Tengo en mis manos nada más y nada menos que la Obra completa de Augusto Monterroso (Guatemala, 1921-Ciudad de México, 2003), titulada El dinosaurio sigue aquí (Editorial Navona, 2025, 2.ª edición), en magnífico tomo tapa dura de 1161 páginas que compendia los 10 libros del autor (el último de ellos publicado de manera póstuma), que abordó con brillo el cuento, la fábula, el ensayo, la novela, la crítica literaria, el diario, la entrevista y la autobiografía. Una obra si se quiere breve, pero que lo llevó a ubicarse en un sitial de honor en el ámbito de la literatura hispanoamericana, y a recibir múltiples reconocimientos, entre los que destacan: Miembro de la Academia Guatemalteca de la Lengua Española en 1993, el doctorado Honoris Causa por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1996 y en ese mismo año el Premio Nacional de Literatura en Guatemala, el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, y en el 2000 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras (de allí que salga este tomo al conmemorarse el 25.º de dicha entrega).
Pero más allá de los premios, Monterroso recibió el unánime reconocimiento de los lectores y de la crítica, por su manera original (fuera del canon en todo lo que tocó), lúcida, irónica, satírica y sarcástica de acercarse a los géneros, todos los cuales renovó desde su pluma portentosa, que hizo de cada una de sus piezas literarias fuente de enorme disfrute estético, por lo que este regalo que la editorial Navona entrega a los lectores monterrosianos (entre quienes me incluyo desde hace muchos años), así como a los jóvenes lectores, es de un valor cultural (en su más amplio espectro) indiscutible, y pone de nuevo en los estantes de las librerías de España y de América Latina una obra compendiada en espléndida edición, que hace honor a un autor que ya es un clásico, así como fuente de referencia literaria y académica en diversos contextos y, sin duda alguna, una de las mentes y plumas más lúcidas y completas que dio el siglo XX en la otra orilla atlántica.
La presente edición está ordenada cronológicamente desde su primer libro (1959) hasta el póstumo (2003), y el orden es el siguiente: Obras completas (y otros cuentos) de 1959, La oveja negra y demás fábulas (1969), Movimiento perpetuo (1972), Lo demás es silencio (1978), Viaje al centro de la fábula (1981), La palabra mágica (1983), La letra e. Fragmentos de un diario (1987), Los buscadores de oro (1993), La vaca (1998) y Literatura y vida (2003).
Es fundamental afirmar, que esta Obra Completa de Monterroso que hoy reseño, es la única en su estilo que se halla en el mercado editorial hasta el día de hoy, lo que es valor agregado cuando de una visión integradora de su interesante producción literaria se trata, y máxime cuando sus libros sueltos en las ediciones originales están descatalogados y resultan prácticamente inencontrables. Además, esta obra es de elevada calidad en su producción: papel satinado, excelente impresión, caracteres amplios, hojas cosidas y un tamaño de libro manejable y cómodo.
En cuanto a la prosa monterrosiana, es mucho lo que se ha escrito hasta ahora, pero intentaré dar acá una somera aproximación a cada uno de sus libros contenidos en este gran tomo.
Obras completas (y otros cuentos), marcó el debut de Monterroso, y no se cansó de repetir que lo publicó con mucho temor, por esas inseguridades propias de un autor autodidacto que no llegó a terminar su educación primaria, pero lo hizo además presionado por el jefe de la imprenta universitaria en la que trabajaba, que quería ayudarlo al observar su talento, y la reacción del público no tardó en llegar. En un comienzo se hizo mofa de él por ponerle a su primer “librito” el pomposo título de Obra Completas…, pero la cuestión fue aclarada ya que el libro tomó el título de uno de sus cuentos. Estos son los textos que lo integran: Míster Taylor, Uno de cada tres, Sinfonía concluida, Primera dama, El eclipse, Diógenes también, El dinosaurio, Leopoldo (sus trabajos), El concierto, El centenario, No quiero engañarlos, Vaca y Obras completas.
Desde aquel inicio, su prosa estuvo marcada por la concisión y la brevedad, por un estilo directo y mordaz, novedoso y rompedor, a veces irónico y oblicuo, y no puedo obviar hacer alusión a la pieza El dinosaurio (lo que ya es un lugar común), pero se trata de uno de los cuentos más breves del mundo, y alcanza apenas las siete palabras: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí” (del que toma esta edición su título). Por supuesto, no todo lo que escribió nuestro autor es de este tenor, y debo decirlo porque muchos intentan descalificarlo al expresar que era un escritor poco serio, pero si hay en el ámbito de nuestras letras un autor serio, es precisamente Monterroso, porque hizo de la palabra un dardo inteligente y divertido, en donde lo simbólico se da la mano con la literalidad, que pone a sus lectores a pensar, a dudar de lo leído, a tener que recurrir a otras fuentes, a reflexionar sobre la vida y sus circunstancias, y que todo ello le produzca un enorme disfrute sensorial.
