«…Enfrentarse por sorpresa a su propia cara, y a tanta distancia del suelo, le sacudió como la primera vez, y su reacción fue dirigirse a aquel extraño: «¿Qué quieres?». Fue directo hacia la firma de la periodista. Recordó no haberle dado declaraciones y prohibir a sus amigos que hablasen con ella. «No se cuida en absoluto: atenta contra él con lo que tiene más a mano, y las consecuencias están a la vista. Lo que pasó este otoño en la televisión fue un síntoma, de verdad que no creo que fuese un escándalo, sino un síntoma». Pero en la vida de Chami Palmeira hacía tiempo que nadie sabía quiénes eran sus amigos y quiénes no, y, en un momento de lucidez, leyendo aquí y allá fuentes anónimas, supo que había más posibilidades de que hubiesen hablado sus amigos de siempre —los más peligrosos y repugnantes— que las decenas de almas rotas que lo acompañaban en su exploración por los días y las noches de Madrid…»
Estas frases son de la novela La víspera de Manuel Jabois, publicada por Alfaguara y que desde el 21 de mayo está en todas las librerías. Una obra que nos cuenta que una familia sobrevive si no se hace preguntas: lo sabe Amalia, la protagonista de este libro, y también sus hijos. Pero no son pocos los interrogantes que flotan en el aire a lo largo de una tensa jornada en la que todo puede pasar y que sigue su curso accidentado entre expectativas, desapariciones, reencuentros y revelaciones.
Recordemos que Manuel Jabois nació en Sanxenxo (Pontevedra) en 1978 y empezó su carrera como periodista en Diario de Pontevedra. Tras pasar por El Mundo, desde 2015 escribe en El País. También tiene un espacio diario en el programa Hora 25 de la Cadena SER. Como escritor, ha publicado la novela A estación violenta (2008), las recopilaciones de artículos Irse a Madrid (2011) y Hay más cuernos en un buenas noches (2022); Grupo Salvaje (2012) -unas breves memorias sentimentales sobre el Real Madrid-, Manu (2013) y un largo trabajo sobre el 11-M titulado Nos vemos en esta vida o en la otra (2016). En 2019 publicó con gran éxito de crítica su primera novela en Alfaguara, Malaherba. Le siguieron Miss Marte (2021) y Mirafiori (2024).
Por La víspera, su última y recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Manuel Jabois, acercándonos a una de las agradables terrazas de la calle de Trafalgar, del barrio de Chamberí, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Manuel, por favor, haznos una sinopsis de tu novela.
Bueno, hay una mujer que cumple años y está preparando todo en la víspera, porque llegan sus hijos y se van a reunir [también] con su marido, que vive con ella, y van a dar una imagen de una familia unida, feliz, reunida por el cumpleaños de ella y en parte por las fiestas navideñas.
Al mismo tiempo, fuera de la casa, se desarrolla una acción un poco extraña, porque han desaparecido dos niños en la carrera popular del pueblo. Y entonces, poco a poco, muy lentamente, se va llenando ese pueblo de periodistas, de policías, y empieza una investigación secundaria para saber qué ha pasado con esos niños.
¿Y cuál fue el germen de esta historia? ¿Una imagen, un recuerdo, alguna noticia?
Hay una imagen muy concreta que a mí me llamó la atención, que es la de una mujer eviscerando un conejo y tratando de que la pantalla no se le funda a negro: cuando tocas ahí y a ver que sigue y tal. Esa imagen me gustó. Luego ella limpia un poco la pantalla, porque está con la sangre del conejo: [y esto] ¿cómo seguía?, ¿ahora qué hay que hacer?, quitarle el corazón…
Hay otra imagen que es la de La escopeta nacional [película de 1978 de Luis García Berlanga], en la que se le quita la piel al conejo en un curso de cocina, que yo lloraba con esa escena de risa porque a una le da una arcada y no sé qué. Esa siempre me gustó mucho.
[En este momento llega una camarera con la bebida y un aperitivito, como ella dice. Manuel Jabois se interrumpe y, cuando han puesto todo en la mesa, continúa contando, con su hablar rápido:]
Y hay una pregunta que es hasta dónde estás dispuesto a defender a tu familia, si hay alguna línea roja para defender a tu familia. Esa pregunta siempre me ha obsesionado mucho. Porque dices: a todo. Luego dices: vamos a ver si todo es posible o no. Entonces, vamos a hacer una novela y tú me dices sí a todo o no, que puede ser a todo, ¿eh? Me gusta mucho que el lector diga, pues oye, yo no sé, llegado a este punto…
Quién sabe, ¿verdad…? Vayamos con los personajes de La víspera. Por un lado, tenemos a Amalia, la gran madre (como una mamma italiana), la que sostiene a la familia, la que dice: “a veces pasaban cosas, y si pasaban, se arreglaban, como en todas las familias”. A mí me parece que es un gran personaje. Manuel, es difícil encontrar uno así.
