«…Cada vez que bajo escucho la música. No quiero ir, me da miedo. La música es horrible. Gritan mi nombre y yo sé que van a pedirme que baje, y no quiero. Siempre hay cosas que traer de Allá Abajo: cacerolas, el tejolote para moler, el asador pequeño, gasolina blanca, o la olla especial en la que mi mamá prepara el pollo cuando alguien viene a cenar… y siempre he de ser yo quien lo suba. ¿Por qué? A veces mamá manda a mi hermano, pero entonces él me manda a mí, y no puedo negarme porque si no…
Tal vez lo que hace mi hermano no sea peor que la música. Pero no me gusta.
Antes estaba bien ir al sótano, inventarme historias detrás de los marcos de pinturas que ya no están, o el baúl con la ropa fina y vieja de los familiares muertos, que de tan estrecha hasta parece que la usaban cuando ya eran esqueletos. A veces me la ponía y paseaba con ella puesta entre los objetos de Allá Abajo. No había qué temer porque jugaba con la luz prendida a un montón de babosadas, recuerdo que una vez hasta me comí una telaraña para ver a qué sabía (a nada, pero se pega horrible al paladar).
Hasta que comencé a oír la música…»
Estas frases son del cuento “La música y los pétalos”, incluido en Soñarán en el jardín, el libro de Gabriela Damián Miravete, publicado por Alfaguara y que desde el 5 de marzo está en todas las librerías. Una obra que reúne doce cuentos, donde la autora mexicana despoja la fantasía, el horror y la ficción especulativa del manto fúnebre de lo irreversible en una serie de ventanas a lo inesperado y asombroso. Y lo hace con una inteligencia insubordinada y un oficio artesano en el arte de contar. Sus narradoras son, como ella, mujeres autónomas que confabulan para ingeniar máquinas y conjuros de libertad de cara a los páramos de la catástrofe.
Recordemos que Gabriela Damián Miravete nació en la Ciudad de México. Sus relatos han sido traducidos al inglés, italiano, portugués, francés, euskera y japonés; y publicados en antologías finalistas del Premio Hugo y World Fantasy. Es cofundadora de proyectos colaborativos como Mexicona: Imaginación y Futuro y el Cúmulo de Tesla, colectivo de arte y ciencia. Recibió el Premio de Cuento FILIJ, la beca Jóvenes Creadores de Narrativa y forma parte del Sistema Nacional de Creadores desde 2023. Es autora de los libros La canción detrás de todas las cosas (Elefanta Editorial, 2024) y They Will Dream in the Garden (Rosarium Press, 2023), que ganó el Shirley Jackson Award y el International New Star del Fishing Fortress Award del Tai Shan College of Science and Technology de China. Con el cuento «Soñarán en el jardín», ganó el Premio James Tiptree, Jr. (hoy Otherwise).
Bien, por Soñarán en el jardín, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Gabriela Damián Miravete, para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Gabriela, por favor, haznos un breve resumen de tu libro.
Soñarán en el jardín es un libro de cuentos que hablan sobre la experiencia de ser mujer y vivir en México, pero desde mi particular mirada sobre la realidad, que podría decirse que entra dentro de las expresiones de lo que actualmente se llama “literatura especulativa” y que de toda la vida se llama “literatura fantástica”, “ciencia ficción”.
Hay algunas salidas de tono que creo yo que son un poquito inclasificables, aunque no me molesta que se le diga “weird”, “slipstream”, “horror”. Y todas, de alguna manera empiezan, en el horror.
El primer cuento es un cuento de horror que aborda la violencia sexual hacia las mujeres, hacia las niñas en la familia. Se vive de una manera cerrada, terrorífica, individual. Y apunta hacia el final, hacia la utopía, cuando esto se abre, se colectiviza y se politiza.
Eso es un poco el libro. Son cuentos que, en mayor o menor medida, hablan de esta experiencia y utilizan los dispositivos fantásticos para ir expresando esas trayectorias: esa trayectoria mía como mujer, como humana, pero también colectiva de las mujeres en México.
Al hilo de lo que tú estás contando, tus cuentos, sobre todo, tienen una gran variedad: “La música y los pétalos” está contado en forma de diario en primera persona, “Huir del siglo” a base de notas y declaraciones de religiosos, “Conspiración de los elementos” desde un punto de vista de conjunto de la ciudad que cuenta, “La sincronía del tacto” en primera persona del plural… Esa variedad, Gabriela, ¿es buscada o ha salido propiamente de cada cuento?
