«Cuando empezaba con eso, la recostaban sobre la cama o la alfombra y le colocaban un cojín bajo la cabeza. Luego era cuestión de esperar. Perla sostenía su frente mientras la abuela se zarandeaba como si quisiera escapar de su propio cuerpo. Ya casi, mamá, ya casi. A Ele le parecía curioso que su mamá llamara a la suya siempre por su nombre, Cecilia, y sólo le dijera mamá cuando no podía escucharla.»
Estas frases son de la novela Malacría de Elisa Díaz Castelo, publicada por Sexto Piso y que desde el 19 de enero está en todas las librerías, una búsqueda en la memoria y en las heridas que se heredan. ¿Cómo inciden en el presente los pasados que nos habitan, incluso aquellos de los que no tenemos conocimiento? Malacría, la primera novela de Díaz Castelo, indaga en este terreno a través de la historia intergeneracional de tres mujeres y el hilo de violencia que la atraviesa.
Elisa Díaz Castelo nació en Ciudad de México en 1986 y estudió Letras Modernas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es autora de Principia (Tierra Adentro, 2018), El reino de lo no lineal (FCE, 2020), Proyecto Manhattan (Antílope, 2021), Planetas habitables (Almadía, 2023), El libro de las costumbres rojas (Elefanta, 2023) y, en colaboración con Adalber Salas Hernández, de Las fuerzas débiles (Vaso Roto, 2024). Su trabajo ha sido reconocido con el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2020, el Premio Bellas Artes de Traducción Literaria Margarita Michelena 2019, el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal 2017 y el Premio Poetry International 2016.
Por Malacría, su recién publicada novela, estamos en Verbena Libros, una estupenda librería a un paso de la plaza de los Carros, una de las plazas más castizas de Madrid, para entrevistar a Elisa Díaz Castelo y que nos la presente a los lectores de Qué Leer.
Qué bien se cuentan, Elisa, y nos cuentas, las historias entre Perla y Ele; entre Ele y Jeni; Ele, Jeni y Silvia; entre Ele, Perla y su abuela. Son como pequeñas escenas de cámara, independientes, pero que se relacionan…
Pues sí, me interesaba mucho que la novela estuviera estructurada de forma caleidoscópica y que fuera fragmentaria. Intercalar distintas escenas, distintos tonos y distintos tiempos dentro de la novela y que leerla fuera un poco como armar un rompecabezas.
¿Cada escena la tenías clara desde el principio o fue surgiendo según ibas avanzando con Malacría?
Había algunas cosas que sabía que iban a suceder. Pero en su mayor parte las escenas, e incluso algunos de los personajes, surgieron de improviso. No tenía un plan de ruta muy claro cuando comencé a escribir la novela.
La parte más tradicional, llamémosla así, la más clásica, el grueso de la novela, nos atrapa completamente. Pero también están esas partes que tienen, como acabas tú de mencionar, un contrapunto con el diario PERFEKT y con el cuaderno contable.
Sí, justamente la novela tiene esos tres tonos. Uno es la parte más lineal, que es la búsqueda de Ele, cuya madre desaparece al inicio de la novela. Y su hija, Ele, se organiza a buscarla con Jeni, la novia de su madre, y Valeriana, una perrita en silla de ruedas. Y esa parte de la novela es bastante lineal y se mueve siempre hacia adelante, a pesar de que también, por ejemplo, tiene unas listas, utiliza otros recursos para narrar.
Y luego tengo la parte de PERFEKT, que son estos recuadros donde se narra los recuerdos de infancia de una niña y su relación con su madre. Y los cuadernos, que son las clases de alemán que toma Cecilia, la abuela, para tratar de hacerle un contrapeso a la demencia senil. Entonces, en esas dos formas, me di el permiso, me interesaba explorar un lenguaje más poético y cuya lógica fuera más cercana a ese universo.
Silvia: la madrina de Ele, todo un personaje.
¡Ah!, qué bueno. ¿Sí? Me da gusto. Es un personaje que también surgió, realmente no lo tenía planeado, pero se volvió muy importante en la novela. Ella es una argentina que vive en México y que de algún modo es una figura también materna para la protagonista, pero que en los últimos años se han distanciado.
