« La chica continúa sin responder. La señora la mira a los ojos y siente que algo no va bien.
—¿Te pasa algo, muchacha?
Alarmada por su falta de reacción, la zarandea con suavidad y el cuerpo de la joven se vence hacia un lado, sin vida. En cuanto la bufanda se descoloca y deja parte de la cara al descubierto, la mujer grita pidiendo una ayuda que ya se antoja completamente inútil.»
Estas frases pertenecen a la novela El amo de Santiago Díaz, publicada por Alfaguara, y que desde el 12 de marzo está en todas las librerías, en donde se nos cuenta que el cuerpo de Carla Lombardo, una joven de dieciséis años, ha aparecido en una parada de autobús. Incluso la forma en la que estaba colocado es fría: el asesino la ha sentado en el banco de la marquesina como si estuviera esperando para ir a clase. Tan solo era una niña. La autopsia muestra que, además de faltarle una mano, había dado a luz hacía apenas unos días.
Mientras encara la investigación, el subinspector Jotadé Cortés, el único policía gitano de su comisaría, visita a su buena amiga y confidente Lucía Navarro en el Centro de Internamiento de Menores Princesa Leonor, en el que le han dado la oportunidad de trabajar como psicóloga. Antes cumplía condena por doble homicidio en la cárcel de Alcalá Meco, pero gracias a Jotadé obtuvo un traslado. Los últimos meses en el centro le han cambiado la vida y no podría estar más agradecida. Sin embargo, uno de los chavales internados, Alejandro Nuero, ha llamado su atención, y su instinto policial no la dejará tranquila hasta que descubra por qué.
Santiago Díaz (Madrid, 1971), guionista de cine y de televisión con veinticinco años de carrera y cerca de seiscientos guiones escritos, publicó en 2018 su primera novela, Talión, que ganó en 2019 el Premio Morella Negra y el Premio Benjamín de Tudela. En 2021 vio la luz El buen padre, la primera entrega de la trilogía protagonizada por la inspectora Indira Ramos, traducida a varios idiomas y a la que le siguieron Las otras niñas (2022) e Indira (2023), ganadora del Premio Alicante Noir 2023. También ha cultivado con éxito la literatura juvenil y obtenido en 2021 el Premio Jaén de Narrativa Juvenil por Taurus: Salvar la tierra. Tras Los nueve reinos (Alfaguara, 2024), su primera novela de corte histórico, ambientada en las islas Canarias y unánimemente elogiada por la prensa y la crítica, ha vuelto al género negro con Jotadé (2025), dando inicio a una nueva y trepidante serie que continúa con El amo (2026).
Precisamente por El amo, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Santiago Díaz para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Santiago, para quien haya disfrutado de todo lo que ocurría en Jotadé (2025), ¿qué puede esperar ahora de El amo?
A ver, suena mal decirlo, pero va a esperar un poquito lo mismo, en el sentido de que va a haber mucha acción, mucho giro, mucha sorpresa y, sobre todo, va a conocer un poquito más a Jotadé, porque el personaje me ha llevado por lugares que yo no me esperaba, siendo fiel a su idiosincrasia, a sus características.
Me ha sorprendido y creo que también va a sorprender a los lectores.
¿Y qué puede esperar alguien nuevo, que no sepa nada del subinspector Jotadé Cortés? ¿Puede leer de manera independiente esta novela?
Sí. Gente que se la ha leído independiente me ha dicho que sí, que tiene esa aportación. Es decir, ¿hay alguien que le atraiga ésta, por el motivo que sea, y que quiere embarcarse en esta historia y no sé si la va a comprender?, y me han dicho que sí.
A ver, lo ideal es leerlas en orden. Pero se puede [leerlas independientemente].
Y lo que se van a encontrar es lo que he dicho. Yo creo que es un personaje muy humano, un personaje que no encuentra su lugar en el mundo y por el que vamos a sentir empatía y, sobre todo, un personaje que, haciéndolo todo mal, te va a caer bien.
