«Abrí los ojos a una mañana que presentaba poca novedad. El aguaribay florecido ardía de abejas. Las gallinas escarbaban el suelo buscando lombrices. Una pollita joven desenterró un cordón de zapatilla y armó tal alboroto que las otras la persiguieron para robarle el botín. La Miní apareció entre los pastos; tan blanca y con las costillas marcadas, la galga, que si no fuera la pura luz del día, diría que no era un perro si no el ánima de un perro. Arrastraba un lagarto overo y el olor a sangre atrajo a sus cachorros. Pero la capitana rancha sola: les tiró unos tarascones y comió triturando cuero, huesos, carne, hasta hartarse. Después se echó a la sombra del tala y dejó que los hijos se prendieran a las tetas.»
Estas frases son de la novela Una casa sola de Selva Almada, publicada por Radom House, y que desde el 17 de marzo está en todas las librerías, en donde se nos cuenta que, en medio del campo, hay una casa. Ya hace diez años que está deshabitada; las paredes están infestadas de flora y de fauna; de la hiedra y los insectos que la van tomando en silencio. Mientras tanto, la casa rememora su propia historia y el modo en que pasó de ser un refugio de peones golondrina a un hogar habitable. De pronto llega un equipo de antropólogos forenses, comandados por una mujer, enviados al campo con el objetivo de dilucidar qué pasó con la familia desaparecida que vivía en la casa. En la mejor tradición del relato de casas encantadas y de la poesía de la naturaleza, Selva Almada nos brinda una historia subyugante capaz de preguntarse cuánto de nosotros es la casa que habitamos y cuánto solo la casa.
Selva Almada (Entre Ríos). Es autora de No es un río (2020), Los inocentes (2019), El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel (2017), El desapego es una manera de querernos (2015), Chicas muertas (2014), Ladrilleros (2013) y El viento que arrasa (2012), entre otros libros. Su obra está traducida a una decena de lenguas. En 2019 recibió el First Book Award del Festival Internacional del Libro de Edimburgo por la traducción al inglés de su novela El viento que arrasa (The Wind That Lays Waste). No es un río fue considerado uno de los mejores libros de 2020 por los diarios La Nación y Clarín y recibió la Mención especial del Premio Sara Gallardo de Novela. Publicado en Brasil, Francia, Estados Unidos, Italia, Reino Unido, Alemania y Holanda, en 2024 ha sido seleccionado como finalista del International Booker Prize.
Por Una casa sola, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Selva Almada para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Selva, por favor, haznos una breve presentación de tu novela.
Una casa sola es una novela que transcurre en el medio del campo en Argentina, en el interior de Argentina.
Es una casa que está deshabitada hace una década porque la última familia que vivió ahí está desaparecida. Así que, bueno, ya empieza con ese misterio de qué es lo que pasó con esa familia de peones.
Y creo que una particularidad de esta novela es que la narradora es la casa, es la casa quien cuenta su propia historia, la historia de esa familia, y la historia de ese territorio.
Por lo que hemos leído, en Francia, en una residencia de escritores, ahí apareció la primera chispa de esta novela. Pero, ¿qué fue realmente lo que hizo que te pusieras a escribir sobre esto?
Sí, apareció ahí. Empecé a escribirla en una residencia de Saint Nazaire, pero me venía rondando desde hacía bastante el asombro de cuando iba a algún aeropuerto en Argentina. Hay pantallas donde pasan todo el tiempo fotos y datos de personas que están desaparecidas en democracia. Y me asombraba mucho eso.
Se habla poco de ese tema en la prensa. De vez en cuando hay alguna desaparición que, bueno, tiene ciertas características y entonces sí salta a las noticias, en general cuando desaparecen niños pequeños. Pero hay mucha gente que está desaparecida hace muchos años. Y ver todas esas imágenes, mientras haces la cola para hacer todos los trámites en el aeropuerto, me empezó a llamar la atención, así que tenía ganas de escribir sobre eso.
Y ahí después, medio buscándole un poco la vuelta, decidí, en vez de escribir, no sé, una búsqueda sobre una familia desaparecida, escribir qué es lo que pasa con el espacio físico que esa desaparición deja vacío.
Como tú has mencionado, Una casa sola es una novela rural: campo, perros, lagartos, gallinas, árboles, hierbas. Te esfuerzas por describir ese mundo campestre.
No es que me esfuerce, es que en general todos los relatos y las ficciones me llevan siempre hacia ahí. Supongo que porque vengo de ahí.
Los primeros años de mi vida, las primeras décadas y pico de mi vida, viví en un pueblo muy pequeño que estaba ahí, muy cercano a la ruralidad del campo, aunque nunca viví exactamente en el campo. Pero pasé buena parte de mi vida lejos de Buenos Aires, hace muchos años. Ahora vivo en Buenos Aires.
