«…A través de la angosta ranura Ascasubi alcanza a ver un camión hidrante de la policía que avanza a contramano por Hipólito Yrigoyen. El conjunto de gente se desgrana en racimos que intentan guarecerse en las recovas, a medida que el chorro de agua se abre de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, persiguiéndolos. Un estampido sobre el otro lado lo obliga a girar la cabeza. Alcanza a divisar, siempre por la incómoda ranura de los postigos, la base de la Pirámide de Mayo. El pelotón de la guardia de infantería, en formación cerrada, dispara gases lacrimógenos y avanza, al paso, hacia el Cabildo.
-¿Galtieri está arriba? -pregunta Juárez.
-Creo que no. Debe estar en el Edificio Libertador, con el resto de los mandos…»
Estas frases son de la novela Demasiado lejos de Eduardo Sacheri, publicada por Alfaguara y que desde el 28 de mayo está en todas las librerías. Una obra que empieza en Buenos Aires, el 2 de abril de 1982. Los argentinos amanecen con una novedad mayúscula: «¡Recuperamos las Malvinas!». Y así comienzan tres meses inolvidables, tres meses en que aquellas islas de los mapas escolares se vuelven el eje de la conmoción social, tres meses en que los protagonistas de esta historia pasarán de la euforia a la desolación.
Y comienza también la pesadilla para las familias de Carlitos, Antonio y el Conejo, soldados conscriptos clase 1962 recién licenciados, que son reincorporados y enviados a pelear. A miles de kilómetros del escenario del conflicto, en medio de la desinformación y la publicidad engañosa, la guerra contra los ingleses es una abstracción, un relato borroso y escurridizo que cada quien puebla con sus propias fantasías y preconceptos.
Recordemos que Eduardo Sacheri nació en Buenos Aires en 1967. Es profesor y licenciado en Historia, guionista y escritor. Publicó toda su obra en Alfaguara: los libros de relatos Esperándolo a Tito, Te conozco, Mendizábal, Lo raro empezó después, Un viejo que se pone de pie, Los dueños del mundo y la antología La vida que pensamos; los dos volúmenes que reúnen las columnas escritas para la revista El Gráfico –Las llaves del reino y El fútbol, de la mano-, y las novelas La pregunta de sus ojos, Aráoz y la verdad, Papeles en el viento, Ser feliz era esto, La noche de la Usina (Premio Alfaguara de Novela 2016), Lo mucho que te amé, El funcionamiento general del mundo, Nosotros dos en la tormenta y Demasiado lejos. Es también autor de cuatro volúmenes sobre la historia argentina, de los cuales ya ha publicado Los días de la revolución. Una historia de Argentina cuando no era Argentina (1806-1820) y Los días de la violencia. Una historia de Argentina cuando empieza a ser Argentina (1820-1852). La pregunta de sus ojos fue llevada al cine por Juan José Campanella como El secreto de sus ojos, film distinguido con el Oscar a la mejor película extranjera (2010) y cuyo guion estuvo a cargo de Sacheri y Campanella. Aráoz y la verdad fue adaptada al teatro. Papeles en el viento fue filmada por Juan Taratuto y La noche de la Usina tiene su versión cinematográfica con el título La odisea de los giles, dirigida por Sebastián Borensztein. Su obra ha sido traducida a más de veinte idiomas. Colabora en diarios y revistas nacionales e internacionales.
Por Demasiado lejos, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Eduardo Sacheri, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Eduardo, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Demasiado lejos es una novela de una sociedad en guerra, no estrictamente de la guerra de Malvinas en las propias islas, es decir, la que padecieron los soldados, sino una sociedad que en 1982 se levantó una mañana con la noticia de que el gobierno militar del general Galtieri había recuperado esas islas, que era un anhelo muy ferviente y muy antiguo de la sociedad argentina, y se entregó con alma y vida a ese proyecto durante casi tres meses.
