Cada vez que aparece un nuevo título de novela ambientada en nuestra sempiterna Guerra, me da igual que sea en los expositores de las librería o en las páginas culturales –escaparates comerciales, mejor dicho- de los periódicos, me entran unas imperiosas ganas de mirar a otro lado o de pasar página a toda prisa; confieso que el repelús que siento es superior a mis fuerzas; intento convencerme de que se trata de algo irracional, paranoico casi, pero como si nada. Lo cierto es que estoy más que harto, empachado hasta la náusea, de leer una y otra vez lo mismo; como si siempre tuviera para almorzar una cazuela de sobras recalentadas, refritos indigestos aceitosos y bien cargados de milicianos heroicos, curas trabucaires, románticos brigadistas, militares sublevados sanguinarios, anarquistas angelicales, periodistas comprometidos con la causa, civiles maltratados, falangistas descerebrados, italianos ridículos, señoritos chulescos seductores de criadas, paletos sentenciosos… Ya no soporto ni una cucharada más de este menú de tópicos revueltos pero emplatados con la pretenciosidad de la Nueva Cocina. Si el mediático artista (?) Christo hubiera podido disponer en su día de las tiradas completas de todas estas obras, le habrían dado de sobra para cubrir con un catafalco de papel al Palacio Real de Madrid, edificio que traigo a cuento por la significación simbólica evidente que supuso tanto para los vencedores como los vencidos, si es que tales distingos siguen siendo todavía válidos. Los cimientos de este amenazante Monte Testaccio tendrían que ser, por derecho propio, los sólidos ladrillos For Whom Bell Tolls; aunque no seré yo quien se atreva a cuestionar en público –tampoco en privado- al atormentado de don Ernesto, aunque sí que me siento capaz de hacerlo con toda esa interminable –e insoportable- legión que le ha ido saliendo de imitadores, seguidores y plagiarios más o menos vergonzantes. Y¿qué imprudencias o excesos contra la salud habré cometido yo como para padecer esta aversión patológica, viral? No encuentro respuestas convincentes; quizás sea mi interés como historiador de domingos en este tema lo que me ha convertido en un crítico energúmeno o que la arterioesclerosis cerebral ha avanzado hasta hacer de mí un reaccionario cavernícola anclado en la más venenosa de las nostalgias, que pudiera ser. Como descargo de conciencia y para descartar una presunta animadversión radical, proclamo a todos los vientos que mi canon literario particular -ése que no interesa absolutamente a nadie-, reserva algunos de los primeros puestos a obras guerracivilistas; evitaré aburrirles con la lista completa en la que apenas encontrarán sorpresas ni en títulos, ni en autores, puesto que mis apuestas arriesgan muy poco –Cela, Elena Fortún, Agustí, Cercas, Fernán-Gómez, Delibes, Barea, Díaz Luis, Jiménez Lozano, Foxá, Sender, Max Aub, García Serrano, Wenceslao Fernández-Flores, Baroja, Soler, De Prada…, para qué cansarles-. Dicho lo cual y, siguiendo con este ataque repentino de sinceridad que me ha dado, quedo obligado a sacar a la luz otro de mis prejuicios más ocultos; se trata del que me provoca esa tendencia creciente en ciertos profesores universitarios españoles que –“a la vejez viruelas”-, se meten a novelistas y sacan, de pronto, del cajón del despacho varios inéditos que han ido escribiendo durante cursos y más cursos; se ve que los tedios de las tutorías inexistentes y de las revisiones de calificaciones dan bastante de sí. Como el caso es pasar el rato, algunos se decantan por la intriga departamental a través de los consabidos asesinatos del decano y los celos profesionales, mientras que otros lo hacen por la rama histórica, que también da mucho juego. El resultado general –hechas, por supuesto, las oportunas y contadas salvedades que cada uno estime y que yo encabezo con dos Garcías: García Jambrina y García Martín-, suele quedar bastante lejos de las ambiciosas expectativas de sus autores, empeñados en emular a Ecco –y a Clarín, Huxley, Tolkien, Tom Sharpe, Vargas Llosa…-. Y ¿por qué me estoy metiendo en todos estos charcos? Pues sólo para que se entienda el recelo inicial con el que recibí el libro de Javier González-Tablas Sastre y para que comprendan mejor las dimensiones de mi error y el porqué me debo desdecir y tragarme todos mis anteriores sarcasmos. Una vez más, Dios demuestra de forma fehaciente que es un humorista infinito, aunque dudo que el autor de Secuelas de la maldita guerra comparta esta afirmación… ni falta que hace.
