«—Puede que esto lo alivie —dijo el desconocido, que se había acercado a la mesa del grupo y estaba poniéndole una mano en el hombro a Mark—. Solo respire hondo y cuente hasta cinco.
Llevaban viéndolo al menos tres días, sentado a una mesa que se hallaba frente a ellos, en una esquina de la terraza del restaurante, junto a la piscina del hotel. Siempre retraído, en ocasiones dispuesto a cruzar palabras amables con el camarero alto y canoso, por lo demás un hombre muy callado y reservado.
A pesar de sentarse siempre a solas, nunca llevaba nada para leer, tan solo una Moleskine verde, que dejaba abierta bocabajo, como una tienda de campaña en miniatura; una estilográfica negra, menuda y sin alfiler; y unas gafas, que lanzaba sobre la mesa sin importarle en absoluto cómo aterrizaran en el mantel, como aún negando que las necesitaba. Recién entrado en la sesentena, era elegante, esbelto, e irradiaba siempre buen ánimo en su chaqueta cruzada de sirsaca azul marino, camisa de lino y corbata gris plata, todo ello sin una arruga y rematado por un pañuelo de bolsillo de colores vivos…»
Estas frases son de “El caballero del Perú”, una de las cuatro novelas cortas que se incluyen en Idilio, de André Aciman, libro publicado por Alfaguara y que desde el 10 de septiembre está en todas las librerías.
En estas cuatro historias, André Aciman explora las incertidumbres, los deseos y los equívocos del amor. Sutil, melancólico y profundamente conmovedor, Idilio ilumina ese espacio incierto donde conviven el amor, el recuerdo y la esperanza. Una celebración de los encuentros que nos transforman y de las emociones que persisten mucho después de que todo haya terminado.
Recordemos que André Aciman nació en 1951 en Alejandría, en el seno de una familia judía sefardí de origen turco. Formado en la Universidad de Harvard, ha sido profesor de Literatura Comparada y de Escritura Creativa en el Bard College y en las universidades de Princeton y de Nueva York. Es muy conocido como ensayista y estudioso de la obra de Marcel Proust. En 1996 vio la luz Lejos de Egipto, un libro de memorias sobre su infancia y adolescencia que mereció el prestigioso Whiting Award. Posteriormente publicó la recopilación de ensayos False Papers: Essays on Exile and Memory y la novela Ocho noches blancas, y participó como coautor y editor en las obras Letters of Transit y The Proust Project. Alfaguara ha publicado Variaciones Enigma (2019), Homo irrealis (2023), la exitosa Llámame por tu nombre (2008) —su primera novela, llevada al cine con gran éxito por Luca Guadagnino y que obtuvo el Lambda Literary Award y la distinción como mejor libro del año de Publishers Weekly y The Washington Post—; su esperada secuela, Encuéntrame (2020), y Mi año romano (2025).
Idilio es su último libro. Por él, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a André Aciman, para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
André, por favor, haznos un breve resumen de tu libro.
Es una historia de cuatro amores distintos.
Uno es un amor a través del tiempo. Otro de dos personas que se encuentran fortuitamente en una sala de jurado y no saben qué es lo que va a pasar. La tercera historia es sobre una mujer que básicamente es abandonada. Y finalmente la última, siempre me olvido del título en español…
“Polizones” [añade Aitana Mendioroz, nuestra estupenda intérprete].
“Polizones” es sobre un hombre que comete suicidio porque está enamorado de otro hombre y no sabe cómo hablar de ese amor.
¿Y cuál ha sido la chispa para que te pongas a escribir estas historias: algo que has leído, una experiencia, un recuerdo…?
Realmente todas salen de dentro de mí.
La que sucede a lo largo del tiempo por supuesto que es inventada, pero al mismo tiempo hay momentos, en todas estas historias hay momentos, que son reales para mí.
En el hombre de la primera historia, “El señor del Perú”, es un señor que está enamorado, ha estado enamorado toda su vida y es algo que nos puede pasar a todos.
Lo mismo sucede con la última historia, con…
“Polizones” [vuelve a añadir Aitana Mendioroz].
“Polizones” [y André Aciman; camisa azul, barba corta, delgado; le sonríe por el apunte y sigue explicando meticulosamente:], la última, en “Polizones” está enamorado de un hombre, pero antes también estuvo enamorado de una mujer en el pasado.
