«A veces, cuando miro hacia atrás -y la lectura de este libro me obliga a eso-, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No mías. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora.
Antes de Nicosia y Beirut, antes del Sáhara, de los países devastados y las fronteras inciertas, había empezado a tantear el oficio al que encaminaba mi futuro. Y hasta que ahora, después de tantos años, me veo enfrentado a estas páginas, había olvidado casi por completo aquellos primeros textos. Después llegaron los viajes azarosos, los conflictos armados, las fotografías, y a partir de entonces creí que todo para mí -biblioteca aparte- había empezado con bombas y disparos. Ahora compruebo que no: antes de la primera guerra me había familiarizado con otra clase de oscuridad y otra clase de miedo. Aunque, si lo pienso bien, acabo concluyendo que siempre, bajo cualquiera de sus formas, se trataría siempre de la misma oscuridad y del mismo miedo.»
Con estas frases comienza, a modo de prólogo, Enviado especial, libro de Arturo Pérez-Reverte, recién publicado por Alfaguara y que desde el 7 de mayo está en todas las librerías.
Dos días antes, fuimos a su presentación en el Ateneo de Madrid. Ubicado en pleno corazón de la capital, es la institución cultural privada más importante de la historia española contemporánea y tiene cerca de 200 años. Por el Ateneo han pasado seis presidentes de Gobierno y casi todos los Premios Nobel españoles, muchos políticos de la Segunda República y diversos integrantes de la generación del 98, de la del 14 y de la del 27. La primera mujer admitida como socia fue Emilia Pardo Bazán el 9 de febrero de 1905 con el número 7.925.
Añadamos que el Ateneo fue pasando por distintas sedes: palacio de Abrantes, calle Carretas, plaza del Ángel y calle Montera, hasta su instalación actual en la calle del Prado, 21. El edificio modernista, que hoy alberga su sede social, es una obra de los arquitectos Enrique Fort y Luis Landecho. Arturo Mélida le dio contenido artístico con valiosísimas pinturas de estilo neogriego en el Salón de Actos y en el Salón Inglés; hoy recién restaurado, estos espacios constituyen una joya indiscutible. Antonio Cánovas del Castillo inauguró esta Casa en 1884, con un famoso discurso al que acudieron los Reyes de España.
Pues bien, puntuales, allí estábamos, cruzando el portalón del Ateneo y subiendo a su primera planta, a la conocida sala de la Cacharrería, para asistir a la presentación de Enviado especial, el libro de Arturo Pérez-Reverte, que es Una biografía de guerra, como dice el subtítulo, y que reúne, en orden cronológico, una selección de crónicas y reportajes escritos en los setenta y los ochenta, a los que se añaden los artículos publicados en las últimas décadas sobre conflictos pasados y presentes, dignidad y cobardía, verdad y manipulación. Junto a este libro, Pérez-Reverte también presentaba Fotografías de guerra (1974-1985), una exposición de fotografías tomadas en los conflictos bélicos que cubrió entre esos años y que puede visitarse del 7 al 31 de mayo en el Ateneo, en el marco de PhotoEspaña.
Acompañado en la presentación por el reportero gráfico Paco Custodio, Pilar Reyes, directora editorial de Alfaguara, quien hizo la presentación de este acto, y Óscar Becerra, director de La Fábrica, quien edita el catálogo de la exposición, Arturo Pérez-Reverte comenzó diciendo:
«Hay una idea básica que yo quiero plantear, que es que estas fotografías hoy no se publicarían. La mayor parte de estas fotos se pixelaría, se apartaría para no herir sensibilidades. He sido consciente al verlas -y ahora contaré cómo se ha llegado a esto- que ahora esto sería imposible.
Son imágenes inadmisibles en el mundo actual. Y eso para mí le da un sentido especial. Las taparían, las esconderían; molestan, son incómodas. Los mismos jefes impedían que se publicaran.
Paco [Custodio] está aquí porque, no puedo traer a todos aquí; [Paco] simboliza a otros compañeros. Durante mucho tiempo en mi vida, como reportero, anduve solo por el mundo, hacía fotografías. Luego ya dejé de hacer fotografías porque ya estábamos con las cámaras. Y Paco, como Miguel de la Fuente, como José Luis Márquez, son compañeros de fatigas, hermanos de sangre, de muchos episodios. Con ellos he estado muchas veces. Márquez es el héroe en Territorio comanche. Y yo quería que uno de ellos estuviera aquí: Paco. Luego diremos por qué Paco está aquí especialmente hoy.
