«Tal vez porque yo misma estoy un poco loca, o tal vez porque cuando el dolor duele tanto solo podemos refugiarnos en la locura. Pero cuando la señora Ada me dijo esa profecía ante la extinta palmera de la glorieta de Reforma, y luego se cumplió frente a los ojos de millones de personas, me convencí de que valía la pena arriesgar el prestigio, la cordura, la seguridad y casi todas mis relaciones para contar esta historia. Pero, sobre todo, para que a quienes voy a nombrar aquí nunca sean olvidados.»
Estas frases son de la novela Raíz que no desaparece de Alma Delia Murillo, publicada por Alfaguara y que ha sido todo un acontecimiento en México, en donde la autora entremezcla realidad y ficción, para denunciar la gran tragedia que asola a Latinoamérica: la de los desaparecidos. Una historia que, como en La cabeza de mi padre —su aclamada obra anterior—, atraviesa México en una búsqueda que termina por convertirse en una lucha por alcanzar la verdad y en el retrato de un país herido. A través de enfermedades que crecen bajo tierra, muertos que se comunican a través de sueños y árboles que unen sus hojas como en una plegaria, la autora transmite el horror en el que vive su país: miles de desaparecidos, madres abandonadas por un gobierno ineficaz y cientos de fosas clandestinas en las que un país se pudre desde dentro.
Alma Delia Murillo (Ciudad Nezahualcóyotl) ha publicado Cuentos de maldad y uno que otro maldito (2020), El niño que fuimos (2018), Las noches habitadas (2015) y Damas de caza (2010). Autora de la columna sabatina «Posmodernos y Jodidos» que puede leerse en almadelia, también publica un editorial en el periódico Reforma. Amante irracional de la Ciudad de México, las palabras y el sentido del humor. Aunque estudió Literatura Dramática y Teatro en la Facultad de Filosofía y Letras (UNAM), es una godínez rehabilitada luego de veinte años de trabajar en el inenarrable infierno de los corporativos.
Por Raíz que no desaparece, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Alma Delia Murillo para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Realidad y ficción se entremezclan en tu novela para denunciar la gran tragedia de los desaparecidos. Hablemos de “realidad”, Alma, ¿cuánto de la narradora hay en ti?
Mucho. Yo creo que puedo decir que la narradora de Raíz que no desaparece es un alter ego mío. Y tomé esta decisión de voz narrativa por una razón ética. Batallas mucho a la hora de elegir quién va a contar esta novela. Pero no podía asumir en primera persona la voz de una madre buscadora; Ada, es el personaje. No me sentía con derechos, porque yo no tengo un hijo desaparecido. Y tampoco podía asumir en primera persona la voz de una persona desaparecida. Pero sí podía ser una testigo que narra en primera persona. Y por esa razón decidí hacerlo así.
También porque buscaba que el libro consiguiera cierta cercanía de los que somos testigos, de los que no tenemos a un desaparecido, pero somos testigos en México, muchos, 128 millones.
Tu narración es una especie de crónica o de falsa crónica. Como se dice hacia el final: “La adición de perseguir “no” la verdad, sino “una” verdad, no tiene cura”.
De verdad no tiene cura. Es algo que te muerde y tienes que seguir hasta llegar a posiblemente la siguiente pregunta. O algo que te deje en un lugar que te acerca, no sé si a una respuesta, pero sí a algo que termina.
[Para] esta novela en particular; yo no soy periodista, pero hice trabajo de campo, y tenía que hacerlo; tenía que poner el cuerpo y acompañar a las madres a estas jornadas de búsqueda, para poder contarlo con la mayor veracidad posible a un ficcionado. No desde la comodidad de un piso en la Ciudad de México, mirando desde mi ventana.
Y lo que ocurrió, me ocurrió a lo largo de la novela, [fue que en ella] pude construir un personaje, Ada, la madre; a Marcos, el hijo; alimenté todo el relato [con] los expedientes de las otras madres buscadoras, los hallazgos tan brutales como se cuentan en el libro, pues han sido hallazgos reales de fosas clandestinas en México; y también ir tejiendo con ello los árboles, la vegetación y su mensaje, y los sueños de las madres que realmente ocurren. Y en un libro periodístico iba a ser muy difícil, por el rigor del periodismo, de los hechos, incorporarlos. Y en la novela sí que hay un espacio para los sueños.
Bien, tu narración es una especie de crónica o de falsa crónica. De la “realidad”, si te parece, pasamos ahora a la “ficción”… Tu novela empieza como un cuento, a la manera clásica: en el corazón de la ciudad, cortaron la palmera y en su lugar sembraron un ahuehuete que ha muerto por razones extrañas…
El tema es tan brutal. Y repele. Es difícil que voluntariamente, incluso los mexicanos, quieran coger un libro y ponerse a leerlo que va sobre algo tan violento. Y yo busqué una estética, que fuera ética al mismo tiempo, para narrar esto sin regodearme en la oscuridad del tema; y de todos modos yo creo que tiene suficiente oscuridad el libro.
