“Cuando nos detenemos aparece un vacío interior que no sabemos nombrar”
“Divertir y remover conciencias no son incompatibles”. A partir de esa idea, Laura Sebastiá (Castellón, 1978) ha creado un thriller psicológico que al mismo tiempo conmociona al lector. Los hijos del vacío es la historia de una pandilla de adolescentes que cae en el mundo de las drogas; pero no estamos ante una historia más de jóvenes en conflicto. La novela es un viaje a la memoria de Andrés, un treintañero que recordará su pasado junto a una familia que parecía normal, hasta que todo el suelo se le vino abajo.
Laura Sebastiá lo dice con claridad: “Antes de ser la autora que soy hoy, también fui una adolescente que sufrió una pérdida muy dolorosa, algo que hizo que conociera de cerca ese vértigo y ese vacío interior del que hablan mis protagonistas”.
Por: Sandra Ruiz.
Pregunta: – ¿Los hijos del vacío es una radiografía del siglo XXI?
Respuesta: – Sin duda. Creo que vivimos en una sociedad que nos devora con estímulos constantes, donde parece que estar aburrido es un pecado y donde corremos todo el tiempo precisamente para no pararnos a mirar lo que llevamos dentro. Cuando nos detenemos, muchos encuentran un hueco, un vacío interior que no saben nombrar. Todo esto está creando una crisis de salud mental importante en este siglo, marcada por tabúes que deberíamos romper.
Los hijos del vacío es una radiografía exacta de esa desconexión, y de una trampa muy concreta de nuestro tiempo: en este siglo, sentirse vacío muchas veces te empuja a tirarte en brazos de cualquiera por sentirte amado o amada. Y es entonces cuando te fallas tanto a ti mismo/a, cuando aceptas estar de mano en mano solo para sentirte querido/a, que el dolor se multiplica. Al final, todo va cogido de la mano: esa necesidad afectiva insatisfecha y la búsqueda de refugios peligrosos o adicciones terminan siendo caras de la misma moneda.
Por eso la novela nos obliga a poner sobre la mesa las grandes preguntas que hoy nadie quiere hacerse: para sentirnos queridos, ¿qué estamos dispuestos a hacer y a quién estamos dispuestos a seguir? ¿Estamos dispuestos a pagar el precio de no querernos lo suficiente, de no atrevernos a mirar hacia el lado correcto? Esta es una radiografía de cómo las heridas de la infancia o la soledad mal gestionada empujan a los jóvenes (y a los que ya no lo son tanto) a buscar refugio donde no deben, simplemente porque nadie les enseñó a transitar su propio dolor ni a validarse a sí mismos.
P: – Un thriller psicológico para contar la vida de una pandilla desde la memoria de Andrés. ¿Quién es este personaje? ¿Qué encuentra en ese viaje a su pasado?
R: – Andrés es el hilo conductor a través del cual descubrimos cómo se gesta una caída anunciada. Pero si te cuento exactamente qué encuentra en su viaje al pasado, te estaría desvelando el corazón de la novela, ¡y no quiero hacerle ese spoiler al lector! Lo que sí puedo decirte es que el pasado de Andrés no es un simple recuerdo; es el motor de toda la historia. Para él, enfrentarse a lo que hizo es un camino de sanación necesario. Todo su presente se ha ido construyendo a través de entender sus errores y asumir las consecuencias. Si ese viaje al pasado desequilibra su presente o si es la pieza que le faltaba para encontrar la paz, es algo que invito a descubrir página a página.
P: – ¿Cuál era la realidad familiar de los adolescentes que integraban la pandilla?
R: – La realidad es que todos ellos provienen de hogares que, desde fuera, cualquiera calificaría como «normales»: familias de clase media, padres que los aman y que se desviven trabajando para darles todo lo material que piden. El problema no es la falta de amor, sino la desconexión. Son padres tan ocupados intentando darles lo mejor que a menudo no saben qué ocurre en sus propias casas. Además, se comete el error de normalizar conductas preocupantes bajo la frase «son cosas de la edad». Estos chavales aprendieron a llevar una doble vida, a mentir y a ocultar que se estaban ahogando en ese vacío, encontrando en una pandilla la falsa seguridad y el dinero fácil que en casa no sabían cómo gestionar.
