Tengo sobre mi mesa de trabajo un libro de excepción, se trata de César Vallejo Poesía completa (Editorial Pre-Textos, 2025): edición al cuidado de Carlos Fernández y Valentino Gianuzzi, y he vuelto a sumergirme en el universo poético de un artista de primer orden, a quien no leía desde hace casi una década. Como bibliófilo que soy (amén de escritor, columnista, crítico, autor y lector) quiero destacar la belleza del ejemplar (de 440 páginas): pequeño formato tapa dura, forrada en tela color naranja y con sobrecubierta en la que se nos muestra una imagen de Vallejo que no conocía, en la que destaca por su rostro adusto y cejijunto de orejas grandes, nariz prominente y boca delineada con el labio inferior sobresaliente, lleva sombrero gris con cinta negra, viste un traje con chaleco que podrían ser grises, camisa blanca a rayas y corbata gris también con lunares blancos. El poeta mira a la izquierda hacia un horizonte indefinido, y en ella hay tristeza, tal vez decepción o amargura, en todo caso: es el rostro sombrío de quien mucho ha trajinado por los caminos de la vida y no termina de estar cómodo en su propia piel. La fotografía es de 1930 y fue hallada en los Archivos de la Prefectura de la Policía Francesa.
En cuanto al contenido, el lector podrá hallar a todo Vallejo: Los heraldos negros (1919): Plafones Ágiles, Buzos, De la tierra, Nostalgias Imperiales, Truenos y Canciones de hogar. Trilce (1922): Poemas (1923-1938): Poemas dispersos, Poemas sin fecha, Poemas con fecha, España, aparta de mí este cáliz. Poemas de juventud y de ocasión (1911-1922). Apéndices: Algunas versiones anteriores de poemas de Los Heraldos Negros, Versiones anteriores de Poemas de Trilce y Algunas versiones anteriores de Poemas (1923-1938). Sobre esta edición, Índice de Títulos y Primeros versos.
César Vallejo está y no está, se ha ido, pero tal vez nunca llegó, o se quedó en la remota París, la ciudad que un día lo viera llegar con un deshojado manual de lenguaje y con apenas 500 soles en el bolsillo (y que catorce años después lo viera partir, pero para quedarse sembrado para siempre en uno de sus camposantos). 500 soles. Ese era su aparente capital, y aquí las apariencias cuentan cuando de vivir en buhardillas se trata (o en antros apestados con olor de comida barata, de frituras, de coliflores recalentados), cuando tan sólo se lleva debajo del brazo breves cuartillas borroneadas en versos, en poemas rotos de escuelas y de tradiciones, en lenguaje metamorfoseado en poemarios leídos entre amigos, en los recodos universitarios, en los escasos cafés de Santiago de Chuco, su pueblo natal, o en la casi exótica Lima; ciudad ajena a sus ansias poéticas, y tal vez librescas y vitales. En lo particular, nos referiremos esencialmente a su obra poética inicial: Los heraldos negros (1918-1919) y, de manera particular, Trilce (1922), ya que la obra europea entreteje nuevas estéticas y de alguna manera difumina y enriquece su propuesta, mientras que los dos primeros poemarios son de tanteo y a la vez de raigambre por su espacio y por su andadura existencial. Ambos libros constituyen la voz primigenia del autor, su contacto con la tierra, con sus propias raíces, con sus vivencias más hondas en lo familiar y en las horas decisivas de su vida: la cárcel y el exilio.