Hay una entrevista que se publicó hace ya unos años en la que alguien, siempre hay un experto, decía que había un tanto por ciento de la población, pequeño pero importante, que era psicópata, que tenía dificultades para encontrar emociones.
Nosotros, cuando pensamos en los psicópatas, pensamos en un tipo pintarrajeado con cadáveres en un sótano, que, como no tiene culpa, no tiene remordimiento.
Los rasgos psicopáticos son otros, pero pueden tener relación con eso. Realmente no tienes emoción, no tienes pena, no tienes culpa, no tienes alegría, imitas lo que hacen los demás y lo que crees que está bien. Yo no soy partidario de endosarle a Amalia el calificativo de psicópata porque tampoco tengo tanto conocimiento sobre ella, a pesar de haberla creado. Pero ella tiene una grandísima dificultad para encontrar emociones y tiene pensamientos intrusivos absurdos y a veces muy desesperados.
Pero es una ama de casa gallega en un pueblo pequeño, sin ninguna herramienta con la que lidiar con eso. Su familia funciona en base a sobreentendidos. Ven que algo está roto dentro de su cabeza y empiezan a entender que algo no está funcionando en ella, desde muy pronto, y simplemente conviven con ella e intentan aprender o saber un poco lo que le pasa. Pero no hay diálogos, hay miradas. Eso lo explica muy bien Ramón, Mom [el hijo pequeño], en uno de sus soliloquios. Es algo con lo que se convive, pero que no se nombra, porque tampoco están acostumbrados a nombrar cosas y mucho menos cosas así, que se escapan a su entendimiento.
A mí me fascinó la creación de Amalia y toda la novela se sostiene sobre ella, no sobre Chami [el hijo mayor]. Chami es un personaje un poco más arquetípico, un tipo que estuvo en la gloria y ahora vuelve y tropieza con todo lo que puede, con las chicas más jóvenes, exageradamente más jóvenes que él, con las drogas, con el alcohol, en fin, no es novedoso. La vida de Chami es una vida que tenemos aquí, en alguna terraza estará aquí algún exfutbolista tomándose la segunda o la tercera copa del día.
Pero Amalia sí es una figura original, una figura de la que yo estoy muy orgulloso, y que escribí con mucho cuidado y con mucho cariño, sabiendo las enormes y gigantescas contradicciones que ella tenía, las luces, los claros y, sobre todo, las oscuridades y las tinieblas de las que ella también es un poco consciente. Pero todo se sostiene con el silencio, el sobreentendido y la apariencia: yo te voy a ayudar a ti, yo voy a hacer el bien, yo voy a estar contigo, lo hago porque los demás saben que eso está bien, porque yo sé que eso me va a ofrecer a mí una recompensa en forma de amor, de cariño, de mira qué buena persona. No porque salga genuinamente de mí, que seguramente me la sude que tú tal.
Vamos a ser una familia unida, perfecta, a pesar de que a lo mejor lo somos simplemente por puro pegamento, por pura inercia, pero no porque salga el amor dentro de nosotros, que eso es más complicado, la imagen es lo importante, estamos en un pueblo y hay que dar imagen de lo que somos, que hay que cruzarse con la gente todo el rato y que la gente tiene que saber que estamos bien, que somos felices. Y Chami lo interioriza y le dice a este chico en el bar, somos una familia muy feliz, nunca seremos tan felices y demás.
Chami, ya me has contado, en el fondo es un reflejo de la sociedad del éxito instantáneo. ¿Qué dificultad te causó crear a este personaje?
No muchas. Había una cáscara, un caparazón, una cubierta, que podía estar inspirada libremente en mi madre, o en las madres de mi generación, que son mujeres que se ocupan absolutamente de todo, que hacen de todo, que no saben sentarse, con maridos que no saben levantarse.
No eres el único, eh, que tiene una madre así.
Ella, si se sienta, le da un ictus. Ella tiene el rollo de, yo como me siente, me da un ictus. De hecho, le dice al policía, yo no me sé sentar; cómo se sienta uno; qué hacer.
