Muchos años sin leer un Premio Alfaguara de Novela, y la buena fortuna trajo a mi mesa el de este año, titulado El ejército ciego (2026), del escritor David Toscana (Monterrey, Nuevo León, 1961), y el impacto de su lectura ha sido tremendo, porque me he topado con una antinovela, para decirlo de alguna manera, y son tantos los aspectos a destacar del libro, que podrían quedarme cortas estas páginas, pero intentaré un ejercicio de síntesis para no abusar de mis desocupados lectores.
El tema central del libro se remonta al año 1014 de nuestra era, y se adentra el autor en un hecho histórico por demás escatológico, oscuro y terriblemente perturbador, como lo fue la orden del emperador bizantino Basilio II, conocido como Bulgaroktonos (el “Matador de Búlgaros”), de sacarles los ojos a los quince mil prisioneros búlgaros tras la batalla de Klyuch, dejando tuertos a uno de cada cien, para que fueran estos quienes guiaran a los cegados de regreso a su país: derrotados, humillados y con deseos de venganza.
A partir de tal circunstancia, el autor construye una suerte de fábula coral, desde las voces de varios de los cegados, quienes narran, a su modo, no solo el grotesco hecho del que fueron víctimas, sino además su derrotero desde entonces, y es aquí en donde el novelista echa mano de muchos artificios literarios, para hacer del libro un relato atravesado por diversos ejes: que lo articulan de manera magistral y lo impregnan de lo irreal pero con tanta fuerza y oficio, que leemos arrobados todo aquello, a pesar de saber que, tales portentos sobrenaturales, son meros aditamentos, que hacen de este libro una verdadera cantera de realismo mágico, de lo funambulesco, y también de lo breviario.
Pero, vayamos por partes, dicen que dijo Jack, el Destripador.
El libro es breve, 229 páginas, y los capítulos son cortos, y en cada entrada desfilan ante nuestra mirada atónita toda laya de personajes (unos más truculentos que otros), que van tejiendo a su manera los hilos de una historia que nos mueve en lo interior, que nos lleva al estupor, que nos horroriza de tal modo que, si no fuera por toda esa magia de la que echa mano Toscana, con enorme maestría e imaginación, lanzaríamos muy lejos de nosotros el libro para no saber del horror del que ha sido capaz el ser humano, y lo haríamos asqueados, perturbados (si se quiere), pero es ese gancho del artificio de lo “literario” el que obra el milagro de convertir unas páginas históricas oscuras y desgarradoras, en una fábula (con moraleja y todo), que nos impele a pasar página tras página y sentir un gozo que va más allá del intelecto, para alcanzar los brumosos territorios de la inventiva y de lo esperpéntico, de la exageración y la fantasía.
Como queda dicho, el libro es breve, pero no dudo de que su hechura haya sido laboriosa y de larga, muy larga data, porque hay en cada frase, oración y párrafo tal precisión y belleza, tal conocimiento y perfección de la lengua española (la actual y la del pasado), que no dudaría aquí en afirmar que es una pequeña obra maestra del género, que hacía mucho tiempo no leía un libro tan redondo y original, escrito con tal audacia y tino, con tantas argucias y retruécanos, que la monstruosidad de lo contado se convierte así en mera anécdota, en el leitmotiv de la obra, pero que es su recreación y puesta en escena desde lo funambulesco y lo mágico, la poderosa herramienta que hace de la obra una pieza acabada y casi perfecta.
En cuanto a lo breviario, en la obra actúa en su doble connotación: la presencia de los elementos religiosos (salmos, frases bíblicas y citas sagradas que refuerzan lo contado a todo lo largo de sus páginas), así como a su extensión, y ambas características no son para nada azarosas; todo lo contrario: buscan concentrar (la fábula) y tocar lo mágico (desde sus raíces atávicas), que nos muevan a la reflexión ontológica, a tomar partido por los cegados, a desear con todas nuestras fuerzas que ese ejército ciego derrote al pérfido Basilio (como de hecho ocurre al final del libro), y es entonces cuando la debilidad y la desgracia se transforman en fortaleza (la moraleja).
Dije al comienzo que estamos frente a una antinovela, y lo reitero, porque Toscana subvierte la convencionalidad del género y le da un giro inusitado: mira hacia atrás como referente de un hecho histórico objetivable, perdido en la bruma del tiempo, y lo envuelve en la cáscara de lo literario para reinventarlo, para hacer de él un extraordinario artificio que con su prosopopeya, metáforas, sátiras, alegorías, antítesis, hipérboles, artilugios e invenciones, se erija en un hecho autárquico: se metamorfosee, se hunda en el territorio del arte y nos entregue una sólida fantasía que golpee por su drama, y que nos mueva desde lo humano.
Tiene El ejército ciego de Toscana la extraña virtud (u olvidada virtud, mejor) de retrotraernos a los territorios de la infancia, cuando las historias que nos contaban nos echaban a volar la imaginación y nos hacían vivir en profundidad todo aquello, sin poner en duda el quiebre de las leyes naturales, o la subversión del orden establecido, porque la literatura tiene sus propias verdades (“la verdad de las mentiras”, lo definió con elegancia el gran Mario Vargas Llosa en su obra homónima), y, desde tales posibilidades estéticas, conocer de cerca la tragedia humana aquí narrada: hacernos partícipes de ella, sentir que lo contado es una épica posible de los vencidos (como nos dice el Jurado), si al leer nos despojamos de las cuadraturas anquilosadas con los años, y nos entregamos inermes y libres al placer de la aventura libresca.
Ricardo Gil Otaiza








