«… Y entonces todo era normal o casi, no como ahora, normal en general, digo, porque antes todo era lo mismo, te lo digo yo, lo mismo para todos más o menos, y no me imaginaba yo, ni padre ni madre ni el cura ni nadie, que iba a acabar aquí, patapam, en este cuarto sola, que no te digo que es malo, que aquí me tratan muy bien, que es un cuarto de los buenos. Más bonito, si te fijas, que el de Orate, que es tirando a chiquitujo. Pero ojalá me dejarían ver el mar, porque me han dicho que el mar está justo donde el suelo, no justo, pero bastante a mano, más abajo si se quiere que el colegio, que a lo mejor es un poco castillo también y, si le da la gana, llega donde moja, justo ahí, y allí ya no hay ruido ni hay nada, detrás del humo, digo, el que se te mete en la cabeza, digo, no sé cómo explicarlo, que es más como ceniza blanda, no sé cómo decirlo bien, que es como cuando te pintan la cabeza por dentro sin pedirte permiso ni nada. Así que el mar está ahí abajo, que es lo que estaba diciendo, que esas cosas se notan muy bien, sobre todo en la cabeza. Y a veces, por la noche, si te pegas bien a la pared y te quedas muy muy quieta, suena…»
Estas frases son de la novela Hija del cielo de Rodrigo Cortés, publicada por Random House y que desde el 3 de septiembre está en todas las librerías. Una obra en donde se nos cuenta que desde hace dos siglos, el Colegio de la Estricta Observancia de Gabaón se alza al borde de un cortado que muere donde nace el mar. Allí conviven sesenta y un monjas atareadas y llenas de propósito. Y tres curas indolentes con el enjuto y vertical padre Alén al frente, con su voz de rallador de pan a un suspiro de la madre Adriana y sus enormes gafas. Y una niña acaso endemoniada encerrada en una habitación sin ventanas en lo más alto del edificio, donde ni las enredaderas llegan.
Hija del cielo es la historia de un lugar remoto en un universo sin fondo, y del enjambre de personajes que lo pueblan. Pero ante todo es la historia de dos voces: la del narrador, precisa y tallada, y la de una niña de lengua dislocada y silvestre, capaz de contar el espanto con naturalidad casi cómica.
Recordemos que su autor, Rodrigo Cortés, quiso ser pintor, escritor y músico; hoy lo hace todo a la vez al dedicarse al cine. Ha trabajado con actores de la talla de Robert de Niro, Sigourney Weaver, Cillian Murphy o Uma Thurman, en películas como Concursante, Buried, Luces Rojas o El amor en su lugar. Martin Scorsese produjo su última película, Escape. Como escritor, ha publicado dos libros de antiaforismos (A las 3 son las 2 y Dormir es de patos), dos novelas (Sí importa el modo en que un hombre se hunde y Los años extraordinarios), una antología de cuentos (Cuentos telúricos) y una fábula gráfica enteramente grabada (La piedra blanda). En 2024 obtiene el Premio Cavia. Habla de cine, literatura y música en Todopoderosos y Aquí hay dragones, dos de los podcasts más escuchados del momento.
Por Hija del cielo, su recién publicada novela, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Rodrigo Cortés, para que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Rodrigo, por favor, si te encuentras con alguien que no te conoce de nada en una sala de espera y estás ahí con tu libro y te pregunta de qué va, ¿qué le cuentas?
Probablemente le diría que yo también me lo pregunto, porque el libro, y probablemente cualquiera deba serlo, es más que su trama. O por lo menos es algo diferente a su trama.
Imagino que le diría que es la historia de una niña encerrada en una habitación sin ventanas, pero eso no es decir demasiado. Las cosas que suceden lo hacen casi por resonancia a través del propio lenguaje. Es una novela sostenida en el propio lenguaje y uno tiene que nadarla para saber qué era.
¿Y cuál fue el resorte para ponerte a escribir Hija del cielo: algo leído, alguna experiencia, algún recuerdo…?
Generalmente escribo sin mapa ni brújula. A veces se diría que tirando los dados.
