Del Nobel francés Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) leí de un tirón su nueva novela La bailarina (Anagrama, 2026, con traducción de María Teresa Gallego Urrutia) que, como buena parte de su obra, no tiene desperdicio, y si hay algo que me gusta de este autor es que expresa mucho en pocas páginas, y sus novelas son algo así como extractos de elevada factura de una narrativa mesurada, musical y precisa, que se aleja de la retórica y del barroquismo de muchos de sus contemporáneos, para internarnos en sus mundos espléndidos con el sosiego y la mesura de un auténtico maestro.
Podría afirmar que esta nueva novela es la más modianiana (o modianesca) de las últimas que he leído de él, si se toman como referentes sus libros de las dos últimas décadas, y esto porque hallo en las 108 páginas elementos clave e identificables de su narrativa: una suerte de conjunción de todo aquello que en él nos deslumbra, para hacer de nosotros fieles de sus propuestas literarias, testigos preferenciales y artífices también de lo contado.
Podría comenzar diciendo que se trata de una novela de la evocación y la memoria, de la nostalgia por lo ido y, como nos tiene acostumbrados, hay en este libro omisiones significativas (sus celebradas elipsis), que nos empujan desde la curiosidad y el asombro a desvelar lo que se oculta, y que a la final resulta ser la esencia de lo contado: lo que justifica la conducta de los personajes, su peregrinaje por los distintos escenarios, y lo que confiere y da sentido a situaciones aparentemente oscuras. Y es aquí en donde el autor incide con pulso firme para arrastrar a todos (personajes y lectores) a finales inesperados, que jamás defraudan —por cierto—, ya que a lo largo de sus textos va dejando pistas y señuelos, mensajes cifrados y sutiles: trampas que nos inducen a la inferencia.
La historia de esta nueva novela es contada por un narrador que lo hace en primera persona, pero no se conoce a ciencia cierta su verdadera identidad (se supone que se trata de un amigo de la bailarina o alguien quien la conoció de cerca y la ayudó, así como a su hijo Pierre, y al padre de este), y lo hace desde la memoria y la nostalgia: han pasado ya cincuenta años de todo aquello, y al narrador no le queda otra opción sino el evocar, atar cabos con respecto a personajes ya fantasmales, articular encuentros fortuitos, reconocer rostros ya desdibujados: saltos en el tiempo y en espacio, calles transitadas en un París triste y lluvioso; el intentar engranar episodios del pasado, pero con la imposibilidad del olvido.
No conocemos el nombre de la bailarina: a todo lo largo del relato se la identifica por su oficio, en el que fue excepcional y virtuosa, de la mano de un maestro llamado Kniaseff y, por cierto, habla poco en la novela y solo la conocemos desde la voz remota del narrador y del recuerdo, por lo que es en sí un personaje elusivo y difuso (muy afín al estilo de Modiano): tan etéreo como la ingravidez que alcanza en su arte, y por la que tanto luchó desde muy joven, pero hay “algo” en su vida que la marca, que la empuja a su destino, y ese hecho solo es conocido al final del relato (aunque se nos habían dado varias pistas al respecto), y de alguna manera este hallazgo explica y da sentido a lo narrado.
No obstante, la novela gira en torno de la vida de la bailarina y del fantasmal Pierre, su hijo, de su fuerte disciplina de baile, de la sombra que gravita sobre ella y que es en sí un enigma por desentrañar, y este silencio de la protagonista es uno de los encantos de los mejores personajes de Modanio, que son por lo general figuras veladas, misteriosas, etéreas, que están y no están, que pasan sutilmente por las páginas, pero que dejan huella en los lectores, y por ella hablan sus gestos y, sobre todo, sus silencios, lo que otros comentan, lo que recuerdan de ella. Esta elusión es un gancho, porque no se nos muestra en su completitud, y ello despierta el morbo, la avidez, y el querer descubrir lo que hay más allá de las palabras.
La ambigüedad es otra de las características de la narrativa del autor, y aquí, más que en otros de sus libros, se presenta con fuerza, y esto se funda en el hecho de que los personajes secundarios y terciarios tienen nombre y a veces apellido (el hijo: Pierre; el hombre que le alquila el piso y la ayuda: Serge Verzini; su entrenador: Boris Kniaseff), pero no así la protagonista que da título a la obra, y si me empeño más, podría decir que ella es la figura central porque a su alrededor gira la historia, pero es el narrador quien cumple en estas páginas una múltiple función: cuenta, describe, arguye, interpreta, deduce, infiere, duda, se entristece, lleva los hilos de la historia, y piensa por los personajes. No obstante, tiene más fuerza dramática el personaje Hovine, quien es un amigo de la bailarina desde la infancia, y es quien ayuda y protege a Pierre, lo lleva al instituto y lo busca, funge como una especie de tutor, y su presencia es permanente a lo largo de la obra.
La bailarina es un libro fragmentario (como casi toda la obra de Modiano): en sus páginas se solapan otras historias de manera sutil, que buscan servir de referentes —epocales, temporales, complementarios y a veces supletorios—. Es un libro de largos mutismos, de omisiones, de supuestos; su atmósfera es de fatuidad y ausencia (calles vacías, datos escuetos, hiatos deliberados): es introspectivo, reflexivo y melancólico, y quien lee siente una especie de neblina que todo lo cubre y, con ella, una suerte de incertidumbre y misterio, que deja la extraña sensación de haberse asistido, en primera fila, a un drama del que salimos profundamente tocados en lo interior.
Ricardo Gil Otaiza




