En Inglaterra —aunque la moda se extendería a Alemania— fueron muy populares hasta principios del siglo XIX las llamadas table-talks, o charlas de sobremesa. El modelo se inspira en el diálogo platónico, con la salvedad de que excluye la participación de la mayoría excepto en las aportaciones que permiten mantener la atención en una voz principal. A veces esa mayoría se reduce a un solo sujeto, o desaparece por completo. El propósito es oír esa voz, liberarla de deudas formales; que formule ideas sobre el mundo, el arte, la existencia, rendida al juego lírico (entre versos y apotegmas, si se quiere) con un “yo” que lentamente se va resolviendo. Su popularidad posiblemente haya que atribuírsela, como tantas otras cosas, a Samuel Johnson, que fue la baliza intelectual por la que se medían los poetas y críticos ingleses hasta bien entrada la época victoriana, aunque sus orígenes se remontan al anticuario y filólogo John Selden, cuyos Parlamentos en torno a asuntos de alta y muy gravosa consecuencia fueron publicados en 1689, treinta y cinco años después de su muerte. Siguiendo su ejemplo, G.G.J. and J. Robinson, editores de Londres, tomaron de la biografía que el indiscreto Boswell dedicó a Johnson los extractos en los que el doctor departía con amigos y conocidos sobre asuntos “gravosos” y mundanos y recopilaron en 1785 un libro “a la manera de Selden”, que sería rápidamente imitado. En España el modelo no encontró seguidores, y en cuanto al predominio en nuestro país de la entrevista, que es su sucedáneo más próximo, lo cierto es que no obedece a una preferencia sino a la falta de referencias comparativas; en pocas palabras, aquí pocos leyeron los libros que, durante más de un siglo de inofensivas confesiones, estuvieron a punto de crear un género completamente nuevo en Europa. Podemos presumir, en el mejor de los casos, de habernos adelantado al resto: el table-talk —que es en parte confesión, en parte autobiografía, en parte colección de aforismos, en parte improvisaciones poéticas y en parte, naturalmente, ficción— perdió sus privilegios a finales del siglo XIX para que reinase el desaprovechado libro de entrevistas, un formato en el que los alemanes (Sloterdijk, Handke) se siguen mostrando superiores al resto.
Precisamente por la falta de referencias me llamó la atención un libro titulado Duelo al sol, que es un diálogo entre el editor Abelardo Linares y el crítico José Luis García Martín. No es exactamente un table-talk, sino más bien dos table-talks en uno, y dos a los que, rompiendo con las convenciones, se les ha puesto en la tesitura de tener que dialogar. Siguiendo el modelo inglés, la conversación se desgrana en aforismos, poemas y ficciones (incluso, seguramente, autoficciones), y al menos se bate el cobre en un territorio que nuestros catálogos editoriales parecen contemplar temerosamente por detrás de la advertencia fronteriza de “aquí hay dragones”. Ese territorio podría compararse con una explanada en la que todavía se mantiene en pie un siniestro hospital, levantado hace mucho tiempo y con evidentes signos de desgaste y maltrato desde la época, por lo menos, de Quevedo, en el que languidece el paciente siempre al borde de la muerte que es el fantasma cultural de nuestro país. Su condición de entidad voluntariamente ignorada por la mayoría es lo que le otorga una parte de su transparencia, y también lo que le mantiene suspendido en el trance de la respiración asistida. Por suerte, el “fantasma cultural” nada tiene que ver ni con el poeta ni con el artista cuyos encantamientos provienen de un lugar muy profundo que no responde a regiones; es, en el mejor de los casos, una sombra que el arte proyecta sobre el bosque urbano, a veces hasta el punto de condicionar toda una época (París, siglo XIX), a veces tan embriagado de sí mismo que llega a ser prisionero de ella (el siglo de las cabezas ilustradas). En resumen, se puede vivir perfectamente como artista de espaldas a todo “fantasma cultural”; la sociedad, sin embargo, no puede permitirse el lujo de rechazar a ese fantasma, o de despacharle con los símbolos invertidos de una ignorancia suicida. De eso es de lo que trata el duelo entre Linares y García Martín: entre la ironía y el desenfado, como un par de médicos que le han tomado el pulso al enfermo y coinciden fastidiosamente en su condición terminal, comentan y apostillan sobre un antiguo mal y discuten —sin llegar a las manos, pero casi— acerca de la forma tan particular que ha adoptado esa enfermedad en nuestro siglo. En su diagnóstico no hay ni recetas ni remedios, como es lógico, aunque la mejor prognosis acerca de la situación del paciente la determinará el interés que despierte ese entretenidísimo diálogo que, en el seno de un fantasma cultural perfecto, no tardaría en tener sus imitadores.