Y el otro, cada vez que se levanta, es como Ulises; hay que irse a, ¡uf!; hay que llegar a Ítaca otra vez, cago en la; hay que ir allí; no sé qué; ver el tiempo; volver; se sienta…
Esa es una imagen arquetípica, pero constante y presente en las vidas de muchísimos, muchísimos españoles. A partir de esa figura de Amalia, de esa base real, empecé a desarrollar otra.
Mira, hay otra imagen. yo no sé si esto es muy bestia o no, pero es muy difícil tener a un bebé en brazos, tu hijo, tu hija, toda la noche sin que deje de llorar tres minutos y, de repente, vuelve a llorar y tú no quieras abrir la ventana y… adiós bebé. Pensar una mínima fracción de segundo sabiendo que jamás va a ocurrir eso, pero decir: joder, cómo lo tiraba ahora. Y ese momento, que es muy cómico, muy humorístico, porque realmente es un pensamiento que te entra, que te ríes para ti y dices: ¡jo, qué loco estás!; ¡pero es que lo tiro! Esto lo tiene ella también con él siendo bebé: ahora, si lo tiro, qué pasa. ¿Sabes? Algo como: venga, vete a molestar a otra familia por ahí.
Son cosas que a mí me hacían mucha gracia, que tenían su lado súper siniestro. Hay una frase que siempre me gustó muchísimo y no recuerdo qué tipo la pronunció, que decía que toda madre tenía la tentación de coger a sus hijos y dejarlos abandonados en un bosque. Y que El resplandor era una película que Kubrick había hecho sobre esa familia que tenía esa necesidad. Entonces el tipo aquel decía no sé qué de que Kubrick seguramente quería hacer eso y, al final, tuvo que hacer El resplandor para no…
¡Hacer la locura personal en la realidad!
¡Eso!, para no terminar como Jack Nicholson [el protagonista del filme de Kubrick].
Manuel, todo lo cuentas en la novela en tercera persona. Los capítulos impares: Amalia, la madre; los pares: Chami, el hijo que ha triunfado. ¿Por qué esta estrategia?
Por diversión, por diversificar, por cambiar un poco la historia de las tres novelas anteriores que he publicado con Alfaguara, que son en primera persona. Porque tengo acceso a más cabezas, tengo acceso a más acción.
[Pero] De repente me aburrí en medio de la escritura, porque era como todo muy constante: Amalia, Chami, Amalia, Chami, ¡bien! Pero llegó un punto en que un día, al levantarme a escribir, dije: es que, otra vez, ahora me toca Chami; y dije: ¿qué está haciendo Mom, el hermano de Chami, en Vigo? Bueno. Y me puse a escribir sobre qué estaba haciendo el hermano de Chami en Vigo. Y me gustó lo que estaba escribiendo. Vi que tenía el mismo tono. Yo lo hacía por curiosidad: ¿qué hace éste en Vigo?, ¿qué está, sentado en un banco?, ¿está follándose a alguien?, ¿qué hace, ha vuelto a beber? Y me puse a escribir sobre él y vi que tenía sentido y entonces dije: ¿y el padre de un desaparecido cómo reacciona, cómo es la vida de un padre de un niño desaparecido?, que es la figura que nadie querría estar en su piel jamás en la vida, ¿qué está haciendo? Y entonces está, sabes, fijándose en una tía, imaginando…
En ese sentido, ¿sabes en quién pensé? En Rosario Porto. Su mejor amiga me contó para un reportaje que yo hice en El Mundo que, cuando estaba en el tanatorio, ella estaba recibiendo el consuelo de toda España, con su hija muerta, porque había aparecido tal, pero ella todavía era la inocente número uno, por eso es tan interesante la figura de Porto, la inocente número uno, [luego] la culpable número uno, y estaba con su mejor amiga y, de repente, había un guardia civil que le viene a preguntar cuatro cosas y luego, cuando ella vuelve, le dice [a su amiga]: está bueno este.
Esas cosas pasan. No significa [que sea] culpable. Oye, tú estás en un estado de shock tan grande que, de repente, yo qué sé, haces una broma, un humor negro, o te gusta alguien. Y este hombre, que su hijo está desaparecido, que está a punto de volverse loco, está pensando -porque me tiene en su cabeza- esta reportera está bastante buena, ¿no…? La cabeza, bueno. Y así con este otro personaje.
Y con esas tres rupturas -son tres: el padre de la chica que se está tirando a Chami, el padre del niño desaparecido y Mom- me entretuve, me lo pasé bien. Tenía sentido en la novela, rompía un poco el ritmo, que estaba un poco que se podía espesar, y tiré para adelante. Y eso se permite con un narrador omnisciente, claro.