Y eso es lo que más me interesaba como problema, más que literario, sociocultural, si se quiere, cómo una sociedad puede decidir poner todo en suspenso en pro de algo que considera superior. Porque la cuestión extraterritorial, este anhelo, era más importante que las violaciones a los derechos humanos o que los reclamos por el retorno de la democracia o por la crisis económica.
Y cuando esa crisis diplomática primero con los británicos se transforme en un conflicto armado, en ningún momento la sociedad argentina va a abandonar ese afán de conservar las islas a toda costa.
Claro, recién con la rendición de las tropas argentinas, setenta y cuatro días después del desembarco, la sociedad argentina parece despertar repentinamente de ese ensueño. Y se precipita el verdadero final de la dictadura. Con lo cual, la guerra de Malvinas parece tener consecuencias todo el tiempo y de todo tipo.
Ese es un poco Demasiado lejos. Por eso digo es una sociedad en guerra, más que una guerra.
Mi otra novela sobre la guerra de Malvinas que salió aquí en España en noviembre [Qué quedará de nosotros], esa sí tiene que ver con los soldados, es una novela más bélica.
Esta es más una sociedad conmovida por la guerra, que no entiende nada de la guerra al mismo tiempo.
¿Y cuál fue la chispa para ponerte a escribir esta novela? ¿Alguna imagen, algún recuerdo?
Mira, si tuviera que pensar en una chispa, recuerdo estar haciendo las compras -yo tenía catorce años en la guerra- en un colmado, dirían aquí; estar haciendo la fila y ver a algunas de mis vecinas, señoras mayores, algún jubilado, comentando los detalles técnicos de los combates, como si todos fuéramos expertos: “no, porque el avión C. Harrier que tienen los británicos; no, pero los misiles Exocet que disparamos los argentinos”, y decir, qué raro, estamos hablando de esto como si fuera fútbol.
Y luego de la rendición, nadie dijo nunca nada más. Y eso también, para mis catorce años, el silencio fue sorpresivo. Y es un silencio que a su manera persiste. Y escribir estas novelas tiene que ver un poco con indagar en ese silencio.
Yo no creo que ninguna novela por sí sola sea capaz de horadar ningún silencio. Pero en general me interesan más los temas de los cuales la sociedad habla menos, no aquellos de los que la sociedad habla más. Y la guerra de Malvinas es un tema incómodo para la sociedad argentina. No las Malvinas. Las Malvinas es, sigue siendo cuarenta años después, un gran sueño, un gran reclamo, un gran deseo. Pero la guerra de Malvinas tiene esa incomodidad, todavía muy viva y muy palpitante.
La trama: siguiendo cronológicamente el argumento, la sucesión de hechos, pero contada desde muy diversos puntos de vista, y en presente. ¿Por qué eliges este tiempo verbal?
Porque vivimos en presente. Yo creo que, en general, cuando ambientamos una novela, una historia, con un telón de fondo histórico real, claro, hay una diferencia enorme: el lector sabe cómo terminaron las cosas. Casi puede adelantarse, inevitablemente, a lo que piensan y sienten los personajes.
Hacerlo en tiempo presente es un intento de invitar al lector a decirle el momento que esta gente no lo sabe. Que es como nos pasa, querido lector, con nuestra vida. Nosotros no sabemos cómo sigue esto. Quienes vivan dentro de cincuenta años, sí sabrán. Les podríamos pedir la indulgencia a esos lectores del futuro de que nos dispensen, porque nosotros no sabíamos hacia dónde íbamos, que eso es la tragedia humana.
El tiempo presente creo que tiene que ver con esto, con este momento. El 10 de abril esta gente no sabe que el 1 de mayo empiezan a caer bombas sobre los soldados. No lo saben. Y es más, creen que no. Me parecía importante eso, de quitarle el último capítulo, porque no lo vivimos. Los últimos capítulos los podemos establecer los que venimos después.
