Formo parte de las estadísticas: el 23 de abril compré en Tenerife la más reciente novela de Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943), titulada La intriga del funeral inconveniente (Seix Barral Biblioteca Breve, 2026), el libro más vendido el Día de Sant Jordi, y que terminé de leer hace apenas unas horas. Confieso que desde hace años admiro y respeto al autor, y de él leí libros como La verdad sobre el caso Savolta, El misterio de la cripta embrujada, La ciudad de los prodigios, Riña de gatos y El rey recibe: un par de ellos considerados clásicos y además multipremiados, pero mi decepción fue enorme, y paso a contarla.
Soy consciente de que la obra de Mendoza tiene unas características particulares, que le confieren un sello inconfundible: se mueve en el amplio espectro del humorismo y la ironía y echa mano de una mezcla de subgéneros novelescos (como lo detectivesco, la picaresca, la sátira y el folletín), crea personajes esperpénticos y de orilla, hay en ella intriga y misterio a modo de thriller, ostenta abundancia de coloquialismos y adolece de cierto desenfado y naturalidad: erigidos en una suerte de estilo prosaico muy mendociano.
Ahora bien, en esta última entrega no hallo al mejor Mendoza; es más: esta novela no le hace honor a su trayectoria y su obra aquí cae en picada, lo que no es justo, no solo para él, que ya tiene un lugar en la literatura en lengua española, sino para los lectores, que siempre esperamos mucho más de nuestros clásicos, y sentimos que con libros como estos se nos empuja a extremos en los que la fidelidad y la aquiescencia se hacen cuesta arriba, por no decir imposibles.
Debo ser juez de mi conciencia, con mis cuarenta años de oficio literario (como autor, columnista y crítico literario; amén de académico) no puedo aplaudir un libro que es francamente mediocre (incluso, malo), en el que unos personajes chatos, completamente planos e irrelevantes se mueven de manera enloquecida (sin orden ni concierto) en una trama inexistente: vacía, carente de sentido y de lógica, que nos lleva por laberintos que desdibujan la esencia del hecho literario, al no alcanzar la propuesta la noble categoría de lo novelesco.
Sí, estoy claro (como lo intenté expresar líneas arriba), que la obra de Mendoza busca ex profeso salirse de la cuadratura o de la rigidez de lo que solemos llamar como “novela académica y literaria”, para entregarnos un divertimento, pero es que aquí lo que hallo es un bodrio en el que lo humorístico y las toscas situaciones no causan risa, sino una mueca de desdén y de hastío, en el que el automatismo mata la intención, en el que el supuesto misterio y lo detectivesco son anulados por la ausencia de elementos que les permitan al lector atar cabos, articular claves, pistas y encuadres, y así deducir lo que subyace en el hecho planteado, para luego alcanzar gozoso la verdad, o darse por la cara con lo insólito e inesperado.
Aquí las cuestiones son previsibles, lineales y hasta el detective sin nombre (quien supuestamente deberá dar en el clavo con el misterio, porque esa es su esencia desde los tiempos de oro de Poe, Conan Doyle, Christie y Chandler) es un personaje anodino, innecesario, flojo hasta al extremo (un antihéroe), que aparece y desaparece y al final resulta sin trascendencia alguna. Es más, lo atrapan y lo descubren.
Por otra parte, hallo elementos claramente racistas y xenófobos en algunas de las páginas del libro, y esto es inadmisible a estas alturas de los tiempos, cuando los creadores debemos cuidarnos de no herir susceptibilidades, y lo digo en pasajes como aquel en el que se hace referencia a monseñor Gorostiza y su paso por Veracruz (México), cuando siendo joven fue asignado a una escuela confesional, y se dice que los alumnos eran niños pobres, casi todos indígenas, y agrega la voz que narra: “A menudo se preguntaba qué habría sido de sus exalumnos; ahora serían ya hombres talludos; quizá alguno era un honrado padre de familia, pero la mayoría de fijo andarían metidos en el cártel de Sinaloa o algo por el estilo.”
En otro momento, y a propósito de la llamada telefónica del secuestrador, se hace notar, no su acento andaluz, castellano, madrileño, gallego, vasco o murciano, sino su acento francés (ergo, lo malo llega de fuera). Al final del libro, en su página 249, a propósito del mencionado Gorostiza, se afirma: “En el curso de la ceremonia tomó la palabra monseñor Gorostiza, antiguo miembro de la Comisión Episcopal para la Evangelización, Catequesis y Catecumenado en la diócesis de Barcelona, actualmente degradado (el subrayado es mío) y a punto de partir para su nuevo destino en Itimpampa, departamento de Cochabamba, Bolivia.”
El repelús que siente Eduardo Mendoza por lo foráneo, y en particular por América Latina, resulta inaudito en un autor que ha vivido lo suficiente y que ha traspasado las fronteras de España con sus libros, que se leen también en esos destinos de los que hace escarnio y burla en sus páginas (yo lo leí fundamentalmente en Venezuela, de donde soy, como dato curioso).
En cuando al lenguaje, el libro no destaca, y no lo digo precisamente por los coloquialismos (que bien dosificados enriquecen una lengua desde lo popular y tradicional), sino por la falta de brillo de la prosa, porque no mueve al lector, porque no inflama el corazón y el espíritu; porque no nos lleva a una cima de tensión que nos haga conmover y entusiasmar, como quien halla en lo que lee un inusitado tesoro.
Ah, por si fuera poco, el final: soso e inacabado, no hay un cierre como tal del libro, sino el abandono de unas páginas como producto, quizá, lucubro, del propio hastío del autor, quien desalentado por lo escrito se levanta de su silla y se dice, no sin turbación ni desconcierto, lo dejo hasta aquí.
Ricardo Gil Otaiza






