«…Creía que Francis la quería y, aunque ninguno de los dos era joven y él le llevaba diez años, tenían «una vida sexual decente» y siempre había abundantes temas de conversación. En ningún lugar de los diarios lamenta casarse con el gran poeta, aunque él pasaba mucho tiempo en su estudio. En otra parte escribe: «Me pregunto si a veces disfruto teniéndole antipatía ». Para el séptimo volumen llevaban casados nueve años. Al principio, ella había mantenido la «sensatez» de documentarse para su segundo libro, que abandonó. Cuando trabajaba en Oxford, publicó una biografía académica del poeta John Clare, una reelaboración de su tesis doctoral. Le gustaba la docencia. Unos años después, su situación causaba asombro entre sus amistades. Como consecuencia de sucesivas decisiones, había acabado en lo alto de un vallecito en el Gloucestershire rural, sin trabajo remunerado y a seis kilómetros y pico del pueblo más cercano, en un cavernoso granero con siete mil libros. Nunca se habría imaginado que abandonaría una carrera, una vocación incluso, para estar al servicio de la genialidad ajena…»
Estas frases son de la novela Lo que podemos saber, de Ian McEwan, publicada por Anagrama, y que desde el 9 de septiembre está en todas las librerías.
Con ecos del Pálido fuego nabokoviano, en el que también había unos versos que desarmados por una lectura erudita proporcionaban llaves secretas, McEwan ha confeccionado un impecable e implacable juego literario. Una novela distópica que deviene ejercicio de erudición: persigue desentrañar un enigma y acaba abordando pasiones y pulsiones muy humanas. Una obra maestra de madurez y plenitud literaria. Un regalo para el lector.
Al día siguiente, o sea, el 10 de septiembre, Ian McEwan dio una rueda de prensa online presentando Lo que podemos saber. Vía Zoom, nos hizo partícipes de sus comentarios a todos los que nos habían invitado, tras la presentación de Silvia Sesé, como directora de Anagrama, y Paloma Chalier y Elena Martín, como administradora de la rueda de prensa y moderadora del chat, respectivamente.
Precisamente Silvia Sesé, dio el primer paso, diciendo que presentar a Ian McKeewan en Anagrama era, en cierto modo, presentar una parte de la historia de la propia editorial desde 1980, cuando Jorge Herralde publicó Primer amor, últimos ritos y, a lo largo de más de cuatro décadas, Anagrama había tenido el privilegio de publicar casi la totalidad de su obra. Dijo casi, porque hay un título que no lo publicó Anagrama, pero el resto sí.
Y continuó contando que “son ya más de cuarenta y cinco años de relación de Ian McKeewan con sus lectores en español. Algunos lo descubrieron con aquellos primeros relatos o con Niños en el tiempo, otros con Ámsterdam, Expiación, Chesil Beach, en fin, novelas que están en la memoria, en el corazón de todos sus lectores y otros muchos lo descubrieron con Lecciones muy recientemente.
Ahora publicamos Lo que podemos saber, tanto en castellano, en traducción de Eduardo Iriarte, como en catalán, en traducción de Ariadna Pous. Esta novela nos lleva a 2119. El mundo ha sufrido una transformación radical y Gran Bretaña se ha convertido en un archipiélago. Allí, un profesor de literatura investiga nuestro tiempo, concretamente los años comprendidos entre 1990 y 2030, y busca un poema que fue leído una sola vez en 2014, que después desapareció y que se ha convertido en una especie de símbolo de todo un mundo ya desaparecido.
También esta pesquisa literaria encierra una paradoja extraordinariamente contemporánea. Los investigadores del futuro pueden acceder a una cantidad abrumadora de información sobre nosotros, mensajes, correos, electrónicas, electrónicos, búsquedas, archivos digitales, y saben de nuestras vidas mucho más de lo que nosotros podemos saber de quienes vivieron hace cien años. Y sin embargo, es muy dudoso que consigan saber lo esencial.
Y esta es una de las grandes preguntas de la novela, que está también en su título. ¿Qué podemos realmente saber de otra persona, de una vida, de una época? ¿Hasta dónde llegan los hechos y cuándo empiezan las conjeturas o la imaginación?
Hay también un cambio, una especie de desplazamiento, de perspectiva que me parece formidable en la novela. No somos nosotros quienes imaginamos el futuro, sino que es el futuro el que nos contempla a nosotros. Nuestro presente se ha convertido en historia. Los personajes de 2119 nos observan con asombro, observan nuestras costumbres, nuestros privilegios y la extraordinaria riqueza del mundo que todavía tenemos a nuestro alcance y que para ellos ya se ha perdido.
Y aparecen, por supuesto, las preguntas importantes: ¿qué responsabilidad tiene una generación respecto de las siguientes? ¿Qué significa amar el mundo y al mismo tiempo contribuir a destruirlo? ¿Qué les debemos a aquellos que todavía no han nacido?
