«…Se divierten así, esquivando. Cuesta muy poco y algo se pesca. Si es lo bastante grande se lo llevan, lo congelan y lo cocinan en cuanto tienen oportunidad. Si ocurre, si pescan, si se reúnen, entonces beben, beben y discuten sobre la mejor forma de cocinar un pescado, sobre el tamaño de las brasas y el estado de las brasas, sobre la orientación de las brasas, también acerca de los errores cometidos ante las brasas y lejos de las brasas, discuten los recuerdos, los planes, discuten acusaciones, esquivan dardos, encajan golpes y pagan así las deudas, y comen demasiado rápido y beben hasta emborracharse, y fuman sin pausa, y duermen, a menudo sentados en sillas plegables, apenas unas horas, hasta la mañana siguiente, cuando discutan de nuevo acerca de la nueva hora, acerca de la orilla adecuada para pescar. Si ese día no se pesca nada, la culpa se reparte…»
Estas frases son de la novela Casilla vacía de Santiago Mazarrasa, publicada por Alianza Editorial y que desde el 16 de abril está en todas las librerías. Una obra sobre la necesidad de un puerto seguro y la certeza de que la vida, como en un juego de azar, nos arrolla sin aviso. Cuatro amigos se citan otro domingo más para pescar en el mismo lugar donde aprendieron a nadar y a lanzarse de cabeza al agua. Ese día, sin embargo, los peces no aparecen. Frente al Cantábrico, entre bromas agrias, humo y latas de cerveza, conversan sobre quienes no están y ya no vuelven: los que se marcharon a Londres o a Berlín, los que persiguieron otra vida y los que huyeron.
Recordemos que Santiago Mazarrasa (Santander, 1988) es licenciado en Filosofía y Máster en la especialidad de Pensamiento Contemporáneo. Vivió en Madrid, donde editaba fanzines y discos con Donato Fanzine y en Berlín, donde trabajó como cocinero de hamburguesas caras. Desde 2021, vive en Santander, donde edita la revista literaria MULE, que fundó junto a la artista Mina K., pasea a su perro, mima a su gato y contempla un Excel infinito. Ese año, participó en un concurso televisivo para pagar sus deudas. Ha publicado las novelas El aspirante (Ediciones Franz, 2021) y Caníbal sin dientes (Altamarea, 2023). En 2024, en colaboración con la Fundación Gerardo Diego, estrenó la obra de teatro «Reflector en sombra», publicada posteriormente bajo el título «Poeta intrascendente» (Ulises, 2025).
Por Casilla vacía, su última y recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Santiago Mazarrasa, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Santiago, por favor, ¿qué le dirías a un desconocido que te viera con tu novela en la mano y te preguntara por ella, qué le contarías de Casilla vacía?
Que Casilla es una novela coral que narra una única cosa: cómo la vida nos pasa por encima, cómo, sin darnos demasiada cuenta, la vida pierde todo su sentido y nosotros, al mismo tiempo, perdemos también nuestro sitio Que esa pérdida adquiere muchas formas a lo largo del libro y que, de paso, conforma un reflejo bastante fiel de lo que creo que es el estado de ánimo de mi generación: la conciencia de que no existe un horizonte que dé sentido a lo que hacemos.
¿Cuál fue la chispa para arremangarte y ponerte a escribirla?
No sé si hubo un acontecimiento concreto que me impulsara a escribir. Cuando inicio algo, no sé hacia dónde va a ir y no sé realmente qué temas voy a tratar. Sí creo, en cambio, que siempre me ha obsesionado una cierta idea de lo humano como aquello que está irremediablemente incompleto, insatisfecho, sin acabar y, en cierto modo, sin destino. Supongo que, en cierto momento, me di cuenta de que podría concretar esa experiencia en diferentes personajes y hacerlos, además, habitantes de problemas que son contemporáneos, lo cual no es más que una forma bastante sencilla de acercarse al ejercicio literario: convertir lo abstracto en concreto.
Cada capítulo está contado de manera diferente: el primero, omniscientemente, desde uno de los personajes; el segundo, en segunda persona del singular, desde otro personaje; el tercero, en tercera, desde otro; el quinto, en primera, desde otro; el séptimo, en primera persona del plural. ¿Por qué tal diversidad de enfoques?