P: – Ficción con propósito y alta tensión en cada página. ¿Los ingredientes de tu novela son estratégicos?
R: – No responden a una fórmula fría de marketing, sino a una necesidad vital. Mis libros son un thriller psicológico, pero están definidos como «ficción con propósito» porque no busco escribir relatos que se olviden en cuanto cierras el libro. La tensión y el ritmo ágil son herramientas necesarias para atrapar al lector, pero el propósito es lo que le da alma.
La historia está construida sobre una base muy real: más de un año investigando y escuchando los testimonios de los propios jóvenes y no tan jóvenes, que se desahogaron conmigo, contándome cómo de fácil era llegar al narcotráfico como una vía de escape para conseguir el dinero y las sustancias que creían necesitar. Los escuché sin juzgar, poniéndome en su lugar, y la novela está escrita con muchísimo amor. De ahí nace ese contraste: aunque la historia es cruda y real, está redactada con tanto cariño y delicadeza que, aun siendo dura, se siente necesaria.
No quería aleccionar desde ninguna teoría distante; quería contar una verdad que duele para que el lector no pueda mirar hacia otro lado. Busco que el libro te deje pensando: «Qué suerte no haber tenido que pasar por esto», o bien que sea el empujón para decir «si lo estoy viviendo, debo parar ya y poner punto final a tiempo». Siempre digo que, si con este libro logro que un solo adolescente se lo piense antes de dar un paso en falso, o que entienda que ese porro o esa sustancia sí van a hacerle daño, me doy por satisfecha. Mi objetivo es abrir conciencias y hablar claro de lo que está pasando hoy, de lo que pasó en el pasado y de lo que seguirá pasando si no hacemos algo al respecto.
P: – ¿Te interesa que tus lectores se diviertan pensando?
R: – ¡Absolutamente! De hecho, esa es la combinación perfecta. Quiero que la lectura te atrape, te enganche y te haga pasar un rato intenso, pero que al mismo tiempo te deje un poso real. No me gusta la literatura que no te cuenta nada o que no te hace sentir. Si al terminar el libro te quedas pensando en las decisiones de los personajes, si te cuestionas cómo habrías reaccionado tú o si te sirve para mirar a tus hijos (o a ti mismo/a) con otros ojos, entonces la novela ha cumplido su misión.
Divertir y remover conciencias no son incompatibles; de hecho, cuando van de la mano, la lectura se convierte en algo inolvidable. Por eso quería que el lector sintiera que forma casi parte de la pandilla: la novela está ilustrada, mostrando la cara de cada personaje para que quien lea pueda ponerles rostro, imaginar sus gestos y meterse de lleno en su mundo. De hecho, son personajes tan intensos y con tanta fuerza que a muchos lectores les encantaría verlos dar el salto a la ficción, convertidos en una serie de televisión, porque estoy convencida de que darían mucho juego.
P: – Las historias de jóvenes que caen en el mundo de las drogas están en auge. ¿Qué diferencia marca Los hijos del vacío?
R: – Lo que diferencia a esta novela es la naturalidad con la que está contada y que nace directamente de la calle, no del cliché. No habla de «jóvenes marginales en barrios conflictivos«, sino de chicos que iban a la escuela, algunos brillantes que sufrieron bullying y decidieron boicotearse para encajar. Está escrita desde la emoción de cada personaje antes que desde sus propios actos, y eso cambia por completo la perspectiva, permitiendo entender su mundo íntimo.
