Al parecer, vivimos un auge de la novela de fantasía. O un aumento de lectores considerable. Tal fenómeno lo explica el escritor Sebâstian Fazio (Olavarría, Buenos Aires, Argentina, 1984) a la diversidad de propuestas que están surgiendo: “fantasía política, mundos con sistemas extremadamente estructurados, historias íntimas, obras oscuras, épica tradicional o novelas que se mezclan con ciencia, terror o filosofía”.
Fazio, cual arquitecto de universos, ha creado Edrenor, un mundo que existe con realidades radicalmente distintas a las humanas, pero otras muy similares. Antes del fuego es la primera novela de una saga que tendrá, en principio, 21 libros y representa el gran proyecto literario del autor. Uno de los puntos que llaman la atención es que serán los humanos quienes descubran este lugar, como los alienígenas de la historia.
Por: Darío Ruiz.
Pregunta: – ¿No te gustaba nuestro universo y por eso creaste uno de fantasía llamado Edrenor?
Respuesta: – Todo lo contrario. Me fascina nuestro mundo. De hecho, Edrenor tiene mucho de él: montañas, bosques, ríos, lluvia, barro, animales, estaciones… Muchas veces pienso que intenté recuperar cierta belleza del mundo primitivo, cuando todavía quedaban enormes lugares desconocidos y cruzar una montaña significaba realmente no saber qué había detrás.
Pero hubo una pregunta que empezó a llevarme hacia otro lugar. Tengo la impresión —y es solamente mi manera de observar nuestra historia— de que buena parte de la evolución humana nació de la carencia. Necesitamos calor y encontramos la manera de producirlo. Necesitamos movernos más rápido y construimos herramientas. Necesitamos comunicarnos a distancia y desarrollamos tecnologías capaces de hacerlo. Encontramos un límite y nuestra respuesta suele ser intentar superarlo. Eso nos llevó a conseguir cosas extraordinarias, pero también a conquistar, explotar y transformar todo aquello que encontrábamos a nuestro alrededor.
Entonces apareció una pregunta que fue fundamental para Edrenor: ¿qué habría sucedido si una civilización, en lugar de desarrollar su conocimiento principalmente hacia afuera, hubiera descubierto cómo relacionarse con aquello que no podemos ver y avanzar hacia adentro? ¿Y si hubiera aprendido que la materia, el espacio y la propia realidad poseen estructuras con las que es posible entrar en resonancia? ¿Y si existiera una verdadera conexión entre lo que soy y lo que hay, y pudiera, de alguna forma, vincularme, enlazarme o incluso manipular eso?
Creo que, en base a las respuestas que fui formulando para esas preguntas, comenzaron los Malekik. Los humanos tomaron un camino reconocible para nosotros: tecnología, herramientas, conocimiento aplicado y luego lo llevaron a Edrenor. Pero allí los Malekik había recorrido otro camino: aprendieron a percibir el Kräm, a relacionarse con las cuerdas y a vibrar con el entorno de una manera que los humanos, en la tierra nunca pudieron hacer. Edrenor empezó a crecer cuando imaginé qué ocurriría el día en que esas dos formas de evolucionar se encontraran.
Así que sí, me fascina nuestro mundo, y percibo, que hay algo oculto por ahí, algo que no se puede ver ni tocar, algo y por eso nunca llegamos a comprenderlo del todo.
P: – Edrenor lo tiene todo, ciudades, personas que nacen y mueren, religiones, leyes. ¿Qué lo hace diferente a nuestro mundo real?
R: – Paradójicamente, intento que muchas cosas no sean tan diferentes. Las personas aman, tienen miedo, forman familias, desean poder, creen en algo, desconfían de aquello que no conocen, construyen instituciones y terminan heredando conflictos que comenzaron mucho antes de que ellas nacieran. Si todo fuera extraño, sería difícil que el lector encontrara un lugar desde el cual entrar.
La diferencia fundamental está debajo de esa superficie. Edrenor posee una estructura de la realidad distinta. Existe el Plenum, el Kräm y siete cuerdas con las que determinados Malekik pueden resonar. No se trata de pronunciar un hechizo o aprender una fórmula: existe una conexión física entre determinados seres y aquello que compone el mundo. Esa diferencia terminó influyendo en sus culturas, sus religiones, su historia e incluso en la relación que mantienen con los humanos.