Todo esto podría hacer pensar en una novela distópica, pero creo que sería una definición absolutamente insuficiente. Lo que podemos saber es una pesquisa, es una historia de amor, de deseo, de traición. Es una novela bellísima sobre la poesía y sobre el poder de la literatura para alcanzar aquello que los documentos y los datos no llegan a lograr.
Es una novela también sobre la intimidad. La novela no se limita a preguntarse por los límites de lo que podemos saber, sino que nos hace experimentarlos como lectores. Nos lleva a construir una determinada versión de los hechos. A creer que conocemos a unos personajes y después nos obliga a preguntarnos cuánto de aquello que habíamos dado por cierto, qué era realmente conocimiento y cuánto era interpretación.
La forma misma de la novela acaba participando de la pregunta que plantea el título y lo hace sin renunciar nunca al placer de la novela, con inteligencia, ironía, suspense, con personajes extraordinariamente vivos y esa capacidad tan McEwan para recordarnos que, por muchos datos que acumulemos sobre una vida, eso no significa necesariamente que la conozcamos y mucho menos que la comprendamos”.
Pues bien, tras esta estupenda presentación de Silvia Sesé, se dio paso a la rueda de preguntas por parte de los numeroso asistentes, empezando por querer saber qué es lo que Ian McEwan echaba de menos de la era predigital, a la vista de lo que había escrito en Lo que podemos saber. A lo que éste respondió:
“Bueno, pues primero tengo que decir que esta novela no es una reedición, es decir, difícilmente sabemos lo que va a pasar ni siquiera mañana. La velocidad a la que pasan los acontecimientos es radical. Así que es una manera de especular, en parte, sobre cómo escribimos la historia o las biografías. Por tanto, cómo interpretamos el pasado, cómo nos situamos en la historia y cómo entendemos también este pasado y la dificultad del pasado.
Y esto está a un paso de saber cómo vivíamos en un momento dado. Pero claro, es difícil entender el presente y el pasado. Y después, la dificultad también es de ver si realmente nos entendíamos unos con otros en el pasado. Yo tengo setenta y ocho años y antes había acontecimientos a los que iba, a las bodas, a los nacimientos. Ahora, igual tengo menos cosas, pero estoy descubriendo otras nuevas de la gente. Gente que he conocido durante muchos años.
Me encuentro con alguien, editores, amigos, parientes, y me doy cuenta de que a veces han pasado años y años y años sin saber elementos cruciales de la vida de estas personas. Y siento un poco vergüenza y un poco de orgullo también en ese punto.
Y parte de esta novela viene o nace de mi amor por la biografía literaria. Sé que este tipo de literatura no es tan común en unas culturas o en otras, pero en la tradición angloamericana realmente es bastante importante.
Y, si leemos tres biografías del mismo escritor, por ejemplo, de la misma persona, pues tienes tres personas distintas ante ti, ante tus ojos, de forma inevitable.
Yo creo que fue Richard Holmes quien me susurró este título [Lo que podemos saber]. Tiene una biografía muy conocida de Reilly, otra de Shelley, ha escrito también sobre la ciencia a primeros del siglo XIX, y tiene un libro también, Footsteps [“Huellas”, Turner Libros, 2016], en el que seguía a Robert Louis Stevenson cuando hizo un viaje en burro por unas montañas en Francia. Dicho título era precisamente ‘Viaje con un burro por Francia’, y siguió sus pasos.
Intentó dormir en los sitios en los que Stevenson había dormido. Comiendo más o menos lo que él había comido. Se sumergió en las notas y en el libro de Stevenson y, en un momento dado, él cruza un pequeño puente en un pueblo francés y se da cuenta de que ha llegado dos horas antes de Stevenson y él [Richard Holmes] está allí, él está allí en el puente, como esperando a que Stevenson llegue, por así decirlo, y se hace cada vez más oscuro. La gente le empieza a mirar de forma extraña y entonces mira hacia abajo y ve la ruina de otro puente y se da cuenta de que ese había sido el puente por el que había cruzado Stevenson en 1870, o uno parecido. Y está lleno de remordimiento porque dice: he perdido el paso de esta persona que estaba siguiendo de una forma tan estrecha.
Y Richard dice: el arte también de la biografía es hacer un amigo, ¿no?, hacer un amigo sin traicionar la amistad. Y como biógrafo, para él era ese momento de lo que podemos saber.
Y bueno, para mí fue uno de los puntos de partida para escribir este libro. Te puedes fijar mucho en los detalles del pasado, pero siempre hay como un cristal bastante grueso entre la realidad y tu mirada”.
Tras esta sustanciosa respuesta, como todas las de esta rueda de prensa, llegó nuestro turno y le comentamos a Ian McEwan que el personaje de Mary Sheldake, en la Primera parte de Lo que podemos saber, piensa: “…Eran los poetas quienes escribían el libro de la vida. La novela era una frivolidad de los siglos recientes…”. Y quisimos saber qué es lo que pensaba él al respecto, si también era de la misma opinión, de que la novela es una frivolidad de nuestro tiempo.
