«Hoy la noche tarda muchísimo en llegar. Además, hace el bochorno que dejan en el aire los incendios recientes. Cuento el tiempo que falta para poder alejarme de este olor horrible a tortilla y a leche que impregna la casa. Mi estómago está apretado por una malla negra y la mariposa se agita pesada, como las hojas de una enredadera tupida al aire de un ventilador. El balcón del comedor también está abierto, pero la cortina de tubitos de plástico impide adivinar el monte detrás.
Imaginar el ruido que hacen los tubitos cuando se entrechocan se me baja a la garganta, da alas a la mariposa negra. Pronto entrará la música de la plaza. Y yo no puedo respirar, por más que abro la boca.»
Estas frases son de la novela Los incendios de Marian Peyró, publicada por Alianza Editorial y que desde el 12 de marzo está en todas las librerías. Ambientado a finales de los años ochenta, este libro retrata una estación sofocante en un pueblo donde el destino parece escrito desde la cuna. La amenaza de un fuego real se entrelaza con las llamas de la memoria, los secretos y las tensiones familiares que arden bajo la superficie. Con una prosa íntima y poderosa, esta novela coral explora los ciclos que se repiten, el peso de lo no dicho y la lucha por ser libres en un mundo que impone sus propias reglas. Porque, a veces, el fuego no solo destruye: también revela.
Marian Peyró nació en Ávila pero ha vivido siempre en Madrid. Fue una lectora voraz y siempre quiso escribir, pero no se lanzó a ello hasta después de carrera y media, mucho trabajo y tres hijos bastante seguidos, tras decidir que podía hacer algo que le gustara, en vez de algo que debiera hacer. Ha sido galardonada en certámenes como Getafe Negro y Ciudad de Martos. Su narrativa, de estilo sobrio y mirada incisiva, transita con soltura entre lo cotidiano y lo inquietante. Sus relatos han sido publicados en revistas como Quimera, La Sirena Varada, Awen o ArtNoir, entre otras. En Los incendios, su primera novela, hace un homenaje al pueblo abulense de su infancia y adolescencia, del que dice tener solo recuerdos amables.
Precisamente, por Los incendios, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Marian Peyró para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Por favor, Marian, haznos un breve resumen de tu novela.
Los incendios es la historia de Cristina, que es una chica de unos dieciséis años, y está ambientada a finales de los años 80.
Es verano y ella regresa, como todos los veranos, al pueblo donde veranea, que es el pueblo de su madre. Y esta vez la novedad es que está cambiada, ha pasado como si dijéramos de la niñez a la adolescencia.
Ella es muy consciente de eso. Y cuando llega al pueblo, resulta que de pronto ve todo con otros ojos. Ese multicolor que había visto en la infancia, toda esa maravilla, de pronto, se le revela de otra manera y piensa que a lo mejor se ha perdido cosas.
Este paso, esta situación vital de Cristina es lo que da juego para contar la historia.
En Los incendios, estamos en agosto y el “calor” está tan presente. Mmmm, ¿fue escrita en verano?
En varios veranos. Pero no sólo en verano.
Tardé mucho tiempo en escribirla. Era mi primera novela. La he estado compaginando con otras cosas e, incluso, algún año yo creo que la he tenido parada. Porque hay bastantes personajes en la novela y en algún momento dado me abrumaban. Me parecía que era un novelón, que era un culebrón, por así decirlo, y ha reposado mucho. Ha reposado mucho hasta que, me acuerdo, llegó un momento que dije: ¡jo!, echo de menos a estos personajes, tengo que volver a retomarlo otra vez.
O sea, que no sólo en verano [la escribí]. Ha sido en verano y ha sido en invierno.
Lo has mencionado, el “pueblo”, Las Gargantillas, también está muy presente. Con todo lo que ello significa.
Yo tenía que poner a Cristina en un contexto que diera lugar a que, de alguna manera, ella sintiera la amenaza. Porque yo sí que he querido reflejar la adolescencia como una etapa vulnerable.
Es una chica que siente la presión social sobre lo que ya toca en la adolescencia. Ella no está preparada, no se han respetado sus tiempos, como diríamos ahora. Entonces, [yo] necesitaba un contexto que fuera un poco peligroso o que diera esa sensación de amenaza.
El pueblo me daba esa oportunidad. Ya sabes lo de la libertad de los pueblos, que no es una libertad real, es una libertad de movimiento; siempre hay alguien detrás del visillo, por así decirlo. Y es una etapa en la que necesitas un escondite, [porque] a veces tienes que gestionar cosas que las necesitas.
Y bueno, [también] el contexto de las fiestas, que pase todo solamente en unos pocos días, cuatro días, me parece que son. Y mucho calor. [Por todo esto] me daba el juego el pueblo, que está en un valle, que está esperando que a lo mejor hay un fuego. Todo contribuye a crear esa sensación de amenaza que yo necesitaba para que el lector sintiera que había algo aquí, que eso iba in crescendo.
