«Y aunque Jesús nació en tiempos de Augusto y fue crucificado en los del ominoso Tiberio, su sucesor, ese fue un hecho que pasó por completo desapercibido para la sociedad romana de entonces, y no era para menos: dioses o impostores nacían allí con relativa frecuencia en el contexto desmesurado del Imperio; y en el ámbito concreto del judaísmo, donde se da la irrupción de Cristo, los primeros testimonios surgen cuando ya la “buena nueva” se ha diseminado por toda Judea y ha ocurrido el sacrificio de la cruz.»
Estas frases son del libro El hijo del hombre. Grecia, Roma y el nacimiento del cristianismo, publicado por Debate y que desde el 12 de marzo está en todas las librerías. Es un ensayo excepcional para entender por qué la figura de Jesús y el cristianismo nacen en ese lugar y en ese momento de la Antigüedad, todo contado con una claridad extraordinaria y una erudición deslumbrante por Constaín, premiado novelista y una de las voces más sólidas de la narrativa histórica en español, quien reconstruye el mundo en ebullición anterior al Evangelio para explicar el origen de la religión que acabaría transformando el Mediterráneo y, con él, la historia de Occidente.
Juan Esteban Constaín (Popayán, 1979) publicó en 2004 su primer libro de ficción, Los mártires, un conjunto de relatos sobre escritores. En 2007 vio la luz su primera novela, El naufragio del Imperio, a la que siguieron ¡Calcio! (2010), con la que obtuvo el Premio Espartaco de Novela Histórica de la Semana Negra de Gijón y que fue traducida al italiano y al polaco, y El hombre que no fue Jueves (2014), ganadora del I Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana de Eafit y traducida al italiano. También publicó, en 2018, el libro de ensayos Ningún tiempo es pasado y en 2019 Álvaro: su vida y su siglo. En 2022 publicó la novela Cartas abiertas. Es columnista del periódico El Tiempo y conduce y dirige, en Blu Radio, el pódcast Calamares en su tinta. Vive entre Bogotá y Berlín y tiene tres hijas: María, Manuela y Miranda. Es miembro de la Academia Colombiana de la Lengua.
Precisamente, por El hijo del hombre, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Juan Esteban Constaín para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Juan Esteban, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Mi libro es un ensayo histórico y literario sobre los orígenes del cristianismo y sobre la famosa relación, el diálogo, entre el judaísmo del Segundo Templo y el paganismo griego y romano.
Es un intento por explicar por qué una secta mesiánica marginal del judaísmo del Segundo Templo se volvió un suceso universal que, a la vuelta de tres siglos, dominó el Imperio Romano.
En tu libro hay de todo, personajes muy conocidos, otros no tanto, guerras, mitos, manuscritos. Y hay un tema muy debatido: la persecución a los cristianos. ¿Por quién y por qué?
Pues sí, ese fue un tema con un indudable asidero histórico. Y es que, en efecto, en el siglo I y de ahí en adelante, pero sobre todo en el siglo II y III, de lo que hoy llamamos la era común, que antes se llamaba la era cristiana, cuando no había tantas prevenciones de la corrección política, en esos siglos hubo una persecución implacable al cristianismo.
Pero también han descubierto los historiadores, o han logrado demostrarlo, que en el siglo XIX, en el Romanticismo, se sobredimensionó la persecución imperial al cristianismo por razones sobre todo literarias, porque era un motivo fascinante para la sensibilidad romántica describir la persecución como una épica solitaria de unos cristianos que tenían que sobrevivir en las catacumbas.
Y sin embargo, sí hubo una gran persecución a los cristianos, que parte, entre otras cosas, de la hostilidad que había en el Imperio Romano hacia las vertientes levantiscas y sediciosas del judaísmo.
Los judíos lograron constituir un Estado independiente desde el año 164 antes de Cristo. Y ese Estado independiente termina incorporado al Imperio Romano.
Y hay una tensión muy grande entre el poder romano y la autoridad eclesiástica de los judíos. Y el cristianismo surge en ese contexto y, al principio, lo que hacen los romanos es perseguir a los cristianos, en tanto que parte de ese fermento sedicioso del judaísmo, hasta que hacia el año 68, 70 de la era cristiana ya empieza a haber una conciencia más clara en el Imperio Romano de los alcances del cristianismo y de la diferencia que hay entre cristianos y judíos. Y se recrudece la persecución a los cristianos. Yo creo que por una razón que es más bien política y hasta militar y policiva [policial] que religiosa y cultural. Y es que el Imperio Romano era muy flexible, era muy tolerante hasta donde ello era posible. Pero el Imperio Romano no aceptaba que hubiera brotes de ruptura del orden constitucional y del orden público. Para los romanos era insoportable la ruptura del orden cósmico y eso tenía unas implicaciones, sobre todo policivas y políticas.
