«En la cumbre del remedo de montaña, Aimé se puso a recoger piedras y Elisa quiso lanzarse hacia abajo, dar un gran salto que la acercara a la siguiente duna que estaba unos metros adelante. Sabía que caería de pie en las faldas de la montañita contigua, pero no quería alardear, así que dejó la mochila sobre la tierra, junto a un pedazo de ladrillo que tomó y le entregó a su amiga haciendo como que le ayudaba. Aimé sonrió y lanzó el ladrillo tan lejos como pudo. Continuó con las piedras, y Elisa se concentró en recoger ramitas de un chamizo de cachanilla que crecía en la única orilla del baldío que tenía cerco. Así era su relación desde que se conocieron en segundo de primaria, cuando Aimé llegó a la colonia. Aquel verano acababan de terminar el sexto grado, y esa tarde sería la última que pasarían juntas.»
Estas frases son de la novela Donde termina el verano de Elma Correa, publicada por Seix Barral, galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2026, y que desde el 11 de marzo está en todas las librerías, en donde la autora nos cuenta una historia sobre la amistad y la culpa en la violenta frontera entre México y Estados Unidos, sobre el fin de la inocencia y la violencia estructural que atraviesa a los niños y las mujeres en un lugar de paso marcado por la extrema pobreza. Narrada con una prosa hipnótica y precisa, Correa compone una gran elegía fronteriza en la que el relato oficial —los feminicidios, los niños robados y las madres que callan— queda iluminado por los principios de honestidad y lealtad de una comunidad al margen de la ley.
Elma Correa nació y vive en Mexicali, donde coordina el encuentro internacional de escritores Tiempo de Literatura y gestiona @habitaciones_propias, una comunidad virtual donde las mujeres del mundo comparten los espacios donde crean. Ha escrito Que parezca un accidente (2018); Mentiras que no te conté (2021), con el que recibió el XX Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola; Llorar de fiesta (2022); Lo simple (2023), Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí Amparo Dávila, y La novia del león (2024). Su última novela es Donde termina el verano, galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2026.
Por Donde termina el verano, su recién publicado libro, hemos tenido la oportunidad de entrevistar a Elma Correa para que nos lo presente a los lectores de Qué Leer.
Elma, empezamos con Elisa y Aimé: la amistad entre ellas es el centro de la novela.
Yo soy un poco monotemática. Casi todos mis libros hablan de la amistad entre las mujeres. Y me interesaba explorar de nuevo esta obsesión que tengo como autora, pero a largo plazo, digamos. Quería ver cómo podía funcionar una trama, una historia en la que se involucraran cuestiones como la amistad, como la culpa, a lo largo del tiempo, y también el escenario, me importaba el escenario donde esa amistad se desarrollaba.
Y ahí fue que surgió la idea y ahí fue que le fui dando vueltas y las cosas fueron embonando.
Ese es el centro de la novela. Pero lo que le da el empuje es la desaparición de Rosario, ese es el hecho fundamental con el que arranca Donde termina el verano.
Necesitaba un detonante, necesitaba un gancho, tanto para el lector, en términos estructurales de la organización de la historia, [como] para ellas. Necesitaba que una amistad tan fuerte fuera sacudida por un suceso que estuviera fuera de su control, fuera de sus manos, y ver la reacción de ambas y la consecuencia de eso en sus vidas.
Una cosa que me ha sorprendido es el retrato que haces de la colonia de gitanos en Mexicali.
La novela no es autobiográfica para nada, no tiene nada que ver con mi vida, todo es ficción. Pero el escenario sí que está basado en un barrio real, que es la colonia donde yo crecí en los 90. Y era así un barrio muy bravo, muy salvaje, y había un baldío muy grande, lleno de basura y montañas de tierra, donde los niños de la colonia íbamos a corretear y a jugar y andar en bicicleta, como las niñas de la historia. Y ahí una vez llegó un motorhome, como uno de estos, y todos estaban muy escandalizados y yo escuché a las vecinas decir ¡llegaron los húngaros!, ¡hay unos húngaros! Y yo decía ¿quiénes son los húngaros? Y les prohibían a los niños pasar por ahí.
