«…Nieves conduce en la noche por una carretera secundaria. Los árboles han perdido su color. Parecen negros, oscuros como la brea. Sabe que no lo son realmente, que el verde la recibirá por la mañana. Casi casi es lo que más le gusta de esta vida: colores y olores nuevos. Hasta el aire es distinto aquí, tan puro que pincha cuando sale de casa para ir a la consulta. Lo que le advirtieron que sería lo más pesado, conducir de un dispensario a otro para atender a sus pacientes, lo disfruta. A un lado, bosques y barrancos, al otro, bancales; más allá, la vega con sus campos de almendros, de olivos, de cereales. Y de fondo, los montes, siempre los montes.
Pero en la noche no hay más que estrellas como tules en el firmamento. El resto es negrura rota por los faros de su utilitario. «Firmamento», un término que no cabía en su vocabulario urbano. En la ciudad las farolas cancelan cuanto queda por encima de ellas…»
Estas frases son de la novela Una noche de 1947 de Ángeles González-Sinde , publicada por Lumen y que desde el 3 de septiembre está en todas las librerías. Una obra en donde se nos cuenta que, en un pequeño pueblo de la sierra de Teruel, Nieves, la nueva médica, intenta ayudar a Micaela, una niña que ha dejado de dormir y de ir a la escuela, y que parece vivir asediada por un temor sin nombre. Lo que comienza como un caso clínico la acerca a Clementina, la abuela de la niña, y a una historia familiar atravesada por los años más duros de la posguerra, cuando la guerrilla antifranquista, la represión y el hermetismo marcaron para siempre el destino de muchos lugares.
Con una escritura sugerente y de enorme precisión psicológica, Ángeles González-Sinde construye una novela en la que la memoria se abre paso a través de la vida cotidiana y de unos personajes de gran humanidad. Una noche de 1947 explora las huellas que la violencia de la posguerra dejó en las familias y en el mundo rural, y muestra cómo el pasado sigue modelando el presente a partir de aquello que se recuerda, pero también de lo que nunca llegó a contarse.
Recordemos que Ángeles González-Sinde (Madrid, 1965) es guionista y directora de cine. Licenciada en Filología Clásica, estudió cine en el American Film Institute en Los Ángeles. En su filmografía destacan películas como La buena estrella (1997), por la que obtuvo el Premio Goya al Mejor Guion Original; La suerte dormida (2003), Premio Goya a la Mejor Dirección Novel; Heroína (2005), Biznaga de Plata al Mejor Guion en el Festival de Málaga; El comensal (2022), y Después de Kim (2026), esta última basada en su novela homónima, publicada en 2019. También es autora de la novela El buen hijo (2013) y de La tira de mujeres, junto a Laura Klamburg (Lumen, 2020), entre otros títulos. Fue finalista del Premio Planeta en 2013 y recibió el Premio Edebé de Literatura Infantil en 2006. Ocasionalmente escribe teatro.
Por Una noche de 1947, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Ángeles González-Sinde, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Ángeles, por favor, haznos una sinopsis de tu libro.
Es la historia de una joven doctora que en el año 92 está trabajando en su primer destino, después de acabar la carrera, en un pueblo de Teruel de la montaña. Es un sitio que ella pues no conoce, no tenía referencias. Es el destino que le ha tocado, al que ha podido optar. Y un día le informan de que la maestra del pueblo quiere verla y entonces se va a ver a la maestra y la maestra le dice que hay una niña que tiene ausencias, tiene crisis de ausencias, y que le estaría bien que le echara un vistazo.
Entonces ella empieza a tratar a esta niña que tiene estas crisis de ausencias, le hacen pruebas y no hay nada orgánico que revele, ni tiene epilepsia ni nada así.
Y entonces, ella asesorada y acompañada por una compañera del hospital provincial, que es psiquiatra, va un poco guiando y tratando a la niña a través de dibujos. La niña va dibujando. Es una niña de nueve años y tampoco tiene una capacidad como un adulto de reflexionar sobre qué es lo que la genera tanta angustia y tanta inquietud.