Pero volviendo a los table-talks. ¿Cómo no hablar de William Hazlitt? Hazlitt, esa lámpara maravillosa que ardía de admiración e intermitentes desprecios hacia Johnson —o hacia Shelley, a quien conoció en persona, y gracias al cual sabemos que tenía pecas—, reunió los escritos que componía sin prisas en una posada de Winterslow, entre Londres y Exeter, cuando viajaba de camino al tranquilo distrito rural en el que su primera mujer tenía una hacienda, y los publicó en 1821 bajo la categoría incipiente del Table-talk (aparecería un segundo volumen, un año más tarde, con los ensayos escritos en otra posada diferente, Renton Inn, cerca de Edimburgo). He calificado a Hazlitt de “lámpara maravillosa”, pero subo la apuesta: en realidad fue un autor mayor entre tantos grandes que se vieron obligados a acicalar sus jardines a la sombra de absolutas genialidades, y una de las mejores pruebas de su talento la tenemos en la obra Personajes de Shakespeare, que es, entre otras admirables cosas, una lectura sobre el genio, aquello misterioso para lo que “los antiguos no conocían una palabra adecuada”. Hazlitt fue crítico teatral —en sus colecciones de artículos abundan los estudios sobre actores, incluido uno, muy divertido (pues Hazlitt andaba sobrado de sentido del humor), acerca de si era adecuado que los actores ocuparan un asiento en el palco—, el más agudo e ingenioso de una época en la que a la crítica no le faltaba inteligencia, es cierto que a veces demasiado prejuiciosa, ni espacio para demostrarla, y en ese libro sumamente original demuestra los motivos por los que su forma de entender las obras de Shakespeare, un poco pasada por alto entre sus contemporáneos, resultó tan influyente entre los estudiosos del siglo XX. Sobre la humanidad de Hamlet ya se habían escrito numerosas páginas, pero Hazlitt fue el primero en señalar que Hamlet es Hamlet porque Hamlet, en realidad, somos todos:
«Hamlet es un nombre: sus discursos y dichos no son más que la ociosa acuñación del cerebro de un poeta. ¡Cómo!, ¿no son reales? Son tan reales como nuestros pensamientos. Su realidad está en la mente del lector. Nosotros somos Hamlet.»