Sí sabía que iba a tener una niña en una habitación, en un ambiente católico, sin saber muy bien si iba a ser un colegio o un monasterio o un orfelinato. Pero aún no sabía por qué estaba ahí.
No sabía si estaba endemoniada, si estaba loca, enferma, si era víctima de algo o era la victimaria, si era una mentirosa o simplemente una niña rara que había venido torcida, algo que yo mismo fui averiguando sobre la marcha, creando la cosmogonía del universo de Gabaón y su propia mitología llena de bruma, pero sin ofrecer respuestas y muchas veces sin tenerlas yo mismo. Muchas posibilidades conviven a la vez y todas podrían ser ciertas. Y probablemente lo único cierto es la suma de todas ellas.
La trama: cinco partes, en las que vas intercambiando capítulos entre la tercera persona del padre Alén y la primera persona de la niña. ¿Por qué utilizas esa estructura?
Fue una decisión completamente intuitiva y muy temprana. Escribí el primer capítulo con la voz omnisciente del narrador, tratando como haces siempre de tallar la frase y conseguir que llegue a un lugar musical y evocador en que puedas ir sintiendo las verdades de ese mundo y tener un primer contacto con alguno de sus personajes.
Pero al abordar el segundo capítulo, supe en el acto que la voz de la niña iba a irrumpir constantemente en la novela, en los capítulos pares. Pero también me propuse desde el inicio que no iba a ser el típico cambio de punto de vista, como cuando lees, por ejemplo, El coleccionista de John Fowles y lees la historia entera desde el punto de vista de la secuestrada y después la misma historia desde el punto de vista del secuestrador, sino que la cronología no iba a detenerse nunca, simplemente íbamos a alternar las voces, pero avanzando siempre de forma lineal y cronológica en la historia.
Para eso tienes que meterte en un cerebro muy dañado y darte mucha libertad, porque esta niña se expresa a través de una sintaxis muy dislocada, muy rota, como por otro lado hacen los niños, que tratan muchas veces de expresar fenómenos complejos o que no entienden del todo con un vocabulario muy limitado que, sin embargo, te permite entender de qué hablan.
A lo mejor un niño te dice: es como esas veces que algo te hace mucha ilusión, pero luego no pasa y como no pasa, te pones triste. Y tú entiendes que te está hablando de la decepción, y que todavía no conoce el término decepción, pero a través de esos rodeos y de esos meandros y de esos retruécanos logra expresarse si tiene la inteligencia suficiente para captar las sutilezas del mundo.
Y eso hace esta niña. A la que, por otro lado, tienes que permitir ser reiterativa como hacen los niños, volverte a explicar cosas que ya te ha explicado como hacen los niños y aunque eso tiene una parte muy gozosa inicial, que es muy torrencial y en la que prácticamente apagas el cerebro, te dejas habitar y empiezas a sacar chorros de palabras por las yemas, a cambio tiene revisiones después muy complejas en las que llegué a odiar profundamente a la niña. Cada vez que me tocaba revisión de un capítulo de la niña, pensaba: no, otra vez no, otra vez en este cerebro no.
Esta trama doble da soporte a un argumento que siempre da la sensación de que lo tienes bajo control, aunque ya me has contado que has ido descubriéndolo un poco desde la idea primera…
Sí. Por otro lado, que no sepas lo que vas a hacer no significa que no sepas lo que estás haciendo. No estoy hablando de un proceso de trance en el que caigas dormido y dos horas después despiertes y leas los dos capítulos que un autor muerto ha escrito a través de ti. Tiene más que ver con enfrentarte a un lienzo sin saber muy bien qué va a suceder y dar un primer brochazo.
Eso te pide otro brochazo, te pide tal vez equilibrar en otra zona del cuadro. Meter un cálido, o un negro, aprovechar la propia materia de la pintura. Pero siempre estás frente al cuadro, siempre lo estás viendo, sabes lo que está sucediendo. Y hay un momento en que por fin sabes lo que estás pintando, claro. Hay un momento en que ya sabes a dónde vas y por qué hiciste aquello que aún no sabías muy bien por qué estabas haciendo.
