«…Munch aspiraba a pintar las emociones. No a un hombre o a una mujer bajo su influjo, sino las propias emociones. Quería pintar la angustia, los celos, el gozo… Aquello que, en definitiva, parecía prohibido para los pintores por tratarse de conceptos que únicamente podían describir los filósofos. Schopenhauer había escrito en uno de sus libros que jamás se podría pintar el grito.
Una tarde, paseando por el camino que dibujaba el fiordo en el que se encontraba, Munch oyó un grito. No supo si provenía del exterior o de su interior. Imaginó una máscara que gritaba mientras se tapaba las orejas para no oír el chillido. Así fue como ilustró aquello que a Schopenhauer le parece imposible. Había pintado El grito…»
Estas frases pertenecen a Pinacoteca soñada, de Rafael Argullol, libro publicado por Acantilado y que desde el 21 de octubre está en todas las librerías.
La presente obra reúne una serie de columnas sobre arte y estética que Argullol publicó a lo largo de tres años en la prensa para ofrecer a los lectores un museo imaginario. Aunque el orden de las obras reunidas quedó establecido por el azar con que acudían, semana tras semana, a la memoria del escritor, el resultado es un revelador atlas visual de Occidente. De la pureza primitiva de Giotto o Fra Angelico y las cumbres de Da Vinci, Durero y Miguel Ángel al estallido moderno de Goya, Van Gogh, Picasso, Magritte y Francis Bacon— sin olvidar los dramáticos claroscuros de Caravaggio, Rembrandt y Velázquez—, esta obra supone una lección magistral sobre el poder de la mirada, el misterio de la belleza y la capacidad de la pintura para representar las cumbres y los abismos de la condición humana.
Recordemos que Rafael Argullol ha publicado cuarenta libros, entre los que se cuentan novelas, ensayos y poemarios. Además, ha intervenido en diversos proyectos teatrales y cinematográficos. Como profesor, ha enseñado en universidades europeas y estadounidenses. Colaborador habitual en diarios y revistas, con frecuencia ha vinculado su faceta de viajero y su estética literaria. Ha sido galardonado con el Premio Nadal en 1993 por La razón del mal, el Premio de Ensayo Casa de América en 2002 por Una educación sensorial, los premios Cálamo y Ciutat de Barcelona en 2010 por Visión desde el fondo del mar y el Observatorio Achtall de Ensayo en 2015. Acantilado ha emprendido la publicación de toda su obra, y editado en su homenaje el liber amicorum Rafael Argullol: caminar, pensar, escribir (2025).
Por Pinacoteca soñada, su último y espectacular libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Rafael Argullol, para que nos hable de él a los lectores de Qué Leer.
Rafael, todas estas columnas, estas 168 columnas, ¿cuál fue el resorte para publicarlas en Pinacoteca Soñada: alguna sugerencia, cierta nostalgia por recopilar estas obras de arte…?
La genealogía del libro es la siguiente. Yo tenía la idea de hacer una suerte de museo imaginario a través de las pinturas que me habían emocionado, conmocionado más, a lo largo de mi vida.
Tenía esta idea, incluso un poco la metodología también la tenía, que era no hacer nada cronológicamente, sino a medida que iban apareciendo en mi cabeza las pinturas, y escribir un texto para mí mismo semanalmente, con el objetivo final de elaborar un libro.
Entonces me encontré al que era el director del diario Ara, que se llamaba Carles Capdevila, que murió prematuramente, y le expliqué en qué estaba y le expliqué esto.
Me dijo: “Oye, ¿y por qué no nos lo entregas?”. Y le dije: “Para un diario, yo no creo que…”. Pero él insistió y, bueno, le fui entregando semana a semana. Pero fue como una especie de repercusión exterior, yo estaba haciendo para mí mismo el libro y le iba entregando las imágenes que saldrían en el libro.
El orden fue, en efecto, un orden totalmente espontáneo, que procuré que hubiera un buen diálogo entre antiguos y modernos. Y fui avanzando, con alguna condición.