De Hamlet como obra Hazlitt valora más su “verdad profética” que la histórica, del mismo modo en que admira la “verdad natural” de los personajes ideales de La tempestad, a quienes considera tan coherentes como a los personajes reales en el modo en que unos y otros hacen suyo un lenguaje de palabras y gestos inventado por Shakespeare. Escritor de caminos y de postas, allí donde los carruajes cambiaban de caballo, Hazlitt no se llegaba a sentir del todo cómodo con los ideales de la Ilustración ni con los del Romanticismo, pero aquí se inclina más por la crítica romántica —aunque sin llegar a esa libertad torrencial que en el caso del William Shakespeare de Victor Hugo (1864), una obra que sin proponérselo dialoga con el libro de Hazlitt, convierte al poeta inglés en una geografía— y ofrece una visión de Shakespeare que no se atiene a rigores académicos, sólo a las luces y las sombras que arroja la linterna mágica de su propia sensibilidad. Francis Jeffrey, la mayor autoridad crítica de su tiempo (al menos desde el bando riguroso y gazmoño de la revista Edinburgh Review, que mataba poetas con impunidad), mostró enseguida sus reparos a lo que consideraba una obra de escaso conocimiento, “un mero repertorio de apreciaciones personales”. Tenía razón: Hazlitt no pretendía explicar a los lectores lo que ya sabían acerca de Shakespeare, sino “lo que sienten ante sus escritos, y por qué se sienten así, y por qué piensan que todo aquel que ame la poesía debe sentirse así”, y eso, señores del jurado, es justamente lo que hace tan valioso su libro. Lo fue para su amigo John Keats (que lo defendió ferozmente en una carta de 1819, tras el ataque lanzado a Hazlitt desde el despacho de William Gifford, en el bando opuesto al que ocupaba Jeffrey), y también para Leigh Hunt, que leyó embelesado el libro y lo encontró “muy superior a la dogmática y muy mal informada crítica de Johnson.” Como en tantas otras cosas, aunque el correctivo a Johnson sea un poco fuerte, es imposible no darle a Hunt la razón.
William Hazlitt no puede no caerme simpático. Fue él quien dijo aquello de que “Byron ha sufrido demasiado como para ser un gran poeta” (cosa injusta, pero tiene gracia), y también algo maravilloso y hasta probablemente cierto: “quien necesite una maldición para matar, seguro que puede encontrarla en los escritos de Lord Byron”. También fue el más destacado y encantador seguidor del modelo de Selden, aunque tuvo que ser Leigh Hunt quien le diera al género su definición más exacta: “un libro con el título de table-talk debe garantizar al lector que allí encontrará un tono coloquial en el estilo.” Hunt, sin embargo, tuvo la ocurrencia de añadir a su table-talk personal, publicado en 1851, un breve apartado en el que recreaba (“porque es una addenda muy adecuada a un libro de charlas de sobremesa”) una conversación imaginaria entre Pope y Swift, y ese es ya un asunto muy distinto: el estilo, sin duda, es perfectamente coloquial, pero el género de las conversaciones imaginarias, que Landor (1829) llevó a la perfección y Maggin a un estado de esquizofrenia predadaísta, no pueden considerarse “charlas de sobremesa” a menos que intervengan en ellas un abecedario y una plancha de madera. Hugo, en el peñón embrujado de Jersey, sostuvo muchas de este estilo, y hace unos años se recogieron, por fin en su totalidad, en Le livre des Tables (Les séances spirites de Jersey), publicado por la editorial francesa Folio, que compré en una célebre librería de París llamada Gibert Jeune, hoy desaparecida salvo en su rama especializada en libros esotéricos (un sótano que recomiendo a todo el mundo, muy cerca de la fuente de Saint Michel, donde brota incesantemente la sangre de un dragón). Con toda la intención lo dejo caer, pues, aunque la editorial Wunderkammer publicó hace tiempo un libro sobre las sesiones espiritistas de Hugo y sus espeluznantes secuelas —suicidios y ataques de locura—, las actas de las sesiones completas se encuentran aquí y solamente aquí, y sus testigos, del Drama a Jesucristo, que para sorpresa de Hugo le calcaban el estilo en los poemas que tediosamente improvisaban, tienen algo muy serio que decir.
