El escritor venezolano Edgar Borges ha ideado una ficción para hacer un libro de no ficción, para hablar de la piel frente a la pantalla. Filósofas, poetas, cantantes, psicólogos y personas de otras tantas disciplinas responden a preguntas sobre este doble mundo en el que vivimos, lo humano y lo virtual. Corine Pelluchon (Filósofa. Francia), Rosa Montero (Escritora y periodista. España), Chantal Maillard (Filósofa y poeta. Bélgica), Ah Yi (Escritor. China), Lisz Hirn (Filósofa. Austria), Chioniso Tsikisayi (Poeta, cantante y cineasta. Zimbabue), Adrián Ramírez (Experto en tecnopolítica. Argentina), Ernesto Castro (Filósofo. España), Coque Malla (Cantautor. España), Jesús Molero (Psicólogo. España), Joumana Haddad (Escritora y periodista. Líbano), Irene Domínguez (Poeta. España), Laura Giordani (Poeta. Argentina) y Joaquín Araújo (Naturalista y escritor. España), son algunos de los nombres que participan en esta obra híbrida que avanza como una investigación novelada. Qué Leer presenta, en exclusiva, el inicio de “La trampa. Lo humano ante el absolutismo virtual” (RIL Editores, 2026), un libro dividido en Movimientos.
Movimiento 1
La cárcel invisible
Una tarde me pregunté qué pasaría si de un momento a otro, después de décadas de intentos, dejáramos de formar parte de la naturaleza. ¿Qué cosa seríamos? ¿Acaso un algo carente del soplo que nos vincula con el universo?
Mi nombre es Antonio, Antonio Vallejo; aunque desde niño mi madre me llamaba Antoñete y así me quedé. Estudié sociología, admito que nunca destaqué, ni siquiera he podido vivir de la carrera. Vivo usurpando oficios, unas veces de pintor de paredes, otras de obrero de la construcción o casi siempre como repartidor de algo, aunque para ello dependa en exclusividad de mis piernas. Me gusta la sociología, más allá de mis limitaciones, el estudio de las relaciones sociales es para mí una necesidad. También me gusta mucho la fotografía, pero la de verdad, la que se toma con cámara analógica. La que aguarda el momento, el paisaje, la mirada. Todavía funciona mi primera cámara; la utilizo para dejar testimonio de aquello que primero vio mi mirada. Mi cámara no suplanta mi perspectiva, solo ayuda a mi memoria. Mis conocidos dicen que soy un paranoico del mundo virtual. Mundo le llaman ellos, yo le digo dictadura, dictadura virtual. Si no utilizas sus códigos, difícilmente tendrás acceso a la vida exterior. Y si los usas más que a tu propia respiración, quedarás atrapado, quizá sin darte cuenta. No habrá avenida que te salve ni callejón que te proteja de la alienación cognitiva.
¡Estás mal de la cabeza!
Cada vez que me acusan de haber perdido la razón, doy una definición contundente de internet, y hasta ahora ninguno del grupo ha logrado contradecirme. Los cinco o siete de siempre se quedan callados, viéndose las caras con extrañeza.
Internet: La forma más inteligente que inventó el sistema para alquilarnos licencias de todo lo existente.
Suena alguna bocina lejana, pocos coches, poca gente, poca vida. Me gusta andar en la calle, reconozco que camino mucho, cada vez me gusta caminar más. Es parte de mi rebeldía ante la creciente eliminación de la vida presencial. Camino a distintas velocidades, aunque cada vez me gusta más ir lento, lo más lento que pueda. Llevo un móvil, sí, pero lo uso según el fino cálculo de mis conveniencias.
Me pareció ver una protesta.
¿Por Palestina?
No.
¿Por el Congo?
No.
Eran personas que protestaban por el cambio climático, tenían carteles con consignas muy claras.
¿Y qué decían esos carteles?
Espera, no hay carteles, no hay protesta, no hay nadie. Solo yo y algún transeúnte ocasional.
Estás mal, Antonio.
Olvídalo. Sigo mi camino. En realidad, cada vez hay menos gente en la calle, también menos árboles. Pienso en algo que me haga olvidar la situación; por ejemplo, en casa dejé a mi gata Lorca, o mejor debería decir que ella dejó salir a su humano a la calle. Cada vez que la veo con detenimiento, comprendo que Lorca es un ser libre. La gata observa un misterio invisible para el entendimiento humano. Nada ni nadie ha podido disciplinarla.