En cuanto a La oveja negra y demás fábulas fue (y lo sigue siendo) un libro de enorme impacto en el contexto de nuestras letras, porque echa mano del antiguo y casi extinto género de la fábula, para renovarlo, para ponerlo sobre el tapete, para hacer de él un delicioso e inteligente instrumento de la sátira y la introspección, que nos hace reflexionar, criticar la tontería humana, hurgar en donde anidan las emociones y los sentimientos. Estos son algunos de los textos que lo constituyen (de sus 40 fábulas): El Conejo y el León, El Mono que quiso ser escritor satírico, El sabio que tomó el poder, El apóstata arrepentido, El Grillo maestro, El Burro y la Flauta, La honda de David, La Sirena inconforme, Los Cuervos bien criados, Origen de los ancianos, El Fabulista y sus críticos y El Zorro es más sabio.
En Movimiento perpetuo nos encontramos con diversidad de textos (32 en total) que muestran la enorme versatilidad de Monterroso, al insertarse en el género del ensayo breve —y no tan breve—, así como en la narrativa, con un desparpajo que nos deja impactados: discurre, critica, analiza, banaliza, satiriza (y hasta se burla con gracia de muchas situaciones y hechos), nos pasea con exquisita erudición en diversas temáticas, muchas de las cuales son literarias (fue un gran amante de los libros y de los autores clásicos, a quienes leyó en su juventud), pero también en temas cuya vigencia nos resulta inaudita, vista la distancia de tantos años que nos separa de la obra.
Fue Monterroso, en la jerga latinoamericana, un eterno mamador de gallo, que no olvidó jamás que la tarea esencial del escritor es escribir con pasión y con fino humor (y con gracia, como ya adelanté), que nos haga sonreír aun cuando lo que se nos cuente no sea como estar felices y contentos, de allí que los textos monterrosianos no sean lo que parezcan a simple vista, sino que nos llevan a las profundidades del ser sin caer en la pedantería académica y del tratado, y que digan mucho más.
Es el libro Lo demás es silencio la única novela de Monterroso, solo que no es en sí misma una novela, o es y no lo es —eso depende de nuestra mirada desprejuiciada y libre de las ataduras de los corsés, que suelen encasillar textos que son diversos y ajenos a cuadraturas que no les calzan, para así responder a una tradición literaria, que se ve interpelada por autores escurridizos como el nuestro, que no gustan mucho de seguir lo que otros hacen, sino que escriben sus cosas a su manera y luego los otros dicen levantando el dedo y con voz engolada: “esto es tal o cual”, pero no es así, y esto divertía mucho a Monterroso, porque iba siempre a contracorriente y, como conocía los géneros y la lengua como pocos, hacía de ellos enormes jugarretas y delicias—.
Por cierto, el personaje central de su novela es el doctor Eduardo Torres, que se convierte antes de su salida al escenario literario (es decir, previa a la publicación del libro) en todo un mito, y en esto contribuyó mucho la manera elusiva de Monterroso de referirse a su personaje, generando en los lectores y en la crítica la duda acerca de si tal doctor era calcado o no de la realidad, o de si era mera ficción, e igual cuestión se generó con respecto a San Blas, la locación de la novela, que pasó a ser uno de esos lugares o pueblos emblemáticos de la literatura universal, como el Macondo de García Márquez, o el Santa María de Onetti, o el Comala de Juan Rulfo.
Viaje al centro de la fábula es un libro que agrupa las más importantes entrevistas que le hicieron a Monterroso desde distintos medios mexicanos o foráneos, y fue tal el impacto de sus respuestas, la sagacidad e inteligencia manifiesta en sus argumentaciones, la ironía desplegada en ellas (como signo evidente de erudición e inteligencia), que cuando se agruparon bajo la forma de libro, el mismo pasó a ser parte de la obra esencial del autor y él lo justificaba porque es la entrevista —solía afirmar—, el único género inventado en la contemporaneidad, que pasó de ser estrictamente periodístico, a ser considerado también como literario y de creación artística. En orden de aparición estas son las nueve entrevistas: La audacia cautelosa, Fábulas inmoralistas, Inutilidad de la sátira, El humor es triste, El escritor contra la sociedad, Ni juzgar ni enseñar, La experiencia literaria no existe, Que el autor desaparezca y La insondable tontería humana.
