Hay novelas que cuentan una historia y otras que intentan atrapar una forma de estar en el mundo. Memoria de la izquierda triste, de Salvador Guevara, pertenece a estas últimas. Su protagonista, Ernesto, es un hombre que trabaja como portero nocturno en una urbanización de las afueras de Madrid mientras lee, escribe, bebe, recuerda, desea y observa. Sobre todo, observa, desde esa garita como testigo de una generación que ha ido perdiendo, una a una, sus antiguas certezas.
La novela está construida como una sucesión de recuerdos, conversaciones, viajes, amantes, amigos y noches de farra. Los capítulos funcionan como estaciones de una memoria deliberadamente desordenada: Madrid, Managua, La Habana, México, Buenos Aires o Santiago aparecen unidos por el mismo flujo de conciencia. No hay aquí una voluntad evidente de reconstrucción histórica. Lo que interesa es otra cosa: la historia estallando en el interior de la vida privada y cómo las grandes palabras —revolución, compromiso, solidaridad, comunismo, libertad— acaban conviviendo con realidades mucho más urgentes: el sexo, el alcohol, la amistad, el dinero, la soledad o el miedo.
Ese es probablemente uno de los mayores aciertos del libro. Guevara no convierte la decepción política en tesis. La deja aparecer en las conversaciones de sus personajes, en sus contradicciones. La llamada «izquierda triste» del título no es únicamente una corriente política: es una educación sentimental. Son los hijos de quienes creyeron en utopías y al abandonar sus convicciones, dejaron a sus hijos con una mezcla extraña de nostalgia, desencanto y desconcierto. Ernesto lo formula con una ironía que resume buena parte de la novela: aquella izquierda prometía un futuro mejor a cambio del sufrimiento presente.
Pero sería un error leer Memoria de la izquierda triste únicamente como una novela política. Su verdadero centro está en la amistad. Ernesto, Imanol y Dionisio forman una especie de triángulo sentimental masculino alrededor del cual giran mujeres, libros, bares, viajes y fracasos. Son personajes que aspiran a convertirse en algo —escritores, editores, intelectuales, revolucionarios— mientras sospechan que quizá ya han llegado tarde. Dionisio, especialmente, funciona como una criatura quijotesca, excesiva y vulnerable, convencida de que la vida tiene que ser más de lo que realmente es.
La literatura ocupa en todo esto un lugar casi religioso. Los personajes no solo leen: se miden unos a otros mediante los libros. Rulfo, Bolaño, Camus, Pavese, Lezama Lima, Dostoievski, Cervantes o Unamuno aparecen como referencias, armas arrojadizas o refugios. El protagonista quiere escribir, pero también desconfía de la propia literatura y llega a preguntarse para qué sirve inventar cuando la realidad ya ofrece historias de sobra. La novela acaba siendo, de algún modo, la respuesta práctica a esa duda: para contar las vidas de los demás y así no perderlas.
Hay algo deliberadamente incómodo en esta escritura, porque Ernesto no pretende resultar ejemplar. Es vanidoso, contradictorio, clasista, sentimentalmente inmaduro, lúcido a ratos y profundamente ciego en otros. Su mirada sobre las mujeres es frecuentemente brutal y objetualizadora; también lo es, en ocasiones, su mirada sobre los inmigrantes, los trabajadores, los vecinos o sobre sí mismo. El libro no parece pedir disculpas por ello. Al contrario: convierte esa incomodidad en parte de su mecanismo. La distancia entre lo que Ernesto piensa y lo que el lector está dispuesto a aceptar genera una tensión que impide confundir narrador y autor.
Y ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de la novela: su juego con la autobiografía. El lector tiene constantemente la tentación de preguntar cuánto hay de verdad detrás de Ernesto, cuánto pertenece a Salvador Guevara y cuánto es invención. La propia novela alimenta esa duda hasta el final. El protagonista toma notas, graba conversaciones, convierte a sus amigos en personajes y reconoce que todo lo que digan delante de él puede terminar utilizado literariamente.
El último capítulo lleva esa estrategia un paso más allá. Ernesto desaparece como narrador y otros personajes empiezan a hablar de él. Cada uno ofrece una versión diferente: el fracasado, el extremista, el viajero, el escritor, el amigo, el amante, el provocador. Ninguna termina de imponerse sobre las demás. Es un cierre inteligente porque devuelve al lector la pregunta fundamental: ¿quién es realmente el hombre que hemos estado escuchando?
Quizá Memoria de la izquierda triste sea, en último término, una novela sobre esa imposibilidad de responder. Sobre el individuo que se pasa la vida intentando reinventarse y descubre que los demás conservan versiones de él que no puede borrar. Sobre la generación que quiso cambiar el mundo y acabó intentando, con bastante menos éxito, cambiarse a sí misma.
Guevara escribe con humor, con mala leche y con una evidente deuda con la tradición de la novela latinoamericana y europea que sus personajes veneran. Hay momentos excesivos, incluso deliberadamente desagradables, que forman parte de su apuesta, ya que Memoria de la izquierda triste no quiere parecer una novela perfectamente domesticada sino una conversación inconclusa que se alarga hasta el amanecer.
Memoria de la izquierda triste, de Salvador Guevara
Ediciones La Palma, 2026