Recoges muy bien las conversaciones entre los diferentes personajes, con medias frases, que parecen decir algo y no dicen nada a quien las escucha o lee, si no son ellos. Todo como muy gallego.
Sí. Y coloquialismos y construcciones gramáticas o sintácticas que son puramente del castellano que se habla en Galicia, que es otro tipo de castellano, no el mismo, pero que tienes ahí otra musicalidad. Sí, eso lo tengo muy pillado, por eso también me fui ahí.
A mí me apetecía escribir una novela sobre Madrid. Llevo ya muchos años viviendo en Madrid y es muy interesante esta ciudad, está llena de historias. Es verdad que está muy usada en las ficciones, pero bueno, Galicia también. Pero yo en Galicia estoy en casa. Y la familia, en concreto, y la familia de un pueblo en concreto es un universo que yo conozco muy bien. Y hacerlo aquí [en Madrid] me hubiera costado mucho más trabajo y me hubiera resultado un poco más impostado.
Y hacerlo allí me salió con mucha naturalidad. Sobre todo en relación a los diálogos: de eso tampoco vamos a hablar, ¿no?; venga, va, no sé qué; esas frases secas.
Y los silencios, esos silencios que hacen los gallegos que no se sabe…
La sofisticación del diálogo llega cuando tiene que hablar el padre y dice una palabra sola, que no se sabe qué está diciendo: “niños”, “comer”. Llegó a la pureza del diamante. Dice una palabra, no sabes si pregunta, si no pregunta, él dice una palabra, ya está, ese ha llegado ahí a la cumbre, es el gallego universal, ya no hay más, no rasques, se llegó ahí.
Galicia. “Miña terra galega”. Pero, Manuel, también hay una crítica de Mom a Vigo, a las luces de Navidad, a lo que se ha convertido Vigo en Navidad.
A mí me gusta. Yo estoy a favor de Vigo y estoy a favor de Abel Caballero [alcalde socialista de Vigo desde 2007].
Eso [la crítica] es Mom, que tiene sus cositas. Pero yo estoy bien. Yo de hecho no he ido nunca en Navidad, pero mi hijo ha ido con mi madre, con mi sobrino, su primo. Han ido a ver las luces y la gente va a las luces.
Sí, me parece bien. Yo no estoy en contra de eso. Es algo diferente y lo diferente hay que celebrarlo.
El personaje, Mom, no.
Tu novela se lee fácil: lenguaje claro, sobresale la narratividad. No obstante, también intercalas pensamientos de los personajes, lo que me ha dado la impresión de que La víspera se cuenta con violencia, de una manera violenta.
Es una novela que tiene un humor salvaje y muy deliberado, porque se está contando una acción muy violenta. Una acción de varias violencias. La desaparición de niños siempre es violenta.
La primera frase de la novela es violencia. Una mujer que piensa que la pistola que tiene es de imitación y dispara y resulta que era de verdad.
Hay una violencia muy presente y también encubierta dentro de toda la historia. Y a veces la violencia solo se puede sobrellevar con humor, de aquella manera, porque no la cura, pero es cierto que el humor funciona también como escudo. Y siempre hay algo terrorífico en ver a alguien riéndose leyendo una novela como esta, como diciendo de qué me estoy riendo, qué está haciendo este hijo de puta que me está haciendo reír con esta historia, que esta historia no es para reírse.
No es para reírse, desde luego. En los pensamientos de Amalia, o del padre, o del personaje terrible que es Mom, lo que llamo yo violencia es puro resentimiento. ¡No hay ninguno que esté bien!
Generalmente, no hay nadie que esté bien en la vida. Todos tenemos una parcela nuestra que, si la expresamos o si la exhibimos, dicen este chaval tienen que encerrarlo. Lo que pasa es que yo, como soy autor, a estos los afloro, los hago aflorar; pero he hecho aflorar cosas que también son mías, se las he metido ahí a uno y lidia tú con ello, pero eso es mío. Yo siempre digo que hay más autobiografía mía en las ficciones que en las columnas autobiográficas de los periódicos.
Pero, claro, las novelas funcionan con traumas, las novelas funcionan con disfuncionalidades, las novelas funcionan cuando hay un conflicto. Las familias felices no interesan a nadie y la felicidad es una cosa que te interesa muchísimo a ti, pero no te interesa que le pase a los demás, porque entonces la vida de los demás no te interesa. Me refiero a nivel narrativo. Nadie llega del viaje y vuelve y dice: allí la gente es muy feliz. No cuentes esta mierda, cuéntame qué pasa, salseo, alguien mató a alguien, alguien engañó a alguien, qué pasó ahí, hay un misterio.