Se persigue a los cristianos en los primeros dos siglos y medio. Y sin embargo, cuanto más se los persigue, más se organiza y más crece esa secta judía que ya había empezado a conquistar y a seducir el mundo pagano, hasta que en tiempos de Constantino, aunque eso no entra en mi libro y será objeto de una segunda parte, pero yo sí quería llegar hasta allí a principios del siglo IV, Constantino tiene clarísimo que la crisis política del Imperio no se va a resolver si no es con una alianza con la comunidad cristiana.
Pero la razón fundamental de la persecución era esa, que los cristianos ya significaban como una especie de interpelación muy traumática dentro del Imperio Romano a la autoridad romana.
Entendido… Y dime, ¿por qué tu interés por el nacimiento del cristianismo?
La verdad es que es un tema que desde hace muchos años suscitó en mí una profunda curiosidad. Siempre me ha parecido que es el tema más importante de la historia, la irrupción del cristianismo. Y además, ahí hay una síntesis de distintos temas que siempre me han fascinado: el mundo clásico, el mundo griego, el mundo romano. Y luego entender cómo se va dando el entronque y el tránsito entre lo que ahora se llama la Antigüedad tardía y la Edad Media a instancias del cristianismo y su apropiación del poder romano.
Desde el punto de vista histórico, eso siempre me fascinó, me interesó, y nunca pensé que fuera a escribir nada sobre ese tema. Pero hace un par de años hice un viaje a Roma con mis hijas. Fuimos a una catacumba en Roma, en la que una de mis hijas vio una imagen de Orfeo y ella en su colegio había estado estudiando el mito órfico. Y entonces me preguntó: ¿qué hace aquí un bardo y un semidios de la mitología griega en una catacumba cristiana? Y yo empecé a explicarle un poquito, empezamos a hablar de ese tema y luego, ya de regreso en Colombia, yo quise desarrollar esa conversación en lo que iba a ser un ensayo de veinte o treinta páginas. Y terminaron siendo quinientas ochenta.
Así que esa fue la chispa, ver allí la imagen esa y tu hija preguntándote…
La veo y, claro…
[Juan Esteban Constaín, pelo castaño claro, bigote, barba, hace un gesto con la mano, dando por sobreentendido lo que ya acaba de decir.]
¿Y cuál es tu aporte? ¿Qué tiene este libro de distinto con otros libros sobre el cristianismo?
No sé. Yo en esto tengo que ser muy sincero, [y creo] que es el tono general del libro. Yo no tengo la pretensión de hacer grandes descubrimientos ni de contar nada nuevo, porque hay una tradición historiográfica, arqueológica, filosófica, ensayística, muy consolidada de grandes maestros que han ido como iluminando esa reflexión sobre las raíces históricas del cristianismo. Y yo lo que hago es, más bien, acogerme a esa tradición y celebrarla.
Yo diría que mi aporte es un aporte literario y ensayístico, porque es una aproximación personal en la que intento también acercarme a las fuentes antiguas, griegas y latinas. Y luego un esfuerzo de síntesis de toda esa historiografía en Alemania, en Inglaterra, en Francia, en Italia, en la propia España.
O sea que el aporte yo querría que fuera más bien estilístico y de sensibilidad, porque es al fin y al cabo un ensayo, no es un tratado, sino que es un libro escrito en primera persona para que un colombiano [o cualquier lector] se pregunte por qué una secta insignificante del mundo judío, al final de la República Romana, conquista ese imperio, que fue el poder más grande que hayamos visto en la historia quizás.
Y lo otro, pues tiene que ver con ese acento del origen. Yo vengo de América Latina y uno podría decir al rompe que es descabellado que un escritor de allá se ocupe de estos temas. Y resulta que no. Resulta que nosotros somos parte también de la civilización cristiana. Están viendo esta historia y tengo todas las credenciales para hacerme cargo de un tema que ha sido en mi mundo tan influyente como en muchos otros.
¿Cuánto tiempo te llevó a escribir El hijo del hombre?
Le contesté esa misma pregunta a un gran amigo. Que me demoré dos años y toda la vida. Pues empecé el 25 de diciembre, yo soy muy agorero, esa fecha me parece casi providencial, empecé el 25 de diciembre de 2023, cuando me senté con esa idea de hacer un ensayo sobre Orfeo y el cristianismo, que iba a tener veinte páginas y en la noche ya tenía cuarenta. Y entonces dije: esto es el principio más bien de otra cosa. Y el libro se fue a la imprenta el 23 de diciembre del 2025, o sea que son casi dos años exactos, con muchas lecturas, muchas relecturas, y con una gran intensidad en la escritura, desde que empecé no paré.
