Unai Arroita (Vizcaya, 1996) ha creado una fantasía épica y oscura que pretende contar en siete libros. Acaba de publicar el primero y se titula La sombra del trono. Libro I: El Trino. Para contar esta saga, el autor ha creado un universo llamado Aureth, un lugar inventado hasta el último detalle: su geografía, sus culturas, sus poderes, sus dioses. Pero hay similitudes con nuestro planeta, analogías que el lector deberá descubrir.
Por: Sandra Ruiz.
Pregunta: – ¿Qué ocurre cuando el trino despierta?
Respuesta: – Que se rompe la normalidad. En Aureth existen tres poderes primordiales —Vida, Alquimia y Contratos— y la regla, desde siempre, es que a cada persona le corresponde uno. Uno solo. Sobre esa certeza está construido todo: quién manda, quién sirve, cómo se reparten las casas y las facciones, qué se puede esperar de alguien con solo saber qué poder lleva dentro.
El Trino es la excepción a esa regla. Alguien capaz de sostener los tres a la vez. Y cuando aparece una excepción de ese tamaño, lo que se sacude no es una persona: es todo el sistema que se había levantado dando por hecho que eso no podía pasar.
En este primer libro todavía no lo vemos entero. Solo se manifiestan dos, y en principio ya sabemos quién es el Trino. Eso me interesaba mucho: que el despertar no sea un estallido, sino una grieta. Algo que empieza pequeño, que casi se puede negar, y que sin embargo ya ha puesto en marcha el cambio.
Porque eso es lo que ocurre de verdad cuando el Trino despierta: no gana nadie ni cae nadie todavía. Se acaba una normalidad. Y a partir de ahí ya no hay vuelta atrás.
P: – La sombra del trono. Libro I: El Trino. Con esta obra inicias una saga compuesta por siete libros. ¿Ha nacido un universo literario?
R: – Ha nacido, sí, pero no porque yo me lo propusiera. La idea era escribir un mundo y un libro. Lo que salió fue un universo entero, y creo que se me fue de las manos en el mejor sentido posible.
Empezó cuando me di cuenta de que cada personaje me pedía lo suyo: su pasado, sus ambiciones, sus deseos, aquello que persigue, aunque no lo diga en voz alta. Con los pueblos pasó igual — cada uno tiene su cultura, su manera de estar en el mundo, sus rasgos propios. Lo que iban a ser unos personajes protagonizando una novela se convirtió en muchísima gente con historia propia.
Un libro se me quedaba corto. Por eso la historia está planificada en siete, aunque de momento solo esté publicado el primero y esté escribiendo el segundo. Y aun así siguen sin caber todas las cosas que sé de Aureth y que quiero contar.
Por eso está lasombradeltrono.com, que uso como una enciclopedia del universo: personajes, poderes, facciones, bestiario, cronología. Hay ahí muchísimo más de lo que aparece en los libros, y es un complemento para quien quiera entrar más adentro. A veces pienso que es como un octavo libro sin serlo — el que no se lee de principio a fin, sino el que se consulta.
P: – ¿Qué hay en “La sombra del trono”? ¿Acaso el verdadero rostro del poder?
R: – Lo que hay, sobre todo, es una ausencia. Un trono que nadie ocupa desde que los dioses desaparecieron, y un mundo entero organizado alrededor de ese hueco. La promesa era que ya no gobernaría nadie. Todos crecieron creyendo eso.
Pero un trono vacío no es un mundo sin poder. Es un mundo donde el poder ha dejado de tener nombre y cara. Y eso, lejos de eliminarlo, lo vuelve mucho más cómodo para quien lo ejerce: nadie puede pedirle cuentas a una silla vacía. Ahí está la sombra del título. No en quien se sienta, sino en quien nunca necesitó sentarse.
Así que sí, creo que ese es el rostro verdadero del poder, y es un rostro que no se deja ver. El que aparece en los tronos, en los discursos y en las ceremonias suele ser el que nos dejan mirar. La novela va desvelando, capa a capa, quién lleva siglos beneficiándose de que las cosas siguieran exactamente como están — y hasta dónde está dispuesto a llegar para que sigan así.
