Una piba que hace dedo en la ruta y está oscureciendo, una familia atormentada por un hijo con capacidades mentales diferentes, un fugitivo refugiado en un sótano, una esposa infeliz, adolescentes enamorados, o desplazados, o desesperanzados, a la búsqueda de un hueco de rescate. Una vuelta de tuerca a la estela de adrenalina de la crónica roja se instala en la complejidad de lo cotidiano, con protagonistas en contextos sociales donde nada está previsto ni determinado.
Para lo que algunos necesitan una nouvelle, Romina Tumini lo consigue en tres páginas. El momento bucólico, la previa casi cantada de un infortunio, la incertidumbre, la angustia, el sufrimiento suministrado en dosis para el lector, y finalmente, el inesperado desenlace. Pero si el material requiere aliento y alargue, ahí están las más de treinta cuartillas para narrar la dolorosa transición de una juventud compulsiva y corajuda sentenciada a la prematura madurez en el relato El puente sobre el río Bravo. Pocas veces un título puede contener tanto.
Así va definiendo Romina Tumini su estilo. Diez relatos donde la administración del silencio, el final abierto, la tensión extrema, donde el humor y una mirada compasiva parece abrazar a estos personajes caídos del paraíso, narrando las variadas vidas al margen de cualquier destino predictado, con diferenciación y en cierta medida con un relámpago de redención.
A lo largo de estos relatos sobrevuela celuloide puro, un goodby Lenin en el sur del Sur, un rojo shocking de violencia intrafamiliar, la ternura infinita de un encuentro casual. Imágenes de crudeza al borde, evocan a Elvira Orphee, otra gran narradora argentina del siglo pasado.
Y todo esto en el marco de un paisaje que es protagonista, agreste, imprevisible. Ni mar ni montaña ni llanura: la Patagonia. Una suerte de meseta arisca despeinada por los vientos, con una vegetación tan salvaje como áspera y a la vez cautivadora. La Patagonia se descubre con toda su opulenta majestuosidad en estos relatos. Y para mí, que vengo del horizonte pampeano, —nada por aquí, nada por allá—, una absoluta revelación, como que los personajes son hijos de ese material que es la tierra y el lugar, y lo manifiestan y dilatan frente a la perplejidad de la mirada foránea.
La literatura, se sabe, no salva el mundo, pero la lectura es capaz de generar ese consuelo que nos fija por un instante en otra realidad de infinitas posibilidades. Por eso agradezco y saludo con alegría estos potentes relatos de Romina Tumini y les deseo patagónicos y mundiales lectores y lecturas.
Esther Andradi
El olor del miedo
Romina Tumini
Editorial Avant, Madrid 2025




