«…Tantas horas llevando bultos de aquí para allá para embarcarlos con dirección al puerto de Nantes le estaban causando estragos en la espalda. Y encima de eso, la migraña. Esa maldita migraña que lo embestía cada vez con más frecuencia. De niño, cuando le dieron los primeros ataques, su madre le dijo que no había nada que hacer porque su abuelo había sufrido del mismo mal y las enfermedades que se heredan no se curan, nomás se palian. Trata de preocuparte menos y rezar más, fue lo que le aconsejó. Y cómo iba a dejar de preocuparse si apenas tenía veinte años y ya sentía que la vejez se le acercaba a pasos agigantados, y con la vejez, el ocaso, sobre todo a su esposa. No era de extrañar que, desde el primer aborto, a las gallinas les hubiera dejado de funcionar la cloaca y los cerdos estuvieran enfermos de flacura y rabia…»
Estas frases son de la novela A la sombra de un árbol muerto de Mónica Rojas, publicada por Adn Editorial y que desde el 21 de abril está en todas las librerías. Una obra que nos traslada a 1873, a Santander. Magdalena y Juan son un matrimonio sin muchos recursos, cuyo deseo de tener hijos no se cumple. Un aborto rompe sus esperanzas y transforma a Magdalena en una figura sombría e incómoda. Al empeorar la situación, Juan decide tomarle la palabra a su tío y viajan a los Altos de Jalisco, en México, para cambiar su futuro. Con un lenguaje sobrio y poético, rodeado de cantos, plegarias, conjuros indígenas y pinceladas de realismo mágico, A la sombra de un árbol muerto cuenta la vida de quienes se enfrentan a su destino desde el sitio que ocupan mucho antes de nacer.
Recordemos que Mónica Rojas (1983, Puebla, México) es escritora y embajadora de la organización Save the Children. Inició su camino hacia la literatura desde el periodismo. Ha publicado libros infantiles como El niño que tocó las estrellas (Hachette, 2016) y Eglantyne Jebb: una vida dedicada a la niñez (Save the Children, 2019), que se presentó en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y ha sido traducido a más de diez idiomas. Es autora de las novelas Lobo (2022), que fue finalista del IV Premio de Novela Negra Auguste Dupin en España con su novela, y La niña polaca (Grijalbo, 2022). Como activista por los derechos de la niñez, antologó el libro de cuentos Voces fragmentadas (Hachette, 2023) en el que, junto con otros quince escritores, narra desgarradoras historias sobre las dificultades de ser niño en México. Fue invitada especial en la Organización de las Naciones Unidas (ONU) para participar como oradora en el marco de la celebración del Día Mundial del Español, del Libro y los Derechos de Autor. Sus cuentos han obtenido diversos premios y se han publicado en México, España y Suiza.
Por A la sombra de un árbol muerto, su última y recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Mónica Rojas, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Mónica, por favor, haznos una breve presentación de tu novela.
A la sombra de un árbol muerto es una novela de resistencias e imposibilidades que atraviesa el tiempo, la memoria y el cuerpo de las mujeres invisibilizadas, el de aquellas que son castigadas por una condición biológica que no eligieron, como las que querían ser madres y no pudieron o las que no querían y se embarazaron. Pero también aborda una crítica respecto al mandato social de los hombres y cómo este va definiendo su lugar en el mundo dependiendo de si cumplen o no con lo que se espera de ellos,
¿Cuál fue el germen de esta historia? ¿Una imagen, un recuerdo, algo que habías escrito con anterioridad y querías volver sobre ello?
Mi abuela materna es el origen de este mundo imaginario. Ella fue mi primera biblioteca. Por la falta de dinero, en mi familia era casi imposible comprar libros, así que ella, desde la oralidad, me iba alimentando de historias de la revolución mexicana, la guerra cristera, de su infancia y también de lo que iba reinterpretando con el paso del tiempo. La memoria también es ficción. El germen está justamente en esas las circunstancias manipuladas, en las exageraciones, pero sobre todo en los silencios.