¿Quizá haya sido esto el mayor aprieto para ti, que El amo se pueda leer por sí misma y, a la vez, tenga conexión con la primera novela?
Bueno, ha sido un reto. Porque lo de las trilogías o las series es complicado, porque hay gente que dice no me voy a leer El amo porque no me he leído la anterior. Entonces, sí que he procurado que se pueda hacer [leerlas independientemente] porque el caso policial es autoconclusivo.
Evidentemente hay cierta continuidad, sobre todo con respecto a tramas personales. Pero se puede, se puede hacer, y el reto es que hay gente que lo ha leído independiente y lo ha conseguido.
El amo se hace fuerte en los diálogos. Permiten que avance la trama.
Totalmente. Para mí, los diálogos cumplen esa característica de hacer avanzar la historia con muy poquitas líneas, en muy poquitas palabras. Revelan a los personajes.
La manera de expresarse un personaje te dice mucho más, o al menos lo mismo, que cuando escribimos una descripción de página a página y media. Y, al hacerlo en tan poco espacio, hace que la novela adquiera una velocidad estupenda, que a mí es lo que me gusta en el thriller.
Y los diálogos en la tele funcionan muy bien. Y yo vengo del mundo de la tele; era muy fuerte, o creo que era así; era por lo que me contrataban muchas veces, [porque pensaban] este tío dialoga bien. Y es algo con lo que me siento muy cómodo. Procuro hacerlos reales, procuro leerlos en voz alta, y eso le da credibilidad a lo que dicen.
Y, como te digo, para mí es la herramienta principal, o una de las mejores herramientas que tengo como escritor, heredada de mi trabajo como guionista.
La trama, tan importante en los thrillers, se nota muy trabajada en El amo.
También es herencia de mi trabajo como guionista. Yo trabajo las tramas de manera individual; cada una con su planteamiento, su nudo, sus desenlaces, sus giros, sus picos; para que después, a la hora de mezclarlas, de juntarlas todas, no haya un personaje que se te haya olvidado, una trama que tenga una resolución precipitada.
Es un trabajo duro muchas veces, porque vas trama a trama y hay veces que, si estoy haciendo la trama de Lucía Navarro, por ejemplo, Jotadé se me ha olvidado durante un mes; y después lo tengo que volver a juntar; y parece que tienes que empezar de nuevo. Pero a mí me funciona después muy bien que sea un engranaje, que no haya cosas que se te hayan olvidado, que todo tenga sentido y que todo tenga resolución y que no dejes cabos sueltos. Y a mí me parece que es esa manera de trabajar el motivo por el que lo consigo.
Hablábamos de la trama, Santiago. Y hablamos también del argumento. ¿Lo tenías pensado así? ¿O lo has escrito según había quedado Jotadé, la anterior novela?
No. Yo lo tenía pensado.
Yo cuando dejé, cuando estaba terminando de escribir Jotadé, ya estaba pensando en la siguiente. Igual que he hecho con El amo pensando en la siguiente…
¡Alto ahí! Que ya hablaremos de eso luego.
[Santiago Díaz, alto, bigote y barba, camisa azul a rayas, sonríe ante esta repentina interrupción y sigue diciendo campechanamente:]
Yo sabía lo que quería, sabía dónde iba. Hice la escaleta previa con estos giros que te digo, pero eso no quita para que no haya cosas que, durante la escritura, te sorprendan. Tanto personajes que te llevan a un sitio, o adquieren un protagonismo que no te esperabas, [u] otros que tú los veías más protagonistas y de repente te flojean, porque hay, mmm, algo que no te encaja, que no te gusta y le restas presencia. Como giros en la trama; hay cosas que en el papel inicial te funcionan muy bien, en el Post-it, en la pizarra del despacho, funcionan de maravilla; parece una explosión atómica y cuando llegas al momento es un petardito y dices, ostras, tengo que buscar algo mejor o algo diferente y te lleva a otros lugares.