Por eso intento que las particularidades fantásticas tengan consecuencias. Si una parte de la población puede relacionarse con la naturaleza de una manera que otra no puede, eso tarde o temprano modifica la política. Modifica el miedo. Modifica las leyes. Modifica la religión.
Lo fantástico deja entonces de ser decoración. Se convierte en una de las fuerzas que construyeron esa sociedad.
P: – Antes del fuego es el Libro I de una saga de fantasía pensada para 21 libros. ¿Cómo se concibe esta odisea desde un inicio?
R: – Lo primero fue entender que veintiún libros no podían significar estirar una misma historia durante veintiún volúmenes. Edrenor es mucho más grande que un conflicto, una generación o un grupo de personajes. Por eso lo pienso como una arquitectura de historias que, juntas, permiten observar algo muchísimo mayor.
Conozco los grandes acontecimientos, determinadas conexiones, momentos históricos importantes y lugares hacia los que quiero avanzar. Necesito saber qué existe más allá del horizonte, aunque todavía no vaya a mostrarlo. Pero al mismo tiempo intento dejar espacio para descubrir mientras escribo. Si absolutamente todo estuviera decidido desde el primer día, probablemente perdería una parte de lo que más disfruto de escribir.
También hay algo que me interesa especialmente: el paso del tiempo. Algo que en un libro puede aparecer como un acontecimiento, siglos después puede ser una leyenda. Y una leyenda puede deformarse, convertirse en religión o directamente ser olvidada. Ese juego me permite pensar Edrenor no solamente como una saga, sino como la historia de un mundo.
Antes del fuego es apenas la primera puerta. Me emociona la idea de que el lector no conozca todavía la casa entera.
P: – En Antes del fuego te remontas a un pasado remoto. ¿Cuál es el punto de partida de la saga?
R: – Hay un pasado remoto que pesa muchísimo sobre la novela: hace aproximadamente setecientos años los humanos llegaron a Edrenor y se encontraron con los Malekik. Ese encuentro terminó dando origen a una convivencia regulada por un pacto, y siete siglos después muchas personas viven aceptando ese orden como si hubiera existido desde siempre.
Pero Antes del fuego no comienza con una lección sobre esos setecientos años. De ese tiempo tengo pensado hablar en la próxima saga. Esta, comienza mucho más cerca. Con Érenar Andorian, un joven de Eorient que quiere convertirse en caballero de Solvir y que se prepara para correr el Quito Dios, una competición profundamente ligada a las tradiciones de su tierra. Su mundo, al comienzo, todavía es relativamente pequeño: su familia, sus amigos, su ciudad, aquello que desea conseguir.
En paralelo aparecen otras líneas. Alinur, un Maleki prisionero en Nall; Élara, hija de una de las figuras políticas más importantes de esa región; Äsrann, Ulic y otros personajes que progresivamente permiten observar lugares y culturas diferentes.
El verdadero punto de partida de la saga no es una fecha exacta, es, para mí, un mundo que todavía cree estar en equilibrio. El título ya contiene cierta advertencia: estamos viendo las cosas antes de que algo cambie. Pero los personajes todavía no saben exactamente qué significa ese fuego.
P: – ¿Hay justicieros y malvados? ¿Hay contradicciones en los personajes?
R: – Hay personas capaces de hacer cosas terribles y otras capaces de actos extraordinariamente nobles, pero intento escapar de la idea de que alguien se despierta por la mañana pensando: “hoy voy a ser el malvado de esta historia”.
Me interesan mucho más las justificaciones. Una persona puede hacer algo monstruoso creyendo sinceramente que está protegiendo a su pueblo. Alguien considerado héroe puede tomar una decisión profundamente injusta porque tiene miedo de perder aquello que ama. Esa zona gris es mucho más interesante para mí, porque siento que el lector, sin darse cuenta se verá sumergido en la historia, al estar juzgando y evaluando los actos y pensamientos de los personajes.
Las contradicciones son fundamentales porque nosotros mismos estamos llenos de ellas. Podemos ser valientes en determinadas situaciones y cobardes en otras; generosos con alguien y tremendamente injustos con otra persona. Érenar tiene una relación muy fuerte con la lealtad y la protección, pero esas virtudes también pueden convertirse en un problema. Élara carga con privilegios y al mismo tiempo con obligaciones que no eligió. Alinur puede ser observado de una determinada manera por los humanos mientras él posee una interpretación completamente diferente de sí mismo y el mundo por ser maleki.