Y la niña va dibujando y ellas charlan y esos dibujos van componiendo un paisaje desasosegante, muy desasosegante. Y ella tiene que conocer a los padres, conocer a la familia, ver cuál es el origen, qué pasa en esa casa, por qué esta niña tiene estas pesadillas y además es que no mejora, sino que va empeorando, va teniendo cada vez más fobias, más miedos. Y una fobia que tiene muy focalizada es contra la abuela. Tiene mucha manía a la abuela paterna, no quiere ir a su casa, no quiere verla.
Esto es un poco un trastorno en la familia. Y, bueno, la doctora sigue indagando en qué pasa en estas relaciones familiares o qué ocurre ahí para que la niña esté tan angustiada para intentar resolverlo y aliviarlo.
Y así, va descubriendo que ese pueblo tiene un pasado, un pasado marcado por enfrentamientos y marcado por una posguerra muy larga, que en la provincia de Teruel fue muy larga, la guerra duró mucho más que en el resto del país, y que esa familia se vio envuelta en la lucha de los guerrilleros, también conocidos como maquis, y que aunque la niña no sepa nada de esto, porque es algo de lo que no se ha hablado y que no se cuenta, pero la niña de alguna manera percibe esos desequilibrios y esa inquietud y los propios miedos con los que vive la abuela, ¿no?, y se ha identificado con ellos.
Entendido… ¿Y cuál fue la chispa para ponerte a escribir Una noche de 1947: algo leído, una experiencia, un recuerdo…?
Muchas, muchas experiencias juntas. Siempre he tenido interés por todas las historias que tienen que ver con cómo la gente se reconstruye, después de recibir un golpe grande en la vida o después de que tu vida haya cambiado de manera drástica, esa resiliencia y supervivencia que tenemos las personas, ¿no?
También me ha interesado mucho las dinámicas familiares. Eso es algo que me interesa mucho, la transmisión de la memoria, porque a veces hay miedos que por más que vas al psicólogo, que vas a no sé qué, y al final es que son miedos heredados, que ni siquiera son miedos, que están en la familia desde generaciones. Cada familia tiene sus miedos, otras serán más afortunadas y más sanas, pero todo eso se transmite y no se revisa.
A veces ni siquiera somos conscientes y muchas veces eso los padres, por no cargar a nuestros hijos, por no estigmatizarlos, no les contamos cosas que nos han pasado, que pasaron a otros. Y no sirve de mucho esa protección a los hijos. Al final, los niños absorben todo como esponjas y están muy pendientes de los padres y enseguida captan todas tus contradicciones y los temas sobre los que hay que pasar de puntillas.
También me gustaba la idea de, bueno, de esta médico rural, joven, itinerante. Yo tengo una tía que es enfermera y una época estuvo de enfermera rural en la provincia de Burgos y me gustaban las historias que me contaba de cómo se relacionaba con los pacientes. Iba en su coche de uno a otro.
Son distintos elementos, la verdad, y también el ir descubriendo cosas de la historia de nuestro propio país, que yo desconocía: cómo se construyó el Valle de los Caídos tan apresuradamente, lo que eso supuso, o que, en la zona esa de Teruel, el estado de guerra y de excepción se prolongó hasta el año 50 o 52. Y que allí el ejército estaba combatiendo como si no hubiera terminado la guerra. Y que eso debía de ser realmente muy duro, muy desesperanzador, pensar que había terminado la guerra para el resto del país y ellos seguían allí con ese estado que hacía la vida tan difícil. Es como perder dos veces, no poder salir adelante, no poder dejar atrás…
Bueno, todos esos elementos me interesaron. Llevaba muchos años con esta idea y, de hecho, tardaba años en escribirlo porque soy lenta escribiendo literatura. Me permito el lujo que no puedo con los guiones y al final todo eso fue macerando y salió esta historia.
La trama: capítulos cortos, sin título ni numeración, contados en tercera persona del singular, en presente. ¿Por qué has utilizado esta persona literaria y ese tiempo?
