“Pocas cosas son tan aburridas como la ignorancia”, leemos en la entrada homónima del libro El mundo como ensayo (Acantilado, 2026), de Juan Malpartida (Marbella, 1956), y deseo iniciar esta reseña crítica expresando el inmenso placer que me han dado sus páginas: llenas de encanto, pero no fatuo, y menos circense, sino incisivo, rompedor de cuadraturas, esclarecedor en cada línea profusa en lecturas y sabiduría.
No creo haberlo leído en la obra, pero un libro de tal densidad es tarea de toda una vida: no hay aquí premura ni improvisación, menos apresuramiento, sino una decantación producto de la experiencia y de largo aliento y, cuando el autor decide titularlo tal y como lo ha hecho, seguramente tuvo que vencer la tentación de aludir a lo filosófico y lo literario (sus dos ejes fundamentales), e hizo bien, porque nacen todas estas entradas a modo de diccionario de la reflexión acerca del mundo, cuya complejidad requirió estudio y decantación, cultura libresca (a la antigua: huelga decir, del profuso estudio y empeño de centenares de libros y de autores), así como el adentrarse en el laberinto del ser, y aquí caemos entonces en una categoría dura desde lo filosófico, que conjunta y ordena, y en ese afán didáctico y de elevadas miras nos dice Malpartida lo siguiente: “…somos, desde el lenguaje, seres propositivos, sobre todo para nosotros mismos, y de ese modo abrimos una grieta en el ser (o realidad a secas), algo que no es realidad, sino que está en ella.”
Es la obra un diccionario (de 474 páginas) acerca de casi “todas” las cuestiones del mundo, y su tónica es personal: el lector siente que se le habla al oído, como si fuera una amena conversación entre amigos, o tal vez entre maestro y discípulo, y no son acepciones o entradas técnicas, sino desde el ensayo (de allí su título), en las que el autor merodea, se aparta, se escabulle y regresa para contarnos su experiencia vital (desde la noción del intelecto), su sentir, su mecerse sin reticencias por un mundo vasto y díscolo, así como diverso, tremendamente enrevesado y a la vez esencialista, y hay mucho de afán fenoménico (en cuanto a la realidad o lo empírico) en estas páginas, lo que hace de ellas puntos de partida para la reflexión y el análisis.
Obviamente, lo discursivo está presente en las disquisiciones de la mayoría de las entradas, y esto lo aleja de la noción que tenemos acerca de este tipo de obras, que por lo general buscan precisión y exactitud en cuando al vocablo per se, por lo cual podríamos argüir que, más que definir un término o una noción determinada, en la intención autoral hay un deseo argumentativo, de lógica y de rigor conceptual, que pretende una visión crítica desde la razón, lo que en teoría se contrapone a lo literario, otras de las materias del presente libro (cuya premisa es lo creativo y metafórico), pero de cuya amalgama ganamos los lectores, porque se nos presenta una obra que busca desde todos sus flancos contarnos acerca de la experiencia humana.
Para definir este libro echaré mano desde lo metaliterario del vocablo admiración, que aparece en él, cito: “Lo que llamamos obra y llegamos a admirar es el producto, a veces colectivo, en cierto modo, de una identidad asombrosa y precisa cuya consistencia es su porosidad.” Esta porosidad se palpa en las digresiones, en las idas y vueltas, en el perderse por los laberintos y los abismos de la palabra, así como por senderos bifurcados o de múltiples destinos, y ello se traduce, paradójicamente, en hondura, en búsqueda de referentes y soportes: en el torrente que nos empuja por los caminos de la existencia.
Tal como queda dicho, es un diccionario, pero no uno cualquiera, sino de orden ontológico y existencial, y para ello toma alícuotas de su propia experiencia, así como de la lectura crítica de cuanto le rodea, y en tal tarea nada mejor que el género ensayístico, que desde los tiempos de Montaigne indaga, cuestiona, interpela, ausculta y reflexiona, pero siempre bajo la égida de la libertad absoluta, que, a su entender, en la entrada correspondiente, reza: “no es fácil definirla, y tanto su afirmación como su negación implican la totalidad de lo humano.”
Hay además en El mundo como ensayo apoteosis de ideas, intertextualidad, conocimiento, conjuntados en la expresión directa y sin subterfugios de la comprensión de todo aquello que nos define como personas, que serpentea en el espacio y en el tiempo para ubicarnos en el ayer, en el ahora y en lo que podríamos esperar, pero siempre con la mirada compasiva por esa especie (que somos nosotros) lanzada a la aventura de construir un mundo a la medida de su imaginación y de sus sueños, y en la que ha errado infinidad de veces, pero cuyos aciertos hacen de la experiencia una huella cósmica que “es orden y sentido” a la vez, nos dice el autor, como lo fue para los antiguos griegos, y que hace de nuestro ahora un transitar no exento de perplejidad, pero también único e irrepetible, anclado en nuestro ADN, lo que nos impulsa a ser lo que anhelamos ser.
Este es un diccionario atrevido, rompedor y heterodoxo, que busca, no el sentar cátedra, precisamente, sino dejar en el lector la sensación de completitud a pesar de la in-completitud de toda obra humana, pero si hay algo para ponernos de acuerdo a la hora de totalizar la obra (mi tarea como crítico literario), diría que se trata de un buceo contumaz en los predios de la cultura, que nos impulsa a mirar más allá de lo que nuestra expectativa intelectual nos plantea, lo que no deja de ser osado, porque nuestra visión (por muy sesgada que sea) es la medida de las cosas y es lo que le insufla identidad a la existencia que, en palabras de Malpartida, “tiene que ver con el todo, y en la filosofía el todo tiene dos lados: el metafísico y el espiritual.” Ergo, la existencia misma.
Aplaudo esta bellísima obra, inusual en los tiempos que corren de la inmediatez y lo crematístico. Ir a fondo en unas páginas y que nos otorguen gozo estético y crecimiento personal, es impagable, y para cerrar qué mejor si volvemos a Malpartida, esta vez en su acepción obra, que vendría a corroborar mi impresión crítica de un libro excepcional: “…hacer de un libro una obra es una de las tareas más difíciles, exige adentrarse en los enigmas y no resolverlos, bogar en la niebla y tantear rostros y paisajes con el alma en vilo, a punto siempre de que la realidad, tal vez, emerja.”
Ricardo Gil Otaiza









