«No recuerdo su respuesta. Aunque sé que es mi memoria orgullosa que ahora, justo en nuestro cuarto, decide omitir sus palabras. Porque soy yo quien recuerda. Recuerdo sus cartas mecanografiadas; recuerdo las mías. Recuerdo sus llamadas por cobrar. Recuerdo cuando nuestras epístolas se convirtieron en correos electrónicos, e incluso sus whatsapps esporádicos. Él y su obsesión por mantener esta casa como un museo de nuestra propia tragedia. «¿Para qué?», le decía yo. «¿Para que en muchos años vengan arqueólogos a investigar nuestra miseria?». «Usted siempre va a ser un exagerado, Juan Francisco. Un doliente. Le encanta decir allá que usted es una víctima de todos nosotros. ¿Qué le hicimos que es tan horrible, tan imperdonable?», me respondía él, y ahí yo dejaba de hablarle. Así pasaban los meses, a veces los años, hasta que una noticia de vida o muerte me obligaba a retomar el contacto.»
Estas frases son de la novela La memoria es un animal esquivo de María del Mar Ramón, publicada por AdN Editorial y donde se nos cuenta que, desde pequeño, Juan Francisco siempre se ha sentido fuera de lugar dentro de su familia. A raíz de la muerte de su madre, se irá fraguando lentamente la necesidad de huir de su pueblo, de ser otro, de crearse una nueva identidad. De esa urgencia nacerá su éxodo: primero hacia Bogotá y luego hacia Madrid, donde el arte se convertirá en su único asidero, su patria adoptiva y su espejo. En los talleres y galerías madrileñas intentará reconstruir los fragmentos de su pasado, haciéndonos parte de la pregunta que a lo largo de la lectura nos haremos constantemente: ¿hasta qué punto es real aquello que nos contamos como nuestros recuerdos? ¿Qué tan fiable, al final de cuentas, es nuestra memoria?
María del Mar Ramón (Bogotá) es autora de la novela La manada (Planeta, 2021) y del libro de ensayos Coger y comer sin culpa (Paidós, 2019). Es columnista de Vice y escribe en diversos medios latinoamericanos. Con el cuento «El deseo es una cicatriz» formó parte de la antología Cuerpos (Seix Barral, 2019). Actualmente trabaja en radio y en el desarrollo de contenidos audiovisuales. Desde 2012 reside en Buenos Aires.
Por La memoria es un animal esquivo, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a María del Mar Ramón para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Por favor, María del Mar, haznos una sinopsis de tu novela.
La novela trata de un hombre, un artista plástico que nació en una ciudad muy alejada de la capital colombiana y emigró en los 80 a Madrid; es un hombre que tiene setenta años y tiene que volver a su casa de la infancia, en esa ciudad, porque ha muerto su hermano.
Ahí empieza a narrarse un poco el conflicto de por qué este hombre no habla con su familia [desde] hace tantos años. Y por qué tiene una relación tan conflictiva con su casa y con su pasado. Es el punto que da inicio a una novela que se extiende a partir de dos tiempos, el presente en el que él está reconociendo este mundo nuevo del lugar en el que vivió, que ya no es lo que era, y el pasado, en el que nos está contando con su propia voz su versión de los hechos y de su historia, que no podemos contrastar porque es él el narrador, pero que hay algunos momentos del presente en el que se nos deja ver que esa versión no es la única.
El título, La memoria es un animal esquivo, ya da pistas de lo que viene luego.
Yo creo que sí. Es un título que logra, no sé si lo logra, pero tiene la intención de una imagen bastante concreta sobre la memoria, como esta cuestión un poco inestable y mucho más maleable y sesgada de lo que estamos dispuestos a reconocer, la memoria como algo que va y viene y que buscamos constantemente y que se está transformando y que está escapando de nosotros todo el tiempo.
¿Siempre se tituló así?
No, a mí me pasa con las novelas [que] lo sufro muchísimo. No soy una persona que ponga buenos títulos. Hay gente que tiene un gran talento. Yo no soy esa persona.
