cambio, lo iniciará en el poder y el misterio de la poesía.
Recordemos que Thomas Schlesser dirige la Fundación Hartung-Bergman y es profesor de la Escuela Politécnica de París. Es historiador del arte, autor de numerosos ensayos como Faire rêver y Anna-Eva Bergman: vies lumineuses. Su novela Los ojos de Mona (Lumen, 2024), finalista del Grand Prix RTL-Lire Magazine Littéraire, libro del año de Barnes & Noble, uno de los mejores libros del años según Vogue y Elle, por la que fue nombrado autor del año en el Premio Trophées de l’édition, se ha convertido en un fenómeno editorial con más de un millón de ejemplares vendidos en sesenta países.
El gato del jardinero es su última novela. Y por ella, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Thomas Schlesser, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Thomas, por favor, si te encuentras con alguien que no te conoce en absoluto, por ejemplo, en la cola del autobús y te ve con tu libro, ¿qué le respondes, si te pregunta de qué va?
Este libro habla de la manera en la que la poesía puede hacernos felices. La poesía, que muchas veces está asociada a algo bastante melancólico, triste, nostálgico, para mí tiene grandes virtudes solares, alegres.
De eso habla este libro.
Pero también habla de amistad, de animales y de la naturaleza.
Bien. ¿Qué te ha empujado a escribir El gato del jardinero? ¿Una lectura, una experiencia, un recuerdo…?
La primera cosa dentro de El gato del jardinero que hay que destacar es que es una novela que se inspira en mi infancia.
Es una novela que sucede en el sur de Francia, en la Provenza. Es un lugar en el que yo he crecido, donde pasé mi infancia. Es una manera, para mí, de volver a sumergirme en estas sensaciones de cuando era un niño pequeño.
La otra cosa que me ha empujado a escribir este libro es que, después de Los ojos de Mona, yo sabía que tenía ese espacio para hablar de un tema reputado y difícil. Sé que la poesía puede parecer algo un poco demasiado pretencioso. No obstante, me daba la sensación, o yo pensaba, que era un territorio sin explorar y maravilloso para descubrir.
Y como es un territorio que yo conozco muy bien, en ese momento me dije: bueno, pues seguramente tenga un público ya para poder lanzarme a esta aventura.
La novela se divide en tres partes, que comprenden treinta y un capítulos, en los que se cuenta, en tercera persona y en pasado, la vida de Louis, su historia, etc. ¿Por qué usas la tercera persona y ese tiempo verbal en tu libro?
Siempre me gusta y disfruto en mis narraciones teniendo un poco de desvinculación con el personaje. La tercera persona me da la oportunidad de dar un pasito atrás y saber un poquito más sobre ellos, porque es entrar un poco en la parte no consciente o lo que ellos no conocen de ellos mismos. Y ese tiempo pasado, escribir en pasado, permite desarrollar un poco más y distanciarse un poco más.
También es cierto que los personajes son personajes que se parecen a mí. Hay una parte de mí que está en Louis y hay una parte de mí también en Talía. Igualmente podría decir que en los animales también hay una parte de mi propia personalidad.
Thomas, esta trama narrativa soporta un argumento que siempre da la sensación de que tienes bajo control. ¿Todo estaba definido así desde el comienzo, o has ido descubriéndolo poco a poco desde la idea inicial?
Por un lado, hice la construcción de esta novela buscando este lado estructurado que yo preparé al principio del trabajo, mezclado también con las sorpresas que van llegando a lo largo de la narración.
Por tanto, evidentemente, tenemos ese movimiento, ese balanceo o equilibrio.
Hay una serie de cosas que sabía a las que me iba a dirigir y otras cosas que descubro a medida que voy siguiendo el camino.
Y voy a contar una anécdota en este sentido. Mientras estaba redactando este libro, se descubren nuevos archivos sobre los famosos episodios de la magdalena de Proust, que es uno de los pasajes más célebres de la literatura. Y como me encanta este pasaje de la magdalena, pues al final de la redacción del libro de repente me doy la vuelta y digo: bueno, tengo que meter esto en la narración.
