«…Elena sueña con viajes en familia para el fin de semana, que el trabajo de Javier acaba impidiendo; o con encontrar por fin el local soñado —y propio— para su empresa de cáterin, pero las reuniones y los eventos acaban aplazando esa búsqueda. Ideas que nacen cada lunes y no sobreviven al jueves. Y por esa razón, en esta mañana otoñal con tantas cosas que hacer, ha decidido que se está mucho mejor entre sus sábanas de cuatrocientos hilos de algodón egipcio, las estira hasta taparse con ellas la frente, que plantando cara a una estresante jornada. Ha dormido tan a gusto que ni siquiera se ha percatado del momento en que su marido, Javier, se ha levantado para irse al aeropuerto y emprender un viaje de trabajo. Hace unos años, que él partiera sin darle un beso de despedida la hubiera tenido todo el día pensando en que algo no funcionaba entre ellos, incluso que podía haber otra mujer. La angustia la perseguiría hasta el primer mensaje o llamada, en la que le preguntaría el porqué de una marcha tan silente. Sin embargo, cuatro lustros de matrimonio han creado callo sobre las inseguridades de la joven que fue…»
Estas frases son de la novela Gente bien de Verónica Sanz, publicada por Planeta y que desde el 27 de mayo está en todas las librerías. Una obra que es el debut literario de Verónica Sanz, una de las caras más reconocibles de La Sexta. Se trata de un retrato incisivo del Madrid más exclusivo —con ecos de Big Little Lies y Mujeres desesperadas— que explora cuestiones contemporáneas como el privilegio, el poder, la maternidad, la doble moral o el fenómeno del sugardating, a través de una trama envolvente con un giro oscuro.
Recordemos que Verónica Sanz (Barcelona, 23 de febrero de 1982) es una periodista española conocida por su participación en diferentes medios de comunicación como reportera y presentadora. Estudió Periodismo y Empresariales en Barcelona, y ha trabajado en diferentes medios de comunicación y programas. Al frente de Las Mañanas de Cuatro, Buenos Días Madrid (Telemadrid) o el actual Sábado Clave (La Sexta) ha sido testigo privilegiada de los hechos que nos moldean como sociedad. En 2019 se incorporó a La Sexta Noche junto a Iñaki López. Tras la finalización de dicho programa, pasó a asumir la presentación de Sábado Clave, la sección de noticias del espacio LaSexta Xplica, además de participar en otros programas y coberturas de la misma cadena.
Por Gente bien, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Verónica Sanz, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Verónica, por favor, haznos un breve resumen de tu libro.
Gente bien es la historia de cuatro mujeres que viven muy bien, su vida es perfecta, son privilegiadas, forman parte de la élite, ya sea por herencia, ya sea por matrimonio, ya sea por mérito propio. Acceden materialmente a todo lo que ellas quieren y necesitan.
Apariencia perfecta. Pero hay una brecha.
Tú sabes que toda familia perfecta tiene un cadáver en el jardín, ¿no? Pues, en este caso, tenemos cuatro.
Hay un momento en el que la vida disoluta de un personaje adyacente a una de ellas provoca que se produzca una revolución. Su vida se va a poner patas arriba y vamos a ver cómo entran en disyuntivas, en contradicciones, en momentos críticos que les va a suponer tener que tomar decisiones para poder mantener su estatus.
¿Qué hizo que te liaras la manta a la cabeza y, hala, te pusieras a escribir esta novela?
Pues mira, las ganas de poner mi libro en el mercado las tenía desde hacía años como lectora. Lectora desde muy pequeña, desde antes de saber que me quería dedicar a la comunicación. Contadora de historias de siempre y luego me hago periodista. Claro, ya llevo la narración pegada en el directo, en forma de reportajes, de entrevistas, de muchas maneras, llevo contando la actualidad desde hace mucho tiempo.
La suma de dos pasiones, leer y contar, hace que cuando yo veo que alrededor de mi entorno empiezan a surgir autores, “estas de la tele que nos ponemos a escribir”, pues antes que yo, evidentemente ha habido muchas que han sido compañeras mías: Carme Chaparro, Sonsoles Ónega, Sandra Barneda, cada una con su estilo. A mí me atrapó mucho, por ejemplo, el thriller de Carme, que escribe novela negra y es el tipo de novela que a mí me gusta.
