Soy de la vieja guardia, ya tengo mi edad. Sin embargo, en lo literario me he propuesto conocer de cerca a otros autores fuera de mi canon o capilla (no tan abultada por cierto; es más: muy reducida por sus estándares): abrirme a nuevas propuestas y experiencias estéticas, a ver in situ, ahora que estoy en España, a autores que han hallado en los tiempos más o menos recientes, espacios nada desdeñables y muchas veces portentosos, tanto en las librerías como en la crítica de acá, lo que me lleva a plantearme la urgencia de leer sus libros, de ponerme al día, de verificar desde mi experiencia si todo aquello es mero marketing (que da pauta, a qué dudarlo), o sus libros son de vedad lo que los medios nos cuentan.
Termino de leer una obra que me ha dejado una muy grata impresión, es de reciente salida (febrero de este año), y ya va por la cuarta edición, se trata de El juicio. La inquisición contra Goya (Ediciones B, 2026), de Luis Zueco (Borja, Zaragoza, 1979), que tiene en su haber (si la aritmética no me falla) diez obras de enorme éxito (sin contar con la que hoy reseño), entre las que resalto: El tablero de la reina, El mercader de libros, La ciudad, El monasterio, Rojo amanecer en Lepanto y Tierra sin rey, y su estilo ágil, fresco y distendido (sin perder rigor ni altura literaria) hace que el lector se acerque a sus libros y viva con nitidez y asombro las aventuras que narra con verdadera maestría, todo lo cual hace que la experiencia lectora se acerque a la versatilidad cinematográfica, lo que no es fácil de alcanzar, porque requiere de una serie de habilidades y elementos que bien dosificados les insuflan a sus historias fuerza y dinamismo, realismo y fantasía a la vez, a pesar de tratarse de temas históricos bien documentados, que nos permiten viajar en el tiempo y ser coprotagonistas de lo contado.
En cuanto a El juicio, que hoy me ocupa, me permito citar textualmente lo que expresa el editor en la contratapa, porque conjunta de manera precisa y contundente la esencia de la obra: “1799, Madrid. Francisco de Goya y Lucientes, pintor de cámara del rey, publica un libro con ochenta enigmáticas imágenes titulado Los Caprichos. El contenido de sus páginas —una afilada crítica de la sociedad de la época, del pueblo crédulo, de la nobleza y del clero— empieza a correr por la ciudad como la pólvora. El escándalo llega a oídos de la Santa Inquisición, una institución ya en declive que decide enfrentarse a alguien tan célebre y respetado como Goya para demostrar que sigue conservando un enorme poder.”
La obra está bien editada: tapa dura con una sobrecubierta que ostenta una hermosa ilustración, papel estándar certificado y 623 páginas pegadas al lomo, que parecieran muchas (ya me asustan y huyo de los libros muy extensos, porque el tiempo es una variable que a mi edad se valora en demasía, porque va en picada y todavía hay mucho por leer en esta vida), pero que se dejan trajinar: fluyen al ritmo de una prosa cuidada, culta, con giros y licencias que la hacen atractiva y que engancha, y esto me gusta de entrada: harto como estoy de los estropicios que muchos autores hacen de nuestra lengua, y se quedan tan tranquilos, como si de doctos se trataran, pero que flaco beneficio hacen a la orgullosa lengua de Cervantes, hablada y escrita en muchas orillas.
La propuesta de Zueco me gusta: es una mezcla de novela histórica con thriller, suspenso e intriga. Hay tensión en las páginas: están configuradas u orquestadas (me gusta este vocablo robado del ámbito musical) para que no soltemos el libro y vayamos con él a todas partes, sus escenarios son los típicos en toda su obra: castillos, muros de piedra, pátina y en el presente caso no es la Edad Media, sino finales del siglo XVIII, Carlos IV es el rey, pero hallamos, como en los anteriores, intriga, misterio, persecuciones, resquemores entre el poder político y el religioso, el temor frente al disenso, la vaga sensación de que algo malo está por suceder, así como los rincones oscuros en los que el peligro acecha, lo que nos activa a estar muy atentos a inesperados desenlaces; a las truculencias propias de una época en la que nada es lo que parece ser, y la verdad resulta tan volátil como el pensamiento mismo.
Me parece acertada la manera como Zueco humaniza a Goya: lo saca con astucia literaria del acartonamiento y la rigidez de la figura de piedra, así como de la bidimensionalidad del lienzo, y nos lo presenta como a un hombre cansado de los trajines y la maledicencia de su entorno: vulnerable y perseguido, vilipendiado y calumniado, expuesto ante su tiempo y el nuestro desde el temor frente a la incertidumbre de aquellos días, lo que nos lleva a ser empáticos frente a su sino (víctima de la acomodaticia moral de su tiempo histórico que se mece entre la ilustración y el oscurantismo), a tomar partido por su causa, a convertirnos en correligionarios de su genio, y a replantearnos la libertad creativa como principio y fin de toda obra humana.
Logra el autor echar mano del famoso juicio contra Goya, como eje articulador de la trama, y ello resulta fantástico, ya que un hecho histórico documentado y ampliamente estudiado por los especialistas, se erige de pronto en el motor de un drama que engancha, pero que se hace al mismo tiempo novela histórica y judicial, novela del cotejo entre un pasado ominoso y cruel, frente a un presente en el que las tormentas humanas no dejan de oscurecer el horizonte, y amenazan con retrotraernos a situaciones y circunstancias que creíamos superadas. Locura y lucidez enfrentadas de nuevo como en los días del gran genio de la pintura española.
Ricardo Gil Otaiza






