En el podcast Puente aéreo entrevistamos a la crítica de arte, profesora universitaria y comisaria de exposiciones Clara Zamora Meca (Sevilla, 1973). Doctora en Historia del Arte, se licenció en Periodismo y en Geografía e Historia. Acaba de publicar El arte de la Alta Costura. Moda y Belleza en la era del capital en la Editorial Almuzara. Un ensayo donde la autora se pregunta si puede hablarse de arte al tratarse de moda.
¿En qué momento exacto consideras que el lienzo dejó de ser superficie como expresión artística?
Después de las vanguardias históricas, hubo algunas tendencias todavía interesantes, hasta el expresionismo abstracto y el informalismo. Poco a poco la pintura se había ido sumergiendo en una profunda confusión: había perdido su función principal debido a la aparición de la fotografía. Tras las diferentes investigaciones que todos conocemos, fue quedando obsoleta como vía de investigación superada la resaca de la II Guerra Mundial. A partir de ahí todo lo que se hizo fueron versiones mejores o peores, sin explorar ninguna nueva vía porque parecía que todo estaba todo ya explorado. En paralelo, con la generalización del prêt-a-pòrter y la democratización de la moda, ésta se liberó de la funcionalidad implícita en cualquier diseño y voló a través de la alta costura a las esferas artísticas, convirtiéndose en una nueva plataforma de expresión para los artistas.
Defiendes que Alexander McQueen es un artista, pero también afirmas que los productos que hoy venden bajo su marca no son arte.
Lo que defiendo es que la moda puede llegar a ser un arte incuestionable y se puede sustentar en el aire simplemente como tal, sin apoyarse en su clásica función, pero necesita una narrativa que la sustente. Tiene que haber un discurso latente y patente, porque si no queda en mera artesanía, que es también muy interesante, pero no es lo que estamos tratando aquí. Siendo muchos de los diseñadores históricos personas con poca formación, algunos han demostrado un sólido argumentario que da sentido a toda su trayectoria, generalmente ascendente, y que puede ir también apoyado en la concepción de ciertos elementos que son congénitos a su propia biografía.
Hay una cosa que diferencias en tu libro. Hablas del modista-artesano y del diseñador-estrella. ¿Cómo los podemos definir?
Hay una parte intelectual, de conceptos, de querer decir algo, de tener algo que contar. El dominio de la técnica se da por sentado, si no ni siquiera empezaríamos a hablar; pero, además, se debe reflexionar sobre temas de interés general (ya sea el amor, aspectos hedonistas, posibles visiones futuristas, aspectos sociales, históricos, etc.), aunque éstos se apoyen en experiencias particulares, como sucede en la historia de todas las artes. Por otra parte, es igualmente imprescindible ser dueño de ese don que tienen todos los artistas de todos los tiempos: ser capaces de transmitir emociones. Entonces, para poder ensalzar a un diseñador de moda como artista, necesitamos esos tres elementos: el dominio de la técnica, una narrativa sólida y coherente intelectualmente con una lógica en su trayectoria y la maravillosa capacidad para emocionar al público.
Hemos hablado de Coco Chanel, de Cristóbal Valenciaga, de Armani. ¿Tú crees que las grandes casas, como Chanel Balenciaga, Armani, tendrían que cerrar en el momento que muere el diseñador o está bien esto de la continuidad, aunque a lo mejor lo que hoy en día venden de Balenciaga, Chanel o Armani nunca ellos lo hubieran hecho?
Esta realidad que acabas de describir va en detrimento de la posibilidad de alzar en artistas absolutos a los diseñadores. Si la marca continúa una vez que ellos han fallecido, de alguna manera nos están diciendo que eran perfectamente prescindibles. Cuando estudio a un diseñador, sólo me interesan las piezas que hizo ese diseñador; no las que ha hecho otro bajo su sello; aunque hay excepciones. Por ejemplo, a mí me fascina la etapa de Galliano en la maison Dior. Christian llevaba muchos años muerto, por tanto ahí sólo veo a Galliano con las lógicas alusiones momentáneas a los elementos característicos de la firma. La causa que subyace es el interés capitalista, como explico en el libro.