Y [todas] eran compañeras mías. Y entonces yo me dije: si estamos aquí juntas y nos dedicamos a lo mismo, cabe la posibilidad de que yo algún día también pueda empaquetar esto que tengo dentro y que tengo ganas de contar y ver si soy capaz de hacerlo.
Entonces ocurrió, me lie la manta a la cabeza sin que nadie me lo encargara, vale, lo cual me permitió trabajar tranquilamente durante un par de veranos, aprovechando los momentos del año tranquilos, que son pocos, pero los hay: el mes de enero, septiembre, que de repente, bueno, septiembre, sí, la primera quincena…
Ha sido guay eso, el proceso de decir: venga, me apunto a esto.
¿Y cuál ha sido la mayor dificultad? ¿Atar el argumento, buscar el punto de vista, abstraerte de la vida diaria?
Abstraerme de la vida diaria. Concentrarme. Ser capaz de poner en pausa las causas de corrupción de las que estoy pendiente en La Sexta, cualquier lío de mis hijas con el baloncesto, con el colegio, lo que sea, el cumpleaños de no sé quién. También tengo un marido que pasa por ahí, necesita cierta atención. Todas esas cosas -porque aparte de televisión, hago más cosas como comunicadora-, ponerlas en pausa, es muy difícil. Pero, bueno, si tú te quieres poner a escribir, tienes que ser capaz de concentrarte.
Hasta que yo encontré los huecos en los que realmente lo podía conseguir, me imaginaba al escritor tomando whisky por la noche y escribiendo. Pero vi que no, mi cabeza de noche ya no funciona y el whisky no me ayuda tampoco.
Son esos ratos, antes de que todo el mundo se levante, o aprovechando que mi marido sale muy pronto de casa levantándome con él, viendo el amanecer con un litro de café de filtro y aprovechando ese rato tranquilo en el que no te llegan ni mails ni mensajes, antes de empezar a llevar a las niñas al cole y luego seguir durante toda la mañana, son esos ratos los que realmente he sido productiva.
Y en verano, cuando he encontrado huecos, también.
Lo más difícil, ya te digo, abstraerme, porque yo la historia la tenía clara, la había sentido, ¿sabes? Había trozos de otras historias de la actualidad que me las había guardado en forma de frases, de momentos, de entrevistas, de cosas que te vas quedando, que dices: me ha sorprendido mucho esto, pero te lo guardas.
Y todas esas historias, que yo ya las tenía, que el muy cafetero de la actualidad creo que alguna va a reconocer, aunque sea un poco maquillada, las dejé salir.
Gente bien es una novela claramente de personajes. Tenemos a Elena Villa-Arnaiz, preocupada por estar siempre a la altura: como madre, como esposa, como hija. Menuda presión.
Es que Elena tiene que ser la mejor, porque es la heredera, es la hija de un súper potente empresario que ha construido un imperio.
Entonces, claro, tiene mucha exigencia en su propia familia y de cara al exterior, porque representa un estatus.
¿Cómo me he inspirado para describirla? Me he fijado en figuras parecidas, quizá no la heredera del empresario exactamente de construcción, pero sí he conocido a lo largo de mi vida a perfiles así, a través de mi propio entorno, del entorno empresarial, no tanto del periodístico, pero sí del entorno empresarial al que he accedido a través de mi trabajo como comunicadora, como periodista económica.
Y he intentado fijarme en qué tipo de exigencias sufre una persona que nace en ese estatus. Qué tipo de imagen tiene que preservar. Qué tipo de cautelas tiene que llevar a cabo. Y me he imaginado lo duro que tiene que ser también.
Cuidado, que está muy bien tener todo lo material resuelto, pero sostener ese estatus es difícil.
Entre los demás personajes femeninos, fijémonos en Minerva Morientes, exestrella mediática. Antes lo has mencionado, pero en el caso de Minerva, ¿hay alguien real detrás de ella?
