«De donde yo vengo no hay flores salvajes ni personas salvajes. De donde yo vengo no se podía crecer demasiado ni ser demasiado.
Allí, hasta el sol es gris y los jardines son solo espacios verdes. No tienen vida ni voluntad propia, son lo que deben ser. Cumplen un propósito.
El muro de Berlín nació y dos años después nací yo. Fui muy deseada hasta el día en que me materialicé. Después, para mi madre, yo también me convertí en un espacio verde.
Mi primer recuerdo de infancia es con Mavie. No sé si siempre llevaba el mismo vestido amarillo de rayas blancas o blanco de rayas amarillas, pero en mis recuerdos siempre la veo así. Estábamos las dos descalzas en el jardín y jugábamos a mi juego favorito: mojar la tierra con la regadera y saltar sobre los charcos hasta que su vestido amarillo y blanco quedara cubierto de manchas marrones y el barro nos salpicara el pelo y las pestañas. Entonces, cansadas ya de tanto reírnos, nos tumbábamos en el césped y observábamos la danza de las hojas en los árboles altos. Mavie era una magnolia estrellada. Era alta, guapa y siempre iba perfumada. Tenía el pelo de un amarillo casi blanco y era muy delgada, casi transparente. Parecía tan ligera que a veces, cuando el viento soplaba con más fuerza, la cogía de las manos para que no echara a volar.»
Estas frases son de la novela No todos los árboles mueres de pie de Luísa Sobral, publicada por Lunwerg Editores y que desde el 15 de abril está en todas las librerías. Una historia tan dramática como hermosa sobre las relaciones entre mujeres y los secretos de las familias, el amor y el poder del cariño a través del tiempo. Con una estructura sumamente original y un elenco de personajes inolvidable, No todos los árboles mueren de pie marca el deslumbrante debut de Luísa Sobral en la ficción.
Recordemos que Luísa Maria Vilar Braamcamp Sobral (Lisboa, 18 de septiembre de 1987), conocida como Luísa Sobral, es una cantante y compositora portuguesa. Compuso la canción Amar pelos dois, interpretada por su hermano Salvador Sobral, que ganó el Festival de la Canción de Eurovisión 2017. No todos los árboles mueren de pie es su primera novela, publicada en Portugal con enorme éxito de crítica y público.
Por este libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Luísa Sobral, para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Por favor, Luísa, haznos un breve resumen de No todos los árboles mueren de pie.
Este libro habla de una pareja que se ha ido a vivir a Portugal. Esta es la parte de verdad de la historia. Porque recibí una noticia de un periódico donde hablaba de una pareja de alemanes que se fueran a vivir a Portugal y cambiaron sus nombres por María Feliz y José Feliz. Eran conocidos como “los Felices”.
Y esta pareja vivía en Portugal, en el norte de Portugal, en Vila Real, y se dedicaba a la medicina con las plantas y sabían un montón de eso y la gente se iba a vivir con ellos para aprender esas cosas y tal. Y ellos tenían como unos ochenta años y después María Feliz descubrió que tenía un cáncer en el pecho y decidieron terminar la vida juntos.
Y esto no es un espóiler porque es la noticia [del periódico] y es también el principio del libro, es el primer capítulo.
El libro habla de lo que está antes, del pasado de estas personas, sobre todo de María Feliz, porque yo sabía [sólo] algunas cosas de esta persona. Yo escribí una canción después de leer esta noticia, pero me pasó algo que no me había pasado nunca con mis canciones, que ha sido que la canción no fue suficiente. Y entonces empecé escribiendo un pasado de este personaje.
Y yo sabía tres cosas de esta persona: sabía este final y su pasión por las plantas; sabía que ella había vivido en la Alemania Oriental y que, como tenía ochenta años, quería decir que había estado en el otro lado del Muro de Berlín; y sabía también que se había enamorado de un chico en Italia. Esto es lo que sabía yo.
Y, bueno, ella ha sido como mi punto de partida, una inspiración. Aunque no es sobre ella [su vida real], porque todo es ficción, pero estas han sido las cosas que yo sabía. Esta historia habla de su pasado, de cómo ha sido crecer en la Alemania Soviética y toda esta ilusión que era vivir ahí y no saber, en verdad, lo que pasaba en el otro lado, no sé, porque era ¿cómo se dice, “lavaje cerebral”?
Lavado de cerebro.
Lavado de cerebro [repite Luísa Sobral; rubia, ojos claros, camisa de flores; todo simpatía]. La gente no sabía, la gente se creía que ahí estaba el mundo perfecto, ¿no? Y este libro habla mucho de esa desilusión, de descubrir que las personas que más te gustan también te pueden llegar a mentir. Y bueno, que el mundo es otro.
Y habla de eso no solo en este personaje de María Feliz, sino en otros también, de las ilusiones de la vida y cómo lidiar cuando sabes que el mundo no es como piensas.