Eso por un lado. Y por otro lado, porque en cuanto apareció en mí la metáfora del árbol, porque esto sucedió en México, cortaron a la palmera que tenía cien años. Fue como una mutilación del paisaje urbano que llevábamos cien años mirando. Y pusieron un ahuehuete, que es un árbol prehispánico mexicano; ahuehuetl quiere decir “viejo de agua”, y son árboles que crecen en zonas de mucha humedad donde hay agua. Pusieron este árbol pequeño. Empezaron las protestas de las familias buscadoras de personas desaparecidas allí alrededor, porque es una zona céntrica de Ciudad de México. Y el árbol murió.
Además, lo vigilábamos. Se ve mal el ahuehuete, se está secando, se está inclinando, se ve que no lo va a lograr y, en efecto, no lo logró. Esta fue mi metáfora perfecta. El árbol murió en alianza con las familias buscadoras. Y murió rodeado de rostros de personas desaparecidas, que es como están ahora todos los paisajes verdes de México, las montañas, los bosques, las orillas de las carreteras, las zonas agrícolas están llenas de fosas clandestinas.
El arranque [de Raíz que no desaparece] era un poco este guiño: te voy a contar una historia que quizá conoces de un México que sabes, de un paisaje que sabes, y los árboles te van a contar una parte de ello.
Otro personaje fundamental de tu novela son los “sueños”; las madres buscadoras soñando dónde están sus hijos… ¿Cómo se te ocurre esta historia, de dónde sale eso de un hijo enterrado bajo la palmera?
Es que los hijos de estas madres que hoy buscan en la realidad, no en la novela, están enterrados en muchos sitios que, a veces a mí como mexicana, te lo puedo compartir, voy andando por la ciudad y digo, ¿estaré pisando una fosa?, o voy por las carreteras y me pregunto, ¿estaré pasando por encima de?
Esta madre que sueña a un hijo que le dice búscame en un árbol surgió en mi trabajo de investigación, conversando con ellas. Hablé con diferentes colectivos a lo largo del país, personas del norte, del sur, muy cerca de la Ciudad de México, de la ciudad misma. Y yo les preguntaba a las madres en mi entrevista con ellas: ¿sueñas con tu hija, sueñas con tu hijo? Y allí les cambiaba la cara y me hablaban de estos sueños premonitorios. Sí, sueño, sueño que está en un lugar donde hay caballos. A la vuelta del tiempo encuentran a su hijo, donde hay una fosa clandestina cerca de unas caballerizas.
Hay una madre en particular, Jacqueline Palmero se llama, aparece en la novela, ella me dijo que soñaba cómo iba vestida su hija.
A la vuelta del tiempo, el hallazgo, la chica tiene esta ropa, o algo parecido a ello.
Eso a mí me sorprendió muchísimo, pero me sorprendía que todas me contaban eso. Yo sueño el nombre de una calle, sueño la fachada de la gran hacienda vieja deshabitada que está… Y entonces pensé: aquí hay una forma de conocimiento, aunque no podamos racionalmente nombrarle tal. Pero hay tal. Y decidí incorporarlo a la novela por eso, por la consistencia.
Porque cómo vamos a dudar cualquiera de que la intuición de una madre, que luego la lleva en contra de su hijo, no tiene el valor de la verdad. Hoy se ha convertido en muchas madres, que no entrevisté para la novela, pero que he venido conociendo, que vienen directamente a querer hablar conmigo, porque me quieren contar sus sueños, que son pistas de hallazgo y me preguntan ¿crees que los debo de llevar a la fiscalía? Ahí hay un fenómeno, ahí está pasando algo.
Y unido a esto, claro, la presencia en tu novela de los árboles, la parte vegetal. Has comentado que hay muchísimas zonas inusitadamente verdes en México, porque “hay algo” ahí que está sirviendo de alimento.
Claro, porque ahí lo que hay es un exceso de nitrógeno, una fosa clandestina con veinte o treinta cuerpos, o cinco. Y no sólo eso, hay otros procesos bioquímicos que empiezan también a reflejarse.
Salió hará unos meses una nota en la BBC, que crecen flores amarillas donde hay fosas clandestinas por el potasio de los cuerpos. Es como si la naturaleza estuviera diciendo: todo lo que el gobierno no te ayuda, las fiscalías, las autoridades, yo te quiero decir que es aquí.
