«La calle Estafeta estaba petada de gente a estas horas de la noche. Corro esquivando cuadrillas, borrachos, vendedores de collares, guiris con camisetas blancas empapadas de vino caliente. La mayoría ni me ven hasta que los sobrepaso a empujones.
-¡Abran paso! ¡Policía!
No llevo ni dos años con el uniforme de munipa y ya asumo el escaso respeto que infunde, y aún menos cuando lo viste una mujer. No tengo tiempo para imponerme a gritos; busco nerviosa los huecos entre la multitud y me contorsiono, empujo, me deslizo entre espaldas húmedas.
Por suerte, el fugitivo sufre idénticas dificultades. Corre con una leve cojera y se agacha cada poco, en un intento de disolverse en la masa…»
Estas frases son del libro Iruña 1997 de Natxo López, publicado por Libros Cúpula y que desde el 29 de abril está en todas las librerías. Es la primera novela del autor, una investigación criminal situada en los Sanfermines de 1997, en donde las pesquisas de los dos policías protagonistas se complican cuando ETA secuestra a un joven concejal llamado Miguel Ángel Blanco y las fiestas de Iruña se convierten en un polvorín.
Natxo López es escritor y guionista navarro licenciado en Comunicación Audiovisual. Iruña 1997 es su primera incursión en la novela negra tras una larga trayectoria como guionista de cine y televisión, en producciones como Perdida, Operación Marea Negra, Entrevías, Jefe, Objetos, Mar Afuera, La voz del sol, Acantilado, La Línea Invisible, Gran Reserva, Hispania la Leyenda, La Familia Mata, Allí Abajo, Vivir sin Permiso o 7 Vidas.
Por Iruña 1997 (2026), su reciente y primera novela, hemos tenido la oportunidad de acercarnos a la plaza del Castillo de Pamplona. Allí, hemos entrado en el Nuevo Casino. Se trata de un hermoso edificio que, en la actualidad, se conserva como una referencia en dicha plaza. El Salón Principal es, por su extensión y buen gusto decorativo, la zona más impactante del conjunto. Sobre la historia del edificio y de esta institución, que cuenta ya con más de 150 años de historia, tuvimos el privilegio de que Miguel Setuáin, directivo del Nuevo Casino y un encanto de persona, nos hiciera de excelente cicerone, antes de entrevistar a Natxo López para que nos presentase Iruña 1997 a los lectores de Qué Leer.
Natxo, por favor, hazme una sinopsis de tu libro.
Iruña 1997 es un relato policíaco, una novela negra que cuenta una investigación policial que transcurre en los Sanfermines del año 1997. Es una investigación que llevan dos policías que provienen de mundos muy diferentes y que forman parte de cuerpos diferentes: una policía municipal joven que lleva poco tiempo en el cuerpo y que habla euskera, y un policía nacional un poco más curtido y con un recorrido profesional importante y que proviene de una familia más tradicional y que tenía un padre que era un comisario en la época de Franco de la dictadura.
Vienen de dos mundos muy distintos y aprenden a colaborar y a entenderse para poder investigar el caso que a los dos les interesa, que parte de la aparición del cadáver de una chica en las murallas de Pamplona.
¿Y cuál fue la chispa para empezar esta novela?
Yo creo que fue una mezcla de dos impulsos. Uno, el impulso que yo tenía de que quería escribir una novela policíaca desde hace tiempo. Vale, sí, he escrito mucho policíaco y thriller para televisión y para cine como guionista, pero tenía ganas de escribir una novela negra.
Hubo dos elementos que yo creo que me ayudaron a encontrar y a decir la historia. Uno tenía que ver con la aparición de ese cadáver, porque esto era una cosa que pasaba en Pamplona: en los Sanfermines, se caía mucha gente de las murallas y había muchos heridos, pero también había muertos en aquella época. De hecho, en el año 97 hubo dos muertos, en días distintos, dos mozos que se cayeron de las murallas y se mataron. Al año siguiente, en el 98, empezaron a poner vallas y eso empezó a mitigar que no se cayeran tanto.
Siempre pensé, con la mente criminal que tenemos los que escribimos relatos policíacos, que era una buena manera de matar a alguien. Porque, si tú tiras a alguien en los Sanfermines de las murallas, todo el mundo va a dar por hecho que ha sido otro borracho que se ha matado, que se ha caído, que se ha resbalado. Y siempre me pareció que era como un buen arranque para un caso policíaco.