En apariencia, nos encontramos ante un hilo argumental de lo más trillado, el de una humilde saga familiar extremeña vapuleada por los acontecimientos convulsos que marcaron nuestro siglo XX desde el final de la dictadura de Primo de Rivera hasta la Transición. La habilidad de González-Tablas consigue que pasen desapercibidas las costuras que entrelazan la historia nacional con la específicamente familiar e individual, huyendo como de la peste de ese didactismo pedante que tanto prolifera en el género de la novela histórica. La ficción le permite tomarse las necesarias libertades narrativas pero sin que se traicione la realidad documentad con la misma eficacia que demostró Pérez Galdós en los Episodios o don Pío en las Memorias de un hombre de acción, dos referentes a lo que resulta imposible sustraerse cuando se lee Secuelas. Los avatares de los Ramírez Pérez y de buena parte de cuantos les rodean y con los que se cruzan esporádicamente en un momento u otro, nos resultan totalmente creíbles y cercanos a pesar de lo exagerado de sus circunstancias y de las aventuras verdaderamente bizarras que padecen, quizás porque son personajes de carne y hueso y no unas meras marionetas de guiñol. Nada de estereotipos, poseen vida propia, diferenciada, y se escapan, en su condición humana y contradictoria, de cualquier intentona catequizadora, lo cual es muy de agradecer en estos tiempos de constante adoctrinamiento. La importancia –y el respeto- que el autor concede a los individuos se muestra en la cuidada definición del carácter y la forma de ser de cada uno, en los detalles de su peculiar manera de hablar, en la evolución que les confieren los años y, para hacer un mayor hincapié, cada capítulo que conforma las cuatro partes –más un epílogo- en que se estructura la novela, están rotulados con el nombre de quien lo protagoniza –Juan, Manuel, Ismael…-. Sólo así, consigue que el dolor que rezuman la mayoría de estas páginas por la desmembración, el olvido forzado y las penurias de la familia se trasmita con la fuerza precisa para lograr conmovernos. En definitiva, estamos ante un puro y grandioso melodrama, asumido con todas las letras y el mayor orgullo, sin reservas. Si decimos que en la novela actual cabe todo, ¿por qué nos iba a dar vergüenza reivindicar al melodrama, al folletín por entregas, los finales felices, las penalidades de la infancia y de los humildes, las tramas rocambolescas, la sorpresa mágica, la intervención del destino y todos aquellos elementos que se han manejado desde Homero a Eduardo Mendoza, pasando por el propio Cervantes o por Dickens?, ¿qué otra cosa son las exitosas series actuales sino melodramas desorejados en su mayoría? Habrá quien objete que lo que se cuenta aquí está pasado de contexto, que las desventuras de estos hermanos son una imposible exageración, pero quienes nos hemos asomado de alguna manera a archivos y biografías familiares de estos años, sabemos sobradamente que la realidad supera con creces a la imaginación más desbordada y ahí están para corroborarlo los casos trágicos que afectaron a las hermanas De la Mora, a los Machado, a los García-Alas García-Argüelles, a Buero Vallejo y su padre y tantos y tantos otros a los que la Maldita Guerra ahogó en cainismo y, también, en perdón y reconciliación. Es evidente que González-Tablas lleva a sus espaldas un pasado consanguíneo de división y fractura a causa de la Maldita Guerra, con los olvidos y silencios anejos correspondientes y que le han marcado. Quizás algún día se atreva a publicar un estudio que recoja, en toda su extensión histórica, la dilatada y compleja saga de los González-Tablas y la no menos de los Sastre en las que se entremezclaron militares liberales con héroes africanistas, marqueses con socialistas revolucionarios y con falangistas… hasta logró colarse de rondón en la familia Sastre el genial George Santayana, aunque ésta sea otra historia pendiente de escribir. Mientras se lo piensa, nos tendremos que conformar con los dos trabajos previos en los que ya exorcizó a sus demonios familiares, y a los cuales remito, porque son unas piezas modélicas de lo que debe ser la catarsis personal. Ambas giran en torno a su tío abuelo José María González-Tablas Otárola, fusilado en 1938, una en forma de narración breve (La cortina de luto, Madrid, Novum Publishing, 2013), la otra como investigación estrictamente académica (Dos sombras y una guerra, Salamanca, CDMH, 2016); en ambas está bien presente su clara intención por allanar de algún modo las –artificiales- fronteras que nos hemos empeñado en levantar entre literatura e historia, dos naciones que comparten pasado cultural y un mismo territorio geográfico y mental.
La sencillez es el término que mejor cuadra a la hora de describir el estilo de esta novela, narrada siempre en tercera persona y con un dominio absoluto de los diálogos, muy ajustados y de un coloquialismo de raíz neorrealista; la ausencia casi absoluta de imágenes literarias y de cualquier otra nota retórica, centra el foco de atención exclusivamente en la trama argumental y en los personajes, evitando distracciones. A veces, esto da la impresión de que estamos ante un guion y ante un guion radiofónico de serial, uno de los subgéneros perdidos que más echo en falta; prueben a leerlo en voz alta y lo entenderán. Las alusiones a los lugares en que trascurre la acción –Madrid, Alicante, Vitoria, París, la Extremadura profunda, los campos de prisioneros franceses, el frente…- se despachan con unas pocas pinceladas sugeridoras, aunque de sobra suficientes para demostrarnos el conocimiento profundo, de primera mano, que tiene de todos estos ámbitos. Cualquiera que se acerque a estas más de cuatrocientas páginas, sea cual sea su edad o su formación, quedará atrapado por esta larguísima novela-río, de las de antes, sin que se le atragante en ningún momento ni tampoco se sienta insultado en su inteligencia o en el nivel de sus gustos. Habrá quien piense, despectivamente, que esto no es propiamente literatura sino otra cosa menor, de baja calidad, para consumo interno y poco más, pero estarán tan equivocados como yo cuando vi por primera vez el grueso tomo del que les vengo hablando. Detrás de cada frase asoma un enorme esfuerzo puesto para dar a luz una prosa cercana y eficaz, con el punto añadido de su peculiar –y suave- ironía; también hay que destacar con qué cuidado se rescata el habla específica de los distintos momentos históricos, de las clases sociales y que recoge también, al margen de exhibiciones eruditas, regionalismos y jergas profesionales o generacionales. Esto es algo mucho más difícil de lo que parece a primera vista y que exige un oficio dilatado y el talento imprescindible para la complicada labor de la divulgación aunando, a la vez, forma y fondo de manera armónica en esta obra de González-Tablas que ha hecho tambalear mis prejuicios de partida y al que descubro a ustedes como el inquieto e interesante letraherido que es y del que espero disfruten tanto como yo.
Luis Arias González
Secuelas de la Maldita Guerra. Historia de una familia. Francisco Javier González-Tablas Sastre, Ed. Íbera ediciones, Madrid, 2026, 476 pp.