Hay varias.
¿Has hecho como el doctor Frankenstein, cortar y pegar de diferentes…?
Sí, porque la gente con la que tú trabajas inevitablemente te impacta a lo largo de muchos años de profesión.
Y no necesariamente mujeres, también hombres, que me han enseñado el lado más oscuro de lo que es la influencia, o esa ambición por tener más, más, más influencia, por estar todo el rato, por enseñar una cara que realmente no es la tuya. Y no tener escrúpulos a la hora de querer más y más y más.
Eso yo lo he visto. Y me parece que [Minerva] es un personaje que es fiel a cierto tipo de profesional, que creo que no existe solo en televisión. Me parece que hay tiburones en todas partes, lo que pasa es que los de la televisión tienen esa dualidad, ¿no?, que por pantalla puede parecer que son gente maravillosa y luego, con su equipo, o con su familia o con su entorno, son miserables. Pero sí existen, existen.
La amistad femenina, las apariencias, las diferencias de clase social, la obsesión por la belleza: ambición no le falta a tu novela.
Bueno, me parece muy guay que lo digas tú.
¿Tú crees que tengo una gran ambición como escritora porque he abarcado a muchos personajes?
No sólo por eso, Verónica. También por los temas que tocas.
Es verdad que no me he ahorrado nada. Yo me pongo a escribir y me fascina el poder dibujar con profundidad a los personajes. Y decido que no renuncio a ninguno de ellos, que la voy a hacer coral y que todas van a tener su papel. Aunque al final tiene más papel una u otra, pero son las cuatro [mujeres] bastante importantes.
Y respecto a los temas, es que eso no lo podía parar, porque son cosas que durante todo el tiempo que llevo en este mundo, y como profesional de la comunicación y viendo la actualidad, contándola y viéndola pasar, son cosas que a mí me han obsesionado.
Y muchas las sé, las necesitaba colocar ahí. Son las cosas que no puedo colocar en las crónicas periodísticas. O lo hago, pero muy en forma de matices, porque no es lo más objetivo del mundo estar siempre con tus obsesiones. Pero en la novela sí que podía meter profundidad a esas cuestiones de desigualdad, a la relación hombre-mujer, los abusos de poder.
[En la novela] Bueno, me he explayado, sí.
Y también es importante en Gente bien algo que es inherente al ser humano, que es la curiosidad, el fisgoneo, el ver qué hay detrás de estas vidas envidiables, de esas “mamis ricas”.
Claro, el fisgoneo, por supuesto, como deporte, el losing time que ellas mismas, las protagonistas, practican.
Creo que hay una conversación que directamente empieza: “Bueno, a que no sabes quién se divorcia…”.
Y qué hay más atractivo en este caso, en ese momento de cotilleo, que te voy a contar cómo se ha desmoronado uno de estos matrimonios.
En el fondo, todos participamos de ello un poco. Y, sí, lo practican ellas y lo practican todos. Pero, bueno, me ha gustado reflejarlo un poquito. Eso es un vicio que todos tenemos, un poco de a veces comentar lo que pasa a nuestro alrededor.
Es que, si no, no habría novelas.
Efectivamente, claro.
Dibujas un Madrid de lujo: Pozuelo, Moncloa, barrio de Salamanca, Castellana. Pero también pones tu atención en algo muy distinto, en Usera. ¿Te ha sido muy difícil situar la acción, dependiendo quién hace qué, en este barrio de la periferia?
Pues fíjate que soy de Barcelona, llevo quince años en Madrid, y yo realmente tenía ganas de hablar de los escenarios donde he trabajado más. Y yo en los años 13, 14, he ido a un montón de desahucios en Villaverde Alto, en Usera, en Carabanchel. Y también he ido a muchos cócteles en Pozuelo, en Aravaca, en el barrio de Salamanca. [Lo que] Me ha permitido ver y participar y ser testigo, como periodista o a veces como invitada, de estos entornos.
Los tenía fotografiados y, bueno, por ahí ha sido más fácil explicarlos, que no si hubiera querido hablar de otros lugares, que a lo mejor algún día lo hago, pero primero tendré que ir.
