No es usual que una novela me atrape de entrada, porque siempre se requiere de un algo: como un contexto, una frase impactante, o una lúcida estratagema por parte del autor, para que tal cosa ocurra, y cuando esto se da mi entusiasmo es mayúsculo, porque siento que estoy frente a una obra que me dejará una huella, y es precisamente lo que me ha sucedido con la lectura del libro El zorro de Izu (Palabras al Límite, 2026), del buen amigo Fermín Higuera Álvarez (Santa Cruz de Tenerife, 1961), quien nos sumerge en su mundo y en su memoria como el gran narrador que es, y, al hacerlo, nos escrutamos en muchas de sus páginas al pulsar teclas que son, en mayor o menor medida, reconocibles en nuestro propio pasado.
He dicho “memoria”, y no es un vocablo puesto aquí al azar, sino clave de una historia familiar que nos sumerge en diversos mundos: el de su infancia en el hogar paterno, el del barrio y el de La Isla, el de sus sueños y fantasías, pero sobre todo el de un ejercicio de lucidez y reconocimiento frente a lo vivido, para intentar sacar en limpio los porqués de muchas cosas, y en esa suerte de ajuste de cuentas que es esta obra (como toda novela autobiográfica, y esto no debe sorprendernos), quienes leemos sentimos el fluir inexorable de las sustancias que hacen el vivir: alegrías y tristezas, gente que nos marcó para bien o para mal, aquello que pudo ser y no fue (por ingratas volteretas del existir, esperadas o inadvertidas), y de la materia en que confluyen emociones y sentimientos, forjados en tiempos remotos y que nos constituyen, muy a nuestro pesar.
La novela es un ejercicio de la memoria de largo aliento (454 páginas) y está dividida en XXIV capítulos no subtitulados, y para mi sorpresa hallo un continuum orgánico, estupendamente hilvanado, no exento de saltos en el tiempo y en el espacio, pero que no entorpecen la ilación (todo lo contrario: la fortalecen), y me gusta la distancia que toma el autor del narrador, pero no tanto a la usanza de ese dios todopoderoso que todo lo sabe pero que no vemos, como solía afirmar (y aconsejar) Flaubert, sino del narrador interpuesto: aquel que recibe la historia del personaje principal (en este caso Esteban) y nos la cuenta tal cual, lo que le permite a Higuera, discurrir, posicionarse de su espacio, llevarnos sin afectación y con buen ritmo, por los agrestes caminos de un pasado que lo forjó desde la dureza y la templanza, pero también desde dolor y la tribulación de quien —muchas veces— se sintió víctima de las intemperancias y omisiones de su más cercano entorno familiar.
A pesar de tratarse de una novela intimista y autorreferencial, El zorro de Izu es una ficción, y no lo digo tan solo por los episodios en los que Esteban —así se llama nuestro protagonista— habla con el zorro (referido a una estola o cuello hecho con un zorro disecado que halló en uno de los armarios de su casa), y se permite muchas otras fantasías que podrían explicarse como mecanismos de escape de su realidad opresiva y muy particular, sino porque la memoria no es fiable en ninguna circunstancia, y cuando se narra desde el recuerdo siempre lo reconstruiremos con aditivos y supresiones, y esto es aplicable para todas las novelas y cuentos, y en este sentido no me canso de traer a colación lo que Mario Vargas Llosa denominó con el oxímoron de la “verdad de las mentiras”, que bien define lo que aquí deseo explicar (muy por encima de cualquier pretensión autoral, de erigir una narración solo desde los referentes epocales y sin la “contaminación” de las argucias literarias).
Con respecto al lenguaje de la novela, es cuidado y exquisito, trabajado desde una prosa impecable: clara, diáfana y sin subterfugios. Deseo destacar el elevado vuelo de las descripciones que hallé en estas páginas, muy particularmente las de los entornos naturales (campos, jardines, cielos, flores), que ya no es el común denominador en las novelas contemporáneas, que buscan el quiebre y la digresión, la estulticia y la deformación léxica, y en este punto observo en Higuera una tradición romántica que jamás debimos perder, y que hace de la literatura un arte fino y admirable, excelso y florido, que apuesta, no solo a lo que se cuenta, sino también a cómo se cuenta, y en cuya conjunción descubrimos la esencialidad del hecho literario y, ni qué decirlo, del goce de la lectura.
Hay elementos sobrenaturales en el libro que van más allá de lo meramente anecdótico, para internarse en los territorios del simbolismo y del misterio, es así como la presencia de Akemi —el zorro, que en su “conversación” con Esteban le refiere su procedencia de la remota región japonesa de Izu, de allí su calidad de topónimo en la obra— podría argumentarse aquí como un salto cualitativo, que busca insertar lo contado en los sutiles espacios de lo mítico, lo que a su vez nos lleva a los secretos familiares, a lo que se guarda bajo llave, a los silencios pasados de generación en generación y que hacen de nosotros objeto y sujeto de lo contado: somos lo que se hizo de(con) nosotros, pero también lo que por decisión propia forjamos a pesar de la opresión, de la inquina y de los daños recibidos de parte de personas que debieron protegernos y amarnos por encima de todo.
En cuanto a los personajes, ya mencioné a Esteban (el alter ego del autor), cabría agregarse a don Esteban y a doña Sure, sus padres, de mucho impacto en lo narrado (aunque desde lo negativo), a sus hermanas, pero de manera particular a aquellas mujeres que le prodigaron los cariños y las atenciones que no recibió de la madre, me refiero a personajes como Eduvigis y Vicenta, pero fundamentalmente a Verónica, que marcó la vida del chico, pero también fueron relevantes mujeres como Rita (a quien amó en su infancia y que era “la enfermera que lo examinaba y llevaba su expediente clínico”), sus primas Tina y Nena, y sus vecinas Tilde y Carmita, entre tantas otras.
El Esteban sensible y vulnerable, enfermizo y de gran imaginación, quien muy pronto sintió en su ser la pasión de la música, y luego supo también, cuando vio en el cine La bella durmiente y cuando fue por primera vez a un circo, que esa magia de la historia y de los personajes sería importante en su vida, nos entrega hoy —metamorfoseado en Fermín Higuera varias décadas después— su primera novela (aunque no, su primera obra): un libro muy bien escrito, memorable, lírico, mítico, profuso, rico en imágenes y en emociones. ¿Qué más podemos pedir?
Ricardo Gil Otaiza