A Lorca la veo en mi memoria tumbada en mi pila de libros, preferiblemente sobre la edición de tapa dura de Don Quijote de la Mancha.
La sociología siempre ha sido mi pasión, pero es una profesión que agoniza, como muchas otras. Pintar paredes o levantar edificios, de algún modo, me sirven para no olvidar la sociología. Solo ejerciendo estos oficios pude comprobar que las construcciones sociales tienen la misma arquitectura de una cárcel.
Barrotes o rejas. Prisión o piso de 30 metros cuadrados, qué más dan los nombres, la diferencia entre una y otra situación es la mentira con la que nos educan.
¿Dígame?
Llamada en espera.
Necesito hablar con una persona.
¡Hola! Su banco nos ha devuelto la última factura, por lo que ahora tiene una deuda de 240 euros.
¡Que necesito que me atienda un ser vivo!
Pague ahora con tarjeta para evitar la suspensión de sus servicios.
Reconozco que estoy obsesionado con la imagen de una cárcel. Antes aclaro, nunca he estado dentro de una, jamás me han llevado preso ni siquiera por error. Creo que la policía me considera un tonto inútil. Tampoco he visitado a ningún prisionero, ninguno de mis conocidos ha sido detenido por las leyes del orden, por lo menos yo no me he enterado. Es posible que el filósofo francés Michel Foucault tenga la culpa de mi idea de ver una prisión en toda edificación. En su libro Vigilar y castigar escribe algo así como que “las prisiones no son un fracaso del sistema, sino una red carcelaria que disciplina a la sociedad”. Y dice que “las prisiones se asemejan a fábricas, escuelas, cuarteles, hospitales, que todas esas construcciones se asemejan a prisiones”.
Fotografía de una celda vacía.
Fotografía de una mirada.
¿Me preguntas quién es Michel Foucault?
Ya está muerto, pero averigua tú quién fue, ya estoy bastante fastidiado de tener que estar explicando lo importante. También estoy muy harto de tener que hacerme pasar por tonto para que no me crucifique la estupidez general. Lo cierto del caso, y volviendo a Foucault, es que la estructura virtual también se parece a una cárcel. Foucault no la pudo incluir en su lista, pues para entonces no existía internet. Pero nadie me quita de la cabeza que el objetivo de lo virtual esconde quizá la más temible de todas las cárceles que se conozcan hasta ahora. La cárcel de la mente, el aislamiento ante los otros y ante ti mismo; la condena del pensamiento. La derrota cognitiva del ser humano, si no hacemos algo a tiempo, podría representar la última gran derrota de la humanidad. Por algo, los capos de las grandes corporaciones tecnológicas pretenden eliminarnos a los adultos, nos necesitan muertos o anulados, mientras ellos conquistan el cerebro de las generaciones más jóvenes. Lo tienen todo preparado para la gran dictadura virtual. El profundo daño cognitivo sería la estrategia culminante para que el ser humano no pueda resistirse a su propia condena. Nos necesitan zombis, datos, instrumentos de su macabra ambición.
Redes, búsquedas, citas. TikTok. La descolocación espacio temporal.
Nos dieron el anzuelo.
Algoritmo, velocidad, inteligencia artificial.
La deshumanización bajo nuestro consentimiento.
Las dictaduras clásicas, las locales y las expandidas, fueron solo globos de ensayo. La democracia el entramado legal de la gran dictadura que estaban diseñando. Lo que no se nombra no existe, pero lo que se nombra demasiado se vuelve peso. Se convierte en la gran carga del condenado. La saturación de acontecimientos nos tritura la atención.
*Bill Gates pronosticó que “gracias a la inteligencia artificial, dentro de diez años el mercado laboral podría ser muy diferente; no habrá desaparecido, pero será muy distinto”.
*Sobre los robots, el profeta Gates dijo que “aún no están listos para realizar la mayor parte del trabajo humano manual”, pero estima que el panorama será distinto en el próximo quinquenio.
* Elon Musk, el otro gran profeta de la era de la estupidez, predijo en la conferencia Future Investment Initiative en Riad, en octubre de 2024, que para 2040 probablemente habrá más robots humanoides que humanos en la Tierra: al menos 10 mil millones.
