Retomando el género policial (o novela-problema clásica, como suele llamársele), salió en septiembre de 2023 una novela del escritor español Arturo Pérez-Reverte (a quien le sigo la pista desde hace mucho tiempo), titulada El problema final (de Alfaguara), que me llegó hace pocos días gracias a la gentileza de la editorial, ya que desde siempre quise leerla y porque me he enterado de que harán (o ya ruedan) una serie basada en la obra. Confieso que la leí con fruición (de un tirón: en menos de tres días), y en ella se recrea, y de manera magistral, al icónico personaje de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes.
El autor trama una historia en la que rinde un homenaje, no solo a Doyle, como queda dicho, sino también a Agatha Christie, y nos lleva con la magia de la literatura al año1960 en el escenario de la isla griega Utakos, frente a Corfú, en donde un temporal deja varados a los huéspedes del pequeño hotel Auslander y deben resignarse a permanecer allí hasta que regrese la normalidad y la calma. Al día siguiente hallan muerta a la turista inglesa Edith Mander (amiga íntima de Vesper Dundas, otra de las clientes), y comienzan así los rumores y las conjeturas por todas las características del extraño suceso. Se cree en principio que se trata de un suicidio, pero van apareciendo ciertos elementos e indicios que pronto generan inquietud y alarma entre los que allí se hospedan.
A todas estas, hace su aparición el protagonista central: Ormond Basil, (cuyo nombre artístico es Hapalong Basil): un actor británico en declive y en cuya carrera interpretó con enorme éxito al detective Holmes. Varios de los presentes en el hotel conocen al actor y ante la imposibilidad de que llegue la policía a levantar el cadáver y hacer las investigaciones, impelen a Basil para que se erija en su propio personaje: que se metamorfosee en Sherlock Holmes. Para completar el ardid, Pérez-Reverte inserta a Paco Foxá, un turista español que es escritor menor de novelas policiales, y lo erige en el doctor Watson, y se estructura la dupla. Ambos personajes se encargarán de hacer las pesquisas e intentar descubrir este y otros nuevos crímenes que se van dando en el hotel. Como ocurre con las historias policiales de Poe, de Doyle y de Christie, se impele al lector a indagar, a echar mano de la lógica y de la inteligencia, de allí su enorme atractivo entre nosotros.
Confieso que disfruté del libro y me quedo con las ganas de darle una segunda lectura, que aspiro a realizar en un futuro no muy lejano, porque como bien lo expresan Basil y Foxá en sus deliciosas conversaciones iniciales (en las que analizan las claves de las novelas policiales), la primera lectura es para “desvelar el misterio y otra para comprobar cómo se ha planteado”. Echa mano el autor, del enigma, y lo hace a la usanza de los novelistas de finales del siglo XIX y de comienzos del XX, y su historia resulta fascinante.
Es también El problema final una trama en la que el doble juego de la metaficción (ficción dentro de la ficción) logra fundir dos dimensiones: la que sucede en la “realidad” de la isla y la que logra Basil en el hotel al introducirse en la trama bajo el ropaje del personaje Sherlock Holmes, que busca (con su nuevo amigo) esclarecer los sucesivos asesinatos que se van dando, y, lo hace a su pesar, porque su viaje es de placer, pero por cuestiones propias del azar y del oficio de actor, al ver el cadáver de la mujer y al observar los oscuros detalles del caso, no puede contener el “escatológico placer” de pensar en un asesinato, y así echar mano de todo aquello que en las películas articulaba desde la ficción para llegar al esclarecimiento del hecho.
Deseo detenerme un poco en la ya mencionada metaficción, porque si quisiera aplicarle a esta novela la teoría literaria, sería el ejemplo ideal, ya que no solo se fusionan dos dimensiones (la realidad creada por el novelista y la ficción precedente desde otras obras), sino que es un relato en el que se nos muestran los mecanismos de su hechura y el artificio queda expuesto ante los ojos del lector, rompiéndose así el pacto de la llamada verosimilitud, y esta autoconciencia que se pone en evidencia con los diálogos literarios de un actor de novela policial (Basil) y un escritor del mismo género (Foxá), trae a su vez un autorreferencialidad que da solidez, estructura y versatilidad a lo contado, y al mismo tiempo diluye las fronteras entre la realidad y la ficción.
Me gustan enormemente los diálogos hechos con técnicas tradicionales casi “olvidadas” por muchos autores contemporáneos, pero que llevan al lector a ubicarse en el tiempo y en el espacio y a establecer una dialógica argumentativa fluida y convincente, y nos demuestran que lo importante no es tanto la novedad de la técnica a la hora de articularse una interesante conversación entre los personajes, como el dominio del oficio. Las herramientas narrativas pueden envejecer, pero no así la buena escritura. Arturo Pérez-Reverte nos enseña una vez más en esta obra, que recursos literarios considerados tradicionales, o incluso superados (o poco naturales, como expresan algunos autores), siguen siendo plenamente eficaces cuando están sostenidos por la inteligencia narrativa, el ritmo y la precisión estilística de un maestro, y él lo es, y en esto no tengo dudas.
Esta obra detectivesca —o novela-problema— echa por tierra la falsa creencia de que el género (me gusta más decir subgénero) es cuestión del pasado, o que está agotado y que la cinematografía lo liquidó desde de la inmediatez de la imagen y el sonido. Todo lo contrario: su trama y su técnica, no solo están vigentes, sino que se abren en el horizonte para azuzar en los lectores la ingente tarea de desvelar, desde su intuición y sagacidad, lo que se esconde tras el artificio literario.
Ricardo Gil Otaiza