Por un lado es desequilibrante, hay una belleza en ello. Y por otro lado es terrible. Así me parece que es como se construye el realismo mágico en Latinoamérica, que es cuando todos los márgenes de la realidad estructural son los que nos empiezan a dar resultados, respuestas, acompañamiento, porque el sistema que debería no lo hace.
Las propias mamás, cuando yo viajaba con ellas en estas búsquedas, siempre en parajes verdes, alrededor de cuerpos de agua, quiero decir, pequeños lagos, ríos, me decían, si el arbolito hablara, será que ese sembradío, mucho maíz obviamente se siembra en México, será que ese sembradío se está alimentando de abono humano, por decirlo de alguna manera. Pues más me remitía a [que] hay una inteligencia vegetal que antes o después empieza o empezar a dar señales.
Y por eso parte de mi novela son los árboles, digamos, desde un punto de vista botánico, no humanoide, no tienen una voz humana, pero sí que empiezan a decir, porque las hojas de una planta se cierran, porque hay una memoria vegetal del peligro, porque las raíces de un árbol se desplazan hasta el punto que casi camina, porque está inteligentemente buscando una mejor zona que el suelo donde está.
Y, bueno, me parecía que era muy importante incluirlo por ello.
También hablas de cómo se enferman las plantas. De cómo manifiestan una enfermedad a través de un hongo… Los hongos: un signo, una señal ¿de qué?
De pudrición, de descomposición.
Fíjate que me contaron algo los colectivos, ya después que salió la novela, esto yo no lo sabía. Cuando cortaron la palmera en Reforma, pusieron el ahuehuete. Y las familias empezaron a pegar ahí las fichas de búsqueda, que son unos carteles que pegan a las paredes, a los monumentos. Y las autoridades de la Ciudad de México venían y, con agua, con chorros de agua, trataban de despegar estos rostros. Y lo que pasó fue que, por poner esa humedad en el papel, empezó a crecer un hongo en las paredes, que se comía de alguna manera esos rostros, esas grandes fichas de búsqueda. Y me lo contaban los colectivos conmovidos, habiendo leído la novela, diciendo, hay un hongo, que está con violencia, contaminando, pudriendo, carcomiendo.
Hay fosas clandestinas casi en el ochenta por ciento del territorio mexicano.
Si no somos capaces de ver, al menos simbólicamente, eso como una pudrición de las raíces, pues yo no sé.
Narras la tragedia colectiva de los desaparecidos. Y lo haces muchas veces desde la “irritación” y el “dolor”.
Cuando escribes, siempre estás dudando y preguntándote si no se te ha ido un poco la pinza en la rabia, en el enojo. Pero luego yo creo que hay un acto de honestidad intelectual en aceptar que una es la narradora que es. Y yo soy muy rabiosa, estoy muy enojada. Porque tengo la edad suficiente para haber visto a todos los gobiernos de todos los partidos, de todos los colores, centro izquierda, derecha, izquierda centro, centro, ser exactamente lo mismo, indolentes, omisos, corruptos, con el tema de las desapariciones. Y por eso, aunque cambiemos de gobierno, los desaparecidos no han hecho sino crecer.
Desaparece una persona cada cuarenta minutos en México. Eso, si no se hace con la complicidad de los gobiernos y las autoridades, o son cómplices o son de una estupidez rampante.
Y lo dejé estar. Dejé salir esa furia, sí. Pensé que también tenía permiso para eso.
Te he sacado a colación lo de la irritación y el dolor. Pero en tu novela también hay “amor”. Amor de la narradora hacia Ada, hacia la hija, Maricela, hacia las demás. Y eso se nota. Una empatía brutal. Y empatía es amor, ¿no?
Qué lindo lo dices. Es que yo entendí, cuando me acerqué a las familias buscadoras, a los colectivos, esta frase que tiene mucho fondo. Pero no lo sabes hasta que estás con ellos.
Me dijeron: nuestra búsqueda, nuestra causa, no la sostiene el dolor, sino el amor. Porque sobre el dolor no podría sostenerse. Ya se habrían roto, ya habrían renunciado. Pero el amor sí que la sostiene. Y eso hace muy fácil entender, aunque parezca una explicación muy doméstica, con todo lo poderoso que hay en lo doméstico, que es por amor que buscan. Porque mi madre, si yo desapareciera, toquemos madera, me buscaría por amor, sin tener idea de la postura política del colectivo, ella lo haría por amor. Y eso es lo que va adhiriendo a otras madres en estos colectivos.
