«…Eran las ocho de la mañana de un lunes y Aldana llevaba puesta ropa de ejercitación aunque aún no hubiera ejercitado. Calzas largas Le Coq color gris, camiseta de microfibra New Balance de cuello bote: marcas deportivas que podrían denotar buen pasar, pero no era necesariamente el caso. Aldana salió de su departamento de tres ambientes y se quedó parada en el pasillo, abriendo las fosas nasales como una musaraña o un tapir. Sintió un frío leve cuando abrió la puerta, esa falsa temperatura que se genera en los espacios largos y oscuros. Y sí. El olor estaba ahí. Más ahí que dentro de su casa. Cada vez más preciso. Sin duda venía del departamento C, porque el A estaba vacío hacía meses, desde que el dueño había muerto de una manera sencilla. Aldana estaba segura de que el olor venía del 5.º C porque, si bajaba la escalera hacia el cuarto piso, la intensidad decrecía. Pasados unos minutos, delante de la puerta del departamento C, el olor era una institución. Algo que no se parecía a nada que ella hubiera olido antes. Y ahí vivía Celeste Blum, la chica que estudiaba Arquitectura, Diseño y Urbanismo en la Universidad del Estado…»
Estas frases son de la novela El año de la serpiente de Camila Fabbri, publicada por Anagrama y que desde el 7 de octubre está en todas las librerías.
Tras el éxito de La reina del baile, Fabbri se afirma en esta obra como una de las voces más magnéticas y perturbadoras de la narrativa argentina. El año de la serpiente es una exploración sobre la herencia de los traumas, la psicopatía, las existencias anodinas, las formas de violencia que atraviesan la experiencia de las mujeres e, incluso, el movimiento incel [célibe involuntario]. Como en las mejores pesadillas, aquí lo que hiere es la certidumbre de que, en cualquier momento, lo salvaje decidirá, finalmente, reclamar su lugar.
Recordemos que Camila Fabbri (Buenos Aires, 1989) es escritora y directora, y en 2021 la revista Granta la incluyó en su lista de Los 25 Mejores Narradores Jóvenes en Español. En 2015 publicó Los accidentes, su primer libro de relatos, reeditado en 2017 en España y Latinoamérica, género al que volvería con Estamos a salvo (2022). Ha escrito y dirigido cinco obras teatrales, así como la película Clara se pierde en el bosque (2023), su debut audiovisual, que se estrenó en la sección Horizontes Latinos de la 71.ª edición del Festival Internacional de Cine de San Sebastián. El día que apagaron la luz (2019), declarada de Interés para la Comunicación Social y la Cultura por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fue su primera novela de no ficción, a la que siguió La reina del baile (2023), finalista del Premio Herralde. Sus obras se han traducido al inglés, alemán, portugués, italiano y chino, y es firma habitual en diversos medios culturales y literarios.
Por El año de la serpiente, su última y reciente novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar, en el Hotel H10 Villa de la Reina, en Gran Vía, a Camila Fabbri, para que nos hable de ella a los lectores de Qué Leer.
Camila, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Bueno, El año de la serpiente es una historia contada en tres tiempos.
Por un lado, hay un presente que es el de una vecina de un edificio de Buenos Aires que se llama Aldana, que un día huele algo muy fuerte y no sabe qué es, y va en busca de la encargada del edificio, hasta que llaman a la policía y dan cuenta de que hay un cadáver en los departamentos.
Por el otro lado, el otro presente es el de Simón, que está narrado en primera persona, que es un hombre de cuarenta y largos, que viaja con su serpiente, que es su mascota.
Y por el otro, la novela va al pasado y narra a este personaje, que es ese cadáver que aparece cuando estaba viva, digamos, que es una chica que se llama Celeste, de veintipico de años.
Estas tres historias se entrelazan para contarnos qué le pasó a Celeste, por qué está muerta, y cuál es el vínculo que ella tenía con Simón, que es este hombre que tiene una mascota como serpiente y que viaja hacia Brasil de alguna manera escapando.
¿Y qué fue lo que te empujó a ponerte a escribir El año de la serpiente: algo leído, una experiencia, un recuerdo…?
Varias cosas. Yo había escrito mi primera novela de ficción, La reina del baile, que se publicó a fines del 23. Fue la novela finalista del Herralde, por eso entro un poco al catálogo de Anagrama. Y El año de la serpiente se publica por ahí.
Esta es mi segunda novela de ficción, en la que tenía un deseo de escribir una historia de ficción pura y dura, volver un poco a la tradición de la ficción. La reina del baile me parece que una historia, si bien de ficción, pero que toca temas muy personales míos y El año de la serpiente me parece que ya se aleja bastante.
Parte de algunos casos reales que yo investigué, de policiales, que es algo que me gusta mucho hacer, además también el noir, me interesa mucho, el true crime, suelo leer sobre eso, a veces para escribir, a veces para estar informada, pero es algo que sigo. Y hay un caso en Argentina, el año pasado, que dio cuenta de un hombre, una especie de incel, que asesinó a su exmujer y que lideraba una agrupación que abogaba por los derechos del hombre.