Y, por supuesto, también está muy presente el “amor”, en sus diferentes formas y edades.
Hay amor, obviamente. Hay mucho despertar del deseo sexual.
Hay dos maneras. Hay dos grandes protagonistas en la novela, que son Cristina y su madre. Y son etapas distintas. Yo creo que adolescencias distintas.
Me ha sorprendido que la que yo reflejo de los años 90 casi, gente mucho más joven que yo, la ha compartido. Ahora, por ejemplo, los de ésta, la de mis hijos, pues ellos han vivido otra diferente. Y mis padres, que sería un poquito como Ana María, la madre de Cristina, pues también ella vivió otra adolescencia diferente.
Pero en todas lo común es que hay un despertar del deseo sexual. Pero en las dos se vive de forma muy distinta.
No quiero destripar nada, pero en los dos contextos se vive como un riesgo, no como algo íntimo, sino como algo que atañe a más gente.
«Antes de subir me he escondido un momento en el baño. He dado la luz, aunque aún no hacía falta. En el verano la noche tarda en llegar, pero, aun así, yo no veía. No mucho más allá de mis manos y mis piernas y lo que me aleteaba el pecho como una mariposa o una polilla: la anticipación. Había besado a Joaquín. Nos habíamos besado. Sentía las piernas y el pequeño temblor, la lucha con la que nos habíamos tanteado hacía un momento, cuando subíamos del río todo el grupo, y nos despedíamos, y luego los demás se fueron y él me acompañó a casa.»
Marian, ¿cuál fue la chispa para arremangarte y ponerte a escribir esta historia?
Uf, la chispa. Yo empecé a escribir un blog con mi hermana -que también escribe, escribe artículos y cosas así-. Y empecé a escribir con ella ese blog y entonces me volvieron todas las ganas de escribir que se me habían olvidado.
Porque siempre había escrito y siempre había buscado historias, por así decirlo. Pero con la maternidad, y todas esas cosas, tenía ahí un periodo que yo creo que ni había pensado en ello.
Entonces, todo eso, me picó el gusanillo otra vez de escribir y, además, de una forma particular de escribir ficción, porque aquello del blog me llenaba, pero era muy frustrante, porque lo que escribías era tan efímero. Y yo quería escribir algo que, aunque quedara solo para mí, por lo menos quedara. Podías hacer una investigación sobre mochilitas monas para ir a la escuela; era un blog un poco lifestyle, con gastro; yo hacía cositas de niños, actividades y cosas.
[Marian Peyró, ojos marrones, melena castaña, blusa azul claro, sonríe con nostalgia.]
Bueno, un poquito eso fue la chispa. Eso, junto con que no podía proponerme lo de hacer deporte, como todos los años. Y dije: voy a hacer algo que realmente quiero.
¿Qué es lo que quiero? Pues yo hace mucho que quiero escribir otra vez y no lo he hecho. Pues venga, vamos a escribir. Y eso fue la chispa de volver a retomar la escritura.
Y luego la novela. Creo que esa etapa mía de la adolescencia la tengo muy presente. Tengo buena memoria de una etapa en la que yo creo que fui muy feliz. Sí, porque de pequeña tenía mucha imaginación, veía más monstruos. Pero de joven fui muy feliz y [esa etapa] la tenía muy presente y además tengo un lado muy oscuro y todo esto. La adolescencia era una etapa muy proclive a ser muy plástica y que jugaba mucho con la seducción, con los límites, me gustan.
Entonces, quería situar algo ahí, aprovechando toda esa memoria emocional que yo tenía del momento. Y así, de pronto, una imagen que me asalta y luego una voz que me sale. Y ya, cuando me di cuenta de que eso eran como fragmentos de la misma novela, pues ya era cuestión de encontrar los tiempos para sentarme y ponerme a escribir.
Tu novela está contada en primera persona, por personas diferentes: Cristina, Ana María, la madre, principalmente. ¿Este fue el mayor reto, encontrar quién y cómo contaba la historia?
El primer capítulo que escribí, que yo pensaba que era el primer capítulo, cuando lo escribí, yo estaba hiper emocionada y me dije: ¡esto es el primer capítulo de una novela!
Era un capítulo en segunda persona del plural. Hablaba Cristina y sus amigas, era: porque nosotras, nosotras, nosotras… Y me di cuenta enseguida que eso tenía que ser una historia a varias voces. Yo no podía sostener una segunda del plural y luego otra gente; ya me parecía como demasiado lírico. Me gusta, me sale esa escritura un poco lírica a veces, con un poco de vuelo. Y dije, no estoy segura de que esto pueda mantenerse toda la novela.
La consecuencia natural fue que, bueno, se cae el nosotras, se queda Cristina. Habla Cristina, habla Ana María, que es su madre, que sin la historia de la madre no habría tanta historia de Cristina, y luego habla Paco, que es un elemento que viene después.
Sobre él te iba a preguntar, ¿La intervención de Paco la tenías pensada así, desde el principio, o fue algo que surgió según avanzabas?