Estuvieron tres días. Tres días nada más y se fueron. Pero mis amiguitas de la colonia y yo fuimos ahí, nos escabullimos, pasamos en las bicicletas y alcanzamos a ver nada más a una de las chicas. Era una familia como de cinco o seis personas. Y yo no sé si sería la madre o algo así, porque tenía así como unos vestidos, unas faldas y el cabello y todo esto. [Hay que decir que] también eran histriónicos. Leían las cartas y tal. Pero te digo, fueron tres días que estuvieron en el baldío y después, como llegaron, se fueron.
Ese pequeño suceso conmocionó mi colonia. Y a mí me obsesionó un montón cómo reaccionaron todos en la colonia y quiénes eran los húngaros. No eran húngaros nada; pero eran tan racistas y tan horrendos que era bien fácil nombrarlos así. Y cuando estaba yo desarrollando el escenario que me interesaba, que fuera este peculiar y que habitara en un lugar muy específico, pensé, claro, es que tiene que ser mi colonia, tiene que ser la Alamitos, así se llama la colonia, Alamitos, aunque no está nombrada nunca. Ese baldío, si vas a Mexicali, ahorita es un estacionamiento para las fábricas, no existe, ahí está muy cerca de casa de mi madre.
El caso es que recordé a los gitanos, y recordé la conmoción y la situación, y me interesaba incluir todas estas tensiones y todo este rechazo y miedo al otro que puede ocurrir en una comunidad que, de origen, está fundada en la migración, como lo es Baja California o Mexicali, que fue fundada por chinos y que todos los habitantes son mexicanos de otros lugares de México. Y aún así se vive un racismo y un clasismo muy grande. Y un rechazo hacia los migrantes centroamericanos o los migrantes haitianos o tal.
Entonces me funcionaba en la trama, en la ficción, la figura de la comunidad de los gitanos. Y me puse a investigar acerca de la migración gitana en México y encontré cosas acerca de cómo llegaron a América, Latinoamérica, cómo llegaron, dónde había en México. Y cómo si no era descabellado que hubieran pasado por Mexicali hace treinta años.
Una de las protagonistas, Elisa, después del comienzo de la novela, se va a Monterrey porque destaca en atletismo, en salto de longitud, tiene luego una lesión de rodilla, acaba convirtiéndose en profesora de Educación Física. Y le llama su padre y tiene que regresar a Mexicali. Es un momento intenso ese.
En la frontera en México es muy común que las personas quieran irse a vivir a Estados Unidos. Y, bueno, puedes hacerlo legal o ilegalmente, hay poca opción. Cuando lo haces de manera legal, hay varias partes del proceso y una de esas partes es obtener la residencia estadounidense. Entonces te vuelves residente, vives en la frontera, tienes tu casa, en este caso en Mexicali, y metes los papeles. Sigues viviendo en México y todo tu proceso continúa.
Y entonces te dan la residencia, tienes que irte a vivir a Estados Unidos. Y ya puedes entrar y salir, y vas y vienes, y tienes tu casa mexicana y tu casa estadounidense. Y así puedes estar no se sabe cuánto tiempo, pueden pasar años, pues el proceso es muy largo y es muy arbitrario.
Y de repente el siguiente paso es convertirte en ciudadano norteamericano. Entonces, en el momento en el que pasas al siguiente punto del proceso, te retiran los documentos de residencia y, si tú sales de Estados Unidos, no puedes volver. Y ya se acabó todo.
Nunca sabes cuándo va a ser. Te llegan así de un momento a otro y en ese momento los residentes ya no pueden salir, se quedan atorados en Estados Unidos hasta que se resuelva su situación migratoria y puedan ser ciudadanos estadounidenses.
Esto pueden ser seis meses, pueden ser diez años, nadie sabe nunca. Es muy arbitrario el proceso. Depende del abogado que tengas, depende del humor del señor de migración, depende de un montón de cosas.
Eso es lo que les pasa a los papás de Elisa. Y por eso nunca le habían pedido nada en toda su vida, la dejaron en paz, la dejaron hacer lo que ella quería hacer, se quedan ellos en Estados Unidos y le dicen sorry, pero tienes que volver, a ayudarnos, con lo que se nos quedó todo a la mitad.
Ella no vuelve a nada en términos dramáticos, su regreso no responde a un regreso porque, ay, hubo otra desaparición. No, no. Vuelve por una cuestión común que ocurre en la frontera todos los días.
Regresa obligada por una situación cotidiana y por una solicitud de sus padres, que ella evitó, evitó, evitó todos esos años y, de repente, ya no tuvo cara para decirles que no, porque le están pidiendo una sola cosa después de veinte años.