Pero yo lo tengo pensado de antemano. Soy muy de mapa, que se dice.
Ya… Pero cuando un personaje se te sale un poquito de lo que tienes pensado, ¿cómo gestionas tú esa “rebelión”, si se puede llamar así?
¡Ja!, es que lo dices de maravilla, porque [efectivamente] se te rebela el personaje, si tú no tienes el personaje bien construido.
Yo creo que la rebelión del personaje tiene mucho que ver con el trabajo previo de construcción que hayas hecho, pues el personaje no existe más que cuando te pasas a escribirlo y puedes llevarlo a donde te dé la gana, porque lo estás construyendo en ese momento. Si tú has hecho una biografía, como me gusta hacer a mí, desde pequeño, que te lleva a donde está en este momento en el lugar de la novela, tú le conoces muy bien y sabes cómo va a reaccionar en cada momento.
Si hay algo que por conveniencia tuya dices, ¡uy!, es que no va a hacer esto porque me complica la vida y dices lo voy a llevar por aquí, si su esencia, su característica, cómo lo has construido, le llevaba a hacer eso y le llevas por aquí, se te rebela. Y se te rebela en tu cabeza. A mí no me deja dormir porque sé que hay algo que no funciona, sé que estoy sacándome un as de la manga, sé que hay algo que tal y me tortura. Me tortura hasta que digo, venga, y voy y lo cambio. Y tengo que volver para atrás y lo cambio. Porque es eso. Que se te rebelan muchos. Y, después, lo que también te he dicho, que hay personajes que tenían una función muy concreta en un momento determinado y, cuando empiezas a escribirlos, dices, ¡ostras!, es que me pueden dar muchísimo más y lo transformas todo para que te den más.
En esta novela no me ha pasado. Me pasó, por ejemplo, en Talión (2018), que era mi primera novela, que se acaba de publicar otra vez con Reservoir [Books]. Había un personaje que era Pichichi, un yonqui, que era un poco el cicerone de la protagonista, una vez que andaba por la Cañada Real y que simplemente me servía para llevarla. Y adquirió tanta importancia que, a día de hoy, cuando yo hablo con gente de Talión, me dicen a mí: el personaje que me caló es Pichichi. Y dices, ¡ostras!, era alguien que no existía, no era nadie, y fíjate. Eso ocurre muchas veces.
Es de las cosas buenas que tiene escribir, ¿no?
Exacto, creas un mundo y en ese mundo puede pasar de todo, puede llover, puede haber cosas que no te esperas, que no te gustan, que te perturban y puede haber de todo un poco.
El final de El amo, ¿lo tenías pensado así al principio?
¿Te refieres al final final de lo que ocurre? ¿O lo siguiente?
De lo que ocurre, Santiago.
De lo que ocurre en esta novela, sí lo tenía planificado, salvo matices, que me han llevado la historia a otros lugares. Pero sí lo tenía pensado. En cuanto a cómo terminan esas últimas líneas del futuro, era algo que tenía en la cabeza, que quería hacer, que a lo largo de la escritura iba pensando, iba apuntando cosas, iba desarrollando alguna pequeña sinopsis de lo que quería en el futuro. Y claro, yo encamino todo hacia ese lugar.
Pero todo lo anterior sí que lo tenía planificado.
Me ha parecido que no hay localizaciones en El amo, aparte de las que salen en la parte de Osborne. Se sabe que es Madrid, pero no centras la atención en calles, en edificios, como hacen otros autores actuales.
Bueno, a veces lo hago. En ésta, no. Hay el barrio de Jotadé, que es Pan Bendito y tal, pero poco más, la comisaría. Y efectivamente lo de Osborne, que es en Tres Cantos, en un chalet. Pero no hay mucho más.