Y me pasa que a veces el título está primero que la novela. A veces uno escribe con un título en mente y escribe la novela casi alrededor de ese título. Y para mí, si eso no sucede y la novela nunca tiene título y llega a su final sin título, es horrible. Es un martirio, porque ya tienes demasiada información sobre la novela y quieres hacer una síntesis mucho más ambiciosa.
Yo prefiero las novelas de títulos súper austeros, como una cosa de una sola palabra; me gusta mucho, me habría fascinado. Pero como el título llegó al final de la novela, construí una imagen con la que estoy conforme. Yo quería que quedara solo La memoria es un animal. Y después, en un cónclave bastante complejo entre editores, editoras, mis amigas y mi mamá, se decidió por votación que el adjetivo [esquivo] correspondía, así que ese es un poco la historia de ese título.
Aclarado. Hablemos ahora de Juan Francisco, un protagonista “no fiable”, como en todas las memorias.
La novela está narrada en primera persona y, para mí, ese fue el desafío a nivel personal más interesante y más complejo, que no es paradójicamente que sea un personaje de setenta años, sino un narrador poco confiable y que [tuve que] construirlo sin cambiar la voz narrativa; la voz narrativa de la novela solo cambia en una parte con otra, con otro objetivo. Y tratar de infiltrar información para el lector o la lectora, pero de manera que no sea con otra voz, me puso a ser mucho más creativa y a indagar mucho más sobre la forma, para habilitar esta historia que yo quería contar desde esta perspectiva.
Y creo que eso, intentarlo, y no me salió a la primera, no me fue fácil hacerlo, y comprometerme con esa dificultad, me hizo sentir mejor escritora, no porque la novela sea mejor o peor, sino porque siento que aprendí algo que no sabía o que no manejaba tan bien, y siento que hice algo que no me era sencillo y me arrojé, y siento que hay algo de la literatura que a mí me interesa, que es una literatura que se arriesgue y que busque, incluso cuando no te sale, pero que es como [que] es este autor está pensando en cómo expandir los límites del espacio literario y cómo construir dispositivos literarios más complejos o distintos y cómo desbloquear herramientas que no conoce. Y eso es para mí grandioso, una gran oportunidad que me dio la novela.
Aparte del propio Juan Francisco, también tenemos a la “familia”, el tema central de tu novela: tenemos a sus hermanos, Pablo y a Luciano, y a Lisa, la hija de Pablo.
Yo tenía pensado que fuera un linaje masculino, un largo linaje, una tradición de hombres que, por alguna serie de desgracias, habían quedado librados a su suerte, en cuanto a que había pocas mujeres que intervenían en ese linaje familiar.
Y me gustaba la idea de los tres hermanos, creo que por una cuestión de contraste. Por supuesto que el conflicto de los hermanos se origina y se remonta de manera muy poco original, perdón la redundancia, a Caín y Abel, a esta cosa de hay uno bueno y uno malo. [Y me gustaba la idea de] Ay, qué pasa, ¿por qué en esas relaciones siempre existen estos polos?
Y [de] la figura del tercero me gustaba esta noción muy idealizada de quien acaba de morir y de algo de una tragedia familiar, de pensar que el que se lleva bien con todo el mundo es el que muere primero.
Y quizás lo que existía era que iban a ser tres hermanos y un padre. Esa imagen y esa construcción o ese orden de los personajes estaba establecido desde el principio de la novela. Cómo ir integrándolos y qué se iba a saber de cada uno, sí fue algo que se fue construyendo a lo largo del tiempo y a lo largo de la escritura. En un momento yo pensé que Luciano iba a intervenir o iba a estar mucho más presente. En un momento, de hecho, como no sabía cómo hacer a mi narrador poco fiable, dije: que entre la voz de Luciano; y después dije: no soy mediocre, yo no quiero hacer eso; entonces ¿cómo mostrar que ellos se habían encontrado?
Y también [tenemos] la figura de la sobrina y la figura de los personajes femeninos en la novela, que siempre tienen intervenciones sorprendentemente precisas. Son estos personajes que aparecen marcando un poco una moralidad, pero tampoco se hacen cargo de lo que ha pasado o de los conflictos de estos hombres.