Y eso es también un poco lo que me movió a mí, ¿sabes? Terminé sintiéndome tan… [y Alma Delia Murillo, chaqueta negra, blusa azul oscuro, piensa unos segundos, antes de seguir diciendo:] me sentí tan honrada, privilegiada de poder ser una testigo de estos actos amorosísimos. La comida en la jornada de búsqueda. Cómo sacan los manteles y ponen en una mesa improvisada, puro amor. Cómo me aceptaron y se rieron conmigo. Y te lo cuento y me dan ganas de llorar. Es muy generoso.
Seguimos hablando de amor. Hay una historia ahí, como en sordina, que es el amor de la narradora con L: relación/ separación/ superación.
Tenía que encarnar a la narradora. Uno se pregunta, ¿y esta mujer, quién es y por qué está en esto? Y decir, bueno, es una escritora, es una periodista, vive en la Ciudad de México; el tema le importa, pero luego, ¿qué más? ¿Qué tiene ella? Su propio duelo no está en su propio proceso.
Ahí había un truquillo de mi parte que era buscar que los lectores y las lectoras se sintieran cerca de quien narra con estas pinceladas humanas, que es el dolor de una ruptura amorosa. Ya se me está acabando el dinero, la cuenta, y en el periódico ya no me van a publicar y a ver ahora de dónde saco un poco de dinero. Iba un poco por ahí. Con esta fantasía, idea, ilusión, deseo, de que resonara, si no te sientes cerca de Ada o de Marcos, quizá te puedas sentir cerca de la narradora.
Alma Delia, a lo largo de Raíz que no desaparece, hay música, hay canciones. Destaco Strange Fruit, de Billy Hollyday.
Strange Fruit, que de hecho es un poema de Abel Meeropol [1937], la canción que todos conocemos, que yo la oigo y me transporta de Billy Holiday, fíjate, originalmente trabajé con un título borrador que era Raíces extrañas, pensando en los “frutos extraños” de Billy Holiday.
Yo decía estos frutos extraños que hablan de la violencia contra la negritud. Esa canción lo que habla es [de] la persecución con la que asesinaban a la gente negra y la colgaban de los árboles. Y en el caso de México, yo decía, no estamos tan lejos. Los cuerpos no están colgando de las ramas, pero están en las raíces.
Y hay una traducción que hizo una amiga mía, poeta maravillosa, Julia Santibáñez, la pongo en la novela, la tradujo al español conservando la cadencia y la rima de los versos. Y creo que fue algo muy bello que hizo Julia por el libro.
Si repasas la novela, te encontrarás Strange Fruit, traducido al español, rimado maravillosamente.
¿Y por qué cambiaste de título?
Quería que la palabra alrededor de la “desaparición” estuviera. Pero, lo que nosotros queremos es que no desaparezcan. Y por eso, raíz que no desaparece, la raíz esta de la memoria de las personas desaparecidas, la raíz de ellos, que son sus propias madres, y que no desaparecen porque, aunque borren las bases de datos, que es una batalla que damos constantemente con los gobiernos mexicanos, reducen el número de la noche a la mañana, son cuatro mil menos, ya no hay ciento treinta y cuatro mil, sino ciento treinta mil desaparecidos. Bueno, pues aunque desaparezcan a los desaparecidos en el conteo, intentamos con libros, con documentales, con protestas, con marchas, con estas otras expresiones, que no desaparezcan.
Por eso lo cambiamos.
Carlos Castrosín
Alma Delia Murillo
Editorial Alfaguara, 248 pp., 19,90 €
Cuando Marcos era pequeño le dejaba cartas a su madre antes de ir a la escuela. Ahora se aparece en sus sueños, porque le quiere contar a qué lugar lo llevaron cuando lo desaparecieron. Ada está en una carrera contra el tiempo, porque teme morir antes de encontrarlo, pero de una cosa está segura: tiene que buscarlo en un árbol.
En el corazón de la ciudad, cortaron la palmera y en su lugar sembraron un ahuehuete que ha muerto por razones extrañas. Y la escritora quiere escribir sobre eso, denunciarlo. Así es como se cruza en el camino de Ada y de otras madres buscadoras que también sueñan dónde están sus hijos. Y aunque la fiscalía quiere enterrar los expedientes de los sueños, esas coordenadas indican a dónde fueron los desaparecidos con una precisión inexplicable. Los árboles lo ven todo. Testigos de la muerte que se acumula en sus raíces a manera de fosas clandestinas, y que se manifiesta en sus troncos y hojas, se convertirán en traductores de la búsqueda, en interlocutores entre la memoria, la ausencia y la esperanza. ¿Y si lo que ha sido silenciado estuviera hablando a través de los árboles?
Alma Delia Murillo narra la tragedia colectiva de nuestros desaparecidos y lo hace con indignación y dolor, pero también con amor, lucidez y un humor vital que empuja a seguir leyendo.







