«…Dos chicos caminan a la sombra exigua de una plantación frutal, lejos de la casa donde se alojan. Es poco después del mediodía, el sol cae a plomo, implacable, y no hay nadie a la vista. Bajo esta luz, la tierra brilla incierta frente a ellos. Hace meses que no llueve; la vegetación, normalmente cargada de humedad, se ha agostado y se ha vuelto quebradiza. Hace días que el aire es tan cálido y tan seco que a los chicos les quema la garganta al respirar.
Enciende una cerilla y el país entero arderá en llamas, dice uno de ellos. Se llama Jay. Se abre camino entre hierbas largas y ásperas que le hieren las pantorrillas, entretejiendo sobre ellas unos cortes finos y exquisitos que le escocerán más tarde, cuando se lave, aunque ya se ha acostumbrado al dolor y, de hecho, apenas lo reconoce como tal. La maleza aquí es una maraña de espinas, y cada noche Jay descubre en sus brazos y piernas pequeñas heridas que manchan de sangre su toalla y sus sábanas, y aun así casi nunca percibe los pinchazos en su piel.
Los chicos caminan sin detenerse, avanzando hacia las sombras más densas del centro de la plantación…»
Estas frases son de la novela El sur de Tash Aw, publicada por Anagrama y que desde el 2 de septiembre está en todas las librerías. Una obra en donde el autor compone una novela de iniciación y memoria que es también el retrato de un país en transformación. A finales de la década de 1990, la familia de Jay, un joven malasio de dieciséis años, viaja al sur del país. La madre, Sui Ching, ha heredado de su suegro una finca en decadencia, administrada por Fong y su hijo Chuan, que se convertirá en epicentro de tensiones, secretos y revelaciones largamente postergadas.
Recordemos que Tash Aw (Taipéi, Taiwan, 1971) creció en Malasia, país natal de sus padres, hijos a su vez de la inmigración china de principios del siglo XX. A los dieciocho años se trasladó al Reino Unido para estudiar Derecho en el Jesus College de la Universidad de Cambridge y en la Universidad de Warwick. Tras finalizar sus estudios, se instaló en Londres, donde reside actualmente dedicado a la escritura. Su primera novela, La fábrica de sedas (2005), fue preseleccionada para el Premio Man Booker 2005 y ganó el Premio Whitbread a la mejor novela revelación de 2005, entre otros. Tras la publicación de su segunda novela, Map of the Invisible World (2009), la revista Time elogió «la prosa descriptiva sin igual de Aw…, su inmensa inteligencia y su empatía». En 2013, su novela Five Star Billionaire fue preseleccionada para el Premio Man Booker de ese año. En 2016, publicó Extraños en el muelle, que fue finalista del Premio Los Angeles Times Book, al igual que We, the Survivors, publicado en 2019.
El sur, su sexta novela (y primera parte de una futura tetralogía), fue finalista del Premio Booker 2025 y destacada como uno de los mejores libros de ficción del año por The New York Times y The Washington Post. Por ella, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Tash Aw, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Lo primero, Tash, ¿podrías hacernos un breve resumen de tu libro?
El libro trata sobre una familia, una familia muy común en Malasia a finales de los años 90. Y es la historia de esta familia, que no tiene nada de especial, pero, al iluminarla, descubrimos que, en realidad, ha vivido cosas muy fuertes. La familia se está desmoronando muy, muy despacio y discretamente.
La historia se centra en dos adolescentes de diecisiete y diecinueve años que se están enamorando. Y, a su alrededor, la familia se desmorona y el país también. Es una situación económica muy mala y climáticamente igual de mala. Pero, dentro de esta catástrofe, siguen descubriendo algo maravilloso sobre el deseo, la identidad y la libertad.
¿Y cuál fue el detonante para escribir El sur: algo leído, una experiencia, un recuerdo…?
No lo sé. De hecho, ya sabes, es muy difícil para un escritor explicar cómo nacen los libros.