Pero bueno, crecí en el interior de Argentina, donde el paisaje está muy próximo, donde la experiencia con el paisaje es cotidiana. Y en general, hasta ahora, todo lo que he escrito me lleva una y otra vez hacia allí.
La portada, para quien no sepa nada del libro, ya da pistas de qué va: el espinal, el árbol, el perro y… desde dónde se contempla todo esto.
Sí. El título igual ya sugiere algo, sugiere por lo menos la importancia de la casa en la historia.
[En] La novela hay dos voces. Está la voz, digamos, principal. Es la voz de la casa, que cuenta, desde antes de ser una casa hasta el presente de la novela, su historia.
Pero también hay otra voz que cuenta un poco sobre seres espectrales que viven en ese monte que rodea la casa, y que tienen que ver con las guerras de la independencia, que tienen que ver con el cuerpo de los trabajadores puesto al servicio de las guerras, de las miserias, de las hambrunas; incluso de una guerra más reciente como es la guerra de Malvinas en Argentina, que fue en el 82, y donde gran parte de los soldados que murieron o que fueron a pelear a la guerra eran jóvenes de dieciocho años, que estaban haciendo el servicio militar, de provincias muy pobres.
Creo que esa es una línea fuerte de la novela. Es una novela atravesada por la clase.
La protagonista: la casa. Y gran parte de la novela está contada en primera persona. ¿Por qué decides esa primera persona?
No fue así al principio. Cuando empecé a escribir, no era la casa la narradora. Pero después, en el transcurso de la escritura, se empezó a meter esa primera persona y a imponer la voz de la casa.
Y, cuando lo advertí, pensé, bueno, por qué no ir por ahí, por qué no explorar un poco esa primera persona de un personaje que no es humano, inventarle una voz a ese personaje y ver qué sucedía.
Y me pareció que se empezaba a dar naturalmente, que no sonaba forzado. Y así fue que se convirtió en la voz narradora.
¿Cuándo se hizo la casa, más o menos?
La casa empieza contando el asesinato de este caudillo, de [el general] Urquiza, que fue en 1870, más o menos. A partir de ahí sería un poco el origen de la casa, cuando todavía no era casa. Pero ya era, porque ya era la tierra que iba a ser después con la que se iba a construir.
Y empieza en esa época, que es un momento de guerra civil y muy importante para la historia del país, donde la provincia de donde soy yo, de Entre Ríos, tuvo un papel muy importante en la constitución del país. Y abarca más o menos hasta los años 90,cuando la transformación del campo, a partir de la del sembrado de soja, que se menciona en algún momento, los distintos cambios que se van dando en la vida del campo, cuando empiezan las tierras a dividirse y a alambrarse, después cuando ingresan las máquinas en el trabajo del campo, después cuando cada vez hay menos hombres trabajando, hay más máquinas, y la consecuencia de la falta de trabajo y de la expulsión de los campesinos a las ciudades.
Era la siguiente pregunta que te iba a hacer, Selva, aunque ya la has contestado tú: ¿en qué época, en qué presente se cuenta la historia? Porque está un poco nebuloso. Al cabo de las páginas, sueltas por ahí: una aspiradora, una camioneta…
Sí, es bastante difuso. No hay marcas temporales concretas. Pero por algunos detalles que hay y otros que faltan; por ejemplo, no existen los teléfonos celulares aún, no existe la internet, porque no se mencionan; estas improntas que por lo menos en Argentina empezaron a ser más corrientes a partir de los años 2000; entonces se ubica en esa zona que también [son] los años 90 en Argentina.
[Esos años] Fueron bastante feroces por el neoliberalismo que gobernaba en ese momento Menem, que fue un neoliberal, donde también la vida del campo cambió mucho porque, por ejemplo, desaparecieron los trenes, que era un poco lo que mantenía la vida de los pueblos muy pequeños.
Cambió muchísimo durante esa década la vida del país, la vida económica, la vida social. Y fue muy agudo el proceso de empobrecimiento de gente sin trabajo, etcétera.
Hablando de tiempo, ¿cuánto tardaste en hacer la primera versión de esta novela?
Yo empecé a escribir esta novela a fines del 2022. Pero siempre soy como de pausar bastante, de hacer muchos paréntesis en la escritura.
La empecé a escribir, después la dejé para hacer otras cosas, después volví.
Así que tuvo, a lo largo de estos cuatro años, idas y vueltas. Pero la empecé a trabajar con más ahínco en el verano del 2025, o sea, en el verano anterior. Ahí fui en una dirección que después no me convenció, así que empecé esta última versión. La trabajé entre abril y octubre, fines de octubre del 2025.