Y luego hay un recuerdo que yo tengo muy grabado en mi mente de aquel año, que fue el año en el que mataron a Miguel Ángel Blanco, que fue el 13 de julio. Miguel Ángel Blanco murió en el hospital esa madrugada. Y yo, por cuestiones laborales, estaba trabajando como auxiliar de Protección Civil y tenía todas las mañanas que recoger unos partes en unos sitios; iba con bici a recoger unos partes, que era una cosa un poco complicada.
El caso es que yo llego en la madrugada, en la mañana del día 13, a la plaza del Ayuntamiento y me encuentro allí a un montón de mozos, enfrente de la sede de HB, que estaba en aquella época allí, en la plaza del Ayuntamiento, gritándoles de todo: hijos de puta, tal, cual, intentando entrar en la sede. Había otro grupo de mozos abertzales que estaba intentando ir contra ellos. Y la Policía Municipal y la Policía Nacional conteniéndoles y protegiendo tanto a la sede de HB como a los abertzales para que no los lincharan también.
Y yo recuerdo aquella imagen porque tenía muchas cosas que eran muy impactantes en aquel momento. Una fue que, por primera vez, la gente en Pamplona se atrevió a salir de una manera muy clara a manifestarse en contra de los terroristas, porque era una cosa que en aquel momento generaba mucho miedo. Y en esos días yo recuerdo que me puse el lazo azul, igual que mucha gente, y recuerdo que mi madre me decía: no salgas con eso, a ver si te va a pasar algo. O sea, había como mucho miedo. Y eso, en esos días, cambió de repente. Ver esa gente delante de la sede de HB gritándoles tal, cual, fue una cosa muy impactante.
Y al mismo tiempo también, dentro del mundo abertzale, se veía por primera vez que sentían miedo. Ellos nunca habían sentido ese rechazo popular tan claro, ellos eran los dueños de la calle y estaban un poco desconcertados.
Y, sobre todo para mí, la imagen también muy impactante era esos policías que estaban ahí protegiendo la sede de HB, en un momento en el que cada semana estaban enterrando un compañero; eran unos años muy jodidos para ser policía y más en esta tierra. Siempre tuve ese interés de dónde colocar a esos policías, qué es lo que estarían pensando, que es lo que estarían sintiendo. Estaban cumpliendo con su deber, evidentemente, pero cómo les afectaría a nivel personal. Siempre fue una cosa que me llamó mucho la atención y siempre lo he tenido ahí.
Yo creo que hubo un momento que conecté esos dos recuerdos y esas dos ideas, de relato policíaco mezclado con relato social y político, y de ahí como que salió ya todo fácil.
Bien, bien… En la novela, tenemos dos personajes importantes. Uno es Amaia, una policía municipal novata y euskaldún.
Es un personaje que está en parte inspirado en amigas y compañeras que yo tenía, que eran euskaldunes, que hablaban en euskera, y que a lo mejor en algunos momentos tenían que formar parte de un universo que no era el suyo, porque aquí en Pamplona está todo como muy mezclado. Por ejemplo, en la Universidad de Navarra, cuando yo estudié allí, que es una universidad del Opus, yo tenía compañeras que eran euskaldunes, pero tenían muy clara la diferencia entre lo que es hablar un idioma o tener una determinada ideología de “mira, soy nacionalista” o lo que sea, y otra cosa muy distinta era apoyar el terrorismo. Ellas tenían muy clara esa división.
Yo tenía el recuerdo de algunas compañeras así. Y también investigué y hablé con algunos policías municipales, nacionales, de la época, que me contaron muchas cosas y ahí entendí muchas cosas también.
Eran todavía pocas policías mujeres en aquella época. Y [Amaia] me parecía un personaje no ordinario, en el sentido de que no era muy habitual que una policía municipal hablara euskera, pero no era tampoco imposible; los había, aunque era algo que normalmente estaba un poco, no tapado, pero sí que no era una cosa de la que enorgullecerse.