Pero lo único que puedo decir es que es el producto de un largo periodo de muchos años de reflexionar sobre lo que significa escribir para mí, sobre cuál es mi proyecto literario.
Siempre he querido ver cómo personas muy corrientes, como mi familia, como yo mismo, hemos vivido a lo largo de los últimos cincuenta, ochenta años… cómo el individuo en Asia ha sobrevivido a los acontecimientos de la historia. Porque la gente común nunca piensa que son importantes. Nunca pensamos que formamos parte de la historia. Pero sí formamos parte de la historia.
Así que quise reflexionar sobre cómo capturar estas vidas tan corrientes de personas que no se consideran especiales, para convertirlas en algo importante y hacer que sean algo magnífico e histórico. Y mostrar cómo somos cada uno de nosotros, cómo somos absolutamente todos.
Todos los capítulos van sin numeración y alternan entre el presente, en tercera persona, y el pasado, en primera persona. ¿Por qué hacerlo así?
Empecé a querer escribir [esta novela] solo en primera persona.
En perspectiva, quería escribir una novela breve desde el punto de vista de un joven de dieciséis o diecisiete años.
Pero, en el momento en que empecé a escribir, me di cuenta de que esa persona no existía de forma aislada. Ese joven que intenta encontrar su identidad, que busca la libertad, está vinculado a todas las demás personas de la familia; está conectado con ellas. Así que su identidad, su destino y su libertad también están ligados a las personas que lo rodean.
Por eso no podía escribir su historia sin escribir también la historia de los demás.
De hecho, este libro estaba pensado para escribirse desde el punto de vista de un joven de diecisiete años. Pero cuando empecé a escribirlo, me di cuenta de que, bueno, [en ese momento] soy alguien de diecisiete años, pero ahora soy mucho mayor. Así que tuve que ser honesto al escribir este libro y reconocer que es una obra escrita por una persona mayor que mira hacia atrás en el tiempo.
Y al mirar hacia atrás, los recuerdos de quienes me rodeaban también afloraron en mi conciencia.
El resultado es una narración en primera persona muy introspectiva, aunque, de vez en cuando, el narrador sale de sí mismo e intenta comprender lo que les sucede a las personas cercanas a él.
Porque, con el paso del tiempo, todos sus recuerdos de aquel espacio, de aquel momento concreto de la historia, se funden en una memoria compartida.
Porque siento que tenemos el recuerdo de haber estado en el mismo espacio al mismo tiempo y, de alguna manera, esto se convierte en un esfuerzo conjunto.
Entendido… Y Tash, se tiene siempre la sensación de que el argumento lo tienes controlado. ¿Todo estaba planeado así desde el principio?
Creo que la escritora británica Iris Murdoch dijo que, antes de empezar a escribir la primera línea de una novela, ya sabía cómo iba a ser cada escena, qué iba a decir cada persona en cada escena. Y esto es totalmente opuesto a cómo escribo.
Tengo un plan. Tengo una visión de la novela. Pero lo emocionante como novelista es cuando esa novela no sale según lo planeado, cuando los personajes cobran vida propia y te sorprenden con lo que van a hacer en la página.
Así que siempre existe un equilibrio entre querer que la novela sea algo… y, al mismo tiempo, permitir, tener el valor de permitir, que la novela sea lo que ella misma quiere ser.
Así que realmente quería que esta fuera simplemente una novela pequeña y tierna sobre el paso a la edad adulta. Pero, al final, se convirtió en algo más grande. Se convirtió en un retrato de una familia. Se convirtió en una especie de retrato de un país en tiempos de crisis.
En tu novela no hay muchos diálogos. Pero, cuando aparecen, iluminan la trama…
Vengo de una familia que no habla mucho; no tenemos muchas palabras.
Cuando era niño y adolescente, siempre deseaba que hubiera más comunicación.
Sabes, crecimos viendo televisión estadounidense, donde la gente habla todo el tiempo. La gente expresa sus emociones constantemente. Pero, para nosotros, gran parte de la comunicación era no verbal.