Los table-talks murieron en Inglaterra tras la publicación del libro que admiradores y amigos dedicaron a la memoria de Samuel Rogers, aparecido al año de su muerte y cinco después del libro de Hunt. A lo que la obra de Rogers se parece, sin embargo, es a la pequeña memoria que Byron escribió en Italia titulada Pensamientos dispersos, y no sería extraño que los editores de las charlas de Rogers le hubieran querido dar esa forma, pues también Walter Scott decidió imitar la espontaneidad de sus diarios: Byron a lo mejor no innovó mucho en el verso, pero en sus aventuras en prosa por la página en blanco sí que lo hizo, y siempre para el embeleso de quienes vivían encarcelados por los géneros. El modelo fue enseguida abandonado por los autores ingleses, quizá porque airear intimidades en plena época victoriana ya no era algo sin consecuencias, y de las papeleras editoriales en la orilla del Támesis pasó a los despachos y las mesas repletas de compases y mapas de los políticos alemanes. Aunque quizá sea un tanto injusto acusar a los alemanes de imitadores de un modelo cuando las conversaciones de Eckermann con Goethe aparecieron publicadas en los tiempos en que aún no había remitido la pasión por los table-talk ingleses (1836), y pueden considerarse charlas de sobremesa en toda regla. Eckermann, “un hombre de pocas luces” en opinión de Borges, abordó su table-talk como los amigos de Selden habían hecho antes y harían los de Rogers después: rehaciendo de memoria las divagaciones de una estatua parlante. Trece años, sin embargo —el tiempo que separaba las charlas de Eckermann y Goethe y la publicación del libro— pueden considerarse un lapso suficientemente holgado como para poner en duda hasta la más excelente y probada retentiva, a no ser que uno sea todo un Magliabecchi (el “devorador de libros”, en palabras de Byron, que legó al gran duque de la Toscana su colección de 30.000 volúmenes) y pueda presumir de una memoria como aquella de la que dio fiel testimonio John Hill Burton en The Book-Hunter (1885); cuando alguien le preguntó por una obra muy poco conocida, Magliabecchi no tardó ni un segundo antes de responder: “No existe más que una copia de ese libro en el mundo, señor. Está en la biblioteca de la mayor autoridad de Constantinopla, y es el séptimo libro en el segundo estante según se entra a mano derecha”. Pero Eckermann, como en general todos los editores de “charlas de sobremesa” declaradas o encubiertas —el primo de Shelley, Thomas Medwin, que publicó las conversaciones que había mantenido en Pisa con Byron y Percy, o la condesa de Blessington, cuyo buen oído puso voz al Byron dibujado por el conde d’Orsay: sus libros no se publicaron como table-talks (tampoco lo necesitaban), pero reprodujeron el modelo—, anotaba hasta altas horas de la madrugada las conversaciones mantenidas durante el día, convencido de que el futuro se lo agradecería. Y vaya si se lo agradeció. En cuanto a las razones por las que el desagradecido Borges consideraba a Eckermann poco más que un mastuerzo, sinceramente las desconozco. El juicio más fiable acerca de su inteligencia sería el de Goethe, y es dudoso que un hombre que aparece enfermo en varias ocasiones a lo largo de las casi mil páginas de conversaciones anotadas quisiera perder el tiempo con un tipo “de pocas luces” cuando tantos eran los asuntos sobre los que esperaba escribir, y tanta gente bien preparada frecuentaba su estudio. Supongo que Borges sólo pretendía resaltar por comparación la figura de Boswell, pues el golpe un poco a traición a Eckermann se lo inflige en el curso de literatura inglesa en el que hablaba de Johnson, y estoy seguro, por otra parte, de que disfrutó con comentarios marginales —que no hubieran llamado la atención de idiota alguno— como los que hizo la condesa Egloffstein respondiendo a una pequeña broma de Goethe: “La condesa observó que habían empezado los novelistas alemanes a malograr el gusto de sus numerosos lectores, y que ahora eran los lectores quienes, a su vez, estaban malogrando a los novelistas, ya que, con tal de encontrar a un editor para sus manuscritos, no tienen más remedio que adaptarse al mal gusto que impera entre el público.” A poco que uno hojee el Borges de Bioy, coincidirá conmigo en que una frase así tenía que ser por fuerza del gusto de Borges.
