Hay algo en común en las escasas fotografías que conocemos de C. S. Lewis durante la escritura de sus últimos libros de las crónicas de Narnia: en todas ellas parece embelesado, con una sonrisa en los labios como si estuviera en otro mundo. Seguramente lo estaba. Pese a que nunca deja de posar con su traje de alpaca y una corbata bien anudada al cuello, es evidente que Lewis, al menos en esos momentos, pertenece a otro lugar. Resulta encantador mirarle, y un poco enternecedor. Se trata de un hombre sin hijos, ya casi en la sesentena, calvo, con gafas, nada que ver con el muchacho más o menos bien parecido que aparece retratado junto a sus compañeros una tarde nubosa en Magdalene College, cuando ya llevaba dos años sirviendo a Inglaterra como ateo. Más tarde llegaría su conversión. Pero se diría que en todas esas fotos quien asoma es un hombre que ha logrado subirse al trono del verdadero creador, y que contempla su mundo prolijamente elaborado con la idea de que todo lo que ve a su alrededor está bien hecho.
Lewis (1898-1963) llevaba diecisiete años escribiendo ficción cuando le alcanzó el éxito —y digo alcanzó porque en realidad es algo que él nunca buscó— con las crónicas sobre el universo encantado de Narnia. Había publicado una saga de ciencia-ficción (The Space Trilogy, protagonizada en su mayor parte —nada menos— por un filólogo), una sátira epistolar pensada como una apología de la fe cristiana (The Screwtape Letters) y una alegoría de la historia política de inicios del siglo XX inspirada en The Pilgrim’s Progress, la influyente obra espiritual de John Bunyan (1678), pero por encima de todo en su reciente conversión al cristianismo. Entre medias había ido acumulando suficientes trabajos académicos como para que se le pudiera considerar un erudito más que un narrador con las ideas claras, salvo en lo que se refería al uso de la novela como un medio para trasladar a los lectores su fe en la superioridad del sentimiento cristiano.
Las crónicas, más allá de cortar algunos árboles de El jardín secreto, de Frances Hodgson Burnett (1911), para fabricar ese armario del profesor Kirke que traslada a los protagonistas al mundo mágico de Narnia, salió prácticamente de la nada. Lewis leyó la primera historia en Oxford, para ese grupo de amigos enamorados de los mundos de fantasía y de los relatos medievales que se hacían llamar The Inklings. De todos ellos, el que mostró una reacción cuando menos tibia fue J. R. R. Tolkien. El libro le pareció inmaduro y el universo imaginario una farsa. La razón de su desprecio —o en el mejor de los casos su falta de aprecio— se debía a lo que Tolkien entendía como un mundo de ficción. Él había pasado años construyendo la geografía, los mitos y los lenguajes de una tierra que ahora parecía viva. A Lewis, en cambio, le había bastado con sentarse ante el escritorio y echar la imaginación a volar. Había tenido el descaro de introducir incluso retales de sus sueños. De hecho el león Aslan —rey de reyes, en el sentido más cristiano del término— se le apareció varias veces en sueños, y fueron sus visiones de aquel animal nada domesticado las que le permitieron unificar las historias contenidas en los siete libros de las crónicas y otorgar un empaque espiritual a la historia de Narnia. Tolkien, no obstante, siguió considerando ese lugar fantástico con muchos recelos, y en cierta manera no dejaba de pensar que Lewis había hecho trampa. Un mundo debía obedecer a reglas fijas, establecidas de antemano, y no al capricho de un simple soñador. Lewis, desde luego, no pensaba igual, e incluso se sentía cómodo ambientando los libros en ese territorio vecino al nuestro donde los personajes de ficción conocidos viven sus existencias paralelas. Narnia, o cuando menos el Londres que comunicaba con ese mundo desplegado tras la puerta de un armario, sucedía en aquel tiempo “en el que Sherlock Holmes vivía aún en Baker Street y los Bastable buscaban tesoros en Lewisham Road”, es decir, que los niños que en el primer volumen, huyendo de los bombardeos sobre el Londres de la Segunda Guerra Mundial, visitan en un pueblecito rural la casa de Digory Kirke, con su insospechada entrada a un lugar maravilloso, habían sido vecinos de una ya madura Wendy Darling. (¿En cuanto a la recepción de El Señor de los Anillos por parte de C. S. Lewis? “Uton herian holbytlas, sin duda alguna”, escribió a Tolkien tras su lectura. “He apurado una suntuosa copa y satisfecho un largo trago. Los muchos años que has pasado trabajando en él han quedado perfectamente justificados”. Una concesión caballerosa, viniendo de quien se había encontrado con tantos recelos por parte de un amigo. Pero él también tenía de lo que quejarse: “Hay muchos pasajes que a mí por lo menos me hubiera gustado que hubieses escrito de otra forma”, añadía, “o, de hecho, que ni siquiera hubieras escrito”. Que ni siquiera hubieras escrito. Se tiene la sensación, creo que justificada, de que el “largo trago” apurado por Lewis celebraba la consecución de la obra más que el placer que al menos él había sido capaz de extraer de sus páginas.)
