Termino de leer un libro notable: de esos que se guardan en un lugar privilegiado de la biblioteca con miras a leerlo de nuevo, porque con una sola lectura no basta cuando se trata de una obra inagotable, a la que hay que regresar una y otra vez, y que con cada nueva lectura se reinventa para transformase en un libro de cabecera o en una suerte de oráculo al que se aspira a sacar el máximo provecho, y sabemos, por ello, que nos acompañará siempre.
Hablo de Flaubert a la carta. Una brújula en el laberinto (Páginas de Espuma, 2025), de Antonio Álvarez de la Rosa (Santa Cruz de Tenerife, 1946), quien es catedrático de Filología Francesa de la Universidad de La Laguna, además de investigador, traductor y crítico literario, y de aquí en lo sucesivo uno de mis autores favoritos.
Flaubert a la carta es una obra de difícil clasificación, ya que se mueve en distintos registros: se trata de un libro académico, pero a la vez literario, y en esta dicotomía se mece en una suerte de falsas memorias flaubertianas, pero es también una lectura sesuda y referenciada de mucha de la correspondencia del célebre autor de Madame Bovary, quien legó por esta vía su sentir y pensamiento, su manera de ser y su muy particular cosmovisión, razón por la cual es así un libro epistolar.
Y como si todo esto fuera poco, Álvarez de la Rosa construye un delicioso texto narrativo a modo de entrevista imaginaria (o conversación con el propio Flaubert, a quien admira y estudia desde joven), sustentándose, como cabe suponerse, en su correspondencia, pero también en su propia cultura libresca, lo que le permite llevar a pulso al lector por el imaginario y la obra del ya clásico universal, y expresar asimismo su parecer, y en este cotejo entre el ayer de Flaubert (y de otros autores relevantes: Proust, Balzac, Víctor Hugo y el propio Cervantes), y el ahora, representado por el autor de estas páginas (quien discurre como si de su autobiografía intelectual se tratara), emerge un libro que se disfruta en cada página, que se lee como una novela —por lo ficcional de toda esta trama—, pero también como un libro de viajes por la Francia de mediados del siglo XIX, y por la de nuestros días.
Como se comprenderá, un libro de esta catadura requiere de todo un aparato crítico, que aquí emerge sin fórceps, y ello sustenta y consolida lo mostrado, y esto resulta fascinante, ya que ante nuestros ojos se desvanecen los límites entre la realidad y la ficción, y hace de la obra un espacio autárquico, autorreferencial, en el que hallamos convergencias y divergencias, verdades y mentiras, y en este ir y venir se mueven sus bases tempo-espaciales, lo que da como resultado el que la verdad histórica sustente a la ficción, y que esta haga de aquella una experiencia alucinante: un reacomodo de géneros, una sinergia que nos permita mirar más allá de lo referenciado, como quien disfruta de un documental que nos vuela la imaginación al hacerse añicos la cuadratura de la razón.
Es tal el conocimiento del autor acerca de la vida y la obra de Gustave Flaubert, y el gozo que todo ello le reporta, que no hay detalle por nimio que parezca que no llegue a estas páginas para enriquecer lo contado, para llevarnos por diversos territorios físicos y espirituales, para entender la complejidad de una existencia que hizo de su tiempo histórico un espacio en el que la trama novelesca se consustancia de tal forma con la realidad, que ambas dimensiones se aglutinan en una especie de sincretismo derivativo, bajo cuyo influjo interpretamos más de lo que nos está “permitido” interpretar: como si la multidireccionalidad de los elementos constitutivos de la obra y del pensamiento flaubertiano, nos arrastrara a nuevos escenarios, no necesariamente reales o verificables (aunque la mayoría lo son), y es aquí cuando sopesamos en su justa dimensión intelectual y literaria, lo que encierran estas páginas de Álvarez de la Rosa, de allí la “extraña” fascinación que ejercen en el lector; de allí su fuerte pegada, porque lo que no expresa Flaubert ni en su obra ni en sus cartas, lo complementa nuestro autor tinerfeño desde su vasta erudición, desde su cotejo in situ con la realidad (en los propios escenarios en los que desplegó su obra el francés, y en los que imaginó a sus personajes).
No requirió Álvarez de la Rosa demasiado espacio para alcanzar su objetivo: son apenas 201 páginas en las que, a modo de director de orquesta: marca, armoniza, coordina, controla, define, estudia, enlaza, despliega y ahonda en el mundo de Flaubert, y para ello divide su libro en las siguientes entradas y capítulos: El retrovisor en la memoria, Cita inverosímil con el maestro, Prolegómenos, Al pie de las estatuas, Flaubert juega con las palabras, Escuchar a don Quijote, La trinidad femenina, Hablar de amar, Prostitución idealizada, El verdadero viaje, Con las manos en la masa social, Retroevolución del progreso, No hay escritura sin lectura, La carcoma del pensamiento, Cronología, Corresponsales y fechas de las cartas, Índice onomástico y Nota bibliográfica.
Logra el autor, además, conjuntar un lenguaje académico en una estupenda prosa literaria (y ello es en sí mismo, un arte), que atrapa de entrada, que se disfruta, que seduce, que nos lleva por los territorios literarios y de la intimidad de una de las figuras clave de la literatura universal del último siglo y medio.
Ricardo Gil Otaiza