Pues fíjate que yo muchas veces me lo he preguntado. Incluso he hecho el ejercicio de pasarlo al pretérito imperfecto. Pero, digo, ¿por qué en presente? Bueno, porque hay cosas que las eliges, no tan conscientemente, pero me parecía que quería ver, observar las cosas desde fuera.
Me parecía que ese narrador observa las cosas mientras suceden y no está en la vivencia en primera persona de la doctora, de la joven doctora, ni de la maestra, que podía ser otro punto de vista, ni de la propia niña, ni de la abuela, sino que está sobrevolando y que además las cosas están sucediendo.
También me permitía como una distancia mayor, que sé que no te estoy contando un cuento que sucedió, sino que esto puede estar ocurriendo ahora.
Ángeles, siempre da la sensación de que el argumento lo tienes controlado. ¿Todo estaba definido así desde el principio?
Tenía el esqueleto ese desde hacía mucho tiempo, pero mucho. Igual hace veinte años que yo tengo esta historia, y luego he escrito otras novelas, pero esta era una historia que tenía desde hacía mucho y como que no llegaba su momento.
Y, sí, han hecho falta también muchas lecturas, mucha documentación.
Me he basado en trabajos de una psicóloga que vive en Israel, que se llama Yolanda Gampel, que trabaja con niños. Me he puesto en contacto con historiadores como Mercedes Yusta Rodrigo, me he basado mucho en algunos libros de ella. Ella es profesora en París. Pero sobre todo su campo es la historia contemporánea y en concreto del Bajo Aragón. Y ha hecho muchas entrevistas a mujeres de estos entornos y de esa generación.
Todo eso me hizo ir aterrizando la historia. Al principio no tenía una ubicación concreta geográfica. Pero eso sí que salió desde el momento en que empecé a conocer Calanda, donde fui, porque está el Centro Buñuel, y me gustó mucho esa zona.
Y luego, sobre todo, se intensificó a partir de que empiezo a trabajar con Miguel Santesmases, director de cine, en un guión que ocurre todo en esa zona porque es la familia de la que es Miguel Santesmases. Es una película que ha protagonizado Aitana Sánchez-Gijón, que se llama Tierra Baja.
Y entonces, al conocer mejor ese terreno, tener que viajar todo esto a la zona de Alcañiz, me gustó mucho, la verdad, y cuanto más leía de lo que había ocurrido en esa zona, más me parecía que mis piezas anteriores encajaban bien ahí.
Sin reventar nada, también utilizas uno de los recursos narrativos más célebres de la historia de la literatura: la estratagema del manuscrito encontrado.
Sí, bueno, como suele pasar cuando nos inventamos cosas, que tú piensas que son un poco forzadas, pues empiezan a aparecer las mismas en la realidad, ¿no? Y el invierno pasado en que hubo una exposición en Casa de América que se llamó El cuerpo errante, los que la organizaron a montar son antropólogos que trabajan mucho en memoria histórica, con apertura de fosas y reconstrucción y demás, pues una de las cosas que me sorprendió en esta exposición era que había una saca de correos llena de cartas que había aparecido hace poco tiempo en un pueblo de Guadalajara y que un cartero había decidido guardar, todo cartas de exiliados que mandaban a sus parientes, y él había decidido no repartirlas, para lo que fuera, porque pensaría que no debía, que les ponía en riesgo, que venían de… Y dije: ¿pero, en serio, esto? Yo lo he puesto en la novela pensando que era novelero, pero no, en realidad las ideas que se te ocurren para las novelas tú las sacas de otro lado, las sacas de la realidad.
Y en Calanda también este verano, en un coloquio hablando de la novela, un señor levantó la mano y contó que había muerto también recientemente un señor que había sido cartero en el pueblo y, cuando había muerto, habían encontrado en un cajón un montón de cartas escritas desde la cárcel del tío de este señor a la abuela, que él había decidido no repartirlas. Un vecino no había repartido las cartas y allí se habían quedado cartas de los años, yo que sé. O sea, que estas cosas ocurren.