La historia editorial de Las crónicas de Narnia en español presenta algunas sorpresas: la primera edición no fue publicada hasta 1977, cuando Narnia ya llevaba dos décadas liquidando reediciones en numerosos idiomas (por poner un ejemplo, la edición original francesa del primer tomo, El león, la bruja y el armario, apareció en 1952, dos años después de la edición inglesa) y la segunda serie de televisión basada en la novela de Lewis estaba a punto de empezar a rodarse. La publicación le correspondió a la editorial chilena Andrés Bello, que reeditaría la obra en España diez años después, todavía con el título de El león, la bruja y el ropero. Los derechos pasaron enseguida a Alfaguara, que lo reeditó ese mismo año, ya con el título por el que sería conocido —sustituyendo “ropero” por “armario”—, en su recordada Serie Naranja de la colección juvenil. Desde ese momento las ediciones se sucederían, así como las editoriales (Destino, Planeta, HarperCollins) encargadas de su publicación.
Para esta nueva andadura de Las crónicas de Narnia, se ha prescindido de las traducciones de Héctor Silva y María Rosa Duhart, que se encargaron de trasladar las historias originales para las ediciones de Alfaguara y Andrés Bello, y se recupera la ya canónica —con razón, pues resulta hoy tan fluida como el primer día— de Gemma Gallart, aunque no las que hizo para las ediciones de los libros publicadas por Planeta y Círculo de Lectores desde 2005 sino las revisadas del año 2011. Un acierto, teniendo en cuenta que se trata de la mejor traducción realizada hasta la fecha y la que mejor ha transmitido la atmósfera del mundo inventado por Lewis. Se mantiene, y es un detalle nada trivial, el orden de lectura cronológica y no el de publicación. Así, el volumen publicado en 1955, penúltimo de la serie original, pasa a ser el primero —El sobrino del mago—, de manera que los lectores podrán conocer la historia del armario mágico, la llegada al poder de la Bruja Blanca y el motivo de que exista ese mítico farol en el bosque situado en las afueras de Narnia, sin tener que aguardar (como les sucedió a los primeros lectores de la obra) prácticamente al final de la saga. Este orden se ha considerado canon desde que en 1994 la editorial HarperCollins se hiciera con los derechos de publicación, aunque ya se había establecido como el más lógico entre algunas editoriales inglesas, no siempre, dicho sea de paso, con la anuencia de los lectores. De hecho, ya en 1957 —un año después de la publicación del último tomo de las crónicas— el propio Lewis, escribiendo a un lector americano, había señalado que el orden cronológico le parecía el más conveniente, aunque con reservas:
«Creo que estoy de acuerdo contigo en que ese es el orden más indicado para leer los libros. No establecí ningún plan de antemano para la serie, al contrario de lo que tu madre piensa. Cuando escribí El león, la bruja y el armario ni siquiera sabía si iba a escribir algo más. Escribí entonces El príncipe Caspian como secuela y todavía estaba más o menos convencido de que ya no habría más libros, y cuando abordé La travesía del Viajero del Alba estaba seguro de que ese sería el último libro, pero me di cuenta de que andaba equivocado. Así que es posible que no importe demasiado el orden en que los leas. Ni siquiera tengo claro que los demás libros los escribiera en el mismo orden en que fueron publicados.»
Más allá del orden de lectura por el que optemos (después de todo, al tratarse de tomos independientes podemos escoger el orden cronológico y conocer la historia a medida que los sucesos se van desarrollando, o el orden de publicación e ir descubriendo los embrujos de Narnia tal y como lo hicieron los primeros lectores, y especialmente el que fue anterior a todos ellos: el propio Lewis), las aventuras de los hermanos Pevensie, Aslan, el príncipe Caspian, Shasta y Bree y Digory y Polly, en un reino constantemente amenazado por el mal, siguen teniendo el mismo poder de encantamiento que en el momento en que la obra hizo su insólita aparición, como un meteoro que, cargado de valores durante tanto tiempo olvidados y relatos esperanzadores, cruzó aquel turbio cielo en el que por fin empezaba a disiparse el humo de una terrible contienda para devolver a los niños (y, como suele decirse en estos casos, no tan niños) ese derecho del que se les había privado a algo más que soñar.
Lorenzo Luengo





