Cuando comencé a leer Autobiografía de mi madre, de Jamaica Kincaid, no sabía aún de qué forma iba a encontrar el dolor en sus páginas. Tal vez ni siquiera tenía claro lo que estaba buscando. Mi primera lectura de esta autora había sido «Cuando vi Inglaterra por primera vez», donde me había mostrado una forma peculiar de expresar lo que entonces supuse eran sus dolores: el colonialismo, los géneros, las razas, las etnias, su cultura, su historia. Antigua y Barbuda, donde nació y vivió hasta los diecisiete años, una nación caribeña de descendientes de esclavos africanos, fue colonia inglesa hasta 1981, año en el que yo apenas estaba naciendo.
Para Kincaid, sin embargo, el interés y la intención narrativos recaen más sobre «la verdad» que sobre la historia misma. Es lo que literariamente le concierne y afecta. Escribe lo que es verdad para ella, y en busca de esa verdad deconstruye una historia, fragmenta el mundo antes de vislumbrarlo, adivina al ser humano, todos en sus verdades y en sus opuestos, y entonces escribe, entonces es Jamaica Kincaid y su desconcertante modo de mantener al lector al filo de sus abismos, de comprometerlo.
En aquel ensayo, su traductora y prologuista dice: «Jamaica Kincaid reflexiona con un enojo in crescendo sobre las repercusiones de la dominación colonial en la Antigua y Barbuda de su infancia y sobre las dinámicas de poder que persisten ahora para después arrojar ese enojo al vacío». Aquí radica tal vez una de las claves para leer a Kincaid, su manera de crear mundos que luego arrojará al vacío. Mundos humanos, atravesados unos por otros, múltiples, enunciados y sospechados, donde la escritora reflexiona con profundidad, delicadeza y una crueldad sutilísima y hermosa. Kincaid afirma: «Mi escritura está llena de contradicciones, al minuto que digo algo pienso en su opuesto y me parece que eso es inherente a todas las cosas, lo opuesto». Reconciliar la idea de uno y el opuesto, y ser fiel a ello, es para Kincaid ser veraz, es mantenerse vivo.
A propósito de Autobiografía de mi madre, ha dicho: «Yo como escritora solo siento la responsabilidad de decir la verdad como la conozco, pero no tengo responsabilidad por ningún grupo. Siento responsabilidad de ser un buen ciudadano como yo lo entiendo, pero no tengo responsabilidad de representar la historia de ningún grupo. Lo que escribo responde a cómo entiendo mi narrativa histórica».
Esta es considerada por la crítica la menos autobiográfica de sus obras. Pero después de leer Mi hermano, que sí es un relato de su vida, el lector intuye también que la frontera entre lo que es real en su mundo y la ficción que su literatura representa no solo es delgadísima, sino a veces indiscernible. Kincaid busca contar historias desde su visión personal, hecha de pasado y conocimiento, de presente y reflexiones, y sin dudas de futuro, por inolvidable. A propósito de estas memorias ha dicho: «Me convertí en escritora por desesperación, así que cuando supe que mi hermano se estaba muriendo, me familiaricé con el acto de salvarme: escribiría sobre él».
El dolor que yo había visto en su pluma trascendía el de su experiencia, el de niña expulsada del hogar y arrojada al vacío del mundo. Sus novelas son lo que ella conoce y sobre aquello a lo que dedica el acto de pensar. Sus ficciones son, además, un rompecabezas a través del cual se puede ir reconstruyendo su vida. Al final el lector tiene la sensación de que la vida real es el resultado de la imaginación y la ficción, y no al revés.
Las circunstancias personales de Kincaid nos revelan a una mujer que no pasó pocas vicisitudes antes de haberse entregado a la aventura de la literatura. Hoy, que su obra superó esas circunstancias, el lector está desnudo ante las voces y acciones de estos personajes: íntimas, despiadadas, circulares… El dolor en Autobiografía de mi madre pertenece auténtica y legítimamente a sus personajes.
Qué formidable Xuela, contradictorio al límite de decidir que todos los hijos engendrados no nacerán, a pesar de que solo un ser de sus entrañas podría devolver la felicidad que nunca tuvo. Pero Xuela prefiere sacarse lo engendrado para que no perpetúe de ninguna forma el sistema del cual provienen esos genes y que encarna todo lo que la protagonista ha evitado en su vida, como representación o como verdad. Así, esta voz en primera persona, profunda, rota, poética, sensible, a veces malvada y otras, indefensa, es la que personaliza el dolor, lo dramatiza, lo hace propio, y con ello se hace fuerte, independiente, obsesiva consigo misma.
Controla sus emociones, su vida, su cuerpo, sus sueños. Xuela está incapacitada para la maternidad a costa de una moral muy personal pero muy transparente; está incapacitada para el amor, porque así lo ha decidido. También para repartir su alegría; su alegría es solo suya, como su dolor. Xuela teme a la soledad que la asola desde su nacimiento. Y desde mucho antes: desde el nacimiento de su madre muerta, y desde el nacimiento de todas las generaciones de mujeres que le antecedieron. Su discurso no es feminista, es femenino. Se replantea el mundo y lleva al lector a su propia introspección.
El aislamiento absoluto llega a los setenta años cuando todas las personas que han representado algo en su vida están muertas. Entonces la soledad es física e inquebrantable. Es cuando Xuela arroja al vacío esa existencia marcada por la madre que no conoció y los hijos que no tuvo. Ella era huérfana, su mundo era huérfano, a los setenta vuelve a ser una criatura sola, consciente y responsable de sus acciones y decisiones, y de cómo estos han moldeado su vida.
Algo es seguro en la obra de esta autora; atento, lector. Cuando parezca que un personaje de Kincaid está ganando algo, ella lo hará comer su miseria; una miseria que terminará por arrojar al vacío.
Jamaica Kincaid
Lumen, traducción de Álex Pérez Viza, 216 pp., 17,95 €