Y en tu libro, todo mujeres, ¿por qué?
Bueno. Sí hay hombres. Yo diría que los hombres también son muy importantes en la trama, pero quise plantearme el reto de enfocarme en las historias de las mujeres para narrar esta historia.
En México existe esta tradición muy fuerte, muy marcada, del padre ausente en la literatura mexicana, pensando por ejemplo en novelas como Pedro Páramo, que son maravillosas. Y yo quise enfocarme, en el caso de esta novela, más bien en las figuras de las madres y no madres ausentes, sino una figura de una madre ambivalente que está presente, pero no del todo, y trabajar ese cariño envenenado que puede a veces dar una madre.
Y bueno, sí, eso, colocar las relaciones entre mujeres al centro de la novela me interesaba. A pesar de que hay hombres que son muy importantes en la historia y sin los cuales la historia no existiría como tal.
Ele. Qué bien. ¿Dónde encontraste a esta protagonista?
La novela inicialmente tenía mucho más de autoficción, era mucho más cercana a mí, pero muy pronto se fue distanciando de mi propia experiencia.
Yo digo que tengo una propensión hacia la fantasía y no puedo escribir algo autoficcional porque me empiezo a alejar de mi propia vida y a inventar y a meter cosas que no me sucedieron. Así que afortunadamente soy escritora porque si no sería una mitómana.
No hablar del pasado. Perla. ¿Ahí está el núcleo de la novela, en el silencio de Perla?
Sí, sin duda, uno de los ejes para mí de esta historia tiene que ver con lo que sucede cuando las experiencias dolorosas o traumáticas se callan, en lugar de compartirse o en lugar de trabajarse desde la palabra.
Y volviendo a lo de antes, ¿por qué no has profundizado en el padre biológico de Ele?
Pues por lo que mencionaba. Para empezar, al menos está sugerido, aunque no lo desarrollo, fue una inseminación artificial la forma en la que la madre concibió a Ele. Ella tenía muchas ganas de tenerla y fue una inseminación artificial.
Entonces realmente no saben mucho del padre. Por eso, por la situación de la trama, pero también porque me interesaba mucho la relación con la madre, quería que ese fuera el foco de la historia.
Realmente no querías que se desviara la atención.
Exacto, quería enfocarme en ese vínculo tan complejo.
«Ele cerró los ojos. Contra sus párpados podía ver, casi con nitidez, uno de esos barcos encendidos.
-La memoria es un barco que se incendia -dijo Ele, contagiada por esa lucidez inversa que se tiene a la luz de la luna.
Ele escuchó cómo Silvia incorporaba el torso para sentarse, o casi, sobre la cama.
-Y se repite, dijo Silvia entonces-. La memoria es un barco que se enciende y se repite.»
“La memoria es un barco que se incendia y se repite” [p. 242]. La memoria, Elisa, ¿qué me cuentas?
Bueno, pues sí, la memoria es otro de los temas que eran extremadamente importantes para mí al momento de narrar esta historia de tres generaciones de mujeres, de aquello que se comparte sobre el pasado y aquello que se silencia.
Me pregunté mucho por los funcionamientos de la memoria y también justo traté de reflejar el trabajo con la memoria dentro de la forma misma de la novela.
Como tiene que ver con un trauma el libro, quise tratar de reflejar en la estructura el funcionamiento del trauma. He leído que el trauma, las personas que han experimentado un evento traumático, no logran salir del todo de esa experiencia. El trauma es una especie de presente sostenido, algo que no termina nunca de suceder.
Quise poner en la novela, escribir en presente narrativo, las partes traumáticas del pasado de las protagonistas. Y, en cambio, narrar el presente, que es la historia de Ele y la desaparición de la madre, en pasado. Un poco para pensar desde la forma en cómo funciona ese tipo de dolor heredado.
El final. Jeni, Valeriana y Ele en la casa de Perla. La búsqueda de Perla. Casi parece realismo mágico, viendo el origen de su madre, de su abuela, de niña.