Y por el otro lado, otra historia que es de fines de los 80s, también en Argentina, en la que encuentran a dos chicas muy jóvenes muertas en una bañera. Y una de las tantas teorías que se arrojan sobre ese caso es que podría haber sido la mordida de una serpiente, que para ese momento era una locura la teoría, igualmente lo sigue siendo, y al final no era eso. Pero, algo de que esa teoría se hubiera arrojado, me pareció bastante estimulante para escribir también.
Perfecto… Hablemos de la trama: en capítulos con título: en tercera persona para Aldana y en primera persona para Simón. ¿Por qué lo has hecho así?
Me parecía que era la forma de estar más cerca de Simón, que es, podría decir, el protagonista y el asesino, entre comillas. Me parecía que lo más fiel, el registro más fiel que podía lograr, era en una primera persona.
Además yo suelo escribir bastante en primera. Soliloquios. Vengo de una formación más teatral, de formación de personaje también. En ese sentido, me sentía más cómoda escribiéndolo así.
Y Aldana y Gina, me parece que simbolizan un poco más lo universal. Como una opinión más de afuera. Son personajes que van descubriendo lo que pasa, no lo saben. Simón sí sabe todo el tiempo lo que está pasando. Es eso, como una necesidad de estar cerca y tomar un poco de distancia, por otro lado.
Camila, qué bien combinas estos capítulos. Pero el argumento del libro, ¿lo tenías definido así desde el principio o ha tenido variaciones mientras escribías?
No, no, nunca tengo nada definido desde el principio. Y tampoco trabajo con escaletas ni con post-it, así como un guionista clásico.
Tenía algunas intuiciones que tenían que ver con que había una serpiente, había una escena del crimen, había un género ahí sobrevolándolo, en relación al true crime, esto que te decía antes. Pero eran indicios muy vagos.
Y lo primero que hice fue empezar a hacer hablar a los personajes, tanto en primera persona como en tercera. Quiero decir que el primer acercamiento fiel tuvo que ver con eso, con empezar a entender quiénes son, cuáles son las contradicciones que tienen, por qué son como son o por qué no son de otra manera, a partir de esas preguntas más que nada.
Hablando de los personajes: Simón, cuarenta y dos años, solterón, la mascota, y por ahí tenemos a la madre viuda, al hermano mayor, Facundo… ¿Todo esto de dónde sale? ¿De tu propia imaginación o te fijas en una persona real y luego la vas desfigurando un poco?
A ver, supongo que las dos cosas, no lo tengo tan en claro.
No sé, me parece que la creación, por supuesto, siempre parte de algo visto, algo oído o algún relato familiar o algo como muy metido en la cabeza, como de forma, así, muy natural.
Y por el otro, creo que hay mucho de perseguir historias de ficción, de leer mucha ficción, de ver mucho cine y, quizás, eso de la necesidad de contar algunos aspectos de la sociedad y de los vínculos entre hombres y mujeres que, seguramente, fue lo que me movió también a escribir algo de la novela.
Después de hablar de Simón, no puedo dejar de preguntarte por Celeste: veinticinco años, desubicada…
¿Desubicada?
Sí, desubicada, ¿no?
Bueno, es una chica que viene un poco del interior, que no tiene familia, su familia murió, era hija única. Es heredera, heredera moderada, y puede vivir sin la urgencia de trabajar. Estudia arquitectura, que es algo que ella por ahí quizás tampoco la motiva demasiado, y tiene una vida bastante solitaria. Por eso por ahí cae en ciertos vínculos que no le convienen. Además de que tiene mucha diferencia de edad con Simón.
Creo que es un personaje muy reconocible en el día a día. Hay muchas mujeres, sobre todo de esa edad, que llegan de las afueras a estudiar a la ciudad y que no tienen mucha red construida. Y eso me parece que es el escenario perfecto para situaciones como estas.
Pues, hablando de mujeres, tenemos por el otro lado a las dos vecinas: a Gina, la portera, y a Aldana, que es una maniática.
Desubicada. Maniática. Muy buenos los adjetivos.
Ja, ja, gracias.
Ellas tienen un vínculo muy político, en el sentido de que no se conocen, es más protocolar.
Una es la dueña de un departamento, la otra es la portera.
Hola. Chau. Qué lindo día. Qué feo día.
Pero una situación así, como la que se despiertan esa mañana, me parece que las une de una manera bastante tácita y te diría que eterna. No sé si es que se hacen amigas. No sé si podría definir qué es ese vínculo. Pero yo creo que es un vínculo muy fuerte de complicidad, en relación a un hecho trágico.
En la relación entre ellas, sobresale las conversaciones que tienen. Y que, de hecho, son las que dan resolución a la trama… En tu novela, las conversaciones, no hay ni muchas ni pocas, pero cuando entran, hacen avanzar la historia, como en este caso.
Los diálogos, decís.
Sí.
A mí me gusta mucho escribir diálogos.
Yo creo que tiene que ver un poco con esto que te decía antes de la formación dramatúrgica.
Yo empiezo a escribir más teatro que narrativa, en realidad como formación más específica. Después sí, cuando era chica, escribía narrativa. Pero, quiero decir que, cuando me empiezo a formar como escritora, empiezo como dramaturga.