Y eso le deja a Elisa una sensación como de fracaso, cuando tenía todo para triunfar. Entre la lesión, estas circunstancias y más cosas, ella podía haber triunfado y, en cambio, se ha quedado un escalón más abajo.
A mí me gusta mucho Elisa porque tiene ahí su nivel de complejidad. Es un personaje que a veces hasta cae súper mal, es una mujer egoísta y es una mujer que sólo piensa en ella. Y la verdad es que me divertí mucho poniéndola ahí a vender fotos de pies en internet. [Y Elma Correa -vestido verde, gafas fashion, simpatía por todos los lados- echa a reír sonoramente.]
[Elisa] es una persona que de alguna manera parece en la novela como si mereciera lo que le pasa, como si se buscara lo que le pasa, como si ella estuviera siempre llamando al caos de alguna manera. Y en el fondo es que está muy rota, está muy triste y está muy sola. A pesar de que tiene familia que la quiera, porque su tía la adora, su madre la adora, su padre la quiere también, tuvo una gran amiga. Y ella ha rechazado a todo el mundo, ha alejado a todo el mundo, ¿por qué? Porque solo piensa en ella misma y en su culpa y en su dolor y en sus cosas.
Eso también me interesaba mucho explorar en la novela, la culpa como tal. Pero también [cómo] las historias que nos contamos moldean nuestra vida. Cómo ella tenía todo para triunfar y tenía ya, digamos, el destino visto y estaban todas las cosas puestas ahí, de repente todo se va al demonio. Si solo hubiera regresado una vacación, si solamente hubiera continuado en contacto con Aimé, tal vez se hubiera enterado de las cosas que no se van a revelar en esta entrevista [Y Elma Correa vuelve a reír sonoramente] y quizá habría sido distinto. Pero nunca lo sabremos, ¿no?
Y tenemos a la otra protagonista, Aimé, que es la contraparte, la que permanece en su ciudad, la que durante un gran tiempo idealiza a quien no está: a su padre y también a Elisa.
Los que nos quedamos, nos quedamos en lo conocido, en lo de siempre. Pero el que se va, se va a la aventura y se va a lo ignoto. Y entonces lo romantizamos y pensamos que, pues claro, se van porque allá es mejor, en otra parte, ¿no?
Pero también hay un tema en la novela que me interesaba, que era las relaciones de poder. Las tensiones. Cuando son chicas, Elisa siempre es la que está en un lugar en la relación que no es horizontal entre ellas, pero al mismo tiempo luego sí, y luego es Aimé la que no, y tal. Pero en el presente de la novela, cuando se vuelven a encontrar, Aimé ahora es una mujer distinta y ahora es una mujer que, por lo que sea [Elma hace un gesto, para no hacer espóiler del argumento], tiene poder real, poder sobre la vida y la muerte, poder económico, que es el que vale en este mundo, en el capital, y tiene todo eso que Elisa nunca pudo conseguir. Y creo que esa confrontación es interesante.
Elma, ocurren muchas cosas en Donde termina el verano. Ocurren muchas cosas en diferentes sitios, en diferentes etapas, pero destaca el control que tienes sobre todo lo que ocurre.
Ay, muchas gracias. Ay, qué bonito. Es la cosa más hermosa que me han dicho sobre la novela.
Todo está absolutamente calculado, no hay nada al azar. Yo no, yo no… [Elma se interrumpe, al pensar durante unos segundos en lo que le acabo de decir]
Supongo que habrá sido difícil tener ese control sobre tantas cosas.
Sí, absolutamente difícil. Claro que sí, porque eran un montón de cosas.
Yo quería hablar de muchas cosas y para mí eran tan importantes los personajes secundarios, como los principales. Hay unas subtramas que yo tenía que entretejer y tenía que llevar, como las enfermeras, Aurel, los policías. Y yo tenía que sostener esas tramas y tenía que hacer confluir todo en el artefacto narrativo completo. Ya me estaba volviendo loca.
Y sobre todo me parece difícil porque lo cuentas de una manera clásica.
A mí me gusta contar historias y me gusta que las historias sean comprensibles y me gusta que haya acción y un conflicto. En ese sentido, tal vez yo soy muy tradicional, cuando se trata de narrativa.