Y sobre todo es que aquí he tenido la oportunidad de, como periodista, ver muchas capas. He cubierto la gran depresión aquí y la he visto en los barrios. Y he cubierto también ahora, que todo va bien, al menos en las altas esferas, que por suerte las empresas españolas muchas ganan mucho dinero. Y tú ves pues cómo se mueven algunos negocios y cómo se mueven algunos entornos.
Y cómo, que es un poco el eje de la novela, a veces a algunos perfiles, no a todos, por suerte, la ambición de más y más poder les hace perder la conexión con la realidad y los lleva a actuar de formas que acaban siendo o delictivas o inmorales, pero que merecen ese reflejo.
Hemos hablado de mujeres en Gente bien. Hablemos ahora de hombres. Por sus páginas aparece Javier, el marido de Elena Villa-Arnaiz. Qué tontos somos los tíos, ¿no?
¡Ja, ja, ja! [Ríe espontáneamente Verónica Sanz; pelo castaño, ojos claros; traje tono rosa palo; para al instante siguiente seguir contando:] Lo siento, si ha quedado demasiado claro.
No, no, no, vamos a ver. Amo a los hombres. Llevo catorce años casada con el mismo, y felizmente. Pero sí pienso que existe ese tipo de hombre que, teniéndolo todo, es capaz de cometer la tontería, que no solo es una tontería, también merece un análisis, ¿no?
¿Tú, para qué necesitas una chavala de diecisiete años? ¿Para qué? ¿Quieres tener una aventura? Tenla de igual a igual. Pero, ¿por qué tienes que pagar a una niña, a una mujer que es vulnerable, migrante, que es una relación completamente desigual de poder?
Me interesa ese tipo de relaciones. Yo creo en las relaciones que son de igual a igual. Y sí pienso que desgraciadamente, y lo vemos muy a menudo, muchos hombres acaban cayendo en esta tentación de “como el dinero lo paga”, como este lo hace, como el otro tal, como fui a una fiesta y trajeron a unas mujeres. Y luego lo llaman señoritas o lo llaman sobrinas o lo llaman novias, pero todos sabemos lo que es.
Y sí, hay mucho de esto, pero lo reflejan los datos en cuanto a prostitución en España y hablan de que muchísimos hombres han consumido a lo largo de su vida en algún momento.
Creo que no podemos obviar que eso es una cosa que existe, que está entre nosotros y lo tenemos en televisión. Tenemos a un ministro como José Luis Ábalos, que él no ha querido nunca reconocerlo, hasta la declaración en juicio que su propio abogado llamó prostituta a la mujer que él había dicho que era su novia, pero a la que le pagaba por acompañarle a viajes oficiales, a la que le estaba pagando un piso y que le sacaba treinta y cinco años. Quiero decir, era bastante obvio, porque él también estaba casado mientras tanto, pero en vez de divorciarse y buscarse una mujer, él prefirió pagar a una chavala por acompañarle a los viajes. Y eso se llama prostitución.
Yo he querido meter eso también en la novela, porque, sí, hay muchos hombres que son muy tontos.
Y en cambio hay otros que de tontos no tienen nada. Nos referimos a José Luis, el padre de Elena, multimillonario, que más que empresario es un capo, ¿no?
Es un capo, efectivamente. Es ese tipo de poder ejercido con una autoridad y sin ninguna fisura para la compasión. Él lo que quiere es dominarlo todo y no está dispuesto a ceder absolutamente nada.
Y eso, claro, llevado a las últimas consecuencias… Sí, es un capo.
La novela tiene un estilo ágil, muy entretenido, se lee fácil. Gente bien está escrita en presente, ¿por qué en presente?
Seguramente es un vicio de periodista, seguramente es un vicio del aquí y ahora, de “lo estás viendo, te lo estoy contando”.
Y pensé mucho sobre el tiempo [verbal] en el que iba a escribir la novela, pero me decidí por el presente por la sensación de actualidad, por el sentirla viva y que está pasando.