Creo que el regreso a la casa, que se menciona en los cuadernos, el regreso real a esa casa, tiene algo casi onírico, el hecho de que esa casa siga en pie, siga existiendo y esté abandonada.
Pero bueno, justamente fue en un estado cercano al sueño que se me ocurrió ese desenlace y ahora me gusta mucho. Como que creo que hay algo ahí sobre el regreso simbólico al pasado y al sitio del origen del trauma.
¿Qué fue lo más difícil de escribir esta novela?
Creo que sostener la coherencia necesaria de la forma es difícil y escribir el cuaderno contable y la parte de PERFEKT también tuvo sus desafíos muy peculiares, porque, como el contenido es duro y doloroso, a veces era difícil para mí obligarme a ir a ese lugar.
“Mateo fue mi esposo” [p. 261]. Muy buena la escena, liberándose Ele de tantas cosas…
Quería que la protagonista, más allá de trabajar el vínculo con la madre y con la abuela, también estuviera ella misma trabajando su propio duelo en miniatura, que no tiene nada de miniatura el duelo de la separación amorosa.
Y que ella, a la vez que está trabajando su relación de linaje, digamos, también ese trabajo estuviera teniendo un impacto sobre sus vínculos en el presente.
¿Junto a qué libros colocarías en un estante el tuyo? O, dicho de otra manera, ¿qué influencias literarias tienes?
Siempre menciono que este libro, a pesar de que es muy distinto, dialoga mucho con Ada o el ardor, porque a mí me gusta mucho Nabokov. Y en Ada o el ardor se plantean algunos temas similares y, de hecho, aparece el planeta Daemonia. Hay una referencia ahí, en el planeta, al libro de Ada o el ardor.
También me gusta mucho, siempre [lo] menciono, El asesino ciego de Margaret Atwood, que es un libro que narra una historia de dos hermanas, pero a través de varios géneros, de varios tipos de textos distintos, de soportes narrativos diversos y, desde que yo lo leí, me di cuenta de que quería que mi novela fuera así también, que justo fuera fragmentaria de esa manera.
Luego, con qué otros libros [colocaría a Malacría]… Libros en los que los protagonistas sean perros, que también es algo que fue un reto a su manera, crear un protagonista, un personaje que fuera un perro, cómo darle personalidad, cómo retratarlo.
Y bueno, también pienso siempre en, por ejemplo, María Negroni. Yo adoro a María Negroni y justamente ella también ha hecho la ruta entre la narrativa, el ensayo, la poesía. Siempre tiene algo de híbrido su trabajo, que me encanta. Y en El corazón del daño trata la relación con la madre, también una relación atribulada con la madre.
Y bueno, pues no sé, también yo diría que Pedro Páramo, por la relación con los progenitores. Y como que es un libro que siempre nos influye muchísimo en México.
Y ahorita, mmm, no se me ocurre otro. Pero eso es por ahora. Por lo pronto.
Carlos Castrosín
FOTÓGRAFO: (c) Sexto Piso
Elisa Díaz Castelo
Editorial Sexto Piso, 263 pp., 20,90 €
Una mañana, después de dar de comer a los perros, Perla sale de casa y no vuelve. Horas más tarde, su hija Ele emprende su búsqueda, a la que se sumarán Jeni, la pareja de Perla, y Valeriana, una entrañable perra que se convierte en un personaje fundamental de la historia. Conforme siguen el rastro de las pistas que la desaparecida va dejando como piezas de un rompecabezas incompleto, el pasado de la familia aparece y reaparece a través de los textos fragmentarios de un cuaderno de contabilidad usado como diario, mensajes de voz, listas, etcétera. Gracias a estas rendijas a la realidad y al mundo interior de las protagonistas, Malacría funciona también como un fresco íntimo de la experiencia femenina en la sociedad mexicana del siglo XX y los albores del XXI.
A la manera de las tragedias clásicas, en esta novela se plantea un interrogante: ¿no es aquello que parece protegernos de revivir el trauma lo que termina por alojarnos precisamente en él?