Creo que son ambas cosas, porque me divierte mucho y es una de las razones por las que no entiendo por qué alguien que escribe querría usar la Inteligencia Artificial.
Me es muy gozoso el proceso de escribir y parte de ese gozo es urdir las maneras distintas en cómo se puede expresar una idea tan sencilla y que ya ha sido tan abordada. Escribir en el siglo XXI, que ya todo ha sido contado y abordado, ahora hay que encontrar las maneras propias, interesantes y significativas para quien escribe de cómo contar esas historias, abordar esos temas, etcétera.
En mi experiencia, cada historia requiere la creación de una metodología propia y, en ese sentido, así ha sido con cada uno de los cuentos de Soñarán en el jardín. Viene a veces la metodología y a veces viene primero la preocupación temática o algún personaje. Pero cada uno tiene una metodología distinta, por eso es tan variado.
Me gusta mucho jugar, ver qué posibilidades tiene el lenguaje para, pues sí, ser muy lúdico y al mismo tiempo bastante expresivo y aportar algo que justifique que yo esté escribiendo una y otra vez sobre las mismas cosas.
Entendido… Aunque hay cuentos muy diversos, si alguien te preguntara cuál es la idea que engloba este libro, ¿qué le dirías?
Yo creo que la idea es que necesitamos un horizonte para caminar. Y ese horizonte para caminar, como lo definió Eduardo Galeano, es la utopía.
La utopía tiene mucho descrédito en nuestros días, porque con qué cara hablamos de utopías si ya sabemos todas las deformaciones que puede tener. Y de hecho, confirmamos o constatamos con mucha frecuencia que ya vivimos en distintos niveles de distopía, según el lugar en donde vives. Y cómo se sitúa tu cuerpo dentro de esos lugares.
Pero creo que es importante recuperar las nociones básicas que están detrás de la sobrevivencia y detrás del seguir vivas, vivos, el día a día. Y eso es que, si seguimos aquí es porque además de todo el dolor que hay y además de la violencia y de todas estas tensiones a las que estamos sometidos, quiere decir que también hay ternura, también hay amor, también hay solidaridad, también hay comunidad. Y me gustaba subrayar ese contraste.
Y no es que quisiera ignorar el dolor y la violencia, al contrario, creo que están muy presentes en el libro, pero lo que me gustaba subrayar en cada uno de los cuentos es justo como la vida se sostiene. Y entonces cómo está la amistad, cómo está el amor, cómo está la ternura sosteniendo eso que quiere ser destruido por todos los otros elementos. Yo creo que eso es algo que está presente en todos los cuentos, si bien en mayor medida en unos que otros.
Soñarán en el jardín es el título del libro y también el del último cuento. ¿Por qué le pusiste este título al libro? ¿Quizá porque es el cuento base?
Sí, creo que porque “Soñarán en el jardín” es una historia que representa bien esa trayectoria, como de observar este olor y esta violencia en la que vivimos inmersas las personas no sólo de México, sino de toda Latinoamérica, de todo el mundo, sin duda.
Y creo que esa representación que tiene “Soñarán en el jardín”, además de que es el cuento más celebrado, que ganó varios premios y que estuvo nominado a otros [obtuvo el James Tiptree, Jr. Award], independientemente de eso, me gusta mucho la idea de comenzar con un verbo conjugado en futuro.
Para mí fue muy importante a la hora de escribir ese cuento, hacer una especie de conjuro. Es ciencia ficción, pero me gusta mezclar en la metodología de la ciencia ficción un poco de magia. Y me parece que el lenguaje es nuestra forma de la magia, cómo nombramos las cosas y hacemos que existan. Y ahí hay muchísimo poder, un poder que puede ser bien usado y mal usado.
En el caso de “Soñarán en el jardín”, me importa que diga que soñar es algo activo, no es una actitud pasiva, no es únicamente la ensoñación del desear un mundo mejor, sino es algo que se construye activamente a través de la acción política y a través de las relaciones entre nosotros, entre las personas. Y ese conjuro no de hacerlo, o conjugarlo en futuro, era muy importante para mí. Era como decir: esto va a pasar, esto puede ser así, y así lo voy a escribir, porque es una posibilidad que estoy arrojando al mundo junto con el colectivo de personas que me inspiraron a decir que esto puede ser posible; porque la esperanza no parte de la nada, no es como el optimismo que es un poco tonto, como que ¡ah, sí, todo va a salir bien!, pero no tiene ninguna base real; la esperanza no, la esperanza se construye activamente y, por eso, me importaba también, a través del lenguaje, construir esa esperanza, sí, más de forma proactiva.