Me interesaba que se produjera un salto claro entre los diferentes capítulos, una especie de ruptura que obligara al lector a cambiar de posición frente a lo que lee. Además, cada capítulo exigía una voz diferente que se adecuara más a los temas, a los accidentes y particularidades de cada personaje o, en el caso de los capítulos corales, al grupo de amigos, que actúa casi como un único ente, un todo que es mayor que la suma de sus partes. No tiene el mismo efecto ni en el lector ni en lo narrado, hacerlo en primera persona o, por ejemplo, en una machacona segunda persona y esto también era importante para trabajar la tensión y generar ritmos.
¿Ese fue tu mayor reto, tener bajo control esta diversidad de enfoques?
Sin duda, ha sido uno de los retos más difíciles de la novela. No había trabajado nunca con tantos personajes protagonistas, así que mi gran preocupación era que el libro no se convirtiera en un conjunto de relatos unidos por un acontecimiento inicial, sino una única obra que se leyera desde diferentes lugares, que atravesara tiempos y espacios diversos pero que caminara en una sola dirección.
El miedo, dónde estoy ahora y qué espero del mañana, de los cuatro amigos, ¿dirías que es el tema que atraviesa la trama?
En cierto modo, sí, podría leerse como un temor al futuro, pero creo que lo fundamental no es tanto ese miedo consciente, sino la sensación más o menos diluida de que no hay ningún mañana que tenga sentido. Para mí, el tema de la novela es la conciencia de cierta orfandad frente a la vida y creo que el gran tema que intenta explorar la novela está justo ahí, en la toma de conciencia de que el camino que uno se labra, aquello que desea, aquello que pierde, aquello que logra, no tiene finalmente ningún sentido. Qué ocurre a partir de este momento, por qué seguimos y cómo lo hacemos, me parece, más que el miedo, el motor de la novela.
Qué bien metes los diálogos: a veces ilustran la escena, otra hacen avanzar la trama.
Gracias. La verdad es que no soy muy consciente de si hay o no una técnica adecuada para hacerlo, más allá de ciertas obviedades que hay que evitar a toda costa cuando se escriben diálogos. En esta novela sí que eran muy importantes porque, entre otras cosas, los personajes nunca dicen realmente lo que quieren decir, o porque no saben o porque no se atreven y este también es un tema importante del libro: la incapacidad para una comunicación humana más o menos plena.
Hablando de la trama, en Casilla vacía todo casa, cada capítulo lleva al siguiente, estando contados de manera muy diferente. ¿Empezaste con un pequeño esquema y a partir de ahí lo desarrollaste? ¿O ya tenías todo perfectamente montado, antes de empezar?
La verdad es que no. No sé trabajar así. Lo he intentado en otras ocasiones, pero me he encontrado con que, más que ayudar al desarrollo, lo obstaculiza, como si le pusieras puertas a un campo que aún no has empezado a recorrer y que no sabes realmente donde empieza y donde termina. Lo que si hago son esquemas durante el desarrollo, que me ayudan a aclarar donde está ocurriendo el qué, qué temas aparecen dónde y cómo puedo explorarlos de otra manera en otras partes del libro. Esos esquemas son siempre temporales, reflejan un momento de la escritura y luego ya no sirven.
Destaca tu ambición como escritor, el retrato que haces de toda una generación, a través de estos cuatro amigos.
No entiendo el trabajo literario sin la ambición de lograr algo que uno no sabe de antemano si será capaz de hacer. Escribir el mismo texto una y otra vez no me parece interesante. Más que ambición temática, lo que me interesa de la literatura es la ambición formal. Quiero decir: no me plantee de inicio hacer un retrato generacional, pero sí me plantee la posibilidad de narrar formalmente como lo hace la novela. El asunto generacional, que ha resultado ser muy importante dentro del libro, es más bien un efecto inesperado que luego, en el momento en que uno toma conciencia de que está presente, adquiere más peso y acaba por inundar todo el libro. En todo caso, resultaría muy pretencioso arrogarse la capacidad de hacer un retrato generacional y creo que, si lo hubiera hecho al principio, el libro no se habría escrito. En cambio, ha surgido de manera más o menos natural. Obviamente, los personajes habitan un tiempo y un espacio que son contemporáneos, tienen más o menos la misma edad y, por lo tanto, difícilmente escapen a las circunstancias y las condiciones materiales que dan forma a su tiempo.