Y de la misma manera, como Proust ha elaborado este pasaje sobre la magdalena, diciendo que al principio era pan y no era magdalena, entonces a mí me gusta mucho decir: meter esto en el libro. Y al final lo he metido y sale.
Me parece que tu novela tiene un lenguaje claro, preciso, muy cuidado. A mí me ha recordado un poco a Umberto Eco, en ese sentido de mezclar la Historia, con mayúscula, con el discurrir de una vida, en principio, banal.
Bueno, aprecio mucho, inmensamente, esta comparación con Umberto Eco. Yo nunca me habría atrevido a compararme con él. Es un gigante del siglo XX. Pero sí que me reconozco en esa trayectoria que ha tenido, en esta trayectoria académica, universitaria, y también esta trayectoria de escritor, teniendo siempre este gusto de la claridad cuando él escribe.
Y es verdad que, cuando lees la semiótica de Umberto Eco, no es tan sencillo de leer independientemente.
Me gusta escribir con claridad porque me gusta lo que llamamos en los cómics la línea clara, el trazo claro que es aquello, por ejemplo, que sale en los cómics de Tintín, de Hergé. Es una estética que me encanta.
Y creo que es fundamental para hablar de poesía. Porque la poesía muchas veces es un poco oscura, un poco cerrada, hermética. Y si mi novela ha sido muy compleja, pues no quiero añadirle más oscuridad a la oscuridad.
Otro elemento importante en tu novela son los extractos de poemas que incluyes, desde Robert Desnos hasta René Char. ¿Cómo fue la selección, por qué esos poemas y no otros?
Cuando era adolescente, durante una serie de años de mi vida, los miércoles por la tarde, me dedicaba básicamente a decir en voz alta poemas que iba encontrando.
No era un buen estudiante en la escuela y la poesía era una especie de puerta de salida de mí mismo.
Y como yo declamaba estos poemas oralmente, ahora los conozco de memoria. Es algo que viene de una manera de apropiarme de ellos que tuve. Cuando tenía doce, trece, catorce años, y desde ese momento, desde ese punto, en mi vida cotidiana, cuando me enfrento a una situación o me sucede algo, la poesía me viene a la cabeza de una manera totalmente natural. Sólo hace falta que me encuentre con una persona, que haya demasiada gente en el metro, que escuche a alguien romper a reír en el cine, y la poesía me viene a la cabeza, los grandes poemas me vienen a la cabeza.
En esta novela fue exactamente lo mismo. A medida que fui describiendo las situaciones, se me iban imponiendo poemas que yo conocía.
Por supuesto, evidentemente, dentro de este libro tenía yo la necesidad de aportar un punto un poco más pedagógico, con ciertas informaciones sobre textos literarios, que yo mismo masterizo o controlo. Entonces, también hice un trabajo de investigación al servicio de la novela. Y también, digamos, por la cultura y la instrucción del propio lector.
Dentro del libro no hay mucho diálogo, pero cuando aparece, alumbra la trama...
Es una gran pregunta, ¿no?, la del escritor, el saber cuánto diálogo meter o no.
Muchas veces es algo que te preguntas, que te asusta. Por ejemplo, hay escritores que odian, detestan entrar en los diálogos. Yo no digo que soy parte de ese grupo, pero sí que reconozco que nunca es una decisión sencilla. Siempre tenemos esta idea de agrupar el diálogo y hacerlo de una forma un poco indirecta, o intentamos resumir el pensamiento, los intercambios entre distintos individuos de la novela.
Sencillamente, en El gato del jardinero, lo que es interesante, lo que hemos hecho es que… Bueno, lo que he hecho es que tengo personajes muy contrarios.