Sobresale la ambición de tu novela, tantos personajes, tantos puntos de vista y lugares… Nos ha gustado en especial el ritmo que le imprimes: cómo haces que todas las subhistorias tengan interés para el lector, cómo las dosificas para que, cada escena, entre justo cuando tiene que entrar, para que la historia general fluya.
Gracias por notarlo, Carlos, ja, ja, ja. [Y Eduardo Sacheri se ríe; gran comunicador, camisa a cuadritos verdes; para al momento explicar:] Lo que pasa es que hay un problema narrativo al que yo me tenía que enfrentar, que es: fuera de la Argentina, y dentro de la Argentina en los jóvenes, la guerra de las Malvinas no se conoce en detalle.
Suele ser un problema esto de cómo integrar a mis personajes en una trama real, digamos, histórica, sin desgastar al lector con información permanentemente, porque donde yo empiezo a informar, la trama se enlentece, se pierde tensión, pierde intensidad. Pasa a primer plano esta cuestión histórica, cuando en realidad las vidas de las personas son eso, vidas de las personas. La historia no sucede, pero no sucede en segundo plano. Yo necesitaba que cada pequeño grupo de personajes le brindaran al lector información sobre esa historia con mayúscula, pero sin distraerlo de sus conflictos humanos en el primer plano.
Por ejemplo, los parroquianos del bar a mí me sirven para que el lector esté al tanto de qué decían los diarios, qué se discutía. El capitán de navío que prepara propaganda gubernamental es precisamente la voz del gobierno militar. Esas dos familias de dos soldados que han sido enviados a la guerra me dan esa perspectiva de los únicos verdaderos disidentes, disidentes en el sentido de que ellos no comparten la algarabía ni la confianza de la mayoría.
O, por ejemplo, el camarero de la Casa de Gobierno me sirve para que se asome ahí a las figuras del poder, pero siempre con esta idea de darte un fresco de gente común que den cuenta, de manera poco fatigosa, al mismo tiempo de los sucesos históricos.
Dentro de un ratito, hablaremos de estos personajes… Demasiado lejos es una novela muy dialogada. Eduardo, los diálogos hacen avanzar la trama.
En general, es algo que me interesa. No sé si lo logro o no lo logro, pero sí es una preocupación de mi literatura. Me parece importante, creo que forma parte de la verosimilitud del personaje. Las personas hablamos y lo que decimos y el modo en que decimos nos construye como personas. Y casi es lo único que dejamos ver a los demás, lo que hacemos y lo que decimos. Que al mismo tiempo no puede ser demasiado solemne. Porque el gran riesgo de esto es decir: para que mi personaje se demuestre, se sobreexplica él mismo, y eso es artificial, porque la gente no va por la vida emitiendo proclamas. Bueno, algunos sí. Pero no la mayoría.
Hay un escritor argentino, que no sé si en España será conocido, se llama Osvaldo Soriano, que fue muy conocido en la segunda mitad del siglo XX en mi país, y me parece un maestro de eso precisamente, del diálogo, pero en este sentido del diálogo contenido, del diálogo aparentemente banal que, sin embargo, da puntadas sobre esa tela de quién es quién.
Es que, al hilo de esto, de cómo se expresan tus personajes, uno capta perfectamente como es Ascasubi, el camarero que está metido en la Casa de Gobierno: estás sintiendo, a través de los diálogos entre este camarero y su compañero, “oye, que hay que sacar no sé cuántos postres, ¡vamos!”, el cristo que tuvo que haber allí en aquel momento, mientras estos dos estaban a lo suyo.
Pero es que uno vive así. Como mucho, después podrá decir: “uy, yo estuve sirviendo café a todos estos capitostes de la dictadura mientras invadíamos las Malvinas, ¡pero a mí me tocaba hacer el café!, y llevaba las jarras y lo serví más o menos, no me acordaba qué quería cada uno”.