Entonces, me gustaba esa idea de tener un personaje un poco extraordinario, en el sentido de que tenía que jugar con esas contradicciones, de ser una policía, pero municipal, no nacional tampoco, y venir de ese entorno y venir de esa familia y de ese mundo. [Por ello] Me parecía que era un personaje muy rico, muy interesante.
Y el otro personaje importante es Julio, su colega en la investigación, un inspector de la Policía Nacional y de otro mundo diferente a Amaia. A mí me ha parecido que está muy bien como lo rellenas con ese pasado que has comentado ya, sobrellevando el que su padre fuera un antiguo comisario franquista.
A través de Julio, me interesaba contar esa parte de la policía que, en aquel momento, todavía estaba viva. La mayoría de los policías de cierta edad habían sido policías en la Dictadura. Y, bueno, no tiene que ser fácil de un día para otro pasar a ser un policía de una democracia, ¿no?
Y eso estaba ahí. Era un tema que a mí me interesaba tocar. Lo que me interesó fue construir dos personajes que venían de mundos muy diferentes, pero que los dos eran capaces un poco de distanciarse de los elementos más extremos de cada uno en su mundo.
Y así como Amaia claramente rechaza la violencia de ETA, Julio es capaz de desprenderse de la herencia, o intenta por lo menos desprenderse de la herencia de ese padre que había sido un comisario franquista y que había cometido torturas y que era algo de lo que él se quiere separar. Me ayudaba mucho a contar esas dos Pamplonas. Esto es una simplificación, a mí no me gusta mucho hablar de eso, porque Pamplona es muy rica y muy plural. Pero me ayudaba a contar esas dos Pamplonas desde dos personajes que son capaces de ver los matices y que son capaces de encontrarse para conseguir el objetivo común que tienen los dos, que es investigar el caso policial.
Lo acabas de mencionar tú. Parecen dos personajes al principio muy separados, pero, a lo largo de la novela, van acercándose. Hay un momento que ella dice: “Julio ha pasado a ser un tipo que me hace ver el mundo menos agresivo”. Esa frase creo que resume bastante el espíritu de esa relación.
A mí me interesaba que fueran dos personajes que fueran capaces de alejarse de la violencia en un momento muy violento. Era fundamental que existiera ese encuentro y era uno de los motores de su relación y de la novela, de cómo, a pesar de lo diferentes que son, a pesar de las ideas diferentes que tienen, a pesar de pertenecer a cuerpos distintos, eran capaces de, por lo menos, no sé si de comprenderse pero sí de aceptarse.
Vale, tú piensas distinto que yo, pero yo te acepto como eres. Y me parece que eso es algo que define mucho a Pamplona. Es verdad que Pamplona tiene, digamos, como un arco ideológico muy amplio, en el que hay sectores muy diferenciados, pero creo que en el día a día hay mucha convivencia, hay mucha comprensión.
Pamplona es una ciudad a la que le tengo mucho cariño. Porque tiene gente muy diferente pero que es capaz de entenderse y, aunque eso no sea lo que se traslada todos los días en los medios de comunicación y en la prensa, creo que eso lo tiene la ciudad y es una de las cosas más bonitas.
Hablemos de la trama, me ha parecido que estaba muy cuidada, todo casa.
Tenía bastante claro la estructura general de la investigación. Sabía, por ejemplo, que quería que hubiera una serie de digresiones que tuvieran que ver en parte con los prejuicios y en parte con la manera de trabajar de la policía.
Yo quería que fuera una trama o un relato policíaco bastante realista, intentar huir de ciertos excesos que a veces tiene la novela negra, con serial killers y estas cosas que a mí me pueden gustar cuando lo veo en la ficción, pero yo intentaba alejarme un poco de eso.
El caso real que se cuenta está inspirado lejanamente en algunos casos reales que ha habido en Navarra, que prefiero no decirlos porque entonces la gente va a saber un poco la resolución. Pero, sí, está basado en casos reales y en cosas muy concretas que descubrí después y que me han hecho decir, joder, he acertado en algo que ha pasado así en la realidad. [Y Natxo López; pelo cano, barba y bigote, camisa negra; ríe espontáneamente al contar esto.]