Y de hecho, pues yo quería seguir, solo que mi editor me dijo, ¡no!, llevamos ya seiscientas páginas, hay que entregar esto y después veremos cómo sacamos el resto.
Entonces, son dos años y toda la vida.
¿Y cuál fue el mayor reto?
Saber que estaba entrando en ese terreno en el que tantas voces tan autorizadas han dicho cosas tan brillantes. Y por eso, mi aproximación fue la de homenajear y celebrar a casi todos los que se han ocupado de este tema.
Y también el reto estaba en la desmesura de la información. En la desmesura del objeto mismo de estudio y de trabajo, pues es uno de los temas sobre los que más se han escrito en la historia, de manera que la bibliografía era inabarcable.
Cribar y decantar esas referencias y esas lecturas, fue difícil. Y [lo mismo que] conseguir muchas de esas fuentes, que algunas las tenía yo en mi biblioteca, otras en mis viajes a Berlín o a Roma, pues yo podía acceder a algunas de estas fuentes, otras estaban en Internet, pero si no conseguía alguna de ellas, como la pesquisa obsesiva de un texto que yo necesitaba de un artículo de un teólogo suizo que me costó mucho trabajo encontrar, un texto de Eduard Norden que era difícil de conseguir, pero logré con un librero amigo mío en Berlín, tras varios meses, casi un año, que finalmente me llegara a Bogotá ese libro.
Es una cosa que yo te quería comentar. Con todo lo que hay escrito, con la desmesura del proyecto, tú no te arrugas en ningún momento. Te mantienes firme, valiente… Quiero decir que, ante todo eso, podrías haber dicho: caramba, ¿en qué me estoy metiendo? Y no, tú ahí das un paso adelante y dices: venga, a por todas.
Esa era la actitud y esa era la premisa, que es quizás la única válida y posible con una empresa de estas dimensiones.
Y si uno se detiene por un instante, como Orfeo, a pensar en la dimensión de la empresa, vuelve la vista atrás y se le acaba.
Hay que seguir hacia adelante hasta llegar al final, donde paramos. Y esa es la actitud y me gusta mucho que lo hayas visto así.
Hay que señalar el estilo tuyo: claro, preciso, muy apasionado en lo que cuentas… Y me ha gustado particularmente tu desenfado; estoy leyendo y pum, pum, pum, haces que pasen las páginas, con esa actitud entre divulgativa y de entretenimiento, que me parece fundamental para disfrutar de El hijo del hombre.
Qué bueno que me lo digas, porque a mí me gusta mucho la buena divulgación. Y yo, que empecé siendo historiador, realmente me volví novelista y ensayista y mi propósito sí es literario, sí es estético.
Entonces, yo sí necesito y estoy pensando todo el tiempo en eso, concebir un texto que sea accesible al lector, pero además sí tengo la pretensión de que la experiencia de la lectura para el lector sea plácida, como a mí me gusta leer. Yo leo libros que son muy densos y muy pesados y me los aguanto porque estoy buscando la información que hay en ellos, pero en mí como lector hay un abismo entre esa lectura traumática en pos de un dato y la gran experiencia estética de la literatura, cuando uno lee un buen texto o un texto que tiene la aspiración de ser claro, de ser amable; eso uno lo disfruta y lo agradece mucho.
Y yo sí tengo unos maestros en ese campo a los que homenajeo y celebro todo el tiempo. Yo pienso, por ejemplo, en Alfonso Reyes, el gran prosista mexicano que se ocupaba del mundo antiguo, del mundo griego. Pienso en un autor español al que idolatro, que es Álvaro Cunqueiro, que es para mí uno de los prosistas más altos de todos los tiempos. Yo necesito invocar a Cunqueiro cuando estoy escribiendo, o, no sé, a muchos de mis maestros que en realidad vienen de la literatura. Y eso es lo que quiero.
Sobre la bibliografía al final de tu libro, Juan Esteban, da miedo repasar los libros que has consultado y todo escrito de una manera, vuelvo a repetir, entretenida. Pero la cantidad de material es apabullante, supongo que habrá sido también difícil decidir qué metes, qué no metes…
Sí, muy difícil. Me planteé al principio si valía la pena, por ejemplo, poner notas de pie de página. Y muy rápido, llegué a la conclusión de que lo mejor era que no hubiera notas de pie de página -salvo tres o cuatro que hay, que son casi un gracejo, un chiste, para conservar el tono ensayístico-, para que el lector no tuviera interrupciones en la lectura. Que además es el formato de muchas ediciones académicas, pero también ensayísticas, de hoy. [Porque] Se ha impuesto una tradición perversa y tortuosa, que es que las notas de pie de página te las ponen al final. O sea, no son de pie de página. Uno va leyendo dichoso y le toca irse a buscar; eso es muy incómodo para el lector. Entonces yo dije: no voy a hacer notas de pie de página.