En ese cuento, narras la muerte de niños, de mujeres, tan habitual en la vida y la literatura mexicana, desgraciadamente… Por cierto, hablando de literatura mexicana, últimamente hemos tenido la ocasión de entrevistar para Qué Leer a varias autoras mexicanas: Elma Correa, Alma Delia Murillo, Elisa Díaz Castelo, Mónica Rojas. ¿Qué está pasando, qué rasgos comunes crees que tenéis todas estas escritoras?
Creo que tenemos algo importante que decir a un mundo que está dispuesto a escuchar, más dispuesto que antes, porque creo que las escritoras latinoamericanas y mexicanas, ahora con estos ejemplos, llevamos ya un tiempo siendo relevantes y creando una obra asombrosa e interesante, desde Elena Garro, por ejemplo, que es absolutamente fascinante.
La cosa es que creo que la experiencia de escritoras como Elisa Díaz Castelo y yo ahora tiene un público más receptivo y eso creo que es gracias a las comunidades lectoras de mujeres que son tremendamente activas, tienen clubes de lectura, son además la mayoría de las personas lectoras en el mundo, y que además son entusiastas, incluso de hacer cierta militancia dentro del ámbito literario, y su entusiasmo se contagia y va más allá de compartir una lectura, de tener una buena experiencia de lectura. Se convierte también en una, en una postura vital.
Y también creo que, a pesar de que somos muy diferentes en nuestra preocupaciones y nuestra forma de expresarnos, venimos de un contexto que tiene mucho que decir acerca del mundo en el que vivimos actualmente, porque estamos justamente sufriendo las consecuencias de un sistema económico que está revelando sus fracturas y socialmente, históricamente, México ha sido una sociedad muy desigual que ha seguido estos modelos de desarrollo y que ese fracaso constante que nosotras hemos vivido, históricamente, las mujeres mexicanas y también dentro de nuestra generación, como se ha se ha estado viviendo, es muy representativo de cómo el mundo está viviendo esa fractura.
Entonces creo que también se puede ver ahí, son lamentablemente cuestiones que ya no son exclusivamente mexicanas, sino que el mundo puede decir, claro, aquí está muy bien ejemplificado.
En mi caso, además, la imaginación fantástica es una forma de mirar que creo que también comparte toda Latinoamérica y el hecho de tener este amor por el cuento, por la narrativa breve, también es una cosa muy mexicana y latinoamericana. Y creo que ahí también hay algo de herencia que estamos recuperando.
Tu libro: lo abro y lo primero que me encuentro son dos citas de Úrsula K. Leguin.
Yo la admiro muchísimo. Yo tengo dos amores muy fuertes, uno es por Úrsula y otro es por la música, y confío mucho en que, cuando yo no sepa cómo decir algo, ambas cosas podrán hacerlo.
Lo primero que abre el libro son dos citas de Úrsula que expresan muy bien lo que yo creo que quiero hacer con la literatura que escribo. Y el libro lo cierra una playlist que puede acompañar la lectura, con canciones que, si yo fallé, la música no fallará en transmitir.
Seguro que no, ja, ja, ja… [le digo a Gabriela Damián Miravete; rebeca amarilla, blusa azul suave, largos pendientes dorados; antes de seguir comentándole:] Como Leguin, a mí me parece que uno de tus puntos fuertes son las imágenes poéticas.
Es algo que me interesa un montón y que yo disfruté justamente como lectora. Cuando me formé como lectora, era lo que más me hacía soñar, me llevaba a otro lugar. Era lo que a mí hizo que me enamorara de la literatura, más allá de las tramas emocionantísimas y los personajes tremendamente complejos. Creo que eso fue cuando descubrí que quería ser escritora, porque hacer eso no es sencillo, es algo que requiere mucha reescritura y que requiere un entrenamiento de la mirada.
Y es algo que yo encontré de inmediato cuando leí a Ursula Leguin y a otros escritores de ciencia ficción, que fueron los que a mí me formaron, más que los clásicos, como Asimov o Arthur C. Clarke. A mí me formaron Ursula Leguin, Theodore Sturgeon y Ray Bradbury. Y también John Crowley, que es otro excelente autor norteamericano que no es muy conocido. Y Octavia Butler, que también tiene imágenes muy potentes.