Y ¿qué fue lo que más te costó, a la hora de escribir la novela? ¿Encontrar el punto de vista, el tono, completar el propio argumento…?
Creo que la mayor dificultad vino de mi imposibilidad de escapar de mi cuerpo de mujer. Yo escribo desde el cuerpo y quien se acerque a la historia se encontrará una lectura incómoda, precisamente por todo aquello que concierne a los roles de género. Huir de ellos que me mantuvo en conflicto durante todo el proceso de escritura.
El título: A la sombra de un árbol muerto, ya indica algo, ¿no?
Definitivamente. El árbol es una figura metafórica muy potente. Son muchos los árboles que sostienen esta historia: está el árbol de manzanas donde Magdalena entierra a sus hijos no nacidos, el árbol genealógico, la placenta misma que tiene forma de árbol y está el árbol del Chichihualcuauhco que, de acuerdo a la cultura náhuatl, alimenta a los bebés y a los niños que mueren antes de ser destetados.
La representación del árbol y su vínculo con la vida y la muerte fue lo que determinó el título.
La novela empieza en 1873, en Santander. ¿Por qué esa fecha y esa localización?
Entre las historias que me contaba mi abuela estaba la de su padre: un hombre de Santander que llegó a la región de los Altos de Jalisco en México en busca de fortuna. De él no hay más vestigio que su hija y la descendencia que vino detrás de ella. Todos nosotros somos vestigios de nuestros muertos.
Mi intención era precisamente atarme a la historia primigenia de ese hombre migrante de que sé poco porque no tengo conocimiento ni de su nombre completo, pero del que sé mucho porque algo habré heredado de él. Él vive en alguna parte de la memoria de mis genes.
La migración incomoda porque plantea una redefinición de la identidad. Por eso me importaba que los personajes con los que arranca la novela tuvieran que partir aludiendo a la metáfora de las raíces arrancadas que se siembran en tierra ajena.
La maternidad: de principio a fin en A la sombra de un árbol muerto.
Al ser una novela multigeneracional, se tenía que contar desde el cuerpo. La vida atraviesa el cuerpo femenino y la muerte, también. Por eso está tan lejos de la idealización, aunque no por eso deja de ser amorosa. La maternidad en la historia es trauma, pero también es un acto revolucionario.
La historia está contada a la manera clásica: por un narrador omnisciente, huyendo de la jerga, con un castellano muy limpio, que hace seguir perfectamente la trama. Esto lo has trabajado especialmente, ¿no?
La verdad es que sí. A mí me interesaba mucho pulir el ritmo y el tono. Escribo y leo en voz alta y cuando una palabra me “brinca” la cambio por una más melódica. En ese sentido me exijo mucho. Además como el relato se cuenta desde la oralidad, debía ser muy cuidadosa con el lenguaje, para que el lector no echara de menos los diálogos, pero al mismo tiempo disfrutara la continuidad.
Mi intención al escribirla era que los lectores tuvieran la sensación de que alguien les estaba contando la historia.
Sobresale la narratividad, cómo haces que el lector pase una página y otra y otra…
¡Gracias por la flor! Anhelaba que los lectores vivieran lo que yo de niña cuando mi abuelita me contaba una y otra y otra anécdota y no quería que parara. Yo le decía: Abuelita, cuéntame de tus juegos, qué cantabas, cómo era la vida de las soldaderas, ¿cómo hacían para echar balazos en el campo de batalla, cuidar hijos y hacer tortillas?, cuéntame, cuéntame, y cuando las palabras le faltaban recurría a las canciones, a las oraciones, a la superstición. Todo eso es A la sombra de un árbol muerto y en sus destellos de realismo mágico.
Además, en el texto vas intercalando canciones de diverso tipo: canciones de cuna, canciones populares. Pero con “Cachito mío”, Mónica, ¡nos has conquistado!