Louis, tenemos una persona que es casi muda, es muy silencioso, muy secreto, muy discreto, con mucho pudor. Y Talía, a lo contrario, es súper teatral, es una mujer que tiene una elocuencia enorme.
Y, a través de trabajar este contraste, se puede, tal vez, dar la idea de que Talía abruma a Louis dentro de su relación. Es apasionante el trabajo de hacerlos dialogar, pero también muy sutil.
Thomas, ¿dónde has encontrado a tu protagonista, a Louis?, ¿o cómo lo has configurado?
En él, en Louis, hay dos fuentes de inspiración.
La primera es bastante personal. Yo, pues, me acordaba de mis dudas, de mis dolores de adolescente, de la manera en la cual, a veces, de repente, he atravesado una serie de cóleras sordas, o de caos internos que no podía exteriorizar por una serie de sensaciones contradictorias. Y Louis, a pesar de que sale mucho en el libro, tiene ya su edad, se parece mucho al adolescente que fui.
Mientras yo era adolescente, crecí muy rápido. Y mi cuerpo, para mí no siempre fue una especie de vasija, o algo externo que fuera muy cómodo para mí.
Y luego, también, la segunda fuente es más literaria. Digamos que Louis es un poco ese personaje de De ratones y hombres [Lennie Small], de John Steinbeck.
Y ya por último, háblanos del final de El gato del jardinero, de ese final que me ha parecido tan rico en emociones.
En mi infancia, viví dos incendios en la Provenza. Uno en el año 1983, cuando era más pequeño. Esto sucedió a seis, siete kilómetros más o menos de mi casa.
Y después un segundo, en el año 1990, que sucede a ciento cincuenta, doscientos metros de mi casa. Y a día de hoy, todavía, cuando estoy en este pueblito de la Provenza donde todavía viven mis padres, hay una serie de estigmas, de trazas, de resultados de estos incendios. Siempre, siempre pienso en ello cuando voy a casa de mis padres.
Francia, al igual que España, a día de hoy están sometidos a una serie de catástrofes ecológicas horribles. El fuego destroza, consume todos nuestros territorios y asesina a los árboles, a los seres humanos y a los animales.
Y este final, a la vez, es un eco de lo que vivimos a día de hoy. Y aquello que cuando era pequeño, pues experimenté. Y Louis, si tiene esa fobia de los fuegos y de los incendios, es porque, como ya puedes ver, yo también la tengo.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Roberto Frankenberg
INTÉRPRETE: Aitana Mendioroz
Thomas Schlesser
Editorial Lumen, 400 pp., 22,90 €
Sinopsis:
Tras Los ojos de Mona, uno de los mejores libros del año según Vogue y Elle, que cautivó a más de 1.000.000 de lectores en 60 países, Schlesser nos ilumina con otra gran novela filosófica.
Una tormenta ha devastado la Provenza con una fuerza inigualable, pero para Louis, un jardinero solitario, taciturno e hipersensible, ese desastre no es nada en comparación con lo que ocurre en su propia casa: el pequeño gato que ha recogido y con el que se ha encariñado con una insospechada intensidad está gravemente enfermo. Louis se encierra en un completo mutismo, como si las palabras ya no sirvieran. Pero a la casa de enfrente acaba de mudarse Talía, una profesora de Literatura recién jubilada, alegre y fantasiosa, que necesita ayuda para recuperar los olivos y las adelfas destrozados por el temporal. Esta le propone un trato: él cuidará de su jardín y ella, a cambio, lo iniciará en el poder y el misterio de la poesía. Así empieza una inesperada amistad, y entre árboles maltrechos, tardes de conversaciones y versos de Safo, Pessoa, Lorca, Gaspara Stampa, Pavese, Rimbaud, Neruda o T. S. Eliot, el jardinero descubre que la poesía lleva muchísimo tiempo nombrando el mundo por nosotros: el dolor, la belleza, el miedo, el deseo, la naturaleza y todo aquello que no siempre sabemos cómo expresar.