Pero sí metí la bibliografía para que los lectores vean de dónde vienen muchas de las cosas que digo. Y claro, esa es una bibliografía, como decíamos ahora, inabarcable. Cribar eso no era fácil, pero realmente ahí está lo que yo sí consulté.
Hay muchas cosas que no están. Y vendrán las objeciones propias de los expertos diciendo: ¡no consultó usted al teólogo suizo! Seguramente no. No puedo decir tampoco que es una bibliografía básica, porque sería cínico y sería falso. Es una bibliografía que incluye mucho de lo que se ha escrito sobre estos temas en el mundo moderno. Quedan cosas por fuera. Pero ahí está básicamente lo que yo leí con juicio y a lo que yo pude acceder.
Oye, y qué bien integras la secuencia histórica que cuentas, con los libros o descubrimientos posteriores que has consultado.
Pues ahí es otra vez lo mismo. Como un intento narrativo, las tablas que me ha dado un poco el hecho de haber escrito novela y cuentos. Porque uno cuando está escribiendo una novela tiene que tener siempre presente todo el universo que gravita en cada línea, que eso es algo que, de pronto, los lectores no ven y no les importa y no tendría por qué importarles. Pero es de las obligaciones más opresivas del novelista, que es que tú necesitas que cada pieza esté donde debe estar y que el lector no se vaya ni se aburra.
Yo siempre me acuerdo de esa anécdota de Luchino Visconti, cuando hicieron El gatopardo, la película, que él le pidió al jefe de producción que llenara los armarios con ropa del siglo XIX, y cuando se estrena la película, el jefe de producción va histérico donde Visconti y le dice: «Pero me hiciste gastar la mitad del presupuesto en una ropa del siglo XIX, para unos armarios que en la película ¡no se abren nunca!”. Y Visconti decía: “sí, pero la esencia de mi película es que si uno mete la mano en esos armarios hay ropa de esa época”.
Uno escribe una novela así, un ensayo no. Pero en este caso yo creo que ese sendero novelístico que yo he recorrido me sirvió para eso que dices, como para tener una estructura narrativa en la que sabía con toda claridad cuándo tenía que meter una digresión, cuándo una referencia bibliográfica, pero que no se perdiera el hilo de la narración.
Siempre como que llevabas las riendas. Eso es importantísimo. No importa que se desbarre, que el libro vaya para allá, para acá, pero siempre tiene que haber alguien ahí que…
Es que yo creo que escribir, esa figura de llevar las riendas, me parece perfecta.
Eso es escribir. Y es un acto casi inconsciente, que luego va cobrando forma en el proceso de la escritura. Pero tú llevas las riendas de un texto en el que no se te puede salir nada de las manos.
Y ya por finalizar. Empiezas hablando de Roma y terminas hablando de Roma, y nos das el nombre secreto de Roma, volviendo al revés su nombre. Qué bien terminar así.
El nombre de “Amor” de la ciudad por excelencia del amor, que también es, si uno lo piensa, el mensaje cifrado y más profundo de lo que Cristo le ofreció a quienes lo siguieron hasta hoy.
Sigue siendo una utopía la del cristianismo como una religión del amor, porque muchas veces ha sido todo lo contrario, muchas veces. Pero de todas maneras sí puede haber ahí una clave en ese nombre secreto de Roma, que es para quien lo lee al revés y el mensaje de Cristo.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © David Rugeles cortesía Revista Diners
Juan Esteban Constaín
Alianza Editorial, 544 pp., 23,90 €
Sinopsis:
Con una claridad extraordinaria y una erudición deslumbrante, Juan Esteban Constaín reconstruye el escenario donde surgió la religión que cambió para siempre el rumbo de la humanidad. Grecia, Roma y el judaísmo del Segundo Templo se encuentran aquí como pocas veces en un ensayo contemporáneo y dialogan con rigor, con gracia, con un humor que ilumina y con la rara capacidad de convertir siglos de historia en una lectura vertiginosa y fascinante.
De la leyenda de Rómulo y Remo al imperio de Augusto, de la expansión helenística tras Alejandro al conflicto entre los macabeos y los seléucidas, del choque entre paganos y judíos a la figura irrepetible de Jesús, este libro excepcional guía al lector por los reinos, las guerras, los mitos, los manuscritos y los hallazgos arqueológicos que explican por qué el cristianismo primitivo no fue un accidente sino la consecuencia natural -y asombrosa- del encuentro entre pueblos, lenguas y creencias.
El Hijo del Hombre es una brillante exploración del mundo que existía antes del Evangelio. Un libro lúcido, culto y profundamente entretenido que demuestra que la historia, contada con pasión y precisión, puede ser una experiencia reveladora de lo que somos.