Luísa, conoces la noticia, haces una canción, pero realmente ¿qué es lo que te hace pasar de la canción a darte la paliza con la novela?
Es una foto. Porque yo, cuando escribí esta canción, la compartí con una amiga que es fotógrafa, que ha hecho la portada de mi último disco, y esa amiga es de Vila Real, de ese lugar, ella los conocía y ha vivido con esa pareja para sacar fotos de las plantas y ayudarlos con un website de plantas.
Y, cuando yo terminé la canción, se la envié y dije: “Ana, mira, he escrito una canción que habla de María Feliz, ya sé que la conoces, que has vivido con ella”. Y Ana me envía una foto que ha sacado a María Feliz, donde estaba ella, en blanco y negro en la foto, y está María Feliz con unas flores secas, así mirando hacia la cámara. Y yo, cuando la miré, pensé: es que esta persona tiene mucha vida en los ojos, ¿sabes? Mucha tristeza también. Y fuerza. Era raro, no sé, había muchas cosas ahí, [tantas] que me dieron ganas de escribir.
Yo pensaba que iba a escribir una obra de teatro, porque yo quería mucho volver a ese teatro. Yo hacía teatro cuando era más joven. Y entonces empecé a escribir una obra de teatro.
Yo tengo esta cara alemana, también puedo ser alemana, estos colores que no son portugueses. Y entonces empecé escribiendo lo que yo creía que iba a ser una obra de teatro. Pero al final, quizás por no tener tanta experiencia de leer obras de teatro, cuando he empezado a leer, [me dije ] bueno, esto no es una obra, esto es una novela.
Y entonces pensé: voy a escribir [una novela], no sé si va a quedar bien, si voy a tener una voluntad de que salga con una editorial, de enseñarle a alguien, pero vamos a ver dónde va.
Y entonces fui escribiendo y, al final, sí que me gustó y la envié a una editorial portuguesa.
Acabado el libro, o mientras lo escribías, ¿cuánto hay inventado en él, cuánto has investigado y hay del pasado real de estas personas?
La parte real es esta que te decía. Sólo sabía esas tres cosas, nada más. Hay una cosa también muy bonita en esta pareja, es que ellos no hablaban de su pasado con nadie, ahí donde vivían en Portugal, casi como si su pasado hubiera muerto con sus nombres.
Yo creo que ellos cambiaron nombres y su pasado [por ello] también cambió. O sea, que empezaron como si nacieran ahí, cuando [cambiaron] sus nombres. La gente no sabe nada de estas personas. Esas son las tres cosas que saben.
Y eso ha sido bueno para mí. Porque ellos son, ella más bien, una inspiración, no es la historia de su vida. Yo, como escritora, tengo que creer que sí, que esto es la historia de su vida, porque si yo no lo creo, nadie lo va a creer. Yo creo que esta tristeza que veo en sus ojos, pero al mismo tiempo [también] alguna esperanza, vienen de esta historia. Pero ha sido todo de mi cabeza.
[Sobre] la parte histórica, esa, he hecho mucha pesquisa. He leído un montón de libros. He visto un montón de documentales, muchas cosas. Porque yo quería que fuera la parte histórica importante, que fuera de verdad. Porque si la parte histórica no es de verdad, esta historia no podría haber acontecido como yo creo que aconteció. Ha habido una pesquisa. No es un romance histórico. Pero, bueno, yo no sé qué es. Tampoco me importa mucho. [Eso es] Para las personas de las tiendas, ellos tienen que saber dónde poner el libro, yo no.
Ese investigar, o ese ficcionalizar la vida de M., ¿fue el mayor reto? ¿O lo fue la estructura del libro, el que casaran las diferentes partes?
El mayor reto fue terminar [y Luísa Sobral se ríe]. Porque siempre que escribo canciones, lo hago muy rápido. Yo escribo canciones desde los doce años. Es súper rápido para mí, porque ya es más como: esto no, esto sí, esto me gusta y tal. [Soy] más objetiva.
Y aquí lo que pasa es que es un proceso muy largo. Yo sabía el final, ya tenía la historia, porque el final es el principio, ya sabía cómo escribirla. Pero, cuando la escribía, el final se quedaba más y más lejos y no más cerca, ¿sabes? Y eso me daba mucha, mucha angustia. Yo pensaba: no voy a terminar nunca este libro. Y eso ha sido un proceso difícil. Pero he aprendido mucho. Ahora, que estoy escribiendo la segunda [novela: ¡una primicia!], ya estoy súper en paz con esto. La he dejado ahí y vuelvo. Y la dejo otra vez y estoy en paz con eso de: no tengo que terminar así.