Así que llega un momento en que esa cosmogonía que decíamos antes, o esa mitología invisible, empieza a tener sentido dentro de ti, aunque no tengas todas las respuestas, pero empiezas a entender por qué podría estar allí esa niña, quién es el padre Alén, cuál es su relación con la hermana Adriana, qué papel desempeña la hermana Maite, que fue una sorpresa para mí mismo en su expresión casi divertida y objetiva de esta mezcla imposible entre la botánica y la magia casi, en un mundo católico que está contaminado de paganismo de un modo brumoso.
Y a lo que te obliga eso es a que las primeras revisiones sean editoriales, porque tal vez, cuando vuelves a los primeros capítulos, te encuentras con un Alén que no es exactamente el Alén que acabó siendo cuando aún estaba buscando su camino.
Y ahí hay que hacer los ajustes de énfasis, de matiz o de carácter, hasta que por fin todas las piezas están en su sitio en el equilibrio que las necesitas. Las semillas siembran lo que sucederá después, te aseguras de que así sea, como si respondieran a un plan claro desde el principio.
Y las últimas revisiones, que son por otro lado muchas, son directamente musicales. Atiendes a la propia prosa y a la sonoridad, al flujo de la atención.
Rodrigo, sobresale la imaginación de tu novela: chica endemoniada encerrada en un colegio de monjas. ¿Quizá ese ha sido el principal reto, hacer creíble al lector todo ese mundo?
Supongo que cualquier cosa que hagas tiene que resultar creíble. No tiene por qué seguir las leyes de la realidad, pero sí sus propias leyes. Aunque un varón alemán cabalgue una bala de cañón, eso tiene que resultar creíble en su propio universo. Tienes que tratar de dotarlo de textura, de olores, darle un alcance sensorial. Generar algo tangible que te afecte incluso en lo físico de forma orgánica.
Y si lo logras, poco importa que ese mundo sea posible en la realidad o no, porque lo has construido y el lector va a palparlo y, por lo tanto, no va a dudar de su existencia.
En ese sentido, también procuro darme toda la libertad del mundo. Y si resulta útil, para la expresión de algo, desafiar un tanto las leyes de la física, no es un problema mientras no suceda desde la arbitrariedad, sino desde las verdades del propio Gabaón, que parece ser un mundo al margen del mundo.
Ahora iremos a eso… Pero hablemos de los personajes: la niña endemoniada, que es el corazón de la novela, sin ella no habría novela, pero encerrada en una habitación sin ventanas, ¡anda que menudo papel le das a la niña! Eres un poco puñetero, ¿no?
La niña es bastante puñetera también, si lo piensas -y Rodrigo Cortés ríe al decir esto; buen pelo, delgado, camiseta negra; mueve mucho las manos-. El lector pasa por muchas fases, incluso en su relación con la niña. A veces se compadece de ella, a veces se irrita con ella, a veces se asusta de ella y de lo que es capaz de hacer cuando expresa el espanto o dice las cosas más tremendas con la más absoluta naturalidad, y uno se da cuenta de que acaba de, probablemente, confesar que ha matado a alguien de una pedrada, pero le da la misma importancia que le daría a contar que ha desayunado. Y aún así, la compasión existe constantemente, pero no es fácil convertirla en una víctima sin más.
Por otro lado, es una decisión del lector. Porque la novela no lo guía en ese sentido, ni complace o hace más cómoda de la cuenta la lectura. La novela lo que trata de hacer de principio a fin es respetar al lector y permitir que sus conclusiones sean propias.
La novela expone a una niña muy compleja que parece tener una inteligencia natural desarrollada, una cultura, sin embargo, muy limitada. Tampoco parece ser una genio en ningún sentido. No se queja de nada, no se queja de las barbaridades que le pasan, que le hacen o que ella hace a otros. Y el lector hace con ello lo que buenamente puede.
Y el otro personaje importante: el padre Alén. ¿De dónde lo has sacado?
No lo sé. Visualicé esa figura enjuta y esa voz de rallador de pan.
Qué buena esa expresión.