Todas tratan sobre el amor. En la tercera [“Mariana”]. O en “Habitación frente al mar”, que es esencialmente sobre dos personas que no deberían haber estado enamoradas y aún así descubren que hay algo mágico que les está sucediendo y quieren explorarlo y no quieren, y finalmente rechazan esa exploración.
En estas historias, hay tres: “El caballero del Perú”, “Habitación frente al mar” y “Polizones”, que parecen formar un conjunto. ¿Por qué has decidido contar las tres en tercera persona?
Porque es más fácil. Es mucho más fácil escribir en tercera persona. Es más difícil escribir en primera persona. Porque la tercera persona siempre se puede equivocar, decir algo incorrecto, cometer errores. Y me encantan los errores de las personas.
Es verdad que yo siempre escribo en primera persona, nunca en tercera. Pero cuando hice estas historias, me tentó el poder escribir de una manera un poco más ligera.
No quiere decir que no me tomase mi tiempo con ellas. Pero para mí era obvio, era evidente que escribir en tercera persona era mucho más fácil.
Los personajes de estas tres historias están en la edad madura; burgueses, bien situados económicamente; aparecen hoteles, restaurantes, cafeterías de lujo; incluso un barco de crucero. ¿Has elegido ese tipo de personajes porque van un poco con tu ciclo vital?
Lo mismo que cuando escribo sobre personas que son muy jóvenes -porque también escribo sobre personas jóvenes, me encanta escribir sobre jóvenes-, me gusta escribir sobre gente mayor siempre y cuando les mueva algo hacia los demás, que busquen a los demás. No es que vayan a recibir respuestas por parte de los demás, pero quieren, buscan encontrar algo sobre ellos mismos a través de los otros.
Por otro lado, nunca he simulado, ni fingido, amar la pobreza. Escribí un libro sobre la pobreza y es mi propia vida [Mi año romano]. Y no me gusta esta parte de ella.
Me gusta escribir sobre personas que, bueno, son fáciles, que tengan vidas fáciles y encuentro que Éric Rohmer, que es mi director favorito, se siente igual; no le gusta tener a personas que estén preocupadas por el dinero. O sea, no es para mí. Yo quiero que no tengan preocupaciones. Así me puedo centrar en sus mentes.
«…Tenemos suerte. Pues sí, tenemos suerte, mucha suerte…», esto se dice en “Polizones”. André, los protagonistas de estos tres cuentos, al final, son conscientes, reconocen el privilegio que tienen de vivir y de haber vivido la vida que tienen.
Sí, lo son, lo están. Y yo también. Me gusta eso, de hecho.
No me centro en la pobreza, ya he escrito sobre esa parte. No me centro en buscar la supervivencia. No estoy interesado en eso porque solamente me interesan sus mentes y sus cabezas en las relaciones.
No quiero que estén preocupados sobre otras cosas y estén distraídos por necesidades de la vida cotidiana. Ya las conozco demasiado bien.
La otra historia, “Mariana”, es diferente a las otras tres: contada en primera persona como una carta, es mucho más desgarrada y trágica que las otras. Parece casi la más importante del libro.
Muchas personas han dicho eso. Mucha gente ha dicho que la historia les conmovió más que las otras. Y tal vez eso sea cierto. Pero para mí, a ver, no debería decir esto, no, no debería decir esto, pero es como que me escribía a mí mismo, y se escribió sola. O sea, no necesité tiempo para escribirla, porque sabía exactamente lo que ella estaba atravesando. Y sé cómo es el amor obsesivo, es totalmente distinto.
Ninguna de las otras historias es un amor obsesivo. En el caso de ella sí. Al mismo tiempo se rinde, aunque no quiere tirar la toalla, y lo acepta. Lo que le va a afectar porque la va a cambiar, porque ha estado con una persona que ha estado mintiendo todo el rato. Y no tiene experiencia con las mentiras, en el mundo del que ella viene todo el mundo dice la verdad, y él no dice la verdad, y no entiende la verdad.
En este caso, es trágico, pero al mismo tiempo nadie se muere.
Quitando “Mariana”, las otras tres historias tienen muchos diálogos, hacen avanzar la trama.
