Con Mandar y obedecer, el escritor y director de Qué Leer Toni Montesinos, autor de una trilogía fundamental sobre el trascendentalismo estadounidense de Emerson, Thoreau y Whitman, nos ofrece un ensayo profundo y accesible que se adentra en los nudos, y agujeros, que constituyen las redes del poder. En cada uno de los siete capítulos que componen este libro, el autor define, problematiza e ilustra, con el apoyo de las más oportunas citas y las anécdotas más jugosas, de qué modo el poder utiliza el lenguaje (y el neolenguaje), la burocracia, las redes clientelares, los mecanismos de discriminación, las pulsiones sadomasoquistas, las pasiones tristes, las creencias religiosas, las convicciones ideológicas, el estatus socioeconómico, la identidad o el miedo para imponer y mantener su dominio. Dudo mucho que exista alguien que no se vea afectado por una, dos o muchas de estas cuestiones.
El primer capítulo de Mandar y obedecer se centra en los usos y abusos de la lengua por parte del poder (así se titula, por cierto, una de las obras más interesantes, y olvidadas, de Erasmo). Y es que el lenguaje, que no deja de ser una especie de recipiente deformante, o conformante, dentro del cual vertemos el agua sucia de la infinita pecera de lo real, confiando en que se transformará, como por arte de magia, en la sopa de marisco de la verdad, es uno de los conceptos más escurridizos, y por lo tanto, manipulables, que existen. Por eso, recuerda Toni Montesinos, para Karl Kraus, uno de los más prolíficos autores del difícil arte de callar: «un aforismo no ha de decir la verdad, sino superarla».
Pero ¿cómo saltar más allá de nuestra propia sombra lingüística? Podríamos decir, con los místicos, y los poetas, que el lenguaje es aquello que queda después de haber acabado de definir la verdad. Afortunadamente, el autor se adscribe al lema empirista de John Locke, que dice: «¡No defináis!» y, recurriendo a una fastuosa erudición, nos ofrece mil ejemplos de cómo detectar y prevenir el hackeo (perdón) lingüístico con el que el poder no sólo busca reducir los límites de nuestro mundo, sino también la esfera de nuestra acción. Porque, retomando a Pierre Bourdieu: «quien domina también nomina». Kafka, Chejov, Marta Sanz, Joan Subirats o Lewis Carroll (cuyo Humpty Dumpty nos ofrece uno de los mejores acercamientos a esta cuestión: «Lo único importante es quién manda: ese es quien fija el significado de las palabras») son algunos de los muchos autores convocados en esta lucha por liberar el lenguaje.
En este primer capítulo de Mandar y obedecer, también aprendemos que, tal y como sostuvo Chesterton, el capitalismo es una de las formas de la idolatría, porque «el dólar es un ídolo», en tanto que «es una imagen», si bien «una imagen del éxito, y no del disfrute material», de modo que, a pesar de todas las apariencias (nunca mejor dicho), el capitalismo no es un materialismo, sino un idealismo, o un eidoloísmo. De ahí que Chesterton y su amigo Hilaire Belloc propugnaran una tercera vía económica, que, pasando entre la Escila del capitalismo y la Caribdis del comunismo, propugnaba, en la estela de León XIII, la distribución de bienes entre la sociedad para romper su concentración en manos de unos pocos. Aunque sólo fuese porque, como decía el mismo Chesterton: «demasiado capitalismo no quiere decir muchos capitalistas, sino muy pocos capitalistas».
El segundo capítulo de Mandar y obedecer se inicia con unas interesantes consideraciones acerca de los diferentes sistemas de jerarquización social: castas, estamentos, clases sociales, géneros… Echando mano de una amplísima panoplia de ejemplos, que van desde la serie Arriba y abajo hasta una película como Gosford Park (2001), de Robert Altman, pasando por manuales de administración doméstica, el autor nos propone una tipología ensayística de las relaciones sociales. La burocracia es presentada como un mecanismo de dominación, como una especie de laberinto administrativo entre cuyas paredes las clases bajas gastan unas energías que no pueden dedicar a reivindicar su verdadero derecho o posición.
