«…No va a menos, ¿entiendes? Es como si tuviesen todavía muchas cosas que contarse, continuó Elisa. ¡Dos meses después! No creo que se vaya a liar con ese tío. Miguel no está ni cerca de atreverse a ser bisexual.
Le pregunté cómo es que estaba segura de que el amigo no era en realidad una amiga. ¿Lo había buscado en redes?
Eso jamás. Muerta la confianza, ¿qué nos quedaría?
Yo, en cambio, mataría ahora mismo por saber el nombre completo del chico que va en la parte de atrás. Lo pienso y arrastro constantemente los pulgares por la pantalla apagada del móvil, como si fuese una bola mágica…»
Estas frases son del cuento “Parábola de la tormenta”, incluido en La parte fácil, el estupendo libro de Ismael Ramos, publicado por las afueras en 2023 y que por otro de los cuentos contenidos en él, “La liebre”, ha obtenido hace unos meses el O. Henry (2026), uno de los más prestigiosos premios de relatos de Estados Unidos. La parte fácil nos habla de jóvenes a los que les cuesta lidiar con una realidad que no comprenden y que, muchas veces, les desborda. Jóvenes que hacen frente a la precariedad, económica y emocional, mientras tratan de lidiar con sentimientos que como la vergüenza, la culpa o la rabia, les provoca una vida marcada por los secretos familiares y la falta de expectativas.
Recordemos que Ismael Ramos (Mazaricos, A Coruña, 1994) es escritor en lengua gallega. Su primer libro de cuentos, A parte fácil (Xerais, 2023), ha sido publicado en catalán por Angle (La part fàcil) y en castellano por Las afueras (La parte fácil). Es también autor de tres poemarios: Lixeiro (Premio Nacional de Poesía Joven Miguel Hernández, Xerais, 2021), Lumes (Premio Javier Morote, Apiario, 2017) y Os fillos da fame (Premio de Poesía Johan Carballeira, Xerais, 2016). Dos de ellos han sido traducidos al español: Ligero (La Bella Varsovia, 2021) y Fuegos (La Bella Varsovia, 2019). Colabora habitualmente como articulista en elDiario.es.
Por La parte fácil, su primer libro de cuentos y, como se ha dicho, ganador por uno de ellos del premio O. Henry (2026), hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Ismael Ramos, para que nos hable de él a los lectores de Qué Leer.
Ismael, por favor, haznos una sinopsis de La parte fácil.
Lo cierto es que resulta complicado hacer una sinopsis de un libro de cuentos. En este caso, diría que es sobre todo un libro de personajes. De emociones complejas y muchos silencios. La mayoría son jóvenes que hacen frente a la precariedad, económica y emocional, mientras lidian con sentimientos como la vergüenza, la culpa o la rabia, que les provoca una vida marcada por los secretos familiares y la falta de expectativas. Pero vaya, yo nunca leería un libro de cuentos por su sinopsis. El cuento es otra cosa.
La parte fácil es un libro que tiene ya tres años. Nosotros hemos llegado a él ahora porque uno de sus cuentos, “La liebre”, ha obtenido el Premio O. Henry 2026. ¿Cuál fue el camino, cómo llega este cuento a este premio?
En febrero de 2024, poco después de que el libro se publicara en gallego, castellano y catalán, quise probar suerte en otros lugares, ver si el libro podía hallar fortuna en más lenguas y países. Fue entonces cuando me puse en contacto con Jacob Rogers, mi traductor al inglés, y le encargué que tradujera “La liebre” a modo de muestra. Luego, aprovechando que en Estados Unidos existe una gran tradición en torno al género breve, fue él quien empezó a enviar el cuento a revistas y a traducir por su cuenta y riesgo algún otro texto (¡le estaré siempre agradecido por ese entusiasmo!). Quiso la suerte que dos de ellos fuesen publicados por revistas al otro lado del océano en el otoño de 2024 y la primavera de 2025: “La parte fácil” en la Michigan Quarterly Review y “La liebre” en The Common. Casi un año después, en abril de 2026, salta la noticia del premio. La verdad es que fue toda una sorpresa. No es un galardón al que uno se presente, sino que un comité y un editor externo se encargan de elegir y premiar los veinte mejores cuentos publicados el año anterior en todas las revistas del ámbito anglófono (tanto originales, como traducciones). El vértigo fue mayúsculo. El O. Henry yo lo conocía por las solapas de los libros de Faulkner, Flannery O’Connor, Eudora Welty, Carver, Lorrie Moore… Todavía ahora me parece imposible que “La liebre” haya corrido hasta allí. Que haya cruzado el océano y se haya colado en ese palmarés.