Gran parte de lo que sucedió entre nosotros, ocurrió en silencio. Así que teníamos que adivinar qué pasaba entre los miembros de la familia. Teníamos que intuir cómo se sentían los demás. Y cada vez que decían algo, en la novela, creo que lo que dicen los mayores cuando hablan no es lo que realmente quieren decir, sus palabras ocultan muchas cosas. En cambio, los más jóvenes expresan abiertamente lo que piensan. Dicen cómo se sienten.
Y este es uno de los puntos de tensión entre la generación mayor y la más joven. Porque los mayores se reservan sus pensamientos, se mueven en silencio. Los jóvenes, en cambio, quieren que hablen. Y eso genera, de por sí, un conflicto dentro de la familia.
Los protagonistas: Chuan y Jay, son dos grandes personajes, ¿de dónde los sacaste?
No es una novela estrictamente autobiográfica, pero muchos de los elementos provienen de mi vida.
Y, bueno, la experiencia de Jay y Chuan es básicamente mi intento de recordar cómo fueron mis primeros sentimientos de deseo cuando tenía dieciséis años.
Para mí, un escritor fundamental es Marcel Proust, quien trabajó con la idea de la memoria, de cómo esta se intensifica a medida que nos alejamos de ella, y con la cuestión de si un escritor es capaz de plasmar eso por escrito.
En mi caso, siempre pensé… bueno, soy alguien que quería dejar atrás su camino anterior. Ya sabes, quería reinventarme; quería huir de mis orígenes, de mi pasado. Pero, a medida que envejezco, me doy cuenta de que he conservado gran parte de aquello con lo que crecí.
Así que Jay y Chuan son, básicamente, personajes de mi propia vida. Y al escribirlos, recordé toda la emoción que sentía a los dieciséis años, pero también gran parte de la vergüenza y la confusión. Esa lucha entre el deseo de libertad y, por otro lado, el miedo a decepcionar a mi familia con mis decisiones.
Otro personaje importante en tu novela es la plantación administrada por Fong. Hay grandes descripciones de su decadencia…
Bueno, ya sabes, una vez más, lo de la plantación es algo que surge de… es un detalle autobiográfico; existe una situación similar en mi propia familia, y es algo que me ha llevado a reflexionar, durante unos veinte años, digamos, sobre la naturaleza de la pertenencia y, concretamente, sobre el sentido de pertenecer a la tierra.
Hoy en día, en Europa Occidental siempre hablamos con un tono muy nostálgico. La gente habla de pertenecer a la tierra. Por ejemplo, en Francia, donde vivo ahora, se habla de la presencia de la tierra y de cómo, en cierto modo, esas personas son más importantes que otras porque están profundamente arraigadas a ella. Han nacido en esa tierra y la trabajan con sus propias manos.
Pero, por mi experiencia en muchas partes del mundo, esto no es necesariamente algo bueno.
En Malasia, si naces vinculado a la tierra y estás atrapado allí, significa que eres pobre, que careces de recursos y que no tienes oportunidades de recibir educación. No tienes oportunidades de… ya sabes… no tienes ninguna posibilidad de leer libros o ir al cine.
Así que, en el caso de Fong, aunque él es el administrador de la plantación… él cuida de la plantación… sigue sin ser su dueño. No tiene libertad.
Ser propietario de tierras, de una plantación, en ese país no significa nada para él, porque carece de dinero y de oportunidades, y sus hijos, su hijo Chuan, correrán exactamente la misma suerte.
Así es como se produce la decadencia de la plantación. ¿Qué significa esto? La gente suele pensar que la tierra es algo maravilloso, que siempre proporcionará alimento y sustento. ¿Pero qué pasa si no es así? ¿Qué ocurre si el clima es tan adverso que la tierra no ofrece nada? ¿Qué queda entonces?
Esta es, pues, mi manera de cuestionar el significado de la pertenencia y del vínculo con la tierra en la vida moderna.