“… pedazo de cielo que Dios me dio”. La memoria me fue dictando las canciones, las nanas, las oraciones y todo lo que va enriqueciendo la narración. Aquí sí debo reconocer que no hubo un proceso de selección consciente. Vengo de familia de músicos. Mi abuelo era violinista, muy humilde. Tocaba en las casas de los ricos y en restaurantes elegantes de la ciudad de Puebla.
Me acuerdo —o creo acordarme— que decía que la música era el regalo de los pobres. Ya fuera en un funeral o en un cumpleaños, él regalaba su música. Cuando murió, el panteón se abarrotó de mariachis y cantantes. Era muy querido. Las canciones elegidas son un homenaje a él, a Santiago, a quien le pedí prestado su nombre para darle vida a uno de los personajes de la novela.
No exagero cuando digo que nací con la historia escrita en mi cuerpo.
Últimamente, hemos tenido la ocasión de entrevistar en Qué Leer a varias autoras mexicanas: Elma Correa, Alma Delia Murillo, Elisa Díaz Castelo: ¡todo un desembarco en España! ¿Qué rasgos comunes crees que tenéis?
Me gusta pensar en la lengua como territorio desde el sentido poético hasta el sentido político. Atravesamos territorios, cruzamos fronteras, conocemos y reconocemos otras realidades, todo desde la escritura.
Compartir territorio y desembarcar en España junto a escritoras tan potentes como Elma, Alma Delia o Elisa, a quienes admiro mucho, es un honor y es una clara manifestación de que la literatura mexicana no es homogénea. Cada una de nosotras aborda realidades, dolores y estéticas radicalmente distintas, pero creo que nuestras letras se encuentran porque tocan fibras universales como la exploración de la identidad, el duelo y la resistencia.
A la sombra de un árbol muerto es una historia de largo recorrido, destaca su amplitud: de 1873 a 1963, y pasa por muchos lugares.
Como la memoria misma, que es trastocada por el trauma y el silencio. Me interesaba visibilizar cómo es que la memoria migra y transita.
La amplitud de la novela también responde a mi deseo de entretejer territorios y tiempos e ir de lo íntimo a lo colectivo, unir religión con superstición, canto con plegaria, y ver cómo todo este entramado se iba convirtiendo en un gran rebozo que abrazaba generaciones.
Un detalle: en tu novela, no hay diálogos.
Esto fue absolutamente intencional, quería recuperar la manera de contar historias donde los vivos y los muertos comparten el mismo espacio a través del relato hablado. Eso genera un grado de intimidad muy profundo entre el libro y los lectores.
¿Qué influencias tiene A la sombra de un árbol muerto?
Creo que mis influencias están enraizadas en una gran tradición literaria latinoamericana y del realismo mágico, pero pasado por un tamiz crítico y feminista. Sin ánimo de ser pretenciosa, es inevitable pensar en Juan Rulfo, en Gabriel García Márquez o en Elena Garro, pero también hay diálogo con la obra de Olga Tokarczuk y Toni Morrison.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Katia Zárate
A la sombra de un árbol muerto
Mónica Rojas
Adn Editorial Grupo Anaya, 240 pp., 20,95 €
Sinopsis:
1873, Santander. Magdalena y Juan son un matrimonio sin muchos recursos, cuyo deseo de tener hijos no se cumple. Un aborto rompe sus esperanzas y transforma a Magdalena en una figura sombría e incómoda. Al empeorar la situación, Juan decide tomarle la palabra a su tío y viajan a los Altos de Jalisco, en México, para cambiar su futuro.
Este es el punto de partida de una narrativa que explora la migración, la revuelta revolucionaria, el sometimiento femenino y la resistencia de los oprimidos. Desde estos hilos se irán configurando las heridas perpetuas que marcarán a sus descendientes por generaciones.
Con un lenguaje sobrio y poético, rodeado de cantos, plegarias, conjuros indígenas y pinceladas de realismo mágico, A la sombra de un árbol muerto cuenta la vida de quienes que se enfrentan a su destino desde el sitio que ocupan mucho antes de nacer.