[Arturo Pérez-Reverte; pelado, camisa lisa, chaqueta, bigote, barba; se explica con la misma energía y claridad con que lo ha hecho siempre]
Yo no quería hacer este libro. Durante mucho tiempo lo retardé, pues no quería, no quería. Estaba hecho ya en las crónicas. Y yo no tenía mucho interés en él, como saben mis editores.
Pero Pilar [y mira a Pilar Reyes, a su derecha], no hace mucho, me dijo, y me hizo pensar, que realmente un lector de mis novelas encuentra en este libro, en mis crónicas, el origen de todo. Quien lee este libro comprende de dónde viene la mirada con la cual escribo novelas. Hablo del dolor, el horror, el fracaso, la muerte, la violencia, la sangre, la violación; todo este tipo de cosas que están ahí lo hacen posible, o la vida hace posible. Todo eso lo aprendí, no me lo ha contado otra gente.
Dijo Pilar, y me convenció, que este libro ayuda a un lector de mis novelas para entender de dónde proviene todo. Ese fue el gran argumento.
El otro argumento fueron las fotos. Yo las fotos las hacía, cuando las hacía, y las mandaba a Madrid como podía, en avión, entonces no había como ahora transmisiones, las mandaba en avión con una azafata, un piloto o lo que fuera; y al llegar de vuelta se publicaban. Yo no las veía. Se quedaban en los archivos del diario Pueblo.
Cuando cerró Pueblo, no me preocupé de ellas, fueron miles de fotos que durante muchos años no toqué ni me preocupé de ellas. Y un día Jeosm, mi amigo, creo que está por ahí, ¿dónde está Jeosm?
[Arturo Pérez-Reverte busca con la mirada a Jeosm, fotógrafo de cabecera de la revista literaria Zenda, que ha retratado a numerosas figuras literarias bajo esta plataforma.]
Por ahí anda. Ven, ven… Entonces un día le pedí que me positivara ese material que yo no había ni siquiera visto. Pero Jeosm lo hizo, lo positivó y ¿qué me dijiste?
[Y Jeosm, cámara al hombro; no ha parado durante toda la rueda de prensa; se acerca al micrófono y responde:]
Te dije que era asombroso ver el trabajo que había de fotografía. Yo, que al final, por mi profesión, tengo muchos libros de fotógrafos de guerra, fotógrafos clásicos que todos hemos estudiado, cuando vi ese trabajo, dije: “Arturo, que son fotos de verdad, reales de una guerra, fotos que hoy no se pueden hacer y que merecen verse”.
¿Y qué te dije? [Interviene rápido Arturo Pérez-Reverte]
Pues: ¡A tomar por culo! [Responde con naturalidad Jeosm, provocando la risa instantánea de todos los asistentes]
Y eso fue lo que pasó [continúa Pérez-Reverte]. Yo no quería, no quería, no quería; para qué, para qué, para qué.
Pero ahora coincidió todo. Coincidió la idea de Pilar de editar el libro, que le encargó a María José Solano, que es editora de Edhasa y es cofundadora de Zenda, que hiciera una selección de artículos; ella se pateó todo el material, que un amigo que se llama Salvador Ramos, que es gallego y tiene unos archivos con todo lo mío, trabajó con ello, juntó todo, fotos y demás.
Bueno, vamos con más cosas. [Arturo Pérez-Reverte toma aire unos segundos, antes de seguir]. Paco, ¿por qué Paco? [y mira ahora a su izquierda a Paco Custodio]. Pues Paco no es Paco, es Márquez, es Miguel de la Fuente, y es muchos otros compañeros que me acompañaron en aquellos tiempos. Paco y yo estuvimos juntos en Sarajevo y antes en Mozambique. Y Paco está aquí porque con él viví un momento especial de mi vida y de la suya.
Estábamos en Mozambique, con la guerrilla mozambiqueña. Íbamos con un grupo de guerrilleros a través de territorio rebelde y una noche en un pueblo, en una aldea, estábamos allí en una choza. Yo estaba durmiendo. Íbamos con un ayudante de sonido, que de nombre ahora me da igual, hace mucho tiempo de eso, un chico jovencito, era su primera guerra, y me despertó y dijo: «Arturo”. “¿Qué pasa?”. Y el chico estaba descompuesto; estaba muy oscuro en la cabaña. “Nos quieren matar los negros”.
Hablaban en portugués. Pusimos el oído. La idea era que el jefe de la aldea había dicho: «Estos tres blancos, vamos a matarlos, nos quedamos con sus botas, con sus relojes y con todo, y nadie va a saber; y vamos a decir que han muerto en la selva”.