Esa fue mi intención. Y yo sí tenía bastante clara la estructura. Pero hubo pequeños detalles y cuestiones que tenían más que ver con detalles policiales y con el uso de ciertas drogas y con algunas cosas que he tenido que ir investigando y que he ido corrigiendo a lo largo de la escritura. Y también en la manera en que ciertos personajes entrelazaban con la trama policial. Aparte de Amaia y Julio, como el comisario, como Fermín, que es el tío de Julio, que en algún momento participa de la trama policíaca también. Y eso son cosas que las he ido encontrando en la escritura.
Y Natxo, lo importante que son los diálogos en Iruña 1997, hacen avanzar la trama.
Ahí, la verdad, no tengo consciencia de haber querido usar los diálogos de una determinada manera, sino que es algo que me ha salido de forma natural, porque, claro, yo vengo del guión donde, no es que en un guión existan solo los diálogos -una vez me pasó que un amigo vio una película mía y me dijo que tenía muy poco guión porque hablaban muy poco, y le dije, no es exactamente así, los guionistas decidimos todo lo que está pasando en pantalla, pero no solo diálogos-, pero es verdad que el diálogo es muy importante en el guión y evidentemente tiene importancia en la novela.
Aquí hay momentos donde hay poco diálogo, pero hay momentos donde hablan mucho y donde los personajes se encuentran a través del diálogo. Y es algo que a mí me gusta y que disfruto.
Normalmente en un guión tienes que ser mucho más contenido con los diálogos, porque tú intentas que las escenas no sean demasiado largas, que no pasen un par de páginas o tres, y aquí en un momento me dejaba llevar y disfrutaba un poco más de la escritura. De la misma manera que las digresiones, de repente me voy al pasado de un personaje y cuento una cosa de su pasado, en novela puedes disfrutar un poco con eso, que es algo que no puedes hacer normalmente en el cine o en la tele.
Pero para eso eres el novelista, ¿no?
Claro, para eso soy el novelista. No es que haya una diferencia fundamental entre ser guionista y novelista; yo siempre he dicho que los guionistas somos escritores y yo he aprendido a escribir siendo guionista; pero cuando escribes guiones sabes que es una herramienta para que otras personas vengan y conviertan ese guión en otra cosa.
Y aquí tú eres el demiurgo, tú decides lo que pasa, y la responsabilidad también es tuya, si no está bien. Porque en el cine y en la tele siempre puedes echar la culpa al director, a los productores, a los actores. Pero aquí la culpa es mía.
Por otro lado, aparte del caso de la investigación, metes la realidad histórica, el secuestro de Miguel Ángel Blanco.
Fue quizá la parte más complicada de escribir la novela, porque es un tema muy delicado y soy consciente de que es una herida todavía abierta en este país. Pero yo tenía muy clara mi postura al respecto y lo que sí que quería era contar; no tanto hablar de ETA, hablar de cómo secuestraron y asesinaron a Miguel Ángel Blanco, que me parece una cosa terrible, e incluso muy poco interesante la parte de ETA, de cómo tomaron esa decisión y tal, no me importa, me da igual, no me interesa; sí me interesaba más las consecuencias que tuvo en la vida de la gente de Pamplona, que yo conocí y vi de primera mano.
Fue una decisión que, al principio, pensé que iba a ser más un contexto de la historia, pero conforme empecé a escribir me di cuenta de que eso estaba ahí y que era un jardín en el que me tenía que meter de alguna manera.
Y me acabé metiendo. Y al final eso tiñe toda la novela porque es que tiene que teñirla, es imposible escapar de eso o que eso sea una cosa superficial, que está por ahí de fondo.
Pensé que podía ser un problema, pero que era un problema que tenía que meterme y tenía que mancharme las manos y ponerme a trabajar en ello e intentar hacerlo con el mayor respeto posible, pero intentando contar también lo que yo creo que fue ese momento para la gente de la ciudad.
La ciudad. Pamplona. Qué importante como escenario de tu novela.
La novela es un acto de amor a Pamplona, es una ciudad a la que yo quiero un montón y a la que añoro un montón, porque llevo veinticinco años fuera y, para mí, era una manera de regresar. Escribiendo la novela, he reconectado mucho con Pamplona y he descubierto cosas de Pamplona que yo no sabía y he vuelto a entrar en contacto con mucha gente de aquella época y he conocido gente también muy interesante que me ha ayudado con la novela, dándome información.