Es que, ya digo, empezar la novela fue una combinación de varias cosas. Y una de las cosas fue la voz de Paco.
A mí la voz de Paco es la primera que me vino más orgánica que ninguna. No me costaba ningún trabajo la voz de Paco. Y además yo le tenía mucho cariño. Luego, cuando hay gente que la ha leído [la novela], me ha dicho, joder ahí empiezas a darte cuenta de que aquí hay algo raro; porque es rarito, está un poco en el límite también de lo que es normal.
Pero es un personaje que a mí me salió directamente. Necesitaba darle a Cristina un enfoque especial.
Que es verdad que la historia de la madre es una historia muy potente, que tiene muchos fans, que gusta mucho. Pero para mí es la historia de Cristina.
En Los incendios, el pasado se cruza con el presente varias veces, tanto en la historia de Cristina con Ana María, como en la de Ana María con Soledad.
Es que la historia en realidad va sobre eso. Lo que pasa que visto desde el punto de vista del momento vital de Cristina, de esta adolescencia que le ha sobrevenido, como a todo el mundo, que unos llevan mejor y otros peor.
Pero en el caso de Ana María hay una historia que le ha dejado unas cicatrices, hay un amor al que ha preferido renunciar, porque a lo mejor no había otra opción.
Y todo eso, de alguna manera, ha calado en el presente. No es igual, y menos en un contexto pequeño, de una ambientación en un pueblo pequeño y tal, todo esto pesa mucho; a lo mejor en una ciudad pasa desapercibido. Pero ahí, esas heridas, se hacen palpables, eso va goteando en el presente y hace que todo lo no hablado, todo lo no dicho, nos cree otra cicatriz, en este caso en Cristina, algo que no ha visto venir, que de pronto se encuentra con ello y le cuesta en ese momento.
Hablemos del lenguaje. Es sencillo, muy claro. Lo que hace que un párrafo lleve a otro párrafo. Es una de las cosas mejores que tiene tu novela.
Hay gente que me ha dicho lo del ritmo, [que la novela] es fácil de leer.
Eso es una cosa que me gusta trabajar. Leo muchísimo en voz alta, me pongo para que me lo lean, que es una manera fenomenal de ver si las cosas fluyen y el ritmo fluye y se entiende. O está entrecortado, porque a veces hay una oralidad que necesita que sean entrecortadas las cosas; cuando dos personas hablan, que ya se conocen, no les hace falta decirse todo, porque hay cosas implícitas.
Y bueno, es que a mí me gusta que fluya así. Si no, me parece que no va.
¿Y corriges mucho?
Uf, corrijo hasta el infinito.
Me he dormido leyendo la novela un montón de veces. Yo decía, esto no puede ser, no puede estar bien porque yo me duermo. Pero es que me duermo porque me la he leído cuatrocientas veces. Y llega un momento que…
Luego es muy curioso, porque, cuando la he leído por primera vez en papel en un libro, me ha parecido una experiencia completamente distinta.
Ya por último, ¿por qué en 1988?
Porque es un momento que yo recuerdo. Para mí, situarlo en ese momento, me resultaba fácil. Yo después no he vivido tanto unas fiestas de los pueblos, he tenido menos contacto. Pero hasta ese momento todavía quizá tenía bastante.
Entonces, me servía para hacerlo con cierta solvencia, teniendo en cuenta que es mi primera novela. Ya me había metido en muchos berenjenales con la coralidad, con el empezar por el medio, y luego volver para atrás y todas esas cosas.
Esa época me daba esa seguridad. Y me gustaba el tema de la música. Hay una mezcla de la música de las verbenas de los pueblos y de la música de finales de los 80, que es la música de mi juventud también.
Carlos Castrosín
Marian Peyró
Alianza Editorial, 232 pp., 18,95 €
Sinopsis:
Cristina, una adolescente de dieciséis años, regresa en vacaciones al pueblo de su familia, Las Gargantillas. Sabe que ha cambiado y desea conocer a alguien de quien enamorarse de una vez. Allí conoce a Joaquín, un joven enigmático y herido, cuya vida está marcada por la violencia y el desencanto. Entre ellos prende enseguida la chispa de una atracción tan poderosa como ambigua. Mientras tanto, Ana María reconoce con cierto vértigo en los ojos de su hija un sentimiento que había intentado olvidar. Ahora, el pasado vuelve a cruzarse con el presente: Joaquín es el hijo de aquella mujer a la que una vez amó.
Ambientada a finales de los años ochenta, Los incendios retrata una estación sofocante en un pueblo donde el destino parece escrito desde la cuna. La amenaza de un fuego real se entrelaza con las llamas de la memoria, los secretos y las tensiones familiares que arden bajo la superficie. Con una prosa íntima y poderosa, esta novela coral explora los ciclos que se repiten, el peso de lo no dicho y la lucha por ser libres en un mundo que impone sus propias reglas. Porque, a veces, el fuego no solo destruye: también revela.