Cuando yo estuve leyendo los documentos, los libros de historia en que se habla de toda esa historia de los enfrentamientos, la historia militar, los atentados, en fin, todas las escaramuzas militares entre el maquis y el ejército, piensas, bueno, aquí había heridos, había muertos, había de todo aquí, los médicos rurales tendrían que intervenir y seguramente muchas veces. En ese momento la prensa está completamente controlada por el Estado. O sea, lo que estaba ocurriendo en Teruel ni salía en el periódico ni se enteraba el resto de España.
Y yo, a ver, pues si yo fuera un médico, a lo mejor tomaría nota de esto, más que nada, incluso para protegerme a mí el día de mañana, no me vayan encima a acusar de omisión de socorro o de cualquier cosa.
Entonces me imaginé a este médico que va tomando nota minuciosamente de lo que ve y que, en cuanto puede, se marcha a ese pueblo, se exilia.
También pensé que podía ser un médico que había sido depurado, que es algo que pasaba mucho en esa época, que no te metían en la cárcel, pero por haber sido un médico republicano o simpatizante te mandaban como depurado a un pueblo.
Y con este personaje pensé que ese podía ser un comportamiento verosímil que hubiera tenido, que hubiera querido dejar testimonio y también ocultarlo.
Otra cosa importante en tu novela son las descripciones, tanto del pueblo, en Teruel, como de la gente. ¿Eso lo has trabajado mucho?
Pues me hace gracia que me lo preguntes porque siempre me queda el recuerdo de una vez en Tenerife, en un encuentro con lectores, no me acuerdo cuál, sería mi primera novela, El buen hijo, y un señor, muy enfadado, intervino para decir que no era una buena novela porque no tenía descripciones.
A mí normalmente no me gustan las descripciones como lectora. [Al decir esto, Ángeles González-Sinde sonríe; ojos marrones, vestido estampado, pendientes dorados; y continúa explicando con su hablar tranquilo:] Yo, cuando viene una descripción, párrafos y párrafos, normalmente me la salto porque no lo soporto. Me aburre, igual que en pintura, los paisajes no me no me gustan.
Pero en este caso me parecía que sí era importante. Sí es importante contar cómo es ese pueblo y esos lugares por los que ella se mueve, porque para ella son igual de asombrosos que para el lector. Nosotros vamos conociendo ese espacio de la mano de esta doctora, que es una chica de ciudad que le va gustando el lugar en el que ha ido a caer, pero que necesita conocerlo. Cuando visitas, y yo visité, porque me llevó uno de los tíos de Miguel Santesmases a ver el campamento maquis que está por esa zona, me impresionó mucho, la verdad, te conmueve pensar que vivían ahí escondidos como en un abrigo entre rocas y que montaban una escuela, porque enseñaban a leer a los que no sabían leer, y cómo se organizaban, buahhh, en un lugar con unos veranos…, con unos inviernos tan fríos, con nieve, con la dureza de esa vida, eso te conmueve mucho, la dureza de esa vida.
Y eso había que transmitirlo en la novela de la misma forma que lo percibe la protagonista, Nieves.
Pero, sí, me generó dificultad, porque yo como lectora soy muy resistente a las descripciones.
Hablando de la gente, del ritmo de Una noche de 1947, es una novela muy dialogada. Los diálogos, Ángeles, hacen avanzar la trama.
Sí, es verdad que las conversaciones hacen avanzar la trama, a pesar de que es una novela, o un conflicto, que está basado en los silencios. Pero solo mediante la palabra, y es cuando ella consigue que la gente hable, se van encajando las piezas. El hablar de la abuela, esos capítulos en los que son casi un monólogo de la abuela Clementina contando la vivencia y lo que le pasó a su familia en el año 47.
Yo me los imaginaba como si fuera un documental, como si fuera un documental que ves en televisión, en el que alguien habla y cuenta una vivencia, y que ahí la doctora lo que hace es dejarla hablar a esta señora porque la propia posibilidad de contar tiene algo que dignifica.