Las historias funcionan porque les metemos mucha ficción y, cuando no son divertidas, las tenemos que hacer divertidas nosotros.
Al hilo de eso, tenemos la desaparición de los niños. ¿Qué fue antes, hablar de esa desaparición o hablar de la familia de Amalia?
Hablar de la familia siempre. La desaparición de los niños es, no me gusta usar esta palabra porque es mentira, pero hace las veces de McGuffin, esta engañifa que te hacía Hitchcock, que era como: «Oh, oh”. Psicosis va de un robo, de una mujer que robó en un banco el dinero. ¿Quién coño se acuerda del robo de Psicosis? Nadie.
Sí, hay unos niños desaparecidos. Pero a mí el destino de los niños, como autor, me importa más bien poco. Y, si la gente decide en la cuarta página dónde están los niños y quién los tiene y si están muertos o si están vivos, pues, bien por ellos. Pero eso es un motorcito que tiene la historia, que es necesario, pero no es una novela sobre la desaparición de los niños en absoluto.
Y qué me cuentas del final de tu novela. ¿Estaba así previsto o cambiaste algo?
El final se me ocurrió en verano, antes del concierto de Juan Luis Guerra. Me fui a pasear con mis cascos y, de repente, llegué a la conclusión de que tenía la historia y podía escribirla en un folio. Y escribí en un folio todo y se lo mandé a Carme [Riera, su editora] y la tranquilicé porque Carme conmigo lo pasa muy mal y le he dicho: ya tengo esto.
Y una vez que lo tuve, ¿qué pasó? Pues, fue un error, porque me relajé.
A mí me pasa mucho. Yo tengo una columna en la cabeza y teclearla es como que…
Ya está hecha.
Eso. Ya está hecha. Yo, por ejemplo, el otro día tuve el martes la presentación. [Pero meses antes de escribir la novela], tenía a mi novia aquí, hicimos varias cosas y tal y, de repente, la novela la tuve en la cabeza y me dijo, por qué no te pones y la escribes.
Ya, pero si ya está escrita.
Ya, pero hay que mandarla, no puedes dictarla.
Y esto que, de repente, tuve todo. Y lo tuve todo tan claro y tan bien en la cabeza estructurado que lo escribí meses después y… jodí la presentación [prevista] del libro, jodí la salida del libro.
Son cosas que tengo que corregir en la siguiente novela.
¿Y normalmente eres así, espontáneo, escribes de un tirón?
Sí, espontáneo. Escribo muchísimo y a lo mejor escribo en un tren y empiezo a escribir con el móvil y, de repente, me sale un parrafón de setecientas palabras, que luego quedarán a lo mejor trescientas, y luego llego al hotel y se me ocurre otra cosa y lo escribo.
Lo que no hago es que se me ocurran las cosas y no las escriba literariamente, si es de novela. Puedo tomar notas clave para dar nombres, pero si yo estoy pensando en una escena del libro, no pongo: acuérdate de escribir tal; no pongo: ya lo escribo; luego se cambia, se corrige, pero ya está.
¿Y cómo te quedas cuando acabas, cuando tienes la primera versión?
Muy bien, muy contento, muy vacío, porque siempre pienso que es la última y me quedo ya satisfecho.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Jairo Vargas
Manuel Jabois
Editorial Alfaguara, 208 pp., 20,90 €
Sinopsis:
«Entre una pistola de imitación y una de verdad, la diferencia es la bala. Sólo apretando el gatillo puede saberse la verdad. Y lo mismo pensó Amalia Constenla con tantas cosas en la vida».
Amalia cumple sesenta y cinco años mañana. Pero hoy todavía es la víspera. Se encierra en casa a preparar comida y a limpiar para que todo brille mientras espera a sus hijos. Fuera, policías y periodistas ocupan el pueblo a causa de un suceso que paraliza durante veinticuatro horas el país.
En esta perturbadora historia que transcurre en un solo día, una protagonista inolvidable, Amalia Constenla, mueve los límites morales y arrastra al lector a un viaje de sacrificio, culpa y redención. Manuel Jabois construye en torno a una madre y su hijo una indagación incómoda sobre el origen y el destino de la primera institución de todas: la familia.
«Hay familias que llevan años empapadas en gasolina bailando sobre un lecho de plásticos y papeles viejos sin que nadie, por pudor o por piedad, se anime a tirarles una cerilla encendida».