Entonces hay algo ahí que la construcción de los personajes pareciera ser que aparece en los diálogos, en cómo intercambian ideas y en lo que dicen, en los silencios. Y es algo que disfruto mucho hacer también.
Creo que eso, si hace avanzar a la acción, es porque está bien hecho el trabajo.
Tu libro está contado con un estilo claro, preciso, combinando lo que le ocurrió a Celeste con el presente de los demás personajes: con la parte de Simón o con la parte de las dos vecinas; para ir montando toda la historia.
Sí, son contemporáneas [las partes], porque pasan al unísono, pero en distintos escenarios. Y es como una especie de montaje de cómo anhelaría yo que se vea o que anhelo que se lea esa historia.
Todo está pasando en paralelo, excepto el pasado, obviamente. Y esa primera persona lo que logra es, esto que te decía antes, ese movimiento de acercarte y alejarte. Y aunque la cercanía con Aldana y Gina se logra, yo creo que Aldana y Gina son la voz del lector. Uno es cómplice de ellas porque uno va sabiendo conforme saben ellas.
No es algo que, en el proceso, lo fui calculando antes, que yo tenía pensado que lo iba a escribir así. Fue un poco surgiendo naturalmente. Te diría que, hacia el cuarto capítulo, entendí cómo se iba a hacer la arquitectura de la novela.
Al hilo de eso, yo quería preguntarte por el final-final de El año de la serpiente. ¿Es el previsto o lo variaste según escribías?
Yo creo que el final de la novela es más bien el del shopping, ¿no?, que están ellas dos.
Y lo otro, me gusta pensar que es una especie de coda, de bonus track, algo que podría estar en la novela o como no, porque no es algo que sume una información clave, sino que es, quizás, narrar un estado del personaje, un estado en el que entra el personaje y del que quizás no va a poder salir.
Esa fue un poco la intención. No tanto marear o confundir al lector.
¿Cuánto tardaste en escribir la novela?
Como un año y medio.
Fue un proceso bastante corto para lo que yo estoy habituada. Eso a mí me llamó la atención. Y que me hace pensar que, evidentemente, había algo ahí que yo ya venía elaborando hacía tiempo.
La verdad que bajó como con bastante premura, digamos.
Y ya por último, ¿junto a qué otros libros colocarías El año de la serpiente en una estantería?
Idealmente, me gustaría pensar que puede convivir con algún libro de Patricia Highsmith. Me gusta mucho ella. Y sobre todo cómo construye personajes. Y el humor que maneja también.
O sea, no hay solemnidad, casi no existe.
También me gustaría con algo de Ricardo Piglia, siempre pienso en Piglia y siempre lo vuelvo a leer, sobre todo los Diarios de Renzi que me hacen pensar en la escritura, en los procesos de escritura sobre todo.
Y quizás con algo de David Foster Wallace también, que es como una especie de cirujano de la humanidad, de los humanos, del comportamiento humano.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Jordi Cotrina
Camila Fabbri
Editorial Anagrama, 224 pp., 18,90 €
Sinopsis:
Todo comienza con un olor. Un olor profundo e insoportable a descomposición: una presencia con capas de sentido que se instala en los pasillos de un clásico edificio bonaerense de los sesenta. Aldana, una vecina cuya resistencia al desorden y a las bacterias la mantiene en un estado de alerta constante, es la primera en percibirlo y, junto a Gina, la portera del edificio, decide enfrentar el misterio que emana del departamento 5.º C. Ahí vive Celeste Blum, una joven estudiante de Arquitectura aparentemente solitaria que, sin embargo, tiene desde hace poco una relación con Simón, un hombre mayor que ella y obsesionado con los reptiles cuya devoción trastoca la intimidad de la pareja en un ecosistema que bascula entre el miedo y la fascinación.
Pero lo que empieza como un ataque olfativo pronto se transforma en una inquietud: ¿qué ocurre tras la puerta cerrada de esa joven que siempre pareció habitar una superficie de calma absoluta? En la atmósfera viciada del departamento, entre maquetas de espacios verdes y revistas de farándula, flota algo más que el rastro de una ausencia: una sospecha reptante, una presencia animal, exótica y letal que podría, tal vez, impregnar más allá. Camila Fabbri construye en El año de la serpiente una novela de horror doméstico y tensión psicológica sobre los peligros ambientales de las relaciones humanas: esas amenazas invisibles que se gestan en los vínculos afectivos, en la soledad urbana y en el voyerismo de unos vecinos que observan la tragedia ajena como si fuera un programa de telerrealidad.
Tras el éxito de La reina del baile, Fabbri se afirma en esta obra como una de las voces más magnéticas y perturbadoras de la narrativa argentina. El año de la serpiente es una exploración sobre la herencia de los traumas, la psicopatía, las existencias anodinas, las formas de violencia que atraviesan la experiencia de las mujeres e, incluso, el movimiento incel. Como en las mejores pesadillas, aquí lo que hiere es la certidumbre de que, en cualquier momento, lo salvaje decidirá, finalmente, reclamar su lugar.