¿Cómo los modelos pasaron de ser perchas a convertirse en iconos culturales, incluso hasta diosas del capitalismo?
Analizo la figura de la supermodelo arrastrándola desde el siglo XIX. La conocida dualidad entre Eva y María. Frente al modelo de mujer que únicamente aspiraba a ser esposa y madre perfecta, empezó a aparecer esa nueva hembra con inquietudes intelectuales y ansias de libertad: la femme fatale. Nace en la literatura decimonónica y va transformándose con las nuevas posibilidades que le dio el cine. Entonces sucedió la gran revolución, porque esa mujer tenía que gustar al hombre desde el punto de vista sexual, pero también tenía que gustar a la mujer, porque esta tenía que desear comprar lo que aquella arrebatadora actriz llevara puesto. Ahí empezaba una confluencia de intereses. Las supermodelos de finales del siglo XX representan la unión de esas dos mujeres, de Eva y de la Virgen María, porque si te das cuenta, las más míticas están ahora casadas, son madres de familia y cumplen el estereotipo, pero han sido bombas sexuales en los años 80 y 90.
¿Qué papel jugaron fotógrafos como Peter Lindbergh o Helmut Newton en la creación de este mensaje artístico que estábamos hablando?
Fundamental. Para mí Peter Lindbergh hizo las portadas y las fotos revolucionarias e los años 80 y 90. En esas fotos lo que menos tienes en cuenta es lo que llevan puestas las modelos, porque normalmente no llevan casi nada. El barroquismo de los ochenta lo tira por tierra y lo que pone en valor es la expresión de una mujer con la cara lavada, que es una mujer sana, natural, pero es bellísima y -paradójicamente- va a vender ropa, y va a vender una estética.
¿Qué diferencia hay entre la tradición europea y la norteamericana?
Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, Europa quedó destrozada y entonces Estados Unidos empezó a ver que podía dominar el mundo de publicidad y la moda. Europa era elegancia, glamour, historia, aristocracia, y ellos quisieron brillar como la Vieja Europa. En ese momento empezaron a buscar sus propios códigos. No podían soportar que París volviera a destacar. Tenían que ser ellos. Se inventaron su código de indumentaria, que es como ya sabes el vaquero y la camiseta blanca. Y ahí triunfaron. Y además anclado en su historia, porque el vaquero evidentemente viene de la historia de los trabajadores americanos del XIX.
¿Las redes sociales han matado la capacidad de la moda para generar un discurso intelectual?
Eso podría ser también, pero más que nada es la poca importancia de una imagen. Hoy en día una imagen no tiene ni un 1% de la importancia que tenía antes de la era de digital. Antes de la existencia de internet, un editorial de moda quedaba firme, sólido y duraba mucho tiempo. Las revistas publicaban cada mes. Ahora bien, las fotos que han perdurado, las que podemos considerar míticas, son pocas. En cambio, hoy en día, ¿cuántas fotos vemos a lo largo del día y cuántas se retienen en la cabeza? Las personas que ahora tienen interés social son por otros motivos. Los intereses que mueven a la sociedad son otros. El libro recoge el culmen de todo un proceso que tuvo lugar a final del siglo pasado, y que fue también el final de un milenio. Una vez que empieza la era digital, hay que realizar otro tipo de análisis, pero creo que todavía es pronto, falta aún perspectiva histórica.
¿Crees que existe algún diseñador actual capaz de alcanzar la altura artística de los que analizas en tu libro? ¿La escena está demasiado fragmentada? ¿No hay genios? ¿Se han eclipsado? ¿Estamos esperando la nueva generación de genios?
Todavía siguen amparados detrás de una firma. Pero, claro, una firma como Louis Vuitton no va a coger a cualquier diseñador. Evidentemente, escoge a personas con muchísimo talento. Sigue habiendo muchísimo talento. Lo que pasa es que, como ahora son tantísimos, es muy difícil a veces seguirles la pista, porque ahora uno está aquí, y en un par de años está allí. En general, hay una movilidad continua que hace que también se necesite variar la forma de enjuiciarlos.
César Alcalá