Y del mismo modo que un mundo tienes que dotarlo de textura sensorial, un personaje tiene que tener textura humana, contradicciones, ambivalencias.
Es un personaje que inicialmente se muestra muy seguro y es una presencia masculina que reina de aquella manera muy discutible en un universo femenino. Pero muy pronto empezamos a ver sus dudas, sus debilidades, sus miedos, cómo el cambio de las estaciones lo afecta profundamente.
Y como escritor te dejas llevar por ese mismo flujo, por ese mismo pulso. Dejas que se exprese, dejas que reaccione a cosas de forma incluso contraintuitiva.
Y desde luego, lo que no haces es que encarne ningún arquetipo cerrado ni ninguna posición personal que puedas tener como autor. No me interesa nada eso. Alén es Alén y dice cosas con las que yo podría estar de acuerdo y cosas que están en las antípodas de mi forma de mirar, pero abrazo su mirada de forma deportiva y la modelo para ver hasta dónde me lleva.
Al hilo de eso, por comentar los sitios de la novela, leo una frase referida a Gabaón colegio: “…el problema aquí no son los niños, son las monjas. Pero son necesarias, ¿entiende?, así que no hay solución. La dificultad, aquí y fuera de aquí, está en la mujer. Siempre…”. Eso lo dice Alén. Lo comento porque es lo mismo que estabas tú contando ahora mismo, ¿no?, que tú no tengas que ver nada con esa opinión, pero tengas que ser quien tutele un poco al personaje en la novela.
Yo le escucho y nuevamente le doy libertad. No me asusta que diga una barbaridad si responde a su concepción del mundo, todo lo contrario.
Hay, por ejemplo, un capítulo en que el Hombre Guapo, esta voz que habita en la cabeza de la niña, hace una definición de sí mismo encadenando epítetos a lo largo de tres páginas diciendo lo que es. Y todas esas cosas que dice de sí mismo son muy difíciles de ubicar. Las hay que uno percibe como positivas, las hay que uno percibe como negativas, es decir, no es una presencia maléfica que va diciendo simplemente todo el mal que quiere hacer, ni tampoco es una presencia incomprendida que trata de dejar claro que en realidad él tiene otra forma de hacer el bien, pero que no ha sido correctamente entendido. No, empieza a encadenar epítetos casi al modo de la poesía, para que hagas con ellos una vez más lo que buenamente puedas, porque algunos podrías defenderlos, otros te asustarían, unos parecerían confirmar su identidad, otros negarían lo que entendemos por esa identidad y eso me resulta mucho más interesante.
Al fin y al cabo, lo que haces cuando escribes es tratar de ser interesante. Tratas de que ese mundo sea interesante, de que el personaje sea interesante, de que no puedas anticiparlo del todo, escuchar réplicas que no son las que esperas y que te obligan a trabajar con armas que no son tan automáticas.
Y tú mismo tratas de interesarte a ti mismo como autor, tratas de sorprender, de sorprenderte y tratas de ver cómo sales vivo de una frase que no esperabas.
El estilo: me ha parecido un lenguaje claro, preciso. A mí me ha recordado un poco a Karen Blixen, en ese sentido de leer fácil para pensar difícil.
Supongo que el desafío de casi cualquiera de las revisiones de las múltiples reescrituras es el de tratar de conseguir que todo parezca más y más fácil.
O dicho de otro modo, que la prosa, por compleja que sea, si la desmenuzas, resulte inevitable, y que uno se vea sometido al flujo de la sintaxis sin tener tiempo de reflexionar sobre ella.
No me importa nada ser ambiguo, al revés, abrazo la ambigüedad. Pero otra cosa es la claridad, la claridad de la expresión. Puede haber una subordinada que alcance media página o una página completa, pero el lector no es plenamente consciente de ello porque se disuelve en el propio flujo del pensamiento de la persona que está pensando, por ejemplo. Y cuando se adecua de esa manera el qué y el cómo, se invisibiliza la sintaxis.
Pero paradójicamente eso exige muchísimo trabajo. Hay que desbrozar y desbrozar y desbrozar y pulir y pulir y pulir hasta que sientes que el jersey de lana ya no se engancha en ninguna cabeza de clavo.