Una administración ineficiente, un papeleo superfluo y unas formalidades rígidas son los kafkianos guardianes de «la ley del más fuerte», cuya función es agotar y entristecer, en el sentido spinoziano, pero no sólo del Spinoza de la Ética, sino también del Tratado teológico-político. Así, mientras a las clases bajas les toca el vuelva usted el siglo que viene… las clases altas pueden sobrevolar en helicóptero ese laberinto, e ir directamente a la salida, sin pasar por la cárcel, gracias a sus contactos, capital social, capital económico, etc. Pura kriptonita de papel.
Tras unas páginas magníficas sobre la capacidad de Dickens para describir empáticamente los sufrimientos de los trabajadores, el capítulo acaba con unas interesantes reflexiones sobre la «arquitectura del poder», cuya función no sólo sería apaciguar la mano de obra inquieta, sino también ofrecer un reflejo de la firmeza y determinación de los poderosos, reforzando, de este modo, un relato histórico hecho a su medida.
El tercer capítulo, dedicado al tema de la discriminación, empieza hablando de diferentes intentos históricos, fracasados, por supuesto, de ponerle puertas al campo, o topes al tiempo: la Ciudad Prohibida, cuyo aislamiento le valdrá la decadencia y el colapso, tal y como se ve en La gran dama de Pearl S. Buck, o la Muralla China, que ni se ve desde el espacio, ni logró detener a uno solo de aquellos mongoles que buscaban mantener fuera de sus fronteras, y que la verdad es que acabaron llevándolos a uno de los períodos de mayor esplendor de toda su historia.
A continuación, y siguiendo uno de los libros de historia que más me han apasionado en la vida, La otra historia de los Estados Unidos, de Howard Zinn, Montesinos habla sobre el proceso de acoso y exterminio de las poblaciones indias en los Estados Unidos, y la política expansionista o imperialista de su gobierno. Estas páginas recogen una triste soflama de Walt Whitman, que llama a aplastar y conquistar México, pero se lo perdonamos, porque, como todos, «se contradecía», puesto que «contenía multitudes». Más adelante, y en tanto que uno de los grandes conocedores del trascendentalismo, en general, y de la obra de Emerson, en particular, Toni Montesinos nos regala un hermoso texto emersoniano, como es «Destino», que constituye una lúcida refutación de la doctrina del Destino Manifiesto.
El cuarto capítulo es el capítulo bonito, esto es, el capítulo de la resistencia. En él, el autor nos habla: desde la doctrina de la desobediencia civil de Thoreau, hasta el boicot de autobuses iniciado por Rosa Parks en Alabama, la lucha antinazi, el tren de la libertad, que ayudaba a pasar esclavos afroamericanos a la zona libre de los Estados Unidos, o las figuras de Martin Luther King o Mahatma Gandhi, cuya doctrina de la no-violencia se inspiró en un Tolstoi que se inspiró, a su vez, en un Thoreau, quien se inspiró a su vez en Emerson, quien se inspiró a su vez en Montaigne, quien se inspiró a su vez en el irenismo o pacifismo radical de Erasmo…
Pero no quiero alargarme más, porque es mejor que el lector recurra directamente al libro. Simplemente cabe decir que, en Mandar y obedecer, Toni Montesinos vuelve a ofrecernos la mezcla perfecta de claridad, erudición, sentido común y capacidad de análisis gracias a los cuales podremos comprender mejor los mecanismos de dominación que hoy, como siempre, padecemos, y en los que participamos, con el objetivo de resistir mejor.
Bernat Castany Prado
Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe
Toni Montesinos
La Esfera de los Libros, 336 pp., 21,90 €