Intento que incluso cuando el lector rechace una decisión pueda comprender qué camino llevó a ese personaje hasta ella.
P: – Prefieres hablar de Edrenor como lugar que como escenario. ¿Necesitas que el lector sea parte de esta experiencia?
R: – Sí, aunque hay una condición: primero tiene que funcionar la novela.
No quiero que alguien necesite estudiar un mapa, aprender un idioma ficticio o leer cincuenta páginas de historia para disfrutar Antes del fuego. La historia tiene que sostenerse por sí misma. Pero si después de terminar un capítulo el lector siente curiosidad por saber qué existe más allá de determinada montaña, quién construyó una nación o por qué dos pueblos se odian desde hace siglos, entonces Edrenor empieza a convertirse en algo más que un escenario.
Cuando digo que intento construir un lugar pienso precisamente en eso. Un escenario existe para que ocurra una escena, y si no hay alguien parado ahí, ese escenario carece de vida. Un lugar tiene pasado, incluso aunque nadie lo esté mirando. Quiero que cuando Érenar abandone una ciudad el lector sienta que allí la gente continúa despertándose por la mañana, abriendo negocios, discutiendo, enamorándose y tomando decisiones. O, más ambicioso aún, que cuando cierre el libro sienta la necesidad de volver rápido para no perderse las cosas que están sucediendo; que sienta miedo de que, si tarda mucho en volver a abrirlo, la historia haya cambiado y su personaje favorito ya no esté allí.
Quizá por eso muchos lectores terminan apropiándose de ciertas partes del universo. Eligen una cuerda, discuten teorías, sienten afinidad por determinados pueblos o personajes. En ese momento ocurre algo.
P: – Tienes una legión de lectores que participan de la experiencia de la saga. ¿Cómo se logra eso siendo un autor independiente?
R: – Creo que precisamente ser independiente me permitió construir una relación muy directa con los lectores. Desde bastante temprano dejé de pensar en ellos únicamente como personas que aparecerían al final del proceso para comprar un libro. Quise que algunos pudieran entrar antes, leer, opinar, discutir y participar.
La convocatoria de lectores beta fue un ejemplo muy importante. Hubo gente que leyó Antes del fuego antes de su publicación y cuyo feedback me permitió comprobar decisiones narrativas que yo llevaba demasiado tiempo observando desde dentro. No significa escribir según una votación; el autor tiene que conservar la responsabilidad sobre su obra. Pero escuchar cómo alguien experimenta por primera vez algo que uno lleva años conociendo es tremendamente valioso.
Después aparecen las teorías, los comentarios, las conversaciones, las personas que recuerdan detalles que incluso me sorprende que hayan detectado. Eso no se puede fabricar artificialmente. Puedes crear espacios para que ocurra, pero la comunidad aparece cuando alguien siente que realmente le importa lo que está leyendo.
Para un autor independiente, además, esa cercanía puede ser una enorme fortaleza. No existe tanta distancia entre quien escribe el mundo y quien lo está descubriendo. Y a mí esa conversación me gusta muchísimo.
Hoy ya no me siento un autor independiente, o al menos no del todo. Mientras espero a la editorial adecuada para sostener el proyecto, me he vuelto más dependiente: dependiente de mis lectores, de mi comunidad. La editorial que se sume a este camino debe saber que existe una comunidad exigente, una comunidad que poco a poco se está apropiando de Edrenor.
El círculo de lectores beta y alfa está empujando con fuerza. Ya han creado un podcast, un stream y un canal de Discord. Se reúnen, teorizan, conspiran. Es realmente maravilloso.
Y para cerrar la pregunta, creo que lo logramos por convicción y por la pasión que uno siente por aquello que desea.
P: – ¿La fantasía te ayuda a abrir las llaves de la realidad?
R: – Muchísimo. A veces para observar algo necesitamos alejarnos de ello.
Si hablo directamente de una guerra, una religión o un conflicto político real, el lector llega cargado de información, opiniones y posiciones previas. Pero si invento dos pueblos, les doy otra historia y los coloco frente a un problema parecido, durante un momento puedo quitar esas etiquetas. Entonces el lector primero conoce personas. Después aparecen las preguntas.