Por ejemplo, que yo hubiera visto en directo la obra, cosa que se ha cumplido en un noventa y nueve por ciento. [También] Que fueran ya artistas muertos, aunque fueran contemporáneos, cosa que me equivoqué en un caso, que fue el de Anselm Kiefer, que afortunadamente continúa vivo.
Pero las obras fueron saliendo a través, ya te digo, de esta espontaneidad y buscando crear esa pinacoteca imaginaria, esa pinacoteca soñada.
O sea, mi idea desde el inicio era un libro.
Empiezas por todo lo alto, con la primera columna dedicada a la imponente La balsa de la “Medusa”, de Géricault, en donde dices que estabas equivocado: antes sólo veías la desesperación de la escena, en cambio ahora ves miedo y esperanza en los náufragos… La de segundas o terceras miradas que ofrece siempre una obra de arte, ¿verdad?
Una de las ideas de fondo del libro -es un libro, insisto, fundamentalmente literario, aunque me vaya apoyando en las imágenes-, una de las ideas de fondo es que tú no contemplas una pintura, tú tienes un encuentro con una pintura.
Por eso las condiciones en la que vemos una pintura son tan importantes, porque tiene que haber unas condiciones que faciliten ese encuentro. Y al ser un encuentro, una pintura es siempre algo inacabado, es algo dinámico que se va moviendo, que se va rehaciendo, a medida que tú vuelves a ella.
Para ser más radical, una pintura es como un espejo, en el que te miras a ti mismo y miras al mundo que te rodea. Pero ese espejo te va dando distintas imágenes a medida que tú vas cambiando, que te vuelves a mirar al cabo de los años, las circunstancias en las que estás, el estado de ánimo. Todo eso depende mucho.
En el ejemplo que has puesto tú, como lo que realmente es muy impactante de La balsa de la “Medusa” es el conjunto y el protagonismo de las figuras en primer plano, yo había visto reproducciones, pero no había visto la pintura en directo.
Cuando pude ver la pintura en directo y pasar rato con la pintura, es cuando me fijé que la esperanza también estaba presente en la pintura. No era la pura desesperación de un naufragio, sino también la alerta sobre el posible auxilio que había muy en el fondo, casi imperceptible, en la pintura.
Finalizas Pinacoteca soñada en la columna 168, con San Juan Bautista en el desierto, de Veneziano, en donde dices: “…nos proponemos cambiar, aunque no siempre sepamos en qué dirección…”. Al hilo de esto: ¿hoy, sabemos en qué dirección cambiar? Lo digo por los muchos y tan excesivos cambios que…
Cambiamos continuamente, esto es evidente. Es algo que la ciencia ha santificado en la época moderna. Pero no olvidemos que ya lo había dicho de manera maravillosa, filosóficamente y poéticamente, Heráclito, en el sentido de que éramos un cambio continuo y que no podíamos bañarnos en el mismo río nunca.
El cambio es evidente. El problema es cuando el cambio es voluntario o no lo es.
Quizá a lo que aludes tú es que, en estos momentos, estamos sometidos a una especie de bombardeo incesante para cambios que, en una proporción enorme, no son actos de elección, no son actos de libertad, sino que son actos tiránicos que nos rodean y nos vampirizan en cierto modo. Pero el cambio forma parte de nuestra propia esencia. Y nuestra relación con el arte, de alguna manera, encarna todavía más ese cambio continuo.
El cuadro, que creo que poca gente conoce de Veneziano, de Domenico Veneziano, para mí uno de los grandes pintores del primer Renacimiento, alude a cambio, a cambio de piel. Y por eso, si recuerdo bien, en el texto cito a Rilke, aquel poema tan maravilloso de Rilke que acaba diciendo: tú tienes que cambiar tu vida; es decir, libremente; no porque te cambien, tú tienes que cambiar tu vida.
Te he preguntado antes por el resorte, la chispa para escribir este libro. ¿Y cuál tú crees que fue la chispa para escribir cada columna en su momento? O te lo pregunto de otra manera: ¿qué característica, o propiedad, tiene que tener una obra que te interese?