Y ya por último, hablemos del final de El sur. ¿Qué podemos decir? ¿A dónde nos conduce ese final? ¿Qué va a pasar con Chuan y Jay?
Tenemos que leer los siguientes libros para averiguarlo.
Pero incluso con este libro, creo que tenemos la sensación de que el final es feliz. Creo que es feliz. Es muy eufórico. Es muy optimista. Están enamorados. Salen a bailar, salen a beber.
Pero sabemos que Jay es una persona tiene acceso a la educación. Sabemos que, por tanto, esa persona tiene acceso a mejores oportunidades. Esa persona ya es capaz de imaginar una vida fuera de la plantación. Ya está imaginando a otros hombres, otras relaciones. Ya está imaginando un futuro, porque eso es lo que hace la educación por ti. Eso es lo que te aporta la educación. Te brinda la capacidad de imaginar un futuro.
La otra persona, Chuan, no tiene esta educación. Es probable que su vida sea una repetición de lo que es ahora: una sucesión de pequeños trabajos mal pagados que debe realizar con el cuerpo.
Así que la gran pregunta es: ¿podrán esas dos formas de vida tan diferentes volver a encontrarse alguna vez felizmente?
Aún no tengo la respuesta, pero tal vez llegue a tenerla.
Necesito reflexionar más sobre esto. Necesito pensarlo. Necesito ver cómo se desarrolla mi vida, sabes. Necesito ver cómo se desarrollan las vidas de mi familia.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Tara Sosrowardoyo
INTÉRPRETE: Enrique Fernández Cerezo
Tash Aw
Editorial Anagrama, 288 pp., 20,90 €
Sinopsis:
En una plantación abrasada por la sequía, bajo un sol que parece capaz de incendiar el país entero, dos muchachos caminan entre árboles enfermos que pronto serán talados. Allí, en medio de la maleza reseca y el olor a corteza viva, el deseo irrumpe con la misma violencia silenciosa que se cierne sobre la naturaleza. Años después, ese instante –breve, torpe e irreversible– seguirá proyectando una alargada sombra.
Tash Aw compone una novela de iniciación y memoria que es también el retrato de un país en transformación. A finales de la década de 1990, la familia de Jay, un joven malasio de dieciséis años, viaja al sur del país. La madre, Sui Ching, ha heredado de su suegro una finca en decadencia, administrada por Fong y su hijo Chuan, que se convertirá en epicentro de tensiones, secretos y revelaciones largamente postergadas.
Mientras la sequía avanza y la economía nacional se tambalea, cada miembro de la familia deberá hacer frente a sus propias transformaciones: Jack proyecta en su hijo una disciplina que el mundo ya no le garantiza; Sui Ching encuentra en esa herencia la posibilidad de una revancha; las hijas, Lina y Yin, ensayan lejos de la cotidianidad formas distintas de fuga. Y Jay, en el centro de todos ellos, silencioso y observador, atraviesa el desconcierto de la adolescencia: la vergüenza de un cuerpo en perpetuo crecimiento y la intuición de un deseo que lo separa de los demás y que todavía no sabe nombrar. Lejos de la ciudad y de las rutinas que lo protegían, Jay se verá empujado a lidiar con sentimientos que empiezan a tomar forma en un entorno hostil y magnético a la vez.
Con una prosa de una precisión hipnótica, Tash Aw explora las jerarquías invisibles y las lealtades ambiguas que sostienen –y asfixian– a unos personajes que intentan encontrarse a sí mismos en un espacio donde confluyen la memoria colonial, la desigualdad persistente y la promesa incierta de un futuro mejor. Escrita con una poderosa sensibilidad para lo físico y lo paisajístico, El sur es una novela sobre el desarraigo, la herencia invisible del pasado, la necesidad de pertenecer y el impulso de huir. Una exploración sutil y poderosa de la familia como campo de batalla y refugio imperfecto.