Marca la diferencia porque parte de una verdad muy profunda: yo misma fui en su momento una hija del vacío. A los 15 años perdí a mi mejor amigo y estuve a punto de cruzar esa misma línea. Todo lo que cuento se nutre de los testimonios reales de jóvenes que confiaron en mí durante meses de investigación. Yo no estaba ahí para poner etiquetas; los escuchaba de forma activa, buscando fusionarme con ellos para poder contar al mundo todas estas versiones con muchísimo amor y tacto. Está redactada con un lenguaje claro, llano y directo, y con unas personalidades tan cercanas que el lector acaba experimentando un torbellino de emociones: acabas enamorándote de unos, odiando a otros y queriéndolos de una forma distinta a cada uno. Es una novela cruda y real sobre lo fácil que es caer y lo difícil que es salir, pero contada desde el corazón.
P: – ¿Quién era Laura Sebastiá antes de escribir esta novela?
R: – Sigo siendo estilista de profesión, y durante muchísimos años mi vida transcurrió entre tijeras, salones y el mundo de la estética. Durante mucho tiempo, Laura Sebastiá era alguien que no se atrevía a hacer lo que realmente deseaba; se sentía pequeña, invisible y creía que ya era demasiado tarde para dedicarse a lo que amaba. Sentía vergüenza de decir en voz alta lo que soñaba, pero un día tocó fondo y llegó el momento de despertar: era el momento de luchar por lo que de verdad deseaba y atreverse. Y con miedo, me atreví a hacerlo.
Antes de ser la autora que soy hoy, también fui una adolescente que sufrió una pérdida muy dolorosa, algo que hizo que conociera de cerca ese vértigo y ese vacío interior del que hablan mis protagonistas. Mi camino literario comenzó con Mi pacto, un libro de crecimiento personal donde expuse mi propia historia de vida. Fue a partir de ahí, de una forma casi mágica a través de mi cuenta de Instagram (en la que hoy ya somos una comunidad muy bonita de más de 298.000 seguidores), cuando la gente empezó a acercarse a mí para desahogarse y pedir ser escuchados de verdad.
Ese fue el punto de inflexión donde mi faceta de escritora se transformó en un compromiso social y en la necesidad de dar voz a quienes nadie escucha de verdad. Hoy me autopublico mis historias, dando pasitos firmes y queriendo llegar al lector correcto, al que vaya a sentir lo que debe sentir, sin pretender llegar a todo el mundo porque esa no es mi meta. Ahora ya no me da vergüenza decir con orgullo que, además de estilista, soy escritora. Me he respetado, le he dado paso a mi gran pasión, y lo tengo claro: voy a seguir luchando por mis sueños porque ahora me siento capaz y confío plenamente en mí.
P: – Tu libro también forma parte de un proyecto de lectura en los institutos.
R: – Sí, y es uno de los proyectos que más ilusión me hace. No quiero que mis libros se queden encerrados en una estantería de librería o en un catálogo digital; creo que la literatura tiene que pisar la calle y llegar allí donde más se necesita. Una de las cosas que más me llamó la atención durante la investigación es que la mayoría de mis entrevistados estaban en edad escolar, y muchas de esas primeras ventas o contactos con el mundo de las drogas empezaban ahí mismo, en los patios de los institutos. Por lo tanto, es exactamente en los centros educativos donde hay que empezar a llegar de verdad.
Sé que los profesores intentan con todas sus fuerzas transmitir este mensaje, pero a veces cuesta que cale con la profundidad necesaria. Por eso he puesto en marcha este programa: me ofrezco a ir a los institutos a dar charlas, utilizando mi testimonio y mi historia como un puente para hablar con ellos de tú a tú, sin sermones, sobre las adicciones, las malas decisiones y la salud mental.
Quiero que esta literatura sirva para abrir conversaciones incómodas pero necesarias también en casa. Y lo repito: con que un solo adolescente se lo piense dos veces antes de fumarse ese cigarrito creyendo que es guay, o de encenderse ese porro pensando el clásico «yo controlo», y decida evitarlo… con eso solo, todo habrá valido la pena.




