Salvador Navarro (Sevilla, 1967) viene de obtener varios premios literarios y de publicar con importantes sellos editoriales. Ahora opta por la vía independiente para presentar “No mires atrás”, una novela intensa sobre la vida que, a veces, por amor, nos inventan los padres. El pasado se convierte en un pozo de riesgo para Iker, el exitoso treintañero que protagoniza la historia. Sevilla y San Sebastián son las dos ciudades que representan el contrapunto en la existencia del personaje.
Por: Ernesto Rodríguez.
Pregunta: – A Iker, el personaje de tu novela, ¿le inventaron la infancia?
Respuesta: – Le contaron lo que consideraron que le convenía saber. El amor en muchas ocasiones se manifiesta con una torpeza infinita. Crees cuidar y lo que consigues es debilitar a la persona a la que proteges. La vida ya es suficientemente complicada como para que además te la escondan. Cuanto más te la muestren en toda su crudeza, y su esplendor, más preparado estarás para afrontarla.
P: – Inventar una vida, aunque sea por amor, siempre es un detonante.
R: – Para una novela, desde luego. Para el mundo real, es una broma pesada. Creerte en el derecho de decidir qué debe conocer o no tu hijo es una forma burda de manipularlo, por muy buenas que sean tus intenciones. En esta historia hablamos de un chaval que ha estado a punto de matarse en un accidente de bici con 10 años, que ha padecido una grave enfermedad autoinmune en la adolescencia. Un claro candidato a ser protegido de todo cuanto pudiera venir después. Lo que nadie entiende es que ese mismo manto con el que pretendían resguardarlo acabaría convirtiéndose en el principal obstáculo para que madurara.
P: – Cuéntanos del presente de Iker y qué ocurre cuando mira atrás.
R: – Es un joven que parece haberlo conseguido todo y, sin embargo, sigue viviendo dentro de una historia que otros escribieron por él. Con treinta años y un currículum brillante, le acaban de dar la responsabilidad de dirigir un equipo enorme de informáticos en una empresa internacional. Coordina todo el norte de España desde su apartamento de San Sebastián, donde se ha trasladado escapando de su zona de confort en su casa familiar de Sevilla. Hijo único, necesita ponerse a prueba, aunque da el salto a su segunda ciudad, allí donde aún tiene a su tía Lorea y a su primo Gorka como parapetos en los que refugiarse.
P: – ¿Puede más el miedo que el amor?
R: – En el caso de Iker, y de su familia, se entrelazan, se confunden. Él siempre será el niño frágil de quien hay que estar pendiente. Su triunfo profesional es el triunfo de todos, pero nadie olvida sus años prostrado en la cama por una enfermedad rara, sus tornillos en las piernas como recuerdo de su accidente.
P: – El Alzheimer aparece en la historia.
R: – Sí. También como prueba de amor. Porque es Alfredo, el padre de Iker, un padre-abuelo, quien recibe ese diagnóstico al poco de marcharse su hijo a Donosti. Tal vez una forma inconsciente de hacerle no romper del todo el hilo con su ciudad. Lo sorprendente es cuando Alfredo le dice a su hijo que esa enfermedad es inventada, que está simulando su demencia por amor hacia su madre, para liberarla de él, mucho mayor, y permitirle volar libre.
P: – El precio que pagamos por conocer las verdades familiares es, a veces, muy alto. ¿Siempre vale la pena o es mejor continuar en la vida que nos han inventado?
R: – Da mucho pudor preguntar, y saber, acerca de la realidad de nuestros padres. Cuánto se quieren o se quisieron, cuánto se engañan o se engañaron. Preferimos agarrarnos a la imagen que nos ofrecieron cuando no éramos nada sin ellos. De los amigos queremos saberlo todo, de la familia, mejor no.
P: – Sevilla, San Sebastián. ¿Ambas ciudades también son centrales en la novela?
R: – Son el contrapunto. Sevilla es la prisión dorada, la infancia feliz, el sitio al que Iker pertenece, tanto como el muro con el que siempre choca. San Sebastián es la oportunidad de ser alguien distinto, la madurez, la prueba de que puede llegar a manejarse por sí mismo. Pertenece a las dos ciudades y, sin embargo, ninguna termina de pertenecerle a él.
P: – ¿Salvador Navarro escribe para sanar el pasado?
R: – Sin duda. Aunque no sea mi principal objetivo al escribir, que no es otro que entretener al lector. Pero tras tantas horas delante del papel en blanco sí que salen todos los miedos que uno lleva dentro. Estoy convencido de que la mejor terapia para ser una mejor persona empieza por conocerse, y para ello no hay nada como bucear en el pasado personal. Averiguar qué es lo que me hace ser quien soy hoy en día.
P: – ¿La imaginación también nos inventa el camino?
R: – Qué triste sería el día a día sin la capacidad de inventar futuros. Leer es imaginar. Escribir es crear mundos, sentirse un pequeño dios que se permite pintar escenarios donde sacar a jugar los benditos monstruos que nos habitan.