Y la realidad es que, ésta que estoy escribiendo ahora, hay alguien que me dijo: tienes que terminarla en septiembre. Y [en cambio] en esta [primera] no había nadie, nadie sabía que yo estaba escribiendo, pero en ésta yo sentía ansiedad y en la segunda, en cambio, no la siento. Es porque he aprendido a…
Gestionar.
A gestionar. Y he aprendido a estar en paz con procesos más largos de creación.
La protagonista, el personaje de M., ¿te costó mucho prepararla?
La tenía casi toda en mi cabeza desde el principio. La que ha sido, no más difícil, quizá más interesante, ha sido Emmy, porque yo tenía una idea. Pero la idea que tenía yo de Emmy, era la idea que tenía M. de Emmy. Y, cuando empecé escribiendo en primera persona, ella empezó casi justificándose. Y ha sido para mí muy loco, porque yo no estaba acostumbrada a escribir novelas donde los personajes utilizan mis manos para expresarse. Y que dicen cosas que son suyas y que yo estoy como: “sí, piensas así”.
Y entonces este personaje, Emmy, ha sido muy loco porque yo tenía una idea de ella y ella se justificó al final. Yo pensé: “bueno, sí, eres otra persona, ok”. Eso ha sido muy bonito, porque creo que eso es lo que queremos que pase cuando estamos escribiendo ficción, que los personajes tengan su propia vida, no nuestra vida.
Luísa, también metes los pensamientos de la propia M., para ir dando una visión más amplia de la historia. Y por otro lado, metes las cartas de Markus.
En este libro, hay un poco de todo lo que me gusta como lectora. A mí me encantan las cartas. Yo he leído ese libro que se llama El colibrí [(2020), de Sandro Veronesi], que me ha gustado mucho y tiene muchas cartas también. Y esa parte de las cartas me ha gustado. Y siempre que me gusta algo, me queda claro que lo voy a utilizar.
Me gustan mucho los libros donde no entiendes la relación entre los personajes y después se produce un clic y tienes ganas de volver hacia atrás y leer todo otra vez. También me gusta mucho la prosa poética. Yo creo que todo lo que me gusta como lectora lo utilicé como escritora. No era algo pensado, no: ahora voy a utilizar… Las cartas, sí, quizás porque es algo que tienes que hacer. Pero la prosa poética creo que es mi voz; porque también lo hago en canciones. Yo escribí los tres personajes uno cada vez, no los escribí juntos, como están en el libro. Yo escribí todo lo de M., después todo lo de Emmy y después lo de Mischa [Markus]. Lo que hizo que yo pudiera conversar…
Y jugar, como con un rompecabezas…
Sí. Como en el libro de Aramburu, Patria, que a mí me gusta mucho, porque tiene las mismas situaciones, pero vistas de ángulos distintos, perspectivas distintas, y eso me gusta porque la vida es así. Si yo te cuento una historia, tú vas a escuchar mi perspectiva. Pero si alguien estaba allí y te cuenta la misma historia, va a ser distinto. Y tú vas a quedarte a pensar, quizás, que yo soy otra persona y tal.
Y eso me encanta también cuando estoy leyendo. Y eso puedes hacerlo cuando escribes un personaje y después escribes la misma situación desde la perspectiva de otro personaje. Y con Mischa también, claro.
Eso está muy bien porque, estás leyendo la historia de M., y queda claro que su padre trabaja para la STASI y que los amigos le están diciendo: ¡cuidado!, que tu padre es tal. Pero metes en medio sus cartas y se ve que es un hombre que tiene sus buenos sentimientos, que está enamorado de Emmy…
Es lo que me gusta cuando leo libros. Que la gente no dice: este es bueno, este es malo. A mí me interesa cuando parece que alguien es malo y después hace una cosa buena y tú te quedas como: ¿y ahora?, es que no me gustaba, ahora me está gustando; pero si me está gustando, ¿qué queréis, eso de mí?; quizás soy una mala persona, porque, si me gusta esta persona, que no es… Y eso me encanta, cuando te cuestionas, cuando estás leyendo un libro, o sea, no es cuando el libro está ahí y tú estás aquí, es cuando el libro te mueve cosas adentro y te hace cuestionar.
Y por eso yo quería que el personaje, que parece malo, lo conociéramos con cartas de amor, porque yo acredito que Hitler se enamoró, o sea, que las personas más terribles del mundo se han también enamorado. Y entonces, claro…
Vamos con la tía Dora. Hablas poco de ella, Luísa. Pero es importante.
A mí me encanta la tía porque ella, sí, aparece poco, pero te hace como un resumen de todo y te explica muchas cosas en las cartas.
Hay partes en los libros, y yo ya escuché a muchos escritores cuando hablan, hay partes que son difíciles de salir, que están ahí y no salen. Pero hay otras que parece que fueron escritas por otra persona con tus manos. Y esta, la carta de la tía, ha sido así.