Es Vallejo desde sus inicios un poeta de excepción, porque a pesar de estar circunscrito a lo que hemos dado por denominar como modernismo, rompe en estos dos poemarios con lo establecido, ausculta en la experiencia y sobre todo en el lenguaje, dándole rienda suelta a su creatividad hasta llevarla al extremo de las vanguardias, apenas visibles (a partir de 1916) en América Latina de la mano de Vicente Huidobro Fernández en Chile, y luego a partir de 1918 de la mano de Leopoldo Lugones, Macedonio Fernández y Jorge Luis Borges en la Argentina, de Rafael Cansinos Assens en España, y de Luis Quintanilla en México. Los estudiosos refieren a Vallejo inserto en las corrientes de vanguardias a partir de 1926, en su período europeo (que sin duda es el más productivo), pero en sus dos poemarios iniciales se pueden vislumbrar ya varios elementos que permiten afirmar que Vallejo nació necesariamente como poeta del «modernismo» en 1918, con Los heraldos negros (y luego con Trilce), pero cuyos versos ya tenían en su seno el germen y los destellos de su propia implosión vanguardista: libertad creadora, exaltación hacia el futuro, rompimiento de los corsés lingüísticos y estéticos, nuevos recursos verbales, dialógica poética (orden, caos, poema), y en su pluma todos estos signos dan un salto cualitativo para erigirse en transfiguración, en una nueva forma de ver y de expresar el mundo.
Si quisiéramos encasillar al Vallejo de la década de los 20 (desafiante de su contexto y de las creencias abigarradas de la sociedad de entonces) en una categoría literaria, sería una tarea ardua, difícil en extremo, porque deja en libertad a su espíritu creador y se atreve a dar el salto a unas vanguardias que lo ubican de manera permanente en el desfiladero, en la cuerda floja de lo poético, en el trance de no sentirse parte de un contexto que luce atrabiliario frente a los cambios que se suceden sin apenas percibirlos, sin darles respiro a los creadores, quienes muchas veces se sienten huérfanos y desvalidos frente a sus propias circunstancias.
Vallejo, su eterna rebeldía
El Vallejo de Los heraldos negros y Trilce es, a decir de André Coyné (en Apuntes biográficos de César Vallejo, Mar del Sur, n 8, Lima, 1949), un cholo (mestizo de piel trigueña) de apenas 26 años, de cabellera negra, frente ancha, nariz aguileña, boca grande, labios delgados, cejas pobladas y ojos de color pardo. Su altura: 1 metro 70 centímetros. Pero más que sus rasgos fisonómicos nos interesan sobre todo sus sentimientos de entonces, su hondura existencial, su desgarre interior que podemos percibir en Los heraldos negros. También su preocupación por los pobres y desvalidos, su honda vena de corte social, su rebeldía, sus dudas en torno a Dios y a la fe familiar.
En algunos de sus poemas Vallejo nos muestra a veces su dolor, pero también su ironía, su enojo con el mundo y con todo lo que le rodea. A decir de algunos de los estudiosos de su obra, es Los heraldos negros un libro intrincado en estilos y formas, pero también en densidades poéticas, en atisbos de hondura metafísica y desgarre escatológico. Vallejo se nos presenta desde un comienzo como un poeta desafiante de su entorno y de las creencias abigarradas de la sociedad de entonces, y busca con sus latiguillos poéticos zaherir la delicada piel de sus contemporáneos; muchas veces hacerla trizas.
Hay tensión en Los heraldos negros, hay ruido frente a la no-certeza y al desconsuelo, lo que implica abrazar una fe que no lo llena en lo más profundo de su ser. Pero César Vallejo no es un ateo, ni tampoco reniega de Dios, sólo que establece con Él un diálogo que podríamos calificar de atrevido, de iconoclasta e irreverente, frente a una Omnipotencia que ante sus ojos reveladores de «su mundo» no es más que mero artificio y tradición en un medio indómito, hundido en grandes contradicciones e injusticias. Tal vez su reclamo sea el reclamo de todos. Resentimiento, sí, pero honesto y sincero en medio de la nada y del vacío existencial. Su percepción de la lucha de clases no es distinta a la de otros poetas (por ejemplo, Borges, por nombrar a uno solo); pero la suya no es meramente libresca ni enciclopédica, como la del genial argentino: es nacida de su propia experiencia. De hecho, la cárcel es una de sus escuelas.
No escapa Vallejo al deseo carnal, al llamado atávico de la cópula, al deseo atajado tan sólo por los frenos de lo sagrado. En Los heraldos negros «el amor es, entonces —nos dicen Oscar Sambrano Urdaneta y Domingo Miliani en Literatura Hispanoamericana, 1994— una llamarada instintiva e irrefrenable que caldea el barro triste del hombre y lo hace sucumbir en la concupiscencia. Amor, ¡en el mundo tú eres un pecado! / Mi beso es la punta chispeante del cuerno/ del diablo; ¡mi beso que es credo sagrado!»