Bismarck fue uno de esos políticos alemanes para los que se adoptó el formato del table-talk, y en 1895, bajo un título nada original (Bismarck’s table-talks), sus conversaciones aparecieron publicadas en Inglaterra. Naturalmente, Bismarck se limitó a parlotear, y su Boswell personal, el caballero von Poschinger, se dedicó con entusiasmo a la tarea de copiar y extractar. Charles Lowe redujo las miles de páginas que von Poschinger compiló en varios tomos hasta las casi quinientas de la edición inglesa, y si Borges fue injusto con Eckermann al considerarle públicamente medio idiota, Lowe es capaz de despetar recelos todavía mayores al retratar a Bismarck como un hombre “de un encanto superior al de los grandes maestros en el arte de la conversación: Lutero, Goethe, Johnson y Coleridge.” No seré yo quien ponga en duda el encanto de Bismarck (un tipo que se consideraba un infeliz, “y si contase los muy raros minutos en que he sentido verdadera felicidad en mi vida” —esto lo decía a muy avanzada edad—, no creo que lleguen ni a veinticuatro horas en total”); en cambio sí puedo decir muchas cosas sobre el encanto de Goethe y de Johnson, y el de Coleridge, por supuesto, cuya Biographia literaria es por momentos una suerte de table-talk autoinvocada, o lo es allí donde el estilo se vuelve más conversacional, y, en un curioso caso de desdoblamiento tan común entre los románticos (pensemos en los dobles de Byron y de Shelley), un Coleridge parece hacer las veces de secretario de otro Coleridge, anotando de memoria las conversaciones que mantuvo con su propio fantasma. Eso, claro, cuando el secretario Coleridge se deja llevar por la nota dialogante, pues en otras ocasiones el tono conversacional se viste de una angustiosa metafísica que habría hecho las delicias de ese romano americano llamado Philip K. Dick:
«Me retiré a una cabaña en Somersetshire, a los pies de los Quantock, y me dediqué al estudio de los fundamentos de la religión y la moral. Entonces me sentí perplejo. Me acechaban las dudas, me llegaban “desde las fuentes de lo más profundo” y caí “desde las ventanas del Cielo”… Empecé a preguntarme: ¿qué prueba tenía de la existencia de nada exterior a mí mismo? Por ejemplo, de esta hoja de papel como cosa en sí, distinta del fenómeno o imagen en mi percepción. Vi que en la naturaleza de las cosas semejante prueba es imposible, y que a todos los modos de ser que no son objeto de los sentidos se les supone la existencia mediante una necesidad lógica que brota de la constitución de la mente misma, debido a la ausencia de cualquier motivo para ponerla en duda, pero no debido a una absoluta contradicción en el supuesto contrario.»
Citaba a Coleridge para defenderlo de la falta de encanto (precisamente él, un hombre que inventó varios encantamientos) según las jerarquías establecidas por el desconocido señor Lowe, que interpretó a von Bismarck a través de Herr Poschinger y lo sentó en la última table-talk del siglo XIX. Pero volviendo (por tercera vez) al asunto de las “charlas de sobremesa”: el proceso se ha cumplido e Inglaterra ha dejado atrás la pequeña moda de un siglo, y al final será otro alemán, un ya anciano Carl Schmitt, quien presidirá la última de todas. En 1972, a los ochenta y cuatro años, Schmitt tomó posiciones ante los periodistas Klaus Figge y Dieter Groh y dejó que fluyera la memoria como en los espléndidos tiempos de Johnson, Selden, Rogers y Goethe: la época dichosa en la que se hablaba para alguien. Pronto llegarían muchos oyentes más. Las cintas magnéticas en las que se recogía aquella voz un poco extenuada fueron reproducidas en la emisora alemana Südwest-Funk, y el propio Schmitt fue un oyente más, o más bien un “espectador”, pues una imagen se materializó