Y cuando ya tienes esa primera versión, ¿luego la corriges mucho?
Yo corrijo mucho mientras. En general, cuando termino, la versión está bastante limpia.
Un día escribo, por ejemplo, no sé, un capítulo, por decir algo, y al día siguiente, cuando vuelvo a sentarme a escribir, corrijo ese capítulo y después avanzo con el siguiente.
Voy trabajando mucho en la corrección durante el proceso de escritura.
Una cosa que yo quería mencionar era que está escrita en lenguaje muy argentino.
No solo muy argentino, sino muy de una cierta zona de Argentina, que es el litoral.
Está claro. Va con la historia. ¿Pero no temes que eso suponga ahí una especie de muro?
[Selva Almada, melena canosa, chaqueta azul, hablar tranquilo, piensa un momento y dice:] Yo sé que dificulta, que para algunos lectores es un poco más difícil la lectura. Pero vengo trabajando también con esto, de un poco traer la oralidad de esa región, que es la región donde yo crecí, ya en los últimos libros, o sea, en los últimos tres libros seguro, en las novelas y un libro de no ficción que escribí antes, también ahí en el medio.
Sí que a veces resulta más difícil la lectura, pero también confío mucho en los lectores y también en que más allá de que algunas palabras, no sé exactamente qué significa, creo que siempre por el contexto se pueden ir reponiendo.
Me refería a que, igual que una parte importante de Una casa sola es el espacio geográfico y la época, otra parte importante es ese estilo que tú empleas.
Sí, sé que a veces puede ser difícil, o puede hacer que tengas que volver un poco en la lectura. [Pero] Yo siento que es un poco hasta que el oído del lector se va acostumbrando a esa música que propone la novela. Porque también es una novela bastante lírica.
Los Lucero, la última familia en la casa. Se tiran allí cuatro años. Y eso tú lo reflejas muy bien en el personaje de Damián Lucero, cómo conoce a su mujer, la Lorena, tienen los hijos, y sobre todo cómo ellos transforman la casa en casa, que pasa de refugio, de ser un chamizo, a ser un lugar que acoge y permite vivir de manera continuada en su interior.
Sí, creo que eso es un quiebre importante en la historia de la casa, cuando deja de ser solo un lugar de paso para trabajadores del campo y uno de ellos se instala allí y se instala, formando una familia, teniendo sus hijos.
Y ahí es cuando la casa se siente realmente una casa, cuando se transforma en el hogar de esta familia.
Y creo que después hay otro punto de quiebre cuando la casa queda vacía. Ya han pasado diez años en el presente de la novela desde que está vacía. Y a su vez empieza a acoger a otros tipos de vida, a otras formas de vida; están los insectos que viven en las vigas; las plantas que empiezan a crecer por las roturas de la pared; la perra, que es un personaje importante, que viene a parir a sus cachorros; la gallina; cuando la casa se vacía de vida humana, pero empieza a llenarse de la vida, del entorno, de la vida de la propia naturaleza, a la que también pertenece la casa.
Otro personaje que a mí me ha interesado es la Tata (madre de la Lorena).
El personaje de la Tata está inspirado, por supuesto, en las Madres de Plaza de Mayo y en las abuelas que siguen buscando a sus nietos, hijos de desaparecidos. Y también más recientemente, ya con la historia postdictadura, con las madres de la trata, también mujeres que buscan a sus hijas, que han sido secuestradas por las redes de trata en Argentina.
Esto es muy simbólico en Argentina: cómo son las mujeres las que salen a reclamar y a buscar a sus hijos y a sus hijas cuando faltan.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) Alejandra López
Selva Almada
Editorial Random House, 160 pp., 18,90 €
Sinopsis:
Las raíces irradiaron los cimientos: árbol y muros se van volviendo un mismo monte. Picotean las gallinas los restos de las alacenas, los bichos anidan en el hueco del calzado reseco y los perros se enroscan en las sábanas abandonadas que huelen a sus dueños. Por los alrededores merodean los soldados de distintas guerras y la amante malograda: al anochecer, se escucha la noria susurrada de sus cuitas. Pero es muda la familia que la casa añorar: Lucero, su mujer y sus cuatro hijos, ¿por qué no vuelven?
Precisa y delicada, esta novela conjuga la poesía del litoral con un repertorio procaz de anacronismos. Selva Almada logra la hazaña de volver audible el transcurrir del tiempo y sensible la obcecación de la naturaleza por recuperar lo que los hombres tomaron siglos atrás.