Yo escribí la novela que a mí me hubiera gustado leer. Me gusta pensar en, mira, qué es lo más valioso que tiene una persona, es su tiempo, ¿no? Si alguien me va a dar el regalo de su tiempo para leer la novela, para leer una historia que yo le voy a contar, híjole, pues lo menos que puedo hacer es no volvérselo engorroso, es no volvérselo aburrido.
Las has mencionado antes: Inma y Ofelia, las enfermeras…
La novela no es para nada autobiográfica, yo no hago autoficción, yo escribo de mi vida y yo cuento puras mentiras. Pero en esta novela sí que hay dos asuntos muy puntuales: el escenario, que es el barrio donde ocurre la mayor parte de la historia, en presente y en pasado, el mismo lugar, y las enfermeras.
Mi madre fue enfermera visitante, mi madre era enfermera y estaba en uno de estos grupos del seguro social mexicano, donde el gobierno llevaba brigadas a las colonias pobres, más pobres todavía que la de nosotros. Llevaban servicios de salud a gente que no podía ir a los hospitales, o que no quería ir por prejuicios y por un montón de cosas, y hacían curaciones y vacunaban.
Y lo que hacen Inma y Ofelia en la novela, y varias cosas que suceden en la novela, mi mamá me las contó en relación a las enfermeras. Ninguna es mi mamá, ninguna de ellas; es mi madre. Pero es un poco un homenaje a mi madre, esos dos personajes.
Y del pastor Graham y todo lo que hay detrás, ¿qué me dices?
Eso tiene que ver con el contexto y con la colonia en la frontera en los años 90 en México. No sé cómo serían otras fronteras, pero en Baja California y en Mexicali, porque yo pregunté a unos amigos de Tijuana y a ellos también les pasaba, en las colonias de la periferia, muy marginales, había muchos programas sociales.
Iban, te digo, los doctores, los enfermeros y tal, pero también muchos grupos religiosos de Estados Unidos. Eso era verdad, iban y regalaban comida y ropa, y luego cantaban las alabanzas y tal. Y la gente de la colonia iba y agarraba la comida, iba y agarraba el sobre de dólares, pero seguían siendo católicos, nada más iban y se aprovechaban, por decirlo de alguna manera, un poco de ellos. Iban, siempre iban.
Todavía hay un par de iglesias ahí itinerantes. Ya no es lo mismo que en los años 90, era distinto, pero todas esas cosas pasaban.
Elma, aparte del control que tienes sobre la novela, también sorprende la grandeza con que nos cuentas esta historia.
Ay, voy a llorar. Muchas gracias. Mira, fue sin ningún tipo de intención realmente. Yo quería contar una historia y quería contarla lo mejor posible y quería que la estructura no fuera muy compleja. Pero, lo más interesante, que me permitiera unir los cabos que yo necesitaba… y nada [más]. No hubo una pretensión en ningún momento al escribir la novela. O sea, yo nunca pensé jamás en ganar el premio Biblioteca Breve.
Y ya por acabar, y para no cansarte, ¿qué opinas del final de Donde termina el verano? ¿Es triste o es liberador?
Qué difícil la pregunta, híjole. Yo creo que es tramposa mi respuesta. Pero yo creo que es un poco de ambos. Que es agridulce, pero que después de todas las cosas que pasan en la novela, yo creo que sí el lector puede tener un respiro.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) Sarel Müün
Elma Correa
Editorial Seix Barral, 304 pp., 20,90 €
Una novela extraordinaria sobre la amistad y la culpa en la violenta frontera entre México y Estados Unidos.
En un barrio de Mexicali, una de las últimas ciudades de México antes de la frontera con Estados Unidos, dos niñas inseparables, Elisa y Aimé, viven un verano que las marcará para siempre. La noche antes de que Elisa abandone la ciudad para ir a estudiar fuera gracias a una beca de atletismo, la responsabilidad de ambas en un suceso trágico fracturará no solo su amistad, sino a todo el barrio, una comunidad donde la violencia se mezcla con la superstición y el miedo.
Dos décadas después, las dos amigas se reencuentran convertidas en personas muy distintas a las niñas que fueron. Promesa frustrada del atletismo, Elisa regresa a su ciudad natal sola y avergonzada por unas expectativas que no ha logrado cumplir. Antaño tímida y a la sombra de su amiga, Aimé es una mujer influyente que ha sabido reconducir su destino con mano férrea. Entre ambas se abre una grieta marcada por la culpa y la distinta forma de afrontar el secreto compartido.