Ahí está el truco, Eduardo, un truco que tú haces muy bien. Porque, igual que está Ascasubi, está Alcira enterándose de todo en el gobierno militar; me hacía gracia esta pobre mujer diciéndose: yo, que soy secretaria [de embajada] y tal, estoy en este embolado, con estos cretinos que no me están haciendo puñetero caso, que les estoy diciendo hay que hacer esto, hay que hacer lo otro, y aquí nadie se entera.
Es que esos militares, puestos a políticos, puestos a economistas, puestos a diplomáticos, el daño al interés internacional de la Argentina que generó la invasión militar, todavía lo estamos pagando cuarenta años después.
Sobre el final de la novela, Alcira compara las Malvinas con Moby Dick. Y realmente para cualquier diplomático argentino es Moby Dick. Si Alcira es una arponera que se ha pasado la vida en el mar intentando encontrarla, que vengan estos impresentables, y [ella] tiene el rastro, pongamos que está viendo la ballena -porque en la década del 60 y la década del 70, es el momento en que, pese a todo, Argentina mejor acomoda, dentro de lo difícil que es, discutir con los británicos-, la desolación que siente Alcira es la de todo el cuerpo diplomático, gente que se ha formado no solo para representar a la Argentina, sino para recuperar esas islas, porque no importa si está bien o mal, Argentina sueña con esas islas, es el gran desafío diplomático de esa gente.
Entonces, esta mujer que sí sabe ver cómo estos tipos arruinan todo por lo que han trabajado y hacen que la Argentina retroceda hasta la Edad de Piedra en su reclamo, debe haber sido atroz.
De los otros personajes, antes has mencionado al grupo de parroquianos del bar, un clásico tuyo que aparece en otros libros [que hayamos leído: La pregunta de sus ojos, La noche de la Usina]. A través de ese grupo, expresas el pensamiento de la calle, la opinión de la gente en la barra de bar: ahí opinamos todos, y todos somos presidentes del gobierno.
Bueno, es que me interesaba. Lo que tiene el bar, sobre todo para esa época, es esto de tener ahí los periódicos y discutir ahí, golpeando la mesa. Hoy sería diferente, hoy se sacarían los teléfonos y uno citaría tal o cual red, Twitter o Instagram o TikTok. Pero en ese momento la conversación se sustentaba en los diarios y en las revistas, esto de poner a uno bien nacionalista y bien casi chauvinista en su planteo, y poner a uno dudando y que, en algún momento, hasta se irá de ese lado, y poner a otro que, por motivos también más personales, está acostumbrado a estar en la periferia y no compartir con la mayoría.
Entendido… Quisiera acabar este asunto hablando de los dos personajes que más nos han interesado. Uno es el malo de la novela: Molinero. Refleja todo lo que es un malo: un trepa que tiene la suerte de aprovechar su momento y, como le haces decir en un momento dado: “era un tipo astuto, bueno para engañar y para evitar el engaño”.
Es que hay gente que es así. Y hay gente que en algún momento tiene suerte. Me interesaba estos momentos críticos. [Que] A algunos les vienen bien.
Y, si uno analiza propagandísticamente el manejo que hace la dictadura de la guerra de Malvinas, fue eficaz, claramente eficaz.
Por supuesto que contaba con el beneplácito social, la sociedad argentina estaba encantada. Pero también pudo no haber sabido explotar eso la dictadura. Y, digamos, es un personaje ficticio. Pero uno ve hoy las publicidades televisivas y uno dice: ¡wow, es terrible!
Pero uno debe, creo yo, debe reconocer cuando alguien se propone un objetivo y lo consigue. Y este tipo es bueno para eso. Es horrible, pero…
Y el otro personaje que más nos ha interesado es Marisa, la madre de Carlitos [uno de los soldados]. Los títulos de las tres partes de tu novela: “Euforia”, “Inquietud” y “Desolación”, son un reflejo de los sentimientos de Marisa.