Dependía de la semana, y dependía del momento, porque, como te habrás fijado, en algunos casos la relación texto-imagen es muy estrecha y, en otros casos, es muy laxa.
En muchos casos es la relación que pasa por un camino muy sinuoso, una curvatura muy amplia. Variaba.
Yo diría que son estados de ánimo. Que no solo es que actuara, digamos, mi memoria visual, porque las imágenes iban apareciendo en mi mente, sino que en mi estado de ánimo, mi visión de cada momento, filtraba esa memoria visual.
Evidentemente, todos tenemos una memoria visual, pero esta memoria visual no está jerarquizada de manera definitiva. Yo diría que es como una danza. Va resurgiendo a medida que se hace necesaria para ti.
Muchas de las imágenes las elegí a partir de ese baile. ¿Y ese baile por qué se producía? Pues, por mi estado de ánimo, por unas circunstancias, quizá por cómo estaba el mundo, quizá por cómo estaba yo. Iba variando.
Qué bien. Y también dices, respecto a La escuela de Atenas, de Rafael: “…cuando se contempla la pintura con detenimiento, uno tiene la impresión de que en esa escena el mundo se preparaba para ser mejor…”. Pregunta: ¿en dónde estamos?, ¿seguimos preparándonos para ser mejores?
Ahora sería difícil encontrar a un pintor que hiciera una pintura de la cual pudiéramos decir esto.
También debo decir que, siendo muy amante del Renacimiento, yo viví en Italia bastantes años, no he encontrado en toda la historia de la cultura, en toda la historia humana, un periodo más optimista que el Quattrocento.
La escuela de Atenas, de Rafael, lo digo en el texto, es como una especie de manifiesto visual del humanismo, como lo había sido la Oración sobre la dignidad del hombre, de Pico della Mirandola, y en ambos casos se ve algo que, para nuestra época, es casi incomprensible, y es una especie de auto reconocimiento de grandeza. O reconocimiento de auto grandeza, como quieras decirlo. Algo que es muy poco habitual porque, en general, el hombre ha vivido la época que le ha correspondido de una manera tensa y de una manera contradictoria y de una manera disgustada.
En cambio, el Quattrocento, que fue una explosión increíble de talento y de creatividad, vivía esa grandeza.
Yo siempre recuerdo que la crónica de unos cronistas de Florencia explicaba que había entre tres mil y cuatro mil personas cada día viendo cómo progresaba la cúpula de Santa María del Fiore, de Brunelleschi.
Imagínate, una cúpula. Era romper por completo con el estilo habitual del momento. Estamos hablando de principios del siglo XV. Y había una expectación extraordinaria en la ciudad.
Esto te da un poco una muestra de un periodo distinto, porque Rafael…, mira, hace poco estuve en Siena y tuve la suerte de ver el suelo de la catedral de Siena, que normalmente tienen tapado, porque todo el suelo es como un suelo escultórico, y estaba descubierto porque esos días había sido el famoso Palio de Siena, lo de los caballos, el suelo era una síntesis de lo que podríamos llamar la concepción del mundo cristiana y la concepción del mundo pagana extraordinaria. Eran diez sibilas presididas por Sócrates y Hermes Trismegisto.
Esto no lo ves casi nunca porque está tapado, porque si no ya el suelo estaría echado a perder. Pero te daba un poco una idea de lo que fue el humanismo en el Quattrocento, que fue no una cosa contra la otra, sino la síntesis de nuestras dos grandes tradiciones.
Aunque la espontaneidad en la selección ha marcado estas columnas, según avanzabas semanalmente y tenías visión de conjunto, ¿eso no te hizo seleccionar diferente, que alguna obra se quedara fuera o incluir alguna en la que no pensases antes?
Sí, yo era consciente, porque no pretendía hacer un canon. No, no, no, ningún lector debe leer el libro creyendo que es un canon.
No es un canon, es algo caprichosamente personal.