[María del Mar Ramón hace una pausa -rubia, rebeca amarilla, ojos claros- y continúa diciendo:]
En esa conformación de ellos, creo que sí hubo una noción desde el principio. Pero la manera en la que se fueron desarrollando, sí fue algo que me fui encontrando. Sí es cierto que, como era una novela de toda una vida, que era lo que yo quería lograr, para construir una estructura que pudiera sostener eso, me fue muy útil contar la vida del personaje cada vez que aparece su familia. Cada vez que él tiene contacto con su familia en el pasado es donde nos actualizamos de lo que ha pasado en esta década suya, como un: entonces venía mi hermano, yo estuve, no sé qué, y eso me fue muy útil en términos estructurales y también para mantener el conflicto presente, siempre que [no olvidemos] es una historia de la familia.
Hemos comentado la relación con los hermanos. Pero también tenemos la relación con el padre y la madre. Continuamente está el conflicto fuerte con el padre, pese a la adoración por la madre. La adoración por la madre está un poco como en sordina, no se menciona mucho porque lo que tenemos es el odio, el conflicto con el padre.
Yo creo que al personaje [Juan Francisco], haber muerto su madre cuando era tan joven, es muy poco el tiempo que compartió con ella. A mí me interesaba esa relación con una figura tan importante como la figura materna, a la que realmente no llegaste a conocer durante siete años, durante un periodo muy breve y que, sin embargo, es tan determinante para tu vida.
Y creo que es un poco lo que marca el antagonismo con su padre y la adoración y la idealización de una madre a la que realmente nunca conoció. Y esos duelos infantiles me interesan particularmente por ese poco desarrollo del conflicto. No sé, por ahí no se habrían llevado bien, no lo sabemos. Pero al no haber tenido el tiempo de desarrollar malos entendidos o incluso posiciones distintas, es una figura supremamente idealizada y también muy importante, como una orfandad que es muy determinante para el personaje.
Yo no lo construí con esta intención que estoy a punto de declarar, pero un periodista, cuando presenté la novela en Colombia, me dijo: esta novela es efectivamente una novela sobre el duelo, pero es una novela sobre el duelo de la madre, el personaje nunca puede resolver ese duelo. Y me dijo este periodista: yo lo sé porque mi mamá se murió cuando yo tenía siete años y me sentí muy identificado con la forma en la que esta figura que te determina y al mismo tiempo desconoces y a la que tienes que imaginar y los vacíos que tienes que llenar con imaginación y con narraciones de otros y otras, forma como una especie de carencia que, en algunas personas, tiene una cicatriz muy honda y muy difícil de resolver.
Y esa hipótesis de este periodista me pareció muy dulce y me gustó, me gustó mucho, no era mi intención, pero me pareció que casaba.
Antes lo has mencionado, la novela está contada en primera persona, con un ritmo pausado, sostenido. ¿Fue difícil mantenerlo a lo largo de La memoria es un animal esquivo?
No. Yo pienso mucho en el ritmo de la escritura. Procuro que para mí sea una preocupación. Por supuesto que todas las novelas, tanto las que uno escribe como las que uno ama, tienen momentos en los que decaen y eso también hace parte de lo grandioso de la literatura y de cómo vas construyendo ciertas tensiones y tienes momentos en los que dejas reposar la trama y estás pensando un poco más en el lenguaje y estás pensando un poco más en otras cosas.
Pero a mí me interesa mantener un buen ritmo narrativo. Y me interesa contar una historia, me interesa mucho, a pesar de fascinarme por el trabajo, con la forma y con el lenguaje, para mí es importante contar una historia. Creo que eso es lo que sostiene bastante al ritmo, hay una promesa que se le ha hecho al lector y a la lectora y hay una duda por la que el lector o la lectora quiere seguir leyendo. Y mi forma de lograr eso es que esa pregunta esté presente en mí, que yo sienta cuando escribo la misma voracidad por responder esa pregunta que, si hago bien mi trabajo, logro sembrar en el lector o la lectora.
Y esa urgencia por responderla y esa intuición de que la voy a responder y no hacerlo para ralentizar un poco y concentrarme en otras cosas e irme un poco por las ramas, que es algo que a mí también me interesa, que tiene que ver con la literatura que me interesa y que escribo, siento que aporta sosteniendo ese ritmo y es una duda que yo también tengo y que comparto con el lector o la lectora.