Y luego me permitía también, cuando hablo en pasado, para situar escenas que condicionan lo que está ocurriendo, recuerdos del personaje que te ayudan a entender mejor lo que está ocurriendo ahora.
Encontré ahí la forma de escribir la novela, pero no te creas, que fue fruto de bastante reflexión.
Empieza en octubre de 2021 y acaba en junio de 2022.
Al principio, el tramo de tiempo era inferior. Yo lo iba a hacer todo mucho más rápido. Sí, sí, era muy cañera. Y de hecho, cuando yo entrego al manuscrito, acababa como seis meses antes, o tres meses antes. Y una vez en Planeta, mi editora Zoa me dijo: piensa en esto, vale, yo creo que tienes que dejar que el tiempo de la narración respire un poquito más, piénsatelo, míratelo, tal, no sé qué. Bueno, me convencieron. Y me dediqué durante un verano a ampliar el tiempo narrativo, lo cual me supuso cambiar cosas que habían ocurrido en Navidad por Semana Santa, en verano o en invierno.
Pero bueno, evidentemente yo estaba totalmente confiada en que ella tenía razón y creo que es así, que la historia necesitaba un poquito más de respirar.
Pero sí me apetecía que fuera un relato que no se alarga muchísimo en el tiempo, sino [que fuera] algo relativamente corto.
El final de la novela, ¿estaba así previsto? ¿O lo fuiste montando, según escribías?
Tenía el final claro. Tuve que adaptar cómo llegar a ese final, porque, si bien lo tenía claro, quizá el final, final, final, la última página, sí tuve que llegar a ella.
Pero digamos que el hecho más relevante del final de la novela lo tenía muy claro. Cómo llego hasta ese hecho, me supuso darle bastantes vueltas.
¿Fue un impulso, para que tirase de la novela?
Exactamente, fue un impulso. Yo quería llegar hasta ahí, mostrar cómo se pueden complicar las cosas hasta este punto que parece tan increíble.
Y luego, claro, tienes que armarlo y tienes que resolverlo. Y lo que es la armadura y la resolución, sí que me supusieron ciertos cambios, porque yo, inicialmente, a lo mejor había cosas que no había visto y, de repente, digo: espérate.
Pero sí, el impulso estaba ahí.
Y ya por último, ¿junto a qué libros pondrías Gente bien?
Lo pondría junto a Big Little Lies, de Liane Moriarty, por ejemplo. Yo creo que podría ser una trama [similar], si te gusta este tipo de negro que no es negro, es oscuro, pero tiene una parte que…
Y lo pondría al lado de Ya no quedan junglas adonde regresar, que es una novela negra de Carlos Augusto Casas, que trata también el tema de la prostitución, desde un punto de vista que a mí me atrapó, porque es un anciano enamorado de una prostituta. Bueno, enamorado no, comparte tiempo con ella y se la matan. Es una historia de venganza brutal que a mí me fascinó y seguro que tú entiendes por qué pongo Gente bien entre esos dos libros.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Javier Ocaña
Verónica Sanz
Editorial Planeta, 448 pp., 22,90 €
Sinopsis:
En el corazón del Madrid más exclusivo, entre casas con ascensor privado, niños trilingües y coches de alta gama, cuatro mujeres parecen tenerlo todo: belleza, dinero, ropa de marca, hijos perfectos y esposos ideales. Elena, Irina, Minerva y Betty son «mamis ricas» que, entre cócteles, clínicas estéticas y cenas en el Fabulous, luchan por mantenerse en el olimpo de la élite y sostener el decorado de sus vidas perfectas. Todo va de lujo.
Hasta que aparece una chica. Demasiado guapa. Demasiado joven. Demasiado dominicana.
Una intrusa que se ha atrevido a poner un pie en ese mundo dorado y resquebrajar el imperio de apariencias que tanto sacrificio les ha costado construir.
Gente bien es un retrato ferozmente entretenido, adictivo y afilado como un bisturí sobre el lado más vulnerable del privilegio. Porque, detrás de cada vida envidiable, hay un precio que solo unos pocos están dispuestos a pagar.