Su euforia es solo el primer día. Ella rápidamente está en la inquietud porque, claro, esto de: a ver si llaman a mi hijo, se adelanta, y lo peor es que profetiza correctamente esto: lo van a llamar, lo van a mandar, va a terminar hasta las narices en una guerra por estos incapaces. Y, efectivamente, le sucede, que era otra de las cosas que me interesaba profundizar. Esto de: qué difícil es pensar distinto cuando casi todos piensan igual.
En un punto se parece a Solano, uno de los del bar, pero Marisa es algo mucho más físico, porque es su hijo. A Marisa ni siquiera le importa, no está en elucubraciones políticas, es: no envíen a mi hijo a la guerra, punto.
La idea de ese personaje es cargar con esta cosa más física, que prescinde de argumentos racionales, políticos. Porque Solano, claro, es un señor que no le va nada, no le va nadie en esa guerra que seguramente se perderá. A Marisa no le importa ni ganarla ni perder la guerra. A Marisa lo único que le preocupa es que su hijo vuelva vivo, y vuelva sano.
Y ya por acabar. Y acabamos con Marisa, en la última página de Demasiado lejos. ¿Cómo llegas a ese final, bellísimo?
Mira, [por] esta novela yo tuve que investigar muchísimo, a nivel de distintas vertientes. Y los testimonios de los veteranos me fueron muy útiles, tanto en esta novela como en la otra. Pero esa situación de cuarteles abiertos, de: pasen y pregunten, fue una situación reiterada.
Yo la desconocía, hasta que empecé con la investigación. Y me pareció de una fuerza dramática tan grande que, en ese momento, dije este es el final de la novela.
Porque ni siquiera hay mala voluntad de los militares. Yo sé que digo esto y me van a condenar, pero como la rendición es el 14 de junio y los peores combates son los días anteriores, los británicos inmediatamente embarcan a los soldados, no a los oficiales, pero sí a los soldados, vuelven a la Argentina, los concentran en esos cuarteles y nadie está muy seguro de dónde está cada soldado. No hay listas de heridos, no hay listas de muertos.
Los militares se toman unos días para intentarlo y, cuando fracasan, terminan haciendo eso, es decir, pasen y pregunten.
Ponerme en la cabeza de esas madres, de esos padres, de esas hermanas, de buscar al propio o buscar a un amigo del propio y, tal vez, enterarse de la manera más atroz, a través de un simple compañero; o una equivocación, que te digan: sí, está bien, o lo contrario; por eso, cuando leí varios de esos testimonios, dije: este tiene que ser el final de la novela.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Federico Paul
Eduardo Sacheri
Editorial Alfaguara, 432 pp., 21,90 €
Sinopsis:
«Ese mayo de locos que termina esta noche, un clavo ardiente hecho de comunicados rimbombantes y titulares grandilocuentes y gallardías desbordadas, y la puta necesidad de encajar».
Buenos Aires, 2 de abril de 1982. Los argentinos amanecen con una novedad mayúscula: «¡Recuperamos las Malvinas!». Y así comienzan tres meses inolvidables, tres meses en que aquellas islas de los mapas escolares se vuelven el eje de la conmoción social, tres meses en que los protagonistas de esta historia pasarán de la euforia a la desolación.
Y comienza también la pesadilla para las familias de Carlitos, Antonio y el Conejo, soldados conscriptos clase 1962 recién licenciados, que son reincorporados y enviados a pelear. A miles de kilómetros del escenario del conflicto, en medio de la desinformación y la publicidad engañosa, la guerra contra los ingleses es una abstracción, un relato borroso y escurridizo que cada quien puebla con sus propias fantasías y preconceptos.
Unidos o enfrentados, lúcidos u obnubilados, los personajes de este gran fresco de Eduardo Sacheri atravesarán, junto con los lectores, este período vertiginoso, contradictorio y plagado de significados de la historia argentina reciente.