Juan Francisco acaba marchándose de su casa. En un momento dado llega a Bogotá, en otro llega a Madrid. Y es curioso, Juan Francisco habla mal de Bogotá y, cuando llega a Madrid, siente que está en su lugar correcto. Menudo contraste entre una ciudad y otra.
Bogotá es una ciudad muy difícil, es una ciudad muy hostil. Las personas que somos de Bogotá tendemos a hablar mucho peor de Bogotá que las personas que son de otras provincias y llegan a Bogotá, como esta cosa de salir del pueblo chico y entonces llegas a la capital y, quienes somos de la capital, eso no nos basta.
Y a mí me interesaba que a este personaje no le bastara la capital de su país, que pensara: esto es una gran ciudad, pero esto ni siquiera es la gran ciudad que yo estoy buscando; y que estoy buscando no solo en términos artísticos y en términos de la importancia que tuvo la mirada de la formación europea para toda una generación de artistas a lo largo de todo el siglo XX y antes, sin duda, sino la importancia de imponer una distancia todavía más grande con lo que él considera que es su pasado y con lo que él considera que lo ha lastimado y de lo que nunca logra realmente deshacerse.
Y a mí me gustaba la idea de una Madrid, que yo tampoco conocí, que tiene esta ebullición democrática, una Madrid de los 80 donde empiezan a converger discursos distintos, donde hay movimiento artístico, donde hay una noción de una recién recuperada democracia, que fue un proceso que en Colombia nunca hubo porque nunca hubo una dictadura oficial. Y que el personaje pudiera coincidir con este espacio, dialogar con este espacio, y sentir que se podía deshacer de manera consciente de quién había sido, es la lección creo que final de la novela, que uno no elige quién es, uno lidia con quién es y, por eso, nunca puede deshacerse de quién es realmente.
«La vida propia solo se puede narrar para atrás; los hechos relevantes solo se detectan cuando pueden verse en perspectiva». Esto lo escribes tú en la página 66.
Creo que es quizás una tragedia del ser humano que no solo estamos condenados a la nostalgia, sino que la nostalgia es una fuerza tan potente y tan manipulable como creíamos que no lo era.
Resulta que la nostalgia ha cobrado gran importancia porque la tragedia es no poder dimensionar el presente con la importancia que tiene, ni la felicidad ni la tristeza, y solo poder hacerlo en relación al tiempo, no solo poder hacerlo cuando ya es pasado.
Está esta frase muy cliché, pero que yo pienso constantemente, que éramos felices y no lo sabíamos. Y quizás no podríamos vivir si lo supiéramos también. Parte de estar vivos es asumir el presente con cierta inocencia y no entender la manera en la que nos va a marcar el momento en el que vivimos.
Y creo que eso es tan bello como triste y tan absoluto como irremediable. Así que creo que siento que me refería a eso.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) infobae
La memoria es un animal esquivo
María del Mar Ramón
AdN Editorial, 264 pp., 20,95 €
«En esta casa habita mi memoria y mi primer recuerdo nítido es el de la tristeza».
Desde pequeño, Juan Francisco siempre se ha sentido fuera de lugar dentro de su familia. A raíz de la muerte de su madre, se irá fraguando lentamente la necesidad de huir de su pueblo, de ser otro, de crearse una nueva identidad.
De esa urgencia nacerá su éxodo: primero hacia Bogotá y luego hacia Madrid, donde el arte se convertirá en su único asidero, su patria adoptiva y su espejo. En los talleres y galerías madrileñas intentará reconstruir los fragmentos de su pasado, haciéndonos parte de la pregunta que a lo largo de la lectura nos haremos constantemente: ¿hasta qué punto es real aquello que nos contamos como nuestros recuerdos? ¿Qué tan fiable, al final de cuentas, es nuestra memoria?
María del Mar Ramón teje, con una prosa impecable, bellísimas imágenes en torno a la lenta caída de un hombre que se creyó la historia que se contó sobre sí mismo y sobre la gente que lo amó.