Que Runar aparezca justo ahora, y que el Trino despierte justo ahora, no es casualidad para nadie. Y menos para quien está en esa sombra.
P: – ¿Quiénes son Runar y Eira?
R: – Runar es un chico de un pueblo del norte al que la vida le pone encima una responsabilidad demasiado grande demasiado pronto. Piensa antes de moverse, calcula cuánto puede perder, se preocupa por los demás antes que por sí mismo. Y duda constantemente de si va a ser capaz de sostener lo que le han puesto en las manos. Cuando no sabe cómo afrontar algo serio, muchas veces le sale sonreír — que es una forma bastante humana de ganar tiempo.
Eira es justo lo contrario. Descarada, directa, atrevida, sinvergüenza. Donde Runar se queda quieto pensando, ella ya ha echado a andar. No es que no tenga miedo: es que no espera a que se le pase para moverse. Es el contrapunto exacto de él, y muchas veces la voz que le empuja.
Juntos forman un dúo que permanece unido por fuerzas que ninguno de los dos comprende todavía. Empiezan sin haberse elegido, casi a la fuerza, y a medida que avanza la historia lo que significan el uno para el otro se vuelve cada vez más importante.
Aunque queda una pregunta ahí de fondo, y es de las que más me gusta dejar abierta: si se encontraron por casualidad, o si aquello estaba escrito hace cientos de años.
P: – ¿Aureth es la representación del mundo existente o de un mundo inventado?
R: – Es un poco de todo. Yo creo que la fantasía siempre es una versión alterada de nuestra propia realidad: cambias los nombres, los mapas y las reglas, pero por debajo sigue latiendo lo mismo. Y eso no es un defecto del género, es su gran ventaja. Puedes contar cosas muy incómodas sobre el mundo real si las cuentas a mil años y a un continente de distancia.
Aureth es inventado hasta el último detalle: su geografía, sus culturas, sus poderes, sus dioses. Pero funciona como funcionamos nosotros. Hay unos pocos que deciden y muchísimos que cargan con las consecuencias. Hay gobiernos que se sostienen sobre relatos que nadie ha comprobado. Hay guerras que se heredan. Hay pueblos convencidos de que las cosas son así porque siempre han sido así, sin preguntarse quién decidió que lo fueran.
Y está lo del trono vacío, que es lo más nuestro de todo. Un mundo que cree haberse librado del poder porque ya no ve a nadie sentado en él. Nosotros hacemos algo parecido cada vez que damos por hecho que manda quien sale en la foto.
Así que el mundo es inventado. Lo que ocurre dentro, me temo que no tanto.
P: – ¿El lector se sentirá uno de los personajes golpeados por la realidad del poder?
R: – El noventa y nueve por ciento de los lectores se van a reconocer en ellos, sin ninguna duda. Porque casi todos vivimos abajo. Nos vemos arrastrados por decisiones que no hemos tomado, por políticas que no hemos votado, por guerras que no empezamos y por leyendas que llevan siglos dando por hecho cómo tienen que ser las cosas. Runar es exactamente eso: un chico de pueblo al que le cae encima un conflicto de mil cien años que él no provocó.
Esa es la sensación que quería que el lector tuviera en el cuerpo. La de estar dentro de algo enorme que se mueve por su cuenta y del que nadie te ha pedido opinión.
Pero hay una segunda cosa, y esa me interesa todavía más: que en algún momento el lector se reconozca no en el golpeado, sino en el que golpea. Cuando escribes a los que mandan desde dentro, descubres que ninguno se cree el malo de la historia. Todos tienen sus razones, y a veces son razones que uno entiende perfectamente. Ahí es donde la novela incomoda de verdad.
P: – ¿Y Unai Arroita, está presente en algún personaje?