Y me parecía que era una manera de contar Pamplona, no tanto a los pamplonicas, que evidentemente ya saben cómo es, pero mi sensación ha sido que le estaba contando Pamplona a la gente que no es de aquí, porque es una ciudad poco conocida, yo creo, fuera. Es una ciudad que no suele tener mucha atención mediática en el resto de España, excepto cuando hay, desgraciadamente, casos de corrupción, que también los hubo en aquellos años, como con el caso de Roldán y de Urralburu. Y ahora vuelve a estar eso sobre la palestra.
Creo que la convivencia y la paz son poco noticiables y, en general, Pamplona es una ciudad pacífica y tranquila, y creo que es una gran desconocida en el resto de España. Cuando estás en Madrid, es verdad que la gente no tiene muy claro cómo es Pamplona. Obviamente, sabe dónde está Pamplona. Todo el mundo conoce los Sanfermines, todo el mundo conoce tres o cuatro cosas, pero es una gran desconocida.
La novela está escrita en primera persona. Con un estilo muy limpio, ritmo constante, muy dinámico. Todo esto deriva de ser tú guionista.
Sí, esto es lo que te decía, yo he aprendido a escribir siendo guionista al final, por mucho que antes de ser guionista, cuando era chaval, escribía relatos cortos y era una afición y un interés que yo tenía. Pero es verdad que me he curtido como novelista escribiendo guiones.
Por lo que me han comentado, creo que sí que hay una un estilo muy visual y muy de acción, que deriva de mi oficio de guionista, claramente. Y es verdad que hay unas decisiones narrativas que al principio tuve que tomar, que normalmente en ficción no son tan importantes, sobre todo cuál iba a ser el punto de vista. Y yo, desde el principio, decidí que iba a ser el de los dos protagonistas. Eso me supuso algunas complicaciones en algún momento. Pero al final creo que ha sido una decisión interesante porque te permite contar esas dos miradas tan diferentes y que de alguna manera se complementan.
La dificultad fue ir decidiendo cuáles iban a ser los capítulos que iba a contar cada personaje. Tomé una decisión, no sé si intuitiva o qué, que es que los capítulos en los que el punto de vista es de Julio están contados en pasado y los capítulos de Amaia están contados en presente. Era una forma de expresar esa idea de que Julio es un tío que está muy anclado en el pasado y que tiene algo que resolver; y que Amaia es una tía del presente y de que va a lo que va y lo que quiere es solucionar el caso.
Ha sido un ejercicio muy interesante y muy bonito, esa capacidad de escribir algo que es un producto final, que tú decides cada página, cada frase y que te permite una serie de cosas que normalmente en un guión no puedes hacer.
Y para finalizar, te pregunto por el final: ¿lo tenías así previsto o tuviste que cambiar algo, según escribías el libro?
Tenía bastante claro cómo iba a acabar. Es verdad que cuando estaba escribiendo la novela decidí que el último capítulo no iba a estar contado por ningún punto de vista de los personajes. Y fueron en la editorial los que me dijeron que esto lo vamos a llamar Epílogo.
Es un epílogo largo, está contado en tercera persona y eso fue una decisión que tomé ahí. Pero el final más o menos de la trama sí que sabía desde el principio lo que quería hacer.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Natxo López
Natxo López
Libros Cúpula, 424 pp., 19,90 €
Sinopsis:
Una investigación criminal. Una fiesta interrumpida. Unos días que transformaron España.
Sanfermines de 1997. Amaia, una policía municipal novata y euskaldún, encuentra el cadáver de una joven de raza negra caída desde las murallas. Sus mandos lo consideran un fatal accidente. Pero ella, convencida de que pudo tratarse de un homicidio, solicita la ayuda de Julio Goñi, inspector de Policía Nacional recién regresado a la ciudad tras pasar años combatiendo el narcotráfico en Galicia. Julio lleva sobre sus hombros el peso de la figura de su difunto padre, un oscuro comisario franquista.
Amaia y Julio pertenecen a dos Pamplonas opuestas, pero comparten el propósito de desentrañar un caso más complejo y peligroso de lo que podían suponer. Sus pesquisas se complican cuando ETA secuestra a un joven concejal llamado Miguel Ángel Blanco y las fiestas de Iruña se convierten en un polvorín.