Como lo expresan los citados autores, en los textos de Vallejo entra en juego entonces la noción de lo platónico, para que no se involucren los sentidos, ni que haya tampoco el goce sensual. El poeta se hunde en su perenne búsqueda de referentes que lo ubiquen más allá de su finitud corpórea, para exaltarse hasta cimas en las que se topa de lleno con la divinidad; de allí su ironía y su ánimo exultantes frente a lo intangible; de allí su desasosiego. Los heraldos negros es, si se quiere, una apertura abismal en la producción de Vallejo, un caer interminable en las interioridades del Ser y de su entorno. Es el permanente auscultar más allá de la razón, para quedarse luego detenido en la descripción de una realidad que no le es ajena; todo lo contrario: lo conmueve, lo azuza, lo mueve, lo interpela hasta adentrarse sin rubor en los profundos meandros del ser individual y colectivo, como excusa para su eterna rebeldía.
Trilce y el desgarre vallejiano
Sin pretenderlo, nos prepara César Vallejo para la entrada de Trilce (1922), su segundo poemario, en el que la ruptura con el presente (es decir el ayer poético) es inexorable. El poeta ya no es el mismo, muchas de sus piezas son escritas en su celda, desde donde observa cómo se extingue una llama que a manera de obituario cercena toda esperanza por un mundo mejor. Este poemario nos muestra en abundancia la pérdida de la inocencia, y en él se hacen visibles las múltiples rupturas que se erigen en hondas escisiones, hasta hacer de su mundo un verdadero paraíso perdido.
Si en Los heraldos negros el lenguaje es de transición hacia un «algo» indeterminado hasta ahora, en Trilce es de completa ruptura, de divorcio con los esquemas y con las tradiciones poéticas, que hicieron de él y de muchos de sus contemporáneos, productos acabados de una época y de un momento histórico. Tan personal es Trilce, que se erige en puente hacia un futuro no muy lejano, cuando ya en París se asuma como parte de una vanguardia que busca nuevos derroteros en su poética, no sólo desde el ángulo del estilo y de los rompimientos propios de una manera de hacer poesía (que como ya se expresara produjo sorpresa y hasta desconcierto en los lectores), sino también en la manera cómo aborda el poeta su nueva realidad, el choque con el ayer, y el cotejo con lo más granado de la cultura hispanoamericana y española, que desfilaba día a día en las calles y cafés de la Ciudad Luz.
No cabe la menor duda de que Trilce es producto del desgarre interior de Vallejo, de su profunda angustia existencial, de su escisión espiritual y física en medio de una de las épocas de mayor dramatismo en su no tan longeva vida (apenas 46 años). Este nuevo poemario rompe abruptamente con la tradición poética, no solo peruana, sino también del continente, al hallarse en él una estructura propiamente vallejiana, en íntima correspondencia con sus sentimientos y sobresaltos en medio de un azaroso destino (compartido con muchos paisanos, que como él sufrían la demencia y el estropicio de un gobernante ávido de poder, de un medio social depauperado, de un hombre y de una mujer profundamente golpeados por la iniquidad de un sistema de castas, que hacían de la vida una suerte de ruleta rusa). Trilce marcó a Vallejo y a su generación, así como también abrió cauces en un contexto cultural e intelectual adormecido, mediocre, hundido en la lucha de las ingentes mayorías por la supervivencia, y de su gobernante y acólitos por mantenerse a como dé lugar en el poder.
Trilce destila ironía por los cuatro costados, amargura y un profundo resentimiento, pero no por ello se pierde en los pedregosos caminos de la venganza personal (a la que tendría derecho), sino que busca los cauces de una vanguardia que rompe definitivamente con lo anterior, para hacerse un hecho literario autárquico, revelador y profundamente original, que se yergue por los caminos de la sufrida América Latina para blandir la bandera de la autonomía, del dominio pleno del lenguaje, hasta hacerse parte sustantiva de su obra y punto de inflexión necesario en su camino poético.
Ricardo Gil Otaiza