Al principio, ¿había una idea global de libro, de proyecto común de cuentos? ¿O la idea vino después, según ibas acumulando cuentos?
La estructura entreverada del libro, es decir, la idea de que los personajes fuesen saltando de un cuento al siguiente, surgió después de escribir el primer relato, que es también el que abre el volumen: “La nutria”. Cuando terminé de trabajar en ese primer borrador, sabía ya que alguno de los personajes de esa pieza insistiría en reaparecer para contar parte de su propia historia. En algunos casos, sus voces eran insistentes; en otros, simplemente me resultaban atractivos. Lo que empezó siendo una necesidad, un impulso, acabó convirtiéndose en un recurso técnico. Y así sucede siempre con la literatura: uno no tiene elección.
¿Aquí están todos los cuentos de La parte fácil o desechaste algunos?
Deseché ideas, bocetos. Personajes que no me parecían lo suficientemente vivos, situaciones sin brillo. Pero casi nunca cuentos completos, acabados. Rara vez termino algo si sé que lo voy a desechar. No sé si es instinto o aburrimiento.
El arco temporal de los cuentos va de los 17 años (primer cuento) de los diferentes personajes a los 25 (del último), más o menos. Raúl, Marcos, Sara, Clara: son personajes que pasan de un cuento a otro: ¿con ello, querías mostrar la evolución de estos jóvenes?
Me atraía la idea de verlos crecer, de escribir sobre los mismos jóvenes a los 17 y a los casi 30. Ver qué les sucedía en esa primera década de la edad adulta, cómo cambiaban, si es que lo hacían. Además, como narrador, la posibilidad de que un mismo personaje ocupe distintas posiciones a lo largo de un libro tan breve (protagonista, secundario, esporádico) aportaba riqueza y complejidad a lo que quería contar. Buscaba hacer visible el tiempo y sus dobleces, quería lograr una determinada textura psicológica.
El tema subyacente de estos cuentos ¿es la desorientación? ¿La pesadumbre? O no hay tema y lo que querías simplemente es mostrar el estado emocional de esta generación.
Nunca me gusta demasiado usar el término generacional. No creo que lo que les sucede a mis personajes sea algo propio de una edad, sino de un momento histórico. En ese sentido, es evidente que existe un malestar difícil de nombrar, pero que todos hemos sentido alguna vez o del que somos testigos. En muchos casos, esto responde a un nuevo tipo de precariedad, que no es solo económica, sino también emocional. El principal problema de los protagonistas de mis cuentos es que no saben cómo comunicarse correctamente, cómo gestionar aquello que les pasa. La incomunicación y la soledad no deseada son problemas que afectan a la población por sus extremos (se agudiza en los menores de 25 y los mayores de 65). Los perfiles generacionales separan, la emoción frente a la ficción nos une.
Destaca el lenguaje: muy claro, muy humano, de marcado tono poético, con algunas metáforas estupendas. Esto lo trabajas mucho, ¿verdad?
En el caso de La parte fácil he intentado trabajar sobre todo la claridad y la contención. Una sencillez aparente que encuentro en el tipo de literatura que más me gusta. Pienso, por ejemplo, en el tono conversacional y los diálogos escuetos de los cuentistas del minimalismo americano, como Amy Hempel o Raymond Carver; o en las obras y personajes inclasificables de Annie Ernaux, Fleur Jaeggy o Ingeborg Bachmann.
¿Y corriges mucho?