Los cuentos del libro van de 2009 a 2020. ¿Ha habido alguno que hayas retocado, para incluirlo aquí?
Todos tuvieron su manita de gato…
Qué bien.
…Porque es imposible dejar de corregir. Pero, de forma significativa, ninguno.
No sé si era Borges el que decía: es que los editores nos ayudan quitándonos los libros, porque si no constantemente les cambiaríamos cosas. Yo hay alguno [de mis cuentos] que habré dejado, fuera de los comentarios de mi editora de si aquí va un espacio en blanco o no. Por ejemplo, “Soñarán en el jardín” no tuvo ninguna manita de gato.
Algunos otros sí, que yo decía: aquí hay demasiados qués, vamos a eliminarlos. Pero en realidad hubo por ahí un cuento, que es un recuento del cuento clásico “Blancanieves”, que ahí sí yo decía, híjole, este como que no ha sido revisado, se publicó una vez hace mucho, y entonces ese sí recuerdo que dije: este sí tendrá un poquito más de cambios.
¿Y cuál fue la mayor dificultad en Soñarán en el jardín? ¿Decidir qué cuentos entraban en él, cuáles no?
Fue muy curioso, porque Verónica Murguía, que es una excelente escritora mexicana, que además es mi maestra y mi amiga, dice que yo en realidad tengo dos primeros libros. Uno es La canción detrás de todas las cosas, que es el libro que se publicó en el 2024, y Soñarán en el jardín. Y es que se escribieron un poco de forma paralela. La canción detrás de todas las cosas se terminó un poco después, pero no mucho tiempo después.
Y lo que sucede con el primer libro es que una quiere decirlo todo, todo, todo… Y, de alguna manera, yo tuve que ir como cribando, porque ese libro empezó a revelar su carácter muy pronto. Y es eminentemente geológico, mineral. Todo lo que tenía que ver con el mundo geológico o mineral de la Tierra tenía que estar en ese libro, y lo que se apartaba un poco tenía que ir saliendo. Y es el caso de Soñarán en el jardín.
Sin embargo, yo no diría que es un libro de descartes, porque para mí era muy importante lo que se iba diciendo en cada cuento. Y lo que pasó con Soñaran en el jardín es que reveló su otra personalidad, que justamente tiene que ver más con la vida de las mujeres, con esta experiencia tanto de una niña como de una anciana, empezamos con una niña y terminamos con una anciana en “Soñaran en el jardín”, las monjas, la experiencia del amor, la experiencia de la amistad, de la juventud, etcétera. Tenía ya su propia personalidad. Entonces la verdad es que no fue difícil, porque eso ya estaba muy armado de suyo, porque es una de mis preocupaciones en toda mi obra.
Pero, por ejemplo, cuentos como “La conspiración de los elementos”, que es una narrativa comunitaria o que aspira a eliminar ese individuo que cuenta y que está hablando desde un punto de vista de la comunidad, sí tuve problemas para acomodarlo, porque no tenía algo tan geológico. Sí tiene un aspecto muy importante, una preocupación hacia el mundo natural importante, pero como no tiene ese puntito geológico que necesitaba para estar en el otro libro, se quedó acá.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Abril Ponce
Gabriela Damián Miravete
Editorial Alfaguara, 192 pp., 18,90 €
Sinopsis:
Se dice a menudo que «el futuro está escrito» como si eso robara toda la esperanza, pero es en la escritura donde se juega la imaginación subversiva de lo posible y la memoria indómita de lo que está al borde del olvido. ¿Y si, para los seres que el presente desprecia y mengua, el porvenir fuera el tiempo de la rebeldía y la comunidad?
En los doce cuentos que componen Soñarán en el jardín, Gabriela Damián Miravete despoja la fantasía, el horror y la ficción especulativa del manto fúnebre de lo irreversible en una serie de ventanas a lo inesperado y asombroso. Y lo hace con una inteligencia insubordinada y un oficio artesano en el arte de contar. Sus narradoras son, como ella, mujeres autónomas que confabulan para ingeniar máquinas y conjuros de libertad de cara a los páramos de la catástrofe.
Las flores y los gatos, el agua y la montaña deshacen con palabras indóciles la promesa de apocalipsis que intenta conquistar nuestro mañana y ocupan el lugar de los congéneres, en un mundo compartido y horizontal en el que los seres humanos no son la cumbre de ninguna evolución.