Y también destaca la caracterización de Calvo, Moro, Roto, Cabeza. ¿”Copiaste” alguno de alguien real, o los fuiste construyendo a poquitos, según iban los capítulos?
No, no he copiado ningún personaje pero está claro que uno construye personajes a partir de personas que ha conocido, que quizá ha visto un día o que forman parte de su vida. Claro que he trabajado con mi propia experiencia dentro de un grupo de amigos que se conoce desde la infancia y, aunque alguno pueda verse reflejado en alguno de los personajes, creo que los indicios son menos que las invenciones, que los personajes más interesantes están en la ficción, que la realidad está bien como sustrato, pero más allá de eso, puede constreñir la construcción del mundo paralelo de la ficción. Dicho esto, los personajes se han ido construyendo, como tú dices, «a poquitos», a menudo en viajes de ida y vuelta dentro de la novela y en sucesivos borradores.
¿Cuánto hay de autobiográfico en esta historia?
Sinceramente, lo accidental: un personaje que vive en Berlín, trabaja en una cocina y no se encuentra a gusto. Hay lugares de mi infancia, como el embarcadero donde ocurre el episodio que se narra en el primer capítulo, o lugares donde he vivido como una calle concreta de Londres. También claro, que mi experiencia ha sido de ida y vuelta, migrar de una ciudad de provincias a una capital europea y retornar años después, un viaje de expectativas que me ha permitido recrear la experiencia. Como decía antes, me interesa la realidad como punto de partida, no como término.
Junto a qué otros libros colocarías Casilla vacía en la estantería.
Me cuesta muchísimo relacionar de una manera más o menos fiel Casilla con otros libros, pero, como no existe criterio convencional, puedo colocarlo como me venga en gana: entre Lógica del sentido de Gilles Deleuze, del que Casilla extrae su título, Los inocentes de Hermann Broch y Los invictos de Faulkner, dos libros que de un modo u otro, sirvieron de un modo u otro a la creación de esta novela.
Casilla vacía empieza con un accidente de tráfico y acaba con un atropello… Santiago: el tráfico, la carretera, ¿como representación del vacío existencial de los personajes? De su fin: ¿o acabamos dándonos un tortazo por nuestra cuenta o alguien nos va a espachurrar sin que sepamos por qué?
Cuando me preguntan de qué va la novela, suelo responder que, en resumen, habla de cómo la vida nos pasa por encima. Así que sí, podría decirse que la carretera es algo así como un símbolo, que funciona tanto como camino y como final, como, de algún modo, destino inevitable.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Mina K.
Santiago Mazarrasa
Alianza Editorial, 232 pp., 18,95 €
Sinopsis:
Una novela sobre la necesidad de un puerto seguro y la certeza de que la vida, como en un juego de azar, nos arrolla sin aviso. Cuatro amigos se citan otro domingo más para pescar en el mismo lugar donde aprendieron a nadar y a lanzarse de cabeza al agua. Ese día, sin embargo, los peces no aparecen. Frente al Cantábrico, entre bromas agrias, humo y latas de cerveza, conversan sobre quienes no están y ya no vuelven: los que se marcharon a Londres o a Berlín, los que persiguieron otra vida y los que huyeron. Esa noche, la despedida, bajo una lluvia creciente, es definitiva: uno de ellos conduce demasiado rápido y no regresará. Entre el mar de Santander y las discotecas alemanas, entre el sinsentido gris de la oficina y el espejismo fugaz de las drogas recreativas, los supervivientes se enfrentan a una existencia precaria, agotados y sin armas, mientras intentan mitigar -o al menos comprender- la ausencia que los desgarra. Santiago Mazarrasa levanta una novela sofisticada, un caleidoscopio que representa a toda una generación marcada por la desilusión, la pérdida y la búsqueda de sentido.