El chico se puso muy nervioso, nuestro ayudante de sonido, quería salir y quería decir: “¡No, no!”. O sea, quería hacer algo.
Entonces, me puse encima de él, le puse las rodillas en los hombros, le puse mi navaja en el cuello y le dije: «Si gritas, te mato yo».
[Silencio en toda la sala del Ateneo.]
Y lo mantuvimos callado toda la noche, una noche larga, muy difícil. Cuando amaneció, había que seguir el camino. Íbamos a seguir por la selva. Y entonces Paco y yo nos abrazamos. Le dije: «Siento haberte traído hasta aquí». «No importa, es nuestro trabajo», dijo Paco. Nos abrazamos los dos y dijimos: «En cuanto veamos algo sospechoso, nos liamos a hostias -teníamos un kalashnikov- y a la selva y que pase lo que sea».
[Paco Custodio, barba y bigotazo blanco, interviene ahora:]
Así fue. Fue una noche, efectivamente, muy larga, donde, después de darle vueltas y vueltas, Arturo y yo nos quedamos dormidos. El técnico de sonido no. Pero es que después de andar cuarenta kilómetros cada día, estábamos reventados.
Y así fue. Vimos que la vida podía pender de un hilo en un momento dado y, cuando ya llevábamos hora y pico caminando…
[Vuelve a intervenir Arturo Pérez-Reverte:]
Salimos a caminar. Pusimos al cámara en medio; yo delante, Paco detrás y el cámara en medio. Bueno, si se pone mal, a hostias y a la selva, cogemos el kalashnikov o lo que sea. Y entonces me di cuenta de que no pasaba nada. Me acerqué al comandante. “¿Qué pasa, comandante?” “Tudo bem, tudo bem”, me dijo. Entonces me di cuenta de que había que seguir la corriente a los de la aldea. Les seguí el rollo porque estaban borrachos. Y me di cuenta de que no iba a pasar nada. Pero ese momento en que amanecí, abrazándonos allí, es de los momentos que simboliza a otros que pasé con Miguel de la Fuente, con Márquez, con otros cámaras. Por eso quería que Paco estuviera aquí, porque, a través de él, esto es un homenaje mío a los compañeros que, en la segunda fase de mi vida profesional, me acompañaron.
[Paco Custodio se vuelve hacia Pérez-Reverte y le dice:]
Pues muchas gracias, Arturo, por traerme aquí como representante… Y nos despedimos, sí, sí, pensando que aquel era nuestro último día.»
Carlos Castrosín
Aturo Pérez-Reverte
Editorial Alfaguara, 616 pp., 23,90 €
Sinopsis:
«Caminé por un mundo en guerra intentando comprender. No me lo contaron. Estuve allí, y esto es lo que vi».
Durante veintiún años como reportero de guerra, Arturo Pérez-Reverte vivió en primera línea los conflictos más cruentos del último tercio del siglo xx. Su experiencia en escenarios bélicos de todo el mundo marcó su vida y dejó huella en su posterior obra literaria. Con el tiempo, el antiguo reportero fue configurando una biografía de guerra que es, además, uno de los relatos más extraordinarios del periodismo en lengua española. Este libro reúne, en orden cronológico, una selección de crónicas y reportajes escritos en los setenta y los ochenta, a los que se añaden los artículos publicados en las últimas décadas sobre conflictos pasados y presentes, dignidad y cobardía, verdad y manipulación. En estas páginas compartimos la memoria de un hombre que estuvo donde muy pocos querían estar y contó lo que muchos prefieren olvidar.
El autor afirma en el prólogo: «La guerra se queda en tu cabeza y ya no te abandona jamás. No son sólo nombres y rostros. También los lugares retornan con la misma terquedad: Mostar, Sarajevo, Vukovar, Beirut, Malabo, Kassala, Managua, Yamena, Paso de la Yegua, Jartum, Bucarest, Nairobi, El Aaiún, Bagdad, Luanda, Maputo, Tessenei, Petrinja… Con el tiempo los recuerdos se vuelven racimos de cerezas, donde unas tiran de otras: un nombre trae una esquina acribillada a tiros; una ciudad trae un rostro; una habitación de hotel devuelve una conversación; una soledad o una música te hacen recordar una carretera, una sonrisa o una tumba. Y no se trata de nostalgia, sino del simple archivo de una larga vida. Del material con el que luego uno escribe novelas y algunas noches, desvelado en la oscuridad, paga el precio de haber mirado tanto tiempo al ser humano sin apartar los ojos».