Diría que demasiado. Yo me he formado como escritor en la poesía, así que la sonoridad es importantísima para mí. Releo párrafos y páginas enteras hasta que el libro suena en voz alta tal y como quiero que suene. Es algo casi medieval, un ejercicio de composición. Sé que estos cuentos no van a ser leídos ante un público, pero para mí es importante tener cierto control sobre la voz mental de quien lee: imponer un ritmo, una música. Es como crear una nueva oralidad, no porque los cuentos estén escritos en un registro coloquial, sino porque me gustaría pensar que hay vida en ellos.
¿Cómo corriges: primero escribes el cuento entero y luego lo pules, o lo vas puliendo según lo escribes?
Ambas. Lo voy puliendo mientras escribo. Me quedo enzarzado en párrafos y frases con facilidad. Y cada jornada de escritura comienza con la revisión de lo escrito el día anterior. También porque eso me ayuda a recuperar el tono y acercarme de nuevo a la voz, que debe estar templada. Cuando el libro está terminado, sigo corrigiendo, ahora ya en compañía (mi lector de confianza, mis editoras…). Esta segunda corrección la disfruto más que la primera. Agradezco la compañía.
En la pag. 179, Elisa le dice a Raúl: “la parte difícil de cualquier novela es dar con el peso exacto de los secundarios”. ¿Y de un cuento, Ismael, cuál es la parte difícil de un cuento?
Con el cuento me pasa como con el poema: es un misterio. Me gustaría decir que sé qué está sucediendo en cada momento, que tengo el control de la historia o de los personajes, pero lo cierto es que para mí la escritura es siempre un proceso largo, demorado y plagado de pequeñas revelaciones cuyo brillo a veces se desvanece y otras, por fortuna, emerge aquí y allá en cada relectura. La parte difícil son siempre la constancia, la insistencia y esa fe inquebrantable en que algo acabará apareciendo.
Estos cuentos se escribieron en gallego originalmente. Al traducirlos tú, ¿cambiaste algo en la versión en castellano, te hizo detectar algún fallo o una mejor manera de perfilarlos?
La autotraducción es algo que llevo practicando desde mi segundo poemario (Fuegos, La Bella Varsovia, 2019) y que me ha acompañado hasta hoy. El hecho de ser yo mismo quien traslade mi obra de un código a otro es un ejercicio muy interesante. Me permite conocer mejor los mecanismos de mi propia escritura y, a veces, corregirlos o cuestionarlos. Por lo demás, la labor de edición se la dejo a los editores, así que durante la traducción procuro tratar mi propio texto como si ya no hubiese vuelta atrás.
Leemos en las Notas del final que empezaste a escribirlo en Cangas y lo acabaste en Compostela. ¿Qué hizo que te pusieras a escribirlo en Cangas?
¡Que vivía allí en aquel momento! Durante tres años fui vecino de Cangas y empecé a escribir estos cuentos durante el confinamiento, en la primavera de 2020, poco antes de marcharme. Más allá del veraneo, y ahora ya de la turistificación masiva, es un pueblo con mucho carácter, uno de los lugares donde he sido más feliz y también más desgraciado.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © P. Souto
Ismael Ramos
Editorial Las Afueras, 184 pp., 16,95 €
Sinopsis:
Los personajes que desfilan por La parte fácil, el primer libro de ficción de Ismael Ramos, son jóvenes a los que les cuesta lidiar con una realidad que no comprenden y que, muchas veces, les desborda. Jóvenes que hacen frente a la precariedad, económica y emocional, mientras tratan de lidiar con sentimientos que como la vergüenza, la culpa o la rabia, les provoca una vida marcada por los secretos familiares y la falta de expectativas.
Poseedor de un estilo personalísimo, pero en el que es posible vislumbrar la fascinación por el relato norteamericano contemporáneo, la narrativa de Annie Ernaux y la palabra poética, Ismael Ramos nos obliga en estos cuentos a forzar la mirada, provocando un extrañamiento con respecto a la realidad que reaparece, gracias al lenguaje, como algo completamente nuevo.