Yo empecé: bla, bla, bla, bla, bla…, y tía, al final. O sea, que me salió toda así de una vez. Y para mí la tía es superimportante, porque te explica, porque hay cosas del principio que tú no entiendes y que te quedas cuestionando y, al final, la tía las explica por qué no ha ido, por qué tal. Y creo que eso es importante.
El final de la historia. Has dicho que lo tenías claro desde el principio y que montas todo hacia atrás. Pero cuando ibas escribiendo, ¿no te hizo cambiar cosas conocer el final, decir voy a cambiar esto o me interesa cambiar lo otro?
Yo cambié el final. Yo escribí un final primero y después lo he cambiado porque la editora me dijo: “Yo no me creo este final”.
Y le dije a ella: “¿Pero, entonces, qué final quieres?”.
“Tú eres la escritora, yo solo te digo que no me creo este final”.
Y yo pensé: “Bueno, es verdad, yo tampoco me creo este final”. Aunque es el final que está ahí al principio.
Pero ¿quién son estas personas? Eso es lo importante. Y a mí me gusta mucho la idea de que tú sabes cómo va a terminar. Pero [durante] todo el libro no sabes quién es la persona que está ahí, quienes son las dos personas que están en ese final.
Por eso he cambiado el final.
Escribir esta novela: ¿cómo te apañaste para combinarlo con escribir canciones, conciertos, la vida familiar, ir a la compra?
Bueno, no sé, todavía no sé. Todos los días me pregunto la misma cosa, todos los días son difíciles de gestionar.
Yo tengo cuatro hijos pequeños. El mayor tiene nueve años y el más chiquito tiene tres.
Yo escribía mucho en el coche cuando iba de gira a conciertos. Cuando llegaba, escribía ahí también. Ahora va a salir un libro de crónicas, también mío, en mayo, con ilustraciones mías, las hacía también antes de los conciertos.
Ahora, cuando tengo tiempo, yo sé que mi tiempo es precioso, sé que [si] tengo una hora, durante una hora tengo que trabajar. Tengo mucho foco, creo que produzco más ahora que tengo mis hijos que antes, porque como sé que tengo una hora para trabajar tengo que ponerme a trabajar, ya no estoy como “mira, voy quizás al jardín”, no hay tiempo, lo hago muy así.
¿Piensas que, si tienes ya un límite, te hace funcionar mejor?
Sí, siempre. Siempre ha sido así.
Es que has dicho antes lo de la novela que tienes para septiembre y lo tienes como controlado. En cambio antes que no tenías fecha, te entraba la angustia.
Eso también me pasa cuando la gente me pide canciones. “Mira, necesito una canción y tal, voy para el estudio en la próxima semana”. Eso me encanta. [Y aunque] les digo: “¡Oh, no!”, es como trabajo mejor.
Ahora, por eso de septiembre, tengo unos días sin mis hijos, porque yo estoy separada de mi marido y es una semana con ellos y otra sin. Ahora voy cinco días a un lugar donde voy a escribir y ya tengo esos cinco días para ir solo a escribir allá. O sea que me organizo para que lo pueda hacer.
Sí, [ahora] estoy más organizada todavía, creo que necesito siempre de deadlines [fechas límite]. Eso me ayuda mucho. Cuando la gente me dice: “necesito una canción, pero no te preocupes, que tengo mucho tiempo”, no la escribo, no la escribo, y digo: “cuando la quieres de verdad, me vuelves a decir y la escribo”.
Carlos Castrosín
FOTOGRAFÍA: © Jenna Thiam
No todos los árboles mueren de pie
Luísa Sobral
Lunwerg Editores, 224 pp., 20,90 €
Sinopsis:
Esta es la historia de dos mujeres separadas y unidas a un tiempo y es, también, la historia de uno de los periodos más tristes de Europa.
Emmi, nacida poco antes de que Hitler llegara al poder en Alemania, pierde a su padre en la guerra y tiene una adolescencia difícil, trabajando desde muy joven para ayudar a su familia. Es en un bar que frecuenta con amigos después del trabajo donde conoce a Markus, un hombre de Berlín Oriental que le escribe maravillosas cartas y de quien se enamora perdidamente. Con la desaprobación de su madre pero el apoyo de su hermana, Emmi toma la decisión de pasar al otro lado y se instala en Alemania Oriental.
Nacida en plena guerra fría, M. es el producto perfecto del socialismo: con una madre ausente y criada por una niñera que adora las plantas, M. idolatra a su padre, completamente ajeno al mundo occidental. Pero un día, al escuchar un testimonio de manera arbitraria, descubrirá que el Muro esconde secretos a los que tendrá que hacer frente para encontrarse a sí misma y, en el camino, quizás también a esa madre silenciosa a la que creía no unirle nada.