* Musk vaticina que, en un futuro muy cercano, los humanos tendrán chips implantados directamente en sus cerebros, creando una interfaz cerebro-máquina capaz de otorgar a las personas superpoderes cibernéticos.
* Musk dice que la tecnología podría restaurar la visión, permitir que las personas paralizadas caminen de nuevo e incluso ayudar a los mudos a hablar. Describió el avance inminente como «tecnología de nivel Jesús».
«Estas son cosas de nivel Jesús», aseguró.
Sigo caminando móvil en mano, pero con la mirada atenta a la vida. Cambio el nombre en el buscador.
Bill Gates por Louis-Ferdinand Céline.
“Para que el cerebro de un idiota se ponga en movimiento, tienen que ocurrir muchas cosas y muy crueles”.
Elon Musk por Hannah Arendt.
“El mal no necesita monstruos, solo personas que dejen de pensar”.
Mientras el tecnológico asegura que “la debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”, la filósofa advierte que “la muerte de la empatía humana es una de las primeras y más reveladoras señales de una cultura a punto de caer en la barbarie”.
Ante los pronosticadores intencionados, contrapongo a los pensadores, filósofos, escritores, rupturitas. ¿Quién dice Gates o Musk cuando puede decir Céline o Arendt?
¿Y qué pretendes, Antoñete; acaso que volvamos a la edad de piedra?
A la edad de piedra nos quieren regresar los tecno feudalistas, los colonizadores del cerebro humano. Nos necesitan primitivos, no pensantes. Dóciles ante las circunstancias. Datos que puedan dirigir según sus intereses. El objetivo es la eliminación radical de la razón humana. Para ello nos pusieron a correr a velocidad de implosión.
¡Boom!
Cerebros que estallan, individuos que sobreviven sin pensamiento. Cuerpos sin alma doblegados a las circunstancias que determinan otros.
¿El apocalipsis, Antoñete?
El apocalipsis no llega solo con la bomba atómica o con un genocidio. Hay apocalipsis internos, discretos, privados, silenciosos. Implosivos. Destrucciones que se ocasionan con la sonrisa metálica de la víctima. Sufrimientos autorizados una vez que se elimina la conciencia. Imágenes que nos anuncian la muerte de la empatía; el final de la voluntad. Como el repartidor de Glovo que vi sentado en un banco; el chico parecía que descansaba de la pesada carga que dejó a un lado. Unos minúsculos auriculares ocupaban sus oídos, mientras que su mirada la mantenía fija en la pantalla de su móvil. A puro tacto tecleaba sin pausa, sin mirar a los lados; de su aparato surgía un sonido similar al de unas maquinitas cibernéticas, era un ruido tan ensordecedor que vibraba más allá de sus cascos. Aquel ruido ya había acabado con él, ahora iba por el mundo. O la chica que a media mañana vi descansando en la puerta de mi edificio. Era barrendera, también usaba auriculares y nunca escuchó mi solicitud de permiso ni se dio cuenta de que le pasé a un lado, con toda la incomodidad del poco espacio que ambos teníamos. El apocalipsis tiene múltiples imágenes, como también las tiene el paraíso. Para el escritor Peter Handke “Tocar la nuca calentita de un bebé, eso no tiene receta, es un paraíso no programado por nadie”. Yo vi el paraíso una tarde de mayo, en una terraza; en una mesa una niña de no más de diez años cantaba “Let It Be” con tal fuerza e introspección que despertaba la admiración de sus padres, de los transeúntes y seguramente del mismísimo Paul McCartney, si la hubiera visto.
¡Nostálgico!
No, yo no estoy pensando en un tiempo en específico. Estoy pensando en todos los tiempos posibles para la humanidad. Puedes llamarme paranoico, nostálgico o boomer (una de las ridículas clasificaciones que el sistema te inventa y tú las asumes, sin más). Lo que te puedo decir es que voy a emprender mi pequeña batalla, mi odisea particular. No sé si lograré algo, tampoco sé si le interesará a alguien, pero lo intentaré. Por fin seré sociólogo, cumpliré mi sueño y haré una investigación que valdrá más que todos los trabajos que nunca me dieron. Haré una investigación sobre la gran trampa que nos han montado a los seres humanos.