A lo que Ian McEwan, jersey azul, polo azul, delgado, poco pelo y buen aspecto, aparentemente, toma aire, antes de volver a hablar, y dice:
“Bueno, yo he estado escribiendo novela durante cincuenta y tres años, así que no me veo en una persecución de algo que me parezca frívolo a lo largo de toda mi vida.
No lo sé, pero, explorando esta idea, yo creo que la novela es una máquina fantástica, por así decirlo, que nos permite explorar nuestra condición humana. Y se niega a morir.
Yo recuerdo que, cuando empecé a escribir en 1970, todas las revistas estaban publicando: “la novela está muerta”. Había tanta competencia ya en aquel entonces entre los medios. Y creo que el motivo principal por el que la novela no puede morir es porque sigue siendo nuestro mejor medio de examinar las vidas, las vidas mentales, la mente de cualquiera y de la nuestra propia.
Creo que capta algo que el cine no puede, o no de la misma manera. El flujo de conciencia, el flujo del pensamiento. Y esa solo es una parte. Después, la relación entre las personas y la naturaleza del malentendido…
Pero, además, también nos sitúa en un contexto social e histórico. Mi sensación es que la novela se convertirá en una especie de nicho. Igual volvemos a la época en la que escritores como Dickens o Tolstoi o Cervantes hablaban prácticamente a una nación, o representaban a una nación en la ficción.
Mi percepción, mi sentimiento, es que seguirá siendo la percepción apasionada de una minoría. Yo creo que esto es cada vez más así. Hay ramificaciones muy potentes también para los editores. Hay una industria, un sector muy importante, pero la novela permanecerá y será vital. No hay ningún sustituto, al menos por ahora, de la novela.
Igual llegará un momento en el que nos demos cuenta de que con la IA e internet, no sé, que la IA nos pueda contar historias de nosotros mismos y, que de ahí, se va a alimentar la historia.
Pero yo creo que incluso eso no nos va a dar la belleza y el placer de que [aunque] ya no había que decir nada, es importante.
Así que no, frívolo no, aunque creo que sí que hay gente que piensa que la novela es frívola, como si fuera una moda pasajera.
[Y yo] Creo que no lo es”.
Y con esa perspicacia, con esa amplitud de ideas, siguió la rueda de prensa y más preguntas sobre Lo que podemos saber.
Recordemos que Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948) se licenció en Literatura Inglesa en la Universidad de Sussex y es uno de los miembros más destacados de su muy brillante generación. En Anagrama se han publicado sus dos libros de relatos, Primer amor, últimos ritos (Premio Somerset Maugham) y Entre las sábanas, las novelas El placer del viajero, Niños en el tiempo (Premio Whitbread y Premio Fémina), El inocente, Los perros negros, Amor perdurable, Amsterdam (Premio Booker), Expiación (que ha obtenido, entre otros premios, el WH Smith Literary Award, el People’s Booker y el Commonwealth Eurasia), Sábado (Premio James Tait Black), En las nubes, Chesil Beach (National Book Award), Solar (Premio Wodehouse), Operación Dulce, La ley del menor, Cáscara de nuez, Máquinas como yo, La cucaracha, Lecciones y Lo que podemos saber, y el breve ensayo El espacio de la imaginación. McEwan ha sido galardonado con el Premio Shakespeare.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Annalena McAfee
INTÉRPRETE: Emma Soler
Ian McEwan
Editorial Anagrama, 384 pp., 21,90 €
Sinopsis:
Año 2119. Las cosas no van muy bien en el planeta. Hay amplias zonas inundadas como consecuencia de un catastrófico accidente nuclear. Y los habitantes de este futuro distópico miran con fascinación los albores del siglo XXI, a sus ojos una época de esplendor cultural. Así lo considera Thomas Metcalfe, un solitario investigador académico que está indagando qué sucedió en la llamada Segunda Cena Inmortal, celebrada en 2014.
Era la segunda porque en los anales literarios figura con ese nombre otra anterior, que en 1817 reunió alrededor de una mesa a William Wordsworth, John Keats y Charles Lamb, entre otras luminarias de su época. Casi doscientos años después, el matrimonio formado por el celebrado poeta Francis Blundy y su esposa Vivien convocaron una nueva velada en la que Francis leyó ante los asistentes un poema de amor escrito en homenaje a su mujer y titulado «Una Corona para Vivien».
Esa composición, de la que no se conserva ninguna copia, centra las pesquisas de Thomas Metcalfe, porque podría proporcionar información clave sobre el pasado. ¿Qué ocurrió con el texto? ¿Qué ofrecía? ¿Algún tipo de mensaje cifrado? ¿Alguna pista incriminatoria? ¿Cómo era en realidad la relación de la pareja, celebrada en ese regalo de amor escrito?