Por eso nunca entendí completamente la idea de la fantasía como simple escapismo. Claro que puede permitirnos escapar durante unas horas, y eso ya es maravilloso. Pero muchas veces regresamos de ese viaje con una pregunta que antes no teníamos.
La fantasía puede hablar del poder, de la discriminación, del miedo al diferente, de la religión, del progreso o de la violencia sin tener que reproducir literalmente nuestro mundo.
Quizá por eso me gusta tanto: para alejarme de la realidad necesito inventar otro mundo; para hablar de ella, muchas veces también.
P: – ¿Estamos en un nuevo auge de la novela de fantasía?
R: – Tengo la sensación de que sí, aunque creo que hay algo más interesante que simplemente un aumento de lectores. La fantasía se ha vuelto tremendamente diversa. Hoy pueden convivir dentro del género propuestas muy distintas: fantasía política, mundos con sistemas extremadamente estructurados, historias íntimas, obras oscuras, épica tradicional o novelas que se mezclan con ciencia, terror o filosofía.
Y también cambió el lector. Hay un público que disfruta muchísimo descubriendo cómo funciona un universo. Quiere discutir teorías, comprender sistemas, mirar mapas, encontrar conexiones. Las historias ya no terminan necesariamente cuando se cierra el libro; alrededor de ellas aparecen comunidades enormes.
Creo además que durante mucho tiempo la fantasía tuvo que defenderse de cierta idea de que era un género menor o exclusivamente juvenil. Esa discusión me parece cada vez menos relevante. Puedes utilizar un reino imaginario para escribir una aventura sencilla o para hablar del poder, la muerte, la fe o la condición humana y un libro de fantasía puede volverse un libro filosófico.
La herramienta es la misma. La profundidad depende de aquello que decidas construir con ella.
P: – ¿El hecho de que la realidad cada vez sea más distópica no debilita la credibilidad de la ficción?
R: – Para mí, a veces ocurre casi lo contrario. La realidad nos recuerda permanentemente que aquello que ayer parecía imposible puede convertirse en cotidiano con una velocidad extraordinaria.
Pero creo que la credibilidad de una ficción no depende principalmente de que sus acontecimientos sean posibles. Depende de que sean coherentes. Puedo aceptar que un Maleki resuene con una cuerda invisible de la realidad si la novela me enseña cuáles son sus reglas. Lo que me costaría aceptar es que un personaje traicione todo aquello que ha sido durante quinientas páginas simplemente porque el escritor necesita resolver una escena.
La ficción establece un pacto diferente con nosotros. No tiene que ser real; tiene que ser verdadera dentro de sus propias reglas.
Y existe otra paradoja interesante: la realidad no tiene ninguna obligación de ser verosímil. Puede producir acontecimientos absurdos, contradictorios o extraordinarios y nosotros tenemos que aceptarlos porque ocurrieron. El escritor no posee ese privilegio.
A veces la realidad puede permitirse ser increíble. La ficción tiene que convencernos.
P: – ¿Te gustaría que los lectores te recordaran como uno individuo que vivió en Edrenor?
R: – Me hizo sonreír la pregunta porque, después de tantos años trabajando en este universo, probablemente una parte de mí ya viva allí.
Conozco lugares de Edrenor que todavía no aparecieron en ningún libro. Sé qué ocurrió en determinadas ciudades cientos de años antes de que naciera Érenar. Conozco historias que algunos habitantes consideran verdaderas y sé cuáles fueron deformadas con el tiempo. Hay momentos en los que resulta extraño recordar que todo empezó en hojas y archivos vacíos.
Pero si pienso realmente en cómo me gustaría ser recordado, hay algo que me atrae todavía más: me gustaría que Edrenor pudiera existir sin mí.
Que dentro de muchos años alguien encuentre uno de los libros, entre en ese mundo sin saber demasiado sobre quién lo escribió y sienta que ese lugar estaba allí antes de abrir la primera página y que seguirá existiendo después de cerrarla.
Si alguna vez alguien escucha mi nombre y dice: “Fazio… sí, el de Edrenor”, creo que me alcanzaría.
Porque al final, quizá el sueño de cualquier creador de mundos sea precisamente ese: construir un lugar que consiga sobrevivir a quien lo imaginó.