A ver, no me lo pedía el cuerpo. Hay veces que sí me lo pide. En Talión, de la que hemos hablado antes, sí que está mucho más centrada en determinados lugares. Además, la novela se mueve por toda España.
Aquí no, aquí estamos en un lugar, porque la ciudad como personaje ya me aporta todo lo que necesito. La ciudad, una ciudad como Madrid, como Barcelona, cualquier ciudad grande, en muy poquitos metros te da negocios grandiosos de miles de millones en oficinas de superlujo y, unos metros más para allá, intercambio de droga, pobreza, prostitución, cosas que no tienes que desplazarte cincuenta kilómetros físicos, ni en el relato unas cuantas páginas, para llegar de un punto a otro, sino que está en el mismo lugar todo.
Y eso a mí me encanta como autor de novela.
Junto a qué libro, o libros, colocarías El amo y Jotadé.
Uf, qué complicado. A mí hay autores que leo que me encantan y me gustaría mucho acercarme a ellos. Como españoles, te puedo decir Mikel Santiago, [César Pérez] Gellida, María Oruña, Dolores Redondo, infinidad de ellos que, aparte, son amigos.
Pero mi gran debilidad es Pierre Lemaitre. Que además, como anécdota, te diré que el año pasado en Sant Jordi firmé a su lado y no le reconocí. O sea, era un señor que estaba ahí firmando y yo dije, bueno y tal, y estaba a mi lado. Después le reconocí al ratito, pero tú fíjate lo nervioso que me hubiese puesto si le llego a ver de primeras y digo, ostras, tengo a mi lado a Pierre Lemaitre.
Hombre, si alguien algún día quiere compararme con Pierre Lemaitre, se lo agradeceré eternamente.
Y volviendo a lo que antes comentábamos, ¿habrá más novelas de Jotadé Cortés?
Hay una novela más, al menos. Es una serie. [Aunque] A mí no me gusta prolongar. Yo quiero que la gente eche de menos al personaje en lugar de que termine echándolo de más. Pero Jotadé cumple una característica que en la tele funciona muy bien también, que es que el personaje no cambia.
Si tienes una evolución como Indira [protagonista de otra trilogía de Santiago Díaz] y continúas haciendo entregas de Indira, al final el personaje termina diluyéndose; terminas repitiéndote con comportamientos que ya quedaron atrás. Pero con Jotadé, Jotadé va a seguir hablando como habla, va a seguir haciendo sus chistes malos, sus chascarrillos, va a seguir siendo un irreverente. Y me da igual dónde le sitúes. Puede cambiar sus circunstancias personales, puede dejar de ser subinspector para ser inspector o lo que quieras, o ser degradado, me da igual. Pero siempre seguirá siendo el mismo, con lo cual, si encuentro una trama digna de protagonizar por Jotadé, un caso lo suficientemente potente como para que haya una entrega extra, no lo descarto en absoluto. Pero tampoco está claro.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) Antonio Pérez
Santiago Díaz
Editorial Alfaguara, 392 pp., 20,90 €
Una fría mañana de invierno el cadáver de una adolescente aparece en una parada de autobús del extrarradio madrileño. El equipo del inspector Iván Moreno y del subinspector Jotadé Cortés, el único policía gitano de su comisaría, descubre que se trata de una joven desaparecida misteriosamente años atrás y que ha sido asesinada tras dar a luz. Es la última de una larga lista de secuestradas a las que han matado justo después de ser madres.
Jotadé tiene que enfrentarse a este nuevo caso mientras atraviesa una crisis con Lola, su pareja, e intenta al mismo tiempo ayudar a Lucía, que lidia con un nuevo y turbio incidente en el centro de menores donde ahora reside. Cuando otra chica desaparece, Jotadé tendrá que dejarse guiar por su extraordinaria intuición y mirar en su entorno más cercano, donde desde hace años se esconde una verdad terrible.