Me encanta el diálogo, me gusta. Creo que es la manera en la cual las personas descubren quién es la otra persona. Y también que sea la otra persona quien vaya a reflejar algo de ellos mismos.
Es algo que me interesa específicamente. No tanto el diálogo de conversación, sino que me gusta que cada persona descubra algo de ella misma, de sí misma, y que digan algo importante para ellos, sabiendo que eso va a cambiar a la otra persona.
André, siempre das la sensación de que el argumento de cada historia lo tienes controlado. ¿Todo estaba definido así, antes de empezar a escribir?
No, nunca, nunca, porque no sé cómo va a desencadenarse la historia, qué va a pasar.
Yo no soy de esos escritores que sabe hacer la trama antes y luego, de repente, cambian las cosas. Yo sencillamente no tengo ni idea de si la historia se va a escribir a sí misma, si va a terminar de escribirse porque, de repente, la puedo abandonar y decir, bueno, es aburridísima, no lo sé. Y me gusta no saber, prefiero no saber.
No tengo esa trama, ese guión, no sé hacia dónde va a ir la historia. No sé a dónde se va a dirigir Mariana. No sé si las personas mayores van a ir a la playa y van a descubrir algo. No sé qué van a descubrir, pero encontrarán algo más, que tienen algo entre ellos, y nunca sé qué es lo que van a descubrir. No estaba en mis intenciones, siempre pasa.
Y al final de “El caballero del Perú”, la última frase debería darle a todo el mundo esa calma, esa pausa, porque significa algo. Y me vino como una manera maravillosa de cerrar la historia de una forma muy positiva. No sé si estás de acuerdo conmigo…
Completamente, es un final muy emotivo… algo muy en tu estilo. Mmmm, hablando de estilo, sobresale la limpieza de tu escritura, la elegancia. Esto se nota que lo trabajas especialmente.
Sí, por supuesto, tiene que ser perfecto hasta donde a mí me alcanza. Esencialmente la cadencia de las palabras, que tiene que ser perfecta para que pueda haber una cadencia, que haya una música.
Las frases no tienen que ser todas súper largas, pero hay momentos en los que tienen que ser largas y trabajo sobre ello y escribo palabra tras palabra, fórmula tras fórmula, las cambio para intentar ayudar al lector a entender y no que se confunda o me entienda mal, para que el lector, esencialmente en el ritmo de mis frases, pueda entrar en la frase y verse a sí mismo reflejado, no solamente a mí.
Y ya por finalizar, ¿junto a qué otros libros pondrías Idilio en una estantería?
A ver, lo pondría en “Novela”, por supuesto. No lo pondría en “Novelas cortas” o “Cuentos cortos”.
Si yo pudiese elegir, estaba echando un vistazo aquí, a esta estantería, y me viene a mi cabeza Dubliners [Dublineses] de James Joyce. Está un poco en esa línea. Tiene pesimismo, pero no todo es pesimista.
[Es curioso] Me has hecho la pregunta y yo justo estaba echando un vistazo a los libros de aquí y, bueno, lo tenía en mente, estaba echando un vistazo para ver si el español captura el inglés, porque en inglés es maravilloso.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Sigrid Estrada
INTÉRPRETE: Aitana Mendioroz
André Aciman
Editorial Alfaguara, 328 pp., 21,90 €
Sinopsis:
En estas cuatro novelas cortas, André Aciman explora las incertidumbres, los deseos y los equívocos del amor. En «El caballero del Perú», unos amigos conocen en un hotel de la costa amalfitana a un misterioso huésped cuya presencia lo cambia todo. «Habitación frente al mar» narra el diálogo entre dos desconocidos que se encuentran en un juicio y comienzan una relación ambigua. «Mariana» reimagina un célebre relato del siglo XVII sobre la pasión entre una monja y un aristócrata inconstante. En «Polizones», un correo inesperado revela a Julian la existencia de una vida y un amor secretos que ignoraba por completo.
Sutil, melancólico y profundamente conmovedor, Idilio ilumina ese espacio incierto donde conviven el amor, el recuerdo y la esperanza. Una celebración de los encuentros que nos transforman y de las emociones que persisten mucho después de que todo haya terminado.