ante sus ojos: la de un hombre que tenía que agradecer a su fragilidad y desvalimiento el que su exposición resultara convincente. Schmitt había sido lo que en la lengua jurídica posterior a 1945 se llamó “un colaborador”, lo cual, por una parte, parece una categoría accidental, un efecto de la gravedad política y social y poco más, mientras que por otro sugiere una adhesión implícita a todas las perversidades patrocinadas por un régimen. En ese repaso a una larga vida (que aún tenía más de una década por delante), Schmitt no se arruga al escuchar las preguntas de Figge y Groh acerca de esa colaboración. Uno se figura que ante los representantes de una Alemania (en principio) desnazificada, Schmitt pudo sentirse en la obligación de disculparse o de justificarse. Pero el “cerebro jurídico” del Tercer Reich no hace ni una cosa ni otra, y, en un admirable salto lateral, se dedica a pintar un pequeño pero maravilloso retrato de interior —que arranca como un canto involuntario a los table-talks— de los gabinetes presididos por Hitler:
«Yo también me interesaba por las conversaciones que fluían a diario; nadie sabía, por utilizar una bella expresión, por dónde iba a salir el sol. Y Hitler ofrecía su cara más amable. Todo era encantador; Popitz, en cualquier caso, estaba impresionado. Recuerdo que Popitz me contaba que en una reunión del Gabinete estaban esperando, Hitler estaba junto a la ventana y esperaba hasta que todos hubiesen llegado. Hitler era especialmente agradable en las reuniones del Gabinete y le interesaba todo, y, en un momento dado, cuando estaban juntos, se llevó a Popitz con él a la ventana y le dijo que sentía compasión por todas las criaturas. Decía que, en el fondo, era budista. Y todos quedamos impresionados.»
No deja de resultar curioso —pero me niego a consultar con Freud— que al volver a recordar a Popitz y explicar sus primeros contactos con el Tercer Reich, a Schmitt sólo se le ocurra hablar de corridas de toros: “Los toros durante semanas han estado todos en la oscuridad. Los traen de la dehesa, de Sevilla, directamente a la oscuridad. Entran a la arena desde la oscuridad, donde hay un griterío. ¿Y después? ¿Ha visto usted lo suficientemente cerca la mirada del toro? En ese momento el toro no sabe dónde se encuentra, no sabe, simplemente ve, debería saberlo (todo ser vivo tiene ese instinto, ¿verdad?), pero es esa mirada donde está todo, la disposición para defenderse, disposición para matar. Todo está ahí. Eso era.”
¿Eso era? Años después, Dieter Groh trató de explicar —en el apéndice que acompaña a esta edición— por qué Schmitt colaboró con Hitler, y llegó a dos conclusiones, una banal y otra enigmática: la banal, que vio en él la figura de un führer idealizado; la enigmática, que su participación en el aquelarre nacionalsocialista fue un “gesto cotidiano”, y que si eso no era un porqué, al menos sí era un cómo, “que Schmitt aprendió de los agustinos.” Toros y agustinos: lo cual es un poco como decir que Schmitt llegó a Berlín desde la dehesa.
Lorenzo Luengo
Duelo al sol. Una controversia literaria. Abelardo Linares y José Luis García Martín. Renacimiento (2025)
Personajes de Shakespeare. William Hazlitt. Edición de Javier Alcoriza. Cátedra (2026)
Le livre des Tables (Les séances spirites de Jersey). Edición de Patrice Boivin. Folio Classique (2014)
Lo que dicen las mesas parlantes. Victor Hugo. Traducción de Cloe Masotta. Wunderkammer (2016)
Conversaciones con Goethe. J. P. Eckermann. Edición de Rosa Sala Rose. Acantilado (2006)
Biographia literaria. Samuel Taylor Coleridge. Edición de Gabriel Insausti. Pre-textos (2010)
“Mientras el imperio siga ahí”. Una conversación. Carl Schmitt. Traducción de Fernando González Viñas. El Paseo (2026)