R: – Es inevitable. Todos los personajes nacen de mí, así que todos llevan algo mío dentro, hasta los que menos me gustan. Uno escribe con lo que tiene. Pero si hay que señalar, señalo a dos: Runar y Eira. Runar fue el primero, y nació siendo el personaje más cercano a mí. Esa manera de cargar con la responsabilidad, de dudar antes de moverse, de preocuparse por los demás antes que por uno mismo — eso soy yo bastante literalmente. Lo urioso vino con Eira. Empezó siendo un contrapunto y, mientras la escribía, me di cuenta de que también era yo. La otra mitad: la descarada, la que tira para adelante y ya se verá. Yo pensaba que solo Runar era mi personaje, y resulta que hacían falta los dos.
Así que la respuesta honesta es que no estoy en un personaje. Estoy repartido entre dos, y solo juntos me describen entero.
P: – Tu novela cuenta con sus propias especificaciones para definir ese universo. ¿Podrás hacer un decálogo de los términos más importantes?
- La guerra antigua. El conflicto que empezó hace mil cien años y que nunca llegó a cerrarse del todo. Nadie que lo empezó sigue vivo, y sin embargo todo el mundo lo sigue pagando.
- Los quince dioses. Gobernaron durante siglos y un día desaparecieron. Ya no caminan por el mundo, pero su herencia lo sigue gobernando.
- El trono vacío. Lo que dejaron atrás. El símbolo de que nadie volvería a gobernar — y el hueco donde se esconde quien lo hace de verdad.
- Vida. El primero de los tres poderes primordiales. Preserva, transforma y prolonga: cierra heridas, fortalece cuerpos. Pero quien la usa absorbe el daño que cura.
- Alquimia. El dominio sobre la materia: piedra, metal, madera. Refuerza, transforma, repara. Exige entender aquello que se quiere modificar, porque quien no lo entiende provoca el desastre.
- Contratos. Vínculos entre una voluntad humana y otra entidad — un animal, una bestia, un Ascendiente, un dios. Se comparten facultades, sí, pero también obligaciones y dependencias. Nadie firma un contrato y sale indemne.
- El Trino. La excepción. La coexistencia de los tres poderes en una misma persona, algo que rompe la separación que se mantuvo durante toda la historia conocida. Cuando el Trino despierta, se acaba una normalidad.
- Ascendientes. Entidades superiores, situadas entre las bestias y los dioses. Con ellas se pueden establecer Contratos, aunque conviene saber muy bien lo que se está aceptando.
- Cicatrices. Las grandes heridas del mundo: la Brecha en el norte, el Cráter de los Caídos, la Raíz del Mundo, la garganta de Kheret-Seth, el Mar de Clavos. Son geografía y son memoria. El mundo lleva escrito encima lo que le hicieron.
- Las sombras. Lo que vuelve a extenderse ahora que los antiguos poderes despiertan. De momento no diré más — pero el título de la saga no está puesto por casualidad.
Y una regla que los atraviesa todos: en Aureth, todo poder deja una marca.
P: – ¿Te imaginas con los siete libros publicados? ¿Qué ves, qué sientes al imaginar la saga completa?
R: – Es que hace un año o dos habría sido impensable. Que yo fuera capaz de crear una historia así no entraba en mis planes, y a día de hoy me sigue pareciendo algo muy grande. Yo no me considero escritor. Soy una persona normal que escribe por afición. Así que imaginarme con siete libros míos ahí puestos, uno detrás de otro, me emociona bastante.
Y claro que me gustaría ver a un montón de gente enganchada a la saga, aguantando hasta el final, discutiendo sobre los personajes. Eso sería precioso.
Pero se lo he dicho a la gente más cercana: yo no escribo para los demás. En el momento en que escribes pensando en lo que le va a gustar al resto, ya has empezado a escribir otra cosa. Yo escribo algo que me gusta a mí, y escribo para mí.
Así que lo que veo cuando me imagino la saga entera es sobre todo eso: la historia terminada, contada como yo quería contarla, y yo contento con el resultado. Si además hay gente ahí fuera que la ha hecho suya, entonces habrá salido mejor de lo que pedía.