A mí me parece que el poder contar algo que te pasó y que te escuchen ya es una manera de reparar, una manera para esa mujer que venga la doctora del pueblo y se interese por lo que le pasó y sentir que se crea un clima de seguridad en el que pueden hablar.
Sí, me parecía que era importante poder conservarlo de manera directa, no como discurso indirecto.
El lenguaje de Una noche de 1947 es claro, preciso. A veces me ha recordado al de Josefina Aldecoa, en el sentido de leer fácil y pensar difícil.
Me encanta eso de leer fácil y pensar difícil. Es una máxima con la que me puedo identificar. Quizá por mi trayectoria de tantos años de guionista y por esa deformación, yo soy un tipo escritora que piensa más en el lector que en mí misma. Para mí es muy importante comunicar y llegar al lector, y que no abandone la lectura, y entrar al lector para colocarle esas preguntas, que es lo que a mí me gusta como lectora.
Me gustan las novelas que me dejen algo y que me conecten no solo con los demás, sino también conmigo misma y con, bueno, dificultades del presente o placeres del presente.
Pero sí, eso me gusta mucho. ¿Cómo has dicho? ¿Leer fácil y pensar difícil? Me gusta, sí. ¡Ojalá!
Y ya por último: ¿y del final qué? ¿Sabías que ibas a llegar a ese final tan bello? ¿O apareció según ibas escribiendo?
No. O sea, hay varios finales. El final final en la plaza del pueblo, ese día de verano, sí que lo tenía, porque es una imagen que me gusta mucho.
Yo también soy como la protagonista, como Nieves, de ciudad, de además de varias generaciones de urbanitas. No tenemos pueblo, ni mis bisabuelos, ni nada, son todos de ciudad.
Y esa sensación plácida de una hora de aperitivo en la plaza de un pueblo pequeño, en esos poyetes que la piedra está caliente y que te tomas un vermú y estás charlando con otros, me parece una imagen muy plácida y muy feliz.
Sí, esa imagen sí la tenía. No sabía cómo iba a llegar hasta ahí, pero hay otras cosas que vas encontrando por el camino. Como otro final anterior, que ese es el final para el personaje de la maestra, de Jacinta, que es cuando deshace el armario, cuando vacía el armario. Eso lo vas encontrando por el camino. Pero al menos tener como meta llegar a un aperitivo de domingo de verano en el que ya está la doctora, cómoda, integrada en el pueblo y es una más, sí que lo tenía como meta, al menos.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Elena López de Lamadrid
Ángeles González-Sinde
Editorial Lumen, 280 pp., 21,90 €
Sinopsis:
En un pequeño pueblo de la sierra de Teruel, Nieves, la nueva médica, intenta ayudar a Micaela, una niña que ha dejado de dormir y de ir a la escuela, y que parece vivir asediada por un temor sin nombre. Lo que comienza como un caso clínico la acerca a Clementina, la abuela de la niña, y a una historia familiar atravesada por los años más duros de la posguerra, cuando la guerrilla antifranquista, la represión y el hermetismo marcaron para siempre el destino de muchos lugares.
En su búsqueda de respuestas, Nieves comprende que hay sufrimientos que no pueden abordarse sin escuchar aquello que durante décadas permaneció relegado al ámbito de lo íntimo. La relación con Micaela, Clementina y los habitantes del pueblo transforma también su propia mirada sobre el cuidado, la pérdida y los vínculos que unen a unas generaciones con otras, incluso cuando el silencio colectivo parece haber borrado toda huella.
Con una escritura sugerente y de enorme precisión psicológica, Ángeles González-Sinde construye una novela en la que la memoria se abre paso a través de la vida cotidiana y de unos personajes de gran humanidad. Una noche de 1947 explora las huellas que la violencia de la posguerra dejó en las familias y en el mundo rural, y muestra cómo el pasado sigue modelando el presente a partir de aquello que se recuerda, pero también de lo que nunca llegó a contarse.