Ya me lo imaginaba… También me ha parecido sobresaliente las conversaciones: entre Alén y sor Maite, entre Alén y el padre Solitude, o con Adriana, o con la niña. Están muy bien metidas en la novela y también cómo aparecen muchas veces sin diálogos, como texto.
Sí, es así. Hay diálogos que están escondidos en los monólogos de la niña, curiosamente. Que aunque los menciona en estilo indirecto, permiten que el lector los recree completamente. Y hay otros momentos en que son diálogos clásicos de réplica y contrarréplica que disfruto mucho.
Disfruto mucho dialogando, disfruto tanto dialogando que, cuando hice Los años extraordinarios me impuse dialogar muy poco y atarme una mano a la espalda, porque es una disciplina que me divierte y se me da bien.
Tiene mucho que ver con el oído, tiene mucho que ver con la percusión, con el ritmo interno de las cosas, con no decir de forma literal nada, pero permitir que el receptor entienda exactamente el subtexto escondido y que todo eso suceda de una forma muy rápida y muy natural.
Y luego hay un trabajo técnicamente complicado para que, por otro lado, se enfrenta obviamente cualquier escritor, que es el de sembrar todas las acciones y acotaciones de la forma más natural posible, de modo que no solamente complete el diálogo, sino que casi se disuelva en él, como cuando él es, qué sé yo, el Franny y Zooey de Salinger.
Y en esta conversación entre la madre y el hijo se van salpicando todos estos pequeños gestos que hacen con el espejo, con el vaho, con la ceniza de los cigarros. En fin.
Y es algo que exige también mucha atención y mucha reelaboración, pero que disfruto mucho.
Y ya por último, hablemos del final, de ese final que me ha parecido tan bello. Y me refiero a las últimas páginas. ¿Cómo apareció ese final tan bello?
Apareció a medio camino, es decir, hubo un momento en que ya sabía a dónde iba, no en su detalle, por supuesto, ni de forma prolija, pero sabía dónde iba.
Y de hecho, en la quinta parte, en la llamada «Quinta Pars», sí hice un pequeño esquema de qué iba a suceder en cada uno de los capítulos, porque sabía cómo iba a cerrar las cosas. Aquí Adriana va a expresar esto. Aquí va a haber por fin el gran diálogo entre Alén y el Hombre Guapo. Aquí va a suceder un rito complejo que se va a tener que desarrollar en un buen número de páginas y en toda su complicación. E iba a haber un epílogo que aún no sabía cómo iba a abordar, pero que sentía que tenía que ser poético y científico al tiempo. Como tratar de extraer la poesía de la implacabilidad de la biología.
No sabía muy bien si iba a salir vivo del trance, pero sí tenía un hálito de sensaciones flotando en el cerebro que sabía que tenía que encontrar el modo de aterrizar.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © JEOSM
Rodrigo Cortés
Editorial Random House, 248 pp., 20,90 €
Sinopsis:
Gabaón es un pueblo al borde de un cortado, frente al mar, pero también un colegio, un orfelinato, un monasterio. Allí conviven sesenta y una monjas atareadas y llenas de propósito. Y tres curas indolentes con el enjuto y vertical padre Alén al frente, con su voz de rallador de pan a un suspiro de la madre Adriana y sus enormes gafas. Y una niña acaso endemoniada en una habitación sin ventanas. Y el Hombre Guapo dentro de ella. Y un enjambre de personajes extraviados para enturbiarlo todo.
Con tan improbables ingredientes, Rodrigo Cortés construye una novela deslumbrante. La historia de un lugar, de una niña, de un amor, pero ante todo la historia de dos voces: la del narrador, precisa y tallada, y la de la propia niña, de lengua dislocada y silvestre, tumultuosa, capaz de contar el espanto con naturalidad casi cómica.
Poética, bífida y salvaje, Hija del cielo convierte un lugar remoto en un universo sin fondo, consagrando a Rodrigo Cortés como uno de los escritores más libres y genuinos del panorama literario actual.