Lo que ocurre es que intento, siendo personal, que sea algo, digamos, de un valor objetivo o de un valor compartible, eso sí.
Más que nada, una preocupación que tenía, y creo que ha salido bastante bien, era que hubiera un buen diálogo de antiguos y modernos. Y me ha parecido acertado no reordenarlo cronológicamente, sino dejarlo tal como salió, porque en el libro se ve ese diálogo. Y ese diálogo nos muestra muchas cosas. En primer lugar, nos muestra que el arte es siempre actual, siempre es presente, aunque sea arte del pasado, solo es válido si tiene esta fuerza interrogativa actual.
Y creo que las obras, por ejemplo, del Quattrocento o del Cinquecento, dialogan bien con las de finales del XIX y del XX.
Son distintas. Pero, ¿por qué dialogan bien?
Porque el arte no da respuestas, el arte ofrece interrogantes. Y esos interrogantes siempre van a lo esencial de la condición humana.
Luego, evidentemente, las modas, los estilos, las formas, los contextos son distintos. Pero lo esencial está en Lascaux, en Altamira y en Rothko.
Artistas antiguos, artistas modernos, pero todos fallecidos, menos uno. ¿Por qué excluir a los vivos en esta Pinacoteca soñada?
Bueno, porque esto es muy personal mío. Y lo que voy a decir igual molesta a alguna gente.
Yo no creo que hubiera que hacer museos de arte contemporáneo.
No creo que los vivos tengan que estar en el museo. Los vivos tienen que estar trabajando. No creo que los vivos, aunque sean viejos, tengan que hacer fundaciones. Tienen que estar trabajando, si tienen algo que decir. Y, si no, pescando, o lo que sea… No me gusta la fosilización de lo vivo.
Y claro, si yo soy contrario a los museos de arte contemporáneo, en mi propio museo imaginario, no es que no valore a los contemporáneos, pero no los fosilizaba, no los momificaba todavía.
Ese ha sido el criterio, pero he puesto algunos muy recientes: Lucian Freud, Bacon, y hasta uno que estaba vivo, que era el pobre Kiefer.
Y terminamos hablando del estilo, ese estilo claro, preciso, tan reconocible tuyo, lleno de entusiasmo por lo que cuentas… Tu libro se lee fácil, cada columna se lee fácil, para que se piense y uno no se quede meramente en la superficie de la columna…
Yo soy muy adicto, pero porque me sale así, a aquel principio clásico de que lo profundo tiene que ser claro. Profundidad y claridad.
Nunca he soportado, por supuesto, lo superficial, lo frívolo, no. Pero tampoco he soportado el estilo académico pretencioso, el estilo como amanerado, no puedo con él, no puedo con él…
Soy una persona que siempre he estado, creo yo, muy interesado en lo profundo de la condición humana. Y en lo trágico y en lo heroico de la condición humana. Pero esto he procurado siempre expresarlo, no diría con facilidad, porque esta no es la palabra, pero sí con nitidez, con claridad, sin pretenciosidad verbal y lingüística, sin retórica superflua, no me gusta.
Carlos Castrosín
Rafael Argullol
Editorial Acantilado, 360 pp., 30 €
Sinopsis:
El presente libro reúne una serie de columnas sobre arte y estética que Rafael Argullol publicó a lo largo de tres años en la prensa para ofrecer a los lectores un museo imaginario. Aunque el orden de las obras reunidas quedó establecido por el azar con que acudían, semana tras semana, a la memoria del escritor, el resultado es un revelador atlas visual de Occidente. De la pureza primitiva de Giotto o Fra Angelico y las cumbres de Da Vinci, Durero y Miguel Ángel al estallido moderno de Goya, Van Gogh, Picasso, Magritte y Francis Bacon— sin olvidar los dramáticos claroscuros de Caravaggio, Rembrandt y Velázquez—, esta obra supone una lección magistral sobre el poder de la mirada, el misterio de la belleza y la capacidad de la pintura para representar las cumbres y los abismos de la condición humana.