Por los títulos de cada entrevista se puede inferir el nivel de abstracción de lo allí planteado, a lo que es necesario agregar que no hay mejor manera de conocer el pensamiento del autor, así como los orígenes de su obra, sino acercándose a este libro revelador y delicioso, en donde hallamos al mejor y al más agudo Monterroso.
En La palabra mágica encontramos de nuevo al Monterroso ensayista y articulista, al estilista de la palabra, al pensador cáustico y retador, al artista imaginativo y creador que no pierde oportunidad para develar todo aquello que lo ata a su tiempo histórico y al pasado; además leemos de su formación literaria, de su aversión a las dictaduras (que las sufrió en carne propia y tuvo que exiliarse definitivamente en México, luego de otros destinos americanos), de su vena filosófica, de los clásicos universales y de su pasión por algunos autores (Quiroga, Shakespeare, entre otros). A este libro lo constituyen 20 textos de distinta dimensión, entre los que resaltan: Los libros tienen su propia suerte, Llorar orillas del río Mapocho, Sobre un nuevo género literario, Novelas sobre dictadores I, Novelas sobre dictadores II, Lo fugitivo permanece y dura y Las ilusiones perdidas.
En La letra e. Fragmentos de un diario, uno de mis favoritos (que habré leído no menos 10 veces), nos topamos con un Monterroso intimista, revelador, que deja en textos breves (la mayoría), tips y reflexiones acerca de obras, autores clásicos y contemporáneos (Kafka, Cortázar, Lewis Carroll, Cervantes, Pessoa y Vallejo, entre muchos otros), su propia obra, la lengua española (que tanto amaba), algunas ficciones, el latín (una de sus aficiones y pasatiempos), curiosidades eruditas, pensamientos en voz alta, el real ser del escritor, cotidianidad e inquietudes filosóficas y hasta metafísicas acerca de la vida, la muerte y la llamada inmortalidad. Este libro, sin duda, nos interna en el yo monterrosiano.
Es Los buscadores de oro su autobiografía y, a diferencia del resto de su obra, aquí el humor y la sátira son sustituidos por la nostalgia y el recuerdo: su casa paterna, su infancia, el padre alcohólico que tanto lo marcara y el nacimiento de su vocación literaria. Se trata de una obra breve, pero de enorme hondura, que complejiza su figura desde lo personal y lo humano, al mostrarnos sus sentimientos sin los disfraces propios de lo literario, sino que se desnuda ante el lector y queda allí expuesto sin más recursos que la palabra descarnada y limpia.
Es La vaca un delicioso tomo de 21 textos ensayísticos, en los que Monterroso vuelve a autores fundamentales en su obra (como Borges, Tolstoi, Rulfo, Onetti y Kafka), y en ellos despliega toda su sabiduría y experiencia literarias, traducidas en décadas de trabajo y lecturas, de afanes en bibliotecas y archivos, y despliega así una obra ensayística de enorme originalidad y pegada, y en esto reitero que nuestro autor es tan innovador en ensayo como en narrativa, ya que en ambos géneros se aleja ostensiblemente de los patrones establecidos por la usanza y la tradición, para hacer de sus textos toda una escuela de vanguardia, seguida por las nuevas generaciones que buscan una escritura fresca, bien estructurada, directa, sin subterfugios, que diga lo que deba decir, pero sin descuidar la lengua.
Y el último libro de este gran tomo que recomiendo con los ojos cerrados, es Literatura y vida, que salió de manera póstuma, y que vendría a ser una suerte de complemento de La vaca, y en el que, desde lo ensayístico (y en 16 textos), se adentra en el fascinante mundo de lo literario (y en él, de las obras y sus autores), pero siempre con la chispa, el humor y la ironía que lo caracterizaron, así como con cautela frente a todo aquello que ofrezca en las artes atajos y caminos cortos, porque para él, como el enorme escritor que fue, la única posibilidad que existe para ser escritor y ofrecer una obra, es lanzarse en el mar proceloso de las letras e intentar llegar a la otra orilla, aunque se perfile en el horizonte nubarrones y exista la posibilidad del naufragio.
Ricardo Gil Otaiza